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Ojos opacos
Irene
Tuve una amiga que me contaba cosas. Se murió de una pulmonía en mitad de un invierno, pero antes de palmarla, me había contado cosas.
Me dijo que a una prima suya que también vivía en la calle, un señorito fino la había recogido y, con el pretexto de darle un buen vivir, la convirtió en su concubina.
Mi amiga y yo discutimos muchas noches si aquello era bueno o malo, permitir que un rico se te colara entre las piernas a cambio de sábanas limpias y pan caliente a diario no era un mal intercambio.
Eso decidimos, aunque meses más tarde las dos seguíamos siendo vírgenes.
Seguramente no éramos tan bonitas como su prima, o la poca carne sobre nuestros huesos disuadía a los poderosos de tomarnos bajo su ala protectora.
Seguimos planeando y apostando cuál de las dos conseguiría antes un futuro donde la honra no la perdiéramos a puñetazos contra una pared rasposa; siempre cabía ese riesgo.
Eso fue antes de que se muriera. Cuando se murió no volví a tener amigas ni nadie a quien contarle mis penas. Tampoco a un potentado como el de la prima, que se hiciera cargo de mí. Mi flor seguía intacta.
Hasta que apareció él.
Tenía el rostro de un ángel. Menuda carambola ser tan afortunada, me dije.
Si quería convertirme en su amante a cambio de techo y cobijo, aceptaría encantada, ni siquiera daba crédito a tanta suerte.
Era joven, bien parecido y fornido, con andares de monarca y sonrisa celestial.
Los ojos de gato, azul transparente. Y listo, vaya si lo era.
Yo presumía de tener mano veloz saqueando bolsillos, jamás en toda mi carrera de ladrona me habían pillado; carteras, relojes, hasta llaves que luego vendía como metal al peso.
Me lo llevaba todo sin que el interesado se percatase.
El ángel, sin embargo, tuvo un sexto sentido que debió avisarle de mis intenciones, porque me atrapó antes incluso de alargar los dedos.
Quizá no era más que un guiño del destino escrito para que nos mirásemos a la cara. Quizá estuviéramos predestinados. Puede que las estrellas lo hubiesen escrito ya en el cielo.
Mi amiga la que se murió decía que yo era una romántica, y que siendo romántica no se iba a ninguna parte si eras como nosotras: pobre, desgraciada, harta de piojos y sabañones y con más hambre que el perro de un ciego.
Tenía razón, era oírla y saber que la tenía, pero cuando por la noche nos acurrucábamos para dormir, bien juntas con tal de darnos calor, mi mente volaba lejos, allí donde los príncipes azules rescatan a sus damas de la miseria y se casan con ellas perdidamente enamorados.
Eran cuentos, sí, pero eran mis cuentos, me curaban el alma y, en las sombras heladas de la noche, me ayudaban a sobrevivir.
Caminamos un buen trecho en silencio. El ángel cumplió su palabra, se detuvo en un puesto donde el olor del pan recién sacado del horno estuvo a punto de marearme y pagó por una hogaza con la que, en condiciones normales, habríamos comido más de seis cristianos.
Luego, en otro puesto, compró para mí un pedazo de queso que me quedé mirando con devoción, ya que nunca en mi vida lo había probado.
Hundí los dientes hasta con miedo de que desapareciera, embelesada con el pestilente aroma, y disfruté de cada bocado como una condenada a muerte.
El señorito Carlos respetó mi silencio y, aunque había propuesto que camino de casa le contase mis cosas, ni me pidió cháchara ni me contó tampoco nada.
Cruzamos por el borde la plaza de la Cibeles y torcimos por una calle amplia a la derecha, a dos pasos de la Gran Vía, una zona vedada para las chinches callejeras como yo.
Qué limpio estaba todo, no olía a orines y circulaba poca gente por la calle.
Los que pasaban inclinaban la cabeza y se tocaban el ala del sombrero como si conocieran a mi ángel y les impusiera respeto.
Me invadió un absurdo sentimiento de orgullo pese a que en mí ni reparaban.
Nos detuvimos frente a un edificio con portal de piedra y lujosas maderas, y fachada también de piedra de color más claro. Seis pisos uno sobre el otro y más de veinte ventanas grandes. Miré hacia arriba y aquella cosa enorme se me vino encima.
—Hemos llegado —anunció con otra de aquellas sonrisas capaces de deshacer témpanos.
Esquivé su mirada para no ponerme aún más nerviosa.
Del techo colgaba un farol, grande como la luna, y mi estómago ronroneaba más apaciguado de lo que recordaba haberlo tenido nunca. Mi humor había mejorado milagrosamente.
—¿ To esto es suyo?
—Vivo aquí pero no soy el dueño.
—Ah, ya. De su familia de usted.
—Vamos, entra.
—Detrás de usted, señorito.
—Sigues sin fiarte.
—Pues claro.
—Como quieras.
No pareció que le quitaran el sueño mis razones.
Echó a andar y yo me pegué a sus talones muerta de miedo por si cambiaba de parecer, hipnotizada por el cimbreo de sus anchos hombros, tan distinto al resto de hombres que conocía.
Atravesamos una especie de patio ancho con adoquines húmedos en el suelo y de ahí, por una puerta alta de cristal y maderas olorosas, al interior de una mansión confortable y cálida como el pecho de una madre.
Me quedé clavada en la entrada, incapaz de avanzar un solo paso más.
Una chica vestida de uniforme llegó corriendo a recogerle el abrigo y el sombrero. Al principio no me vio. Pero en cuanto susurró su meloso «bienvenido, señor Carlos», sus ojos entrometidos buscaron los míos. Y se desencajaron.
Juro que fue como si viera un maldito fantasma, abrió la boca y la dejó así, como la gente que no habla y babea todo el tiempo porque no saben cómo cerrarla.
—Dile al ama Engracia que venga a verme a la biblioteca —le ordenó el ángel.
Amable pero con el tono de alguien acostumbrado a que lo obedezcan. Oírlo me provocó un inquietante estremecimiento.
La chica agachó la cabeza, dijo que sí con una reverencia torpe y, antes de desaparecer, volvió a mirarme de reojo, con el terror pintado en la cara. Estuve a punto de gruñirle como un perro salvaje y espantarla, pero el ángel habló de nuevo.
—Sígueme.
No le discutí. Me limité a sentirme bien, sin calambres en la tripa por primera vez en siglos y sin la carne de gallina que provoca el frío.
Me llevó por un pasillo lleno de cuadros hasta una habitación con estanterías de madera desde el suelo hasta el techo y cientos de libros encuadernados en piel.
Se me dibujó una sonrisa bobalicona en los labios.
Después de un pedazo de pan, un libro era lo mejor que habrían podido darme en la vida.
—El ama Engracia se encarga del servicio en la casa.
Irás con ella a la cocina y procurarás obedecerla.
Te asignarán un cuarto. Podrás lavarte y vestirte en condiciones, ella te proveerá de lo necesario: un vestido, ropa interior, sábanas.
Si falta algo, lo pides. Y si no estás a gusto, puedes marcharte. ¿Me has entendido?
No respondí porque lo estaba escuchando con la misma atención con que escucharía un sermón del mismísimo Jesús, nuestro señor. Tenía una voz grave y masculina, muy seductora, y una boca perfecta como una fruta jugosa que daban ganas de morder.
—¿Me has entendido? —repitió un poco más alto.
—Sí, sí.., señorito.
—No soy el señorito. Soy el señor Carlos.
—Pensé que había hablado de su tía…
—Y mi tía existe. Y también mi tío, el señor Antonio, pero yo no soy señorito, no soy soltero. Soy el señor Carlos.
La noticia fue como recibir una tromba de agua helada por la espalda desