Nosotros bajo las estrellas (Calle de Madrid 2) 4
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Un tesoro escondido

Irene

La cocina de la mansión era todo lo grande y bien pertrechada que cabía esperar.

Cuadrada, con muchas ventanas por donde entraba luz a raudales, con un buen surtido de estantes y alacenas y un comedor de criados anejo, más bonito y mejor amueblado que todas las tascas que yo conocía.

Por allí andaba la muchacha que vi nada más llegar y que, al divisarme de lejos, apretó el paso para quitarse de en medio.

Esa y yo no íbamos a ser muy amigas, supuse.

Delante de los fogones, una mujer baja y rechoncha removía el interior de las cazuelas.

Por encima de su cabeza, una columna de oloroso vapor se fundía con el techo, inundándolo todo de aroma a cocido.

Pese al atracón de pan y queso, mi estómago gruñó anticipándose al placer de un plato caliente.

Al oírnos entrar, la mujer se volvió con el cucharón en la mano.

Sus ojos fueron directos y desencajados a mi persona.

Abrió la boca, soltó un gemido y dejó caer el cucharón al suelo.

No se lo tomé en cuenta, ya no me asombraba lo desmesurado de sus reacciones. La gente rica de ciudad suele ser rara.

Y, por lo visto, a sus criados las rarezas se les pegaban.

—Tomasa, aquí la niña Irene. La ha traído el señor Carlos, para que la adecentemos y aprenda las labores.

La mujer no había conseguido despegar la mirada de mi cara.

—Pero ¿de dónde sales tú, criatura?

La rabia me atragantó las palabras pegadas al cielo de la boca. El ama Engracia se enfadó muchísimo y me arreó un empujón por la espalda.

—¿Qué pasa que no contestas? ¿Es que no tienes lengua?

—De la calle, señora. De la puerta del Sol —me apresuré a aclarar.

La cocinera meneó la cabeza con desconcierto.

—Si a lo que me refiero es…

Engracia dio una zancada adelante y se nos cruzó por medio.

—No te refieres a nada, Tomasa, calladita y andando, son órdenes del señor Carlos.

Oí un profundo suspiro, hondo como un pozo sin fin.

Venía del pecho de la cocinera que llevaría rato pensando en que las órdenes del señor no se discuten, se obedecen y punto.

Si yo no le gustaba era su problema; mientras mi ángel Carlos quisiera, allí me quedaría.

Si les desagradaba, siempre podían desviar los ojos hacia otra parte o ponerse a comer que, por lo visto, viandas sobraban.

—¿Va a bañarse la chiquilla? —dijo por fin.

—Pues claro. Habrá que dejarla en remojo para que se despegue la mugre.

—Voy a prepararlo todo.

Recogió el cucharón casi sin mirar lo que hacía, lo dejó junto a la pila, con bullas se secó las manos en el delantal y salió por la puerta del fondo como si la persiguiera el demonio. El ama Engracia andaba entretenida contándome las pecas de la nariz.

—No te vayas a pensar que tendrás cuarto para ti sola, compartirás con Pilar. Y da gracias.

No sabía quién era Pilar, como tampoco se me había pasado por la cabeza tener cuarto propio. Ni cuarto siquiera. Con un trozo de esterilla junto al fuego me conformaba, de modo que contar con un colchón era el más osado de mis sueños convertido en realidad.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, señora.

—Yo no soy señora de nadie.

—¿Pues cómo quiere que la llame? —me exasperé.

—Soy el ama Engracia. Para todo el mundo, tú incluida.

—Entonces sí, ama Engracia.

La gobernanta se quedó muda, mirándome con insolente fijeza. Era como si buscase entre los poros de mi piel la respuesta a sus preguntas. Solo que yo no podía ayudarla porque no sabía cuáles eran.

Así nos quedamos hasta que Tomasa volvió a aparecer anunciando que el baño estaba listo. ¿Un baño? ¿Un baño caliente? Eso no lo había catado mi cuerpo en los años que tenía cumplidos. Me faltó el canto de una perra gorda para ponerme a bailar.

—Entra ahí. Tienes jabón y ropa limpia en el taburete. Anda y no te demores.

Balbuceé unas palabras de agradecimiento y corrí henchida de felicidad mientras las dos mujeres murmuraban entre ellas. Ni sabía qué decían ni me importaba.

