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Ecos de sociedad
Carlos
El chisporroteo de las llamas en la chimenea del saloncito, en vez de reconfortarme, me recordó a Irene y revolcó mi corazón como una ola furiosa.
Me recordó a sus noches bajo el techo de las estrellas, a su desesperación y a su frío.
Al miedo de una niña desprotegida, a sus fantasmas, que serían grandes y que yo no sabría espantar.
Recé en silencio por no haberme equivocado al confiar en su aceptación, tan pronta y sin condiciones, deseando, no obstante, que se adaptara cuanto antes al ritmo de nuestro hogar hasta considerarlo suyo.
El cielo me había enviado a aquella muchacha por alguna razón oculta que no tardaría en descubrir y que nada tenía que ver con las obras de caridad de mi tía Inés.
Mi tío leía el diario junto a la chimenea, armando mucho ruido cada vez que pasaba una página. En la butaca de enfrente mi tía bordaba con lentitud, sumida en una especie de duermevela propio de la sobremesa. Los dos alzaron las cabezas cuando entré.
—¡Carlos! ¿Todo bien en la Compañía?
—Todo sobre raíles, tío. El asunto del cargamento de hierro pendiente, solucionado.
Mi tío soltó el aire retenido en los pulmones con un sonoro resoplido.
—Alabado sea Dios. Llevaba tres noches en vela por culpa de ese maldito barco retrasado.
Mi tía lo miró con las cejas arqueadas por la sorpresa y una chispa traviesa en los ojos.
—¿En vela tú, Antonio? ¿Quién será entonces el que no me deja dormir con sus ronquidos?
Yo reí y mi tío espantó el supuesto enfado con un vaivén de la mano.
Siempre andaban a la gresca, discutiendo puntos de vista tan distantes como el norte del sur de España.
Pero no podían vivir el uno sin la otra.
Eran un matrimonio sólido y bien avenido, como el que probablemente formaron en su día mis padres.
Como el que pude haber formado yo si la voluntad de Dios no hubiese ido por otros derroteros.
—Puedes descansar tranquilo de ahora en adelante, tío —le aseguré tomando asiento cerca del fuego—, tenemos reservas de hierro para más de un año.
—No tardarán en surgir otros problemas —gruñó con una sacudida de su periódico.
—Querido, trata de ser un poco más positivo.
—Las cosas son así, Inés, no puedes relajarte, enseguida se enredan.
—El mundo de la ingeniería y las obras públicas es complicado —intervine sin querer quebrar del todo el hilo de sus negros pensamientos.
Mi tío levantó de un golpe la cara.
—¿Públicas…?
—Carlos no se refiere a la procedencia del capital, Antonio.
—En efecto, tía, iba más bien por la complejidad de nuestros proyectos y por los usuarios que serán…
—¿Y qué sabes tú de procedencia de capitales, esposa? —me interrumpió Antonio Otamendi muy intrigado.
Su mujer sonrió con dulzura, apartó la labor y se puso en pie con un suspiro.
—Los hombres os pensáis que somos lerdas, que nos tenemos oídos ni ojos y que el cerebro no nos da más que para preparar cenas. Si me disculpáis, os dejo. Hablando de cenas, debo disponer lo necesario para la de este sábado.
Mi tío encontró enseguida otro motivo para enfurruñarse. Se llamaba Enrique Ocharán. O más bien Luis, su primo.
—Insisto en que no tengo el menor interés, ni este sábado ni ninguno, en compartir mantel con un Ocharán. Cretinos engreídos…
—¿Aún no le has perdonado a Luis que comprase el palacio de la Duquesa de Sevillano?
—Querrás decir que me lo robase delante de mis narices. Que se adelantara porque conocía mi oferta y la subiera, maldito tramposo. Y todo para echar abajo el edificio.
—¿No es lo que pensabas hacer tú, querido? —espetó mi tía desde la puerta.
—Inés, los Otamendi somos y seremos los responsables de que Madrid se haga moderno. Es nuestra obligación vivir en el centro, en una edificación fastuosa. Ese Ocharán bien habría hecho quedándose en su calle del Cisne. Nadie lo llamó a mudarse. Total, para lo poco que paran por Madrid.
—No ofendas a nuestro convidado en nombre de su primo, recuerda que siempre fuisteis amigos —advirtió ella con sutil delicadeza.
Mi tío bufó de nuevo. Parte del capital para las obras del metro de Madrid llevaba el apellido Ocharán, por más que le pesara.
—Amigos, amigos…
—Y el mismo sábado, vienen a almorzar los Orozábal.
Ese tiro lo había disparado Inés directo a mi persona. Me tocó dejar de mirar el fuego y mirarla a ella con un pellizco desagradable en el estómago.
—Vaya.
—Son de la familia, Carlos, entiéndelo.
—Me pregunto qué necesidad tenemos de seguir viéndolos. Traen consigo una oleada de malos recuerdos cada vez que vienen —protesté.
—Son los padres de tu esposa. Tienen todo el derecho —irrumpió mi tío. Mi tía me observaba con compasión desde la salida.
—Ya no estoy tan seguro.
—Tienen esa manía de hablar de Julia sin parar… —convino mi tía.
—¿De qué quieres que hablen, Inés? Era su hija.
—Lo que pasó, pasó, tío, y nadie lo siente más que yo —aseguré apasionado.
Mis palabras no surtieron el efecto deseado. No en un hombre de negocios como Antonio Otamendi, acostumbrado a discutir hasta el final y a salirse con la suya.
—Puedes creer que ellos sufrieron más y que siguen haciéndolo. Tú apenas tuviste tiempo de darte cuenta.
—No discutáis—rogó ella—. Trataremos de ser discretos y estar a la altura; serán bienvenidos cada vez que decidan visitar esta casa.
Me rendí. No servía de nada discutir una y otra vez la procedencia de aquellas invitaciones al té, a cenar, a almorzar los domingos, en las que mis destrozados suegros dedicaban sus energías a honrar la memoria de nuestra adorada Julia, rompiéndonos a todos el alma.
—Tía Inés, he traído una nueva chica para la cocina —anuncié deprisa, antes de que saliera.
Se paró en seco y me miró intrigada.
—¿Tú? ¿Has… qué?
—Traído una chica para la cocina —repetí con la mejor y más amplia de mis sonrisas.
—Creí que de esas cosas se ocupaba el ama Engracia.
—Considéralo una obra de caridad, la encontré en la calle, tía, es muy joven y me dio tanta pena…
—Alabado sea Dios, otra recogida —rezongó mi tío sin apartar la vista del diario.
—No pasa nada, Carlos, aquí hay comida y lecho para toda alma buena que se lo gane con decencia.
—Terminarán confundiéndonos con la beneficencia de la parroquia —volvió a protestar su marido.
—Solo quiero que… no te asustes… que no se asusten. Es simplemente… una chica de la calle. No es nadie.
Mi tío no me hizo el menor caso. Mi tía sí.
Ladeó la cabeza como queriendo traducir un enigma que se le escapaba.
Yo no tenía nada claro si quería o no dar más datos.
Con un poco de suerte podían pasar semanas antes de que alguno de ellos se cruzara por los pasillos con Irene.
Sobre todo mi tío, que jamás pisaba la zona de servicio.
En cuanto a mi tía, no era precisamente alguien muy comprometida con las tareas del hogar: criados respondones, mozas holgazanas, y el resto de variopintos problemas domésticos. Para eso estaba, desde hacía años y con una eficiencia que rayaba el histerismo, su fiel ama de llaves.
—¿Puedo saber a qué te refieres?
—Lo entenderá cuando la vea, tía. Se llama Irene y es tan solo eso, una chica cualquiera que encontré en la calle.