Más me hubiera valido atender.

Estuve cuanto menos treinta minutos en la mismísima gloria, sumergida en la tina de agua caliente, entre vapores y carne enrojecida.

Debí de darles pena porque no vino nadie, ni siquiera el ama Engracia, a sacarme a tirones, no me chillaron para que aligerase.

Disfruté como un niño chico paseando las yemas de los dedos por mis muslos, asombrada al descubrir el verdadero tono de mi piel limpia y lo bonitos que tenía los pies.

Cuando estaba a punto de despedirme de aquel placer inesperado, la cocinera Tomasa entró en el cuarto, deshecha en sonrisas.

—¿Te ha venido bien el baño?

—No se hace usted una idea.

—¿Cuánto hacía que no te dabas uno?

—Diecinueve años, señora. Los mismos que tengo.

La mujer arqueó las cejas y luego dijo que sí con la cabeza.

Era lista, pilló enseguida lo que quería decirle, que en toda mi vida había visto una tina ni de lejos.

Me gustaba Tomasa, había algo bondadoso en su manera de mirarte, todo lo contrario que el ama Engracia, que siempre parecía enfadada por algún motivo.

—Pobre criatura. Aquí vas a estar muy bien, ya verás, los señores son buena gente.

—El señorito… El señor don Carlos es un ángel.

—Sí.

No dijo más. Solo volvió a repasarme con curiosidad y aquella chispa de misterio en las pupilas que todos compartían y yo no sabía interpretar.

—¿Tienes hambre?

Recordé el sabroso queso deshaciéndose en el paladar y la miga caliente del pan. De eso parecía hacer mil años. Claro que tenía hambre, tenía hambre del año que me pidieran.

—Sí, señora.

—Anda y no me llames señora.

—Qué manías, nadie quiere que le llame señora…

—Porque señora en esta casa solo hay una, la señora Inés.

—¿Y la señora esposa de don Carlos?

Diría que su semblante se ensombreció. Giró sobre los talones dispuesta a irse.

—Ve secándote y ven junto al fuego. Te prepararé un caldo.

—¿Cómo quiere que la llame? El ama Engracia quiere que le diga así, pero usted no es ama.

Volvió a mirarme. Por encima del hombro, pero sonriendo.

—Yo solo soy la cocinera así que, conque me llames Tomasa, me basta y me sobra.

—De acuerdo, doña Tomasa. —Me removí en la bañera esperando quedarme sola para salir del todo.

—Sin el «doña», que tampoco hace falta.

—Eso no me va a salir, desde ya se lo digo.

—Pues como quieras, te irás acostumbrando. Te espero en la cocina.

Fue secarme poquito a poco, disfrutando el momento, calzarme el vestido de lana verde claro y convertirme en otra persona.

Más digna y con más ganas de vivir. No es que me sintiera rica ni importante, seguía siendo Irene sin apellidos, la chica criada en la calle que desconocía sus orígenes, pero de repente, no sabía explicar cómo, todo en mí había cambiado.

Solo me dolía como una púa clavada en el corazón, el hecho de que mi ángel no fuese un hombre libre.

Pedía demasiado, era consciente de ello, bastante grande era mi suerte con que me hubiese acogido.

Pero aquella manera suya de mirarme a la cara, como si le importara, como si quisiera confesarme algo, abrirme el alma…

Aquella sensación como un escalofrío, tan clara desde la primera vez que se encontraron nuestros ojos, iba a tardar en esfumarse.

Y ya sabéis que soy una desgraciada romanticona.

Salí a la cocina y me encontré solo a Tomasa, gracias al cielo.

Todo el mundo parecía ocupado a aquella hora.

Me pregunté si una casa tan grande no tendría mucho más servicio y cuál sería la reacción de los que faltaban al verme.

Ya estaba limpia, las greñas iba a peinármelas en cuanto se secaran, mi vestido era precioso. Ya no tenían motivos para horrorizarse.

—Hay cocido, caldo y carne —me informó Tomasa colocándomelo por delante—. Nosotras ya hace rato que comimos. Anda y aligera, que hay muchas patatas que pelar.

—Sí, señora.

Tomasa suspiró resignada a que el «señora» no se me cayera de la boca en mucho tiempo.

—Y ven aquí cerca del fuego. Mientras comes, que se te seque esa mata de pelo.

—Tengo mucho y muy rebelde.

—Y muy rojo.

—Qué bonito es mi vestido, señora Tomasa, no puedo dejar de tocarlo.

—Tiene el mismo color de tus ojos, criatura. ¿Te has dado cuenta de lo preciosa que eres? ¿Tienes familia? —agregó sin darme tiempo a contestar.

No importaba, tampoco es que pudiera, tenía la boca llena con el guiso más delicioso de la tierra.

—No que yo sepa, doña Tomasa. Debí de nacer en la calle y en la calle me abandonaron. Me han criado unos y otros, ya sabe, los mendigos a veces se cubren entre ellos las espaldas.

—¿Y otras veces? —preguntó con cautela.

—Te roban hasta las enaguas mientras duermes.

—Es una vida dura.

—No se hace usted una idea —repetí centrándome en el cocido.

—Estoy convencida de que no me hago idea de muchas cosas. Bueno —se levantó con esfuerzo y fue hacia los pucheros—, ahora estás aquí, a ver cómo sale todo.

—¿Hay más gente, doña Tomasa?

—¿Más gente?

—Además del ama Engracia, la niña Pilar, usted y yo… ¿Hay más gente sirviendo en la casa?

—Cinco más. Andan repartidas por las habitaciones prendiendo los braseros y preparando las camas. Antoñita y Onofre han bajado al mercado en busca de unas viandas de última hora.

Seguí mascando y tragando aquel manjar. Ocho humanos.

Eso eran mucha gente y yo no me caracterizaba precisamente por ser sociable.

En la Puerta del Sol me llamaban el erizo, por huraña y callada, por mirar atravesado, decían.

Yo misma no me reconocía allí, charlando con Tomasa.

Pero es que aquella mujer me reconfortaba, me hacía sentir como en familia cuando ni siquiera sabía lo que era eso.

—Anda y deja que te cepillo.

Se colocó detrás de mí con un peine brillante, tomó uno a uno mis largos mechones y los fue desenredando con amoroso cuidado. Yo me las apañé para terminar el caldo y la carne del cocido con todo el pan que me cupo entre los dientes.

—¿Usted no tiene hijos, doña Tomasa?

—Llevo aquí toda la vida, criatura, como tú en tu calle. Dedicada a los Otamendi, a que no les falte de nada.

Una vida entera consagrada a una familia que no era la suya. Sacrificándolo todo a cambio de un sueldo que seguramente sería miserable. Ese tipo de cosas que solo se hacen por amor verdadero. Qué buena era Tomasa.

Después de pelar todas las patatas del mundo sin rechistar y ver sin entender cómo Sara, Lucía y Anita, las otras criadas de la casa, se topaban conmigo en la sala común y se descomponían, Tomasa me mandó a la cama a descansar para arrancar temprano al día siguiente como pinche en la cocina.

Iba a ayudarla y la perspectiva me hacía muy feliz.

Tomasa me gustaba más que nadie en aquella mansión, con excepción de mi ángel.

Pero mi ángel tenía esposa y más me valía irme olvidando de él, rapidito.

Pilar se encerró en el retrete y yo aproveché para hurgar en la bolsa vieja que guardaba bajo mi cama.

Mi ropa mugrienta la habían quemado pero allí guardaba mis escasos tesoros: una piedra que me regaló Manolito el bizco, jurando que era un amuleto de buena suerte; el rosario de mi amiga Petra, la que murió de pulmonía, y el diario de Joshua, el viejo judío que me protegió cuanto pudo, lo más parecido a un abuelo que tuve jamás.

Cuando murió, nadie me discutió la pertenencia de la ajada libreta negra llena de letras.

Puede que porque la mayoría de la gente de la calle no sabía leer y lo que allí dijera, les importaba menos que nada.

En el diario y en nuestras interminables noches de otoño junto a la hoguera, Joshua me habló de la existencia de un fabuloso tesoro enterrado en las entrañas de Madrid.

La ciudad guardaba bajo sus cimientos, un cofre lleno de joyas y piedras preciosas escondido hacía siglos por los piratas venidos de la costa, y el que lo encontrase no tendría que trabajar más hasta el día de su muerte.

Bien. Pues yo sería esa persona afortunada. A Dios ponía por testigo: yo iba a encontrarlo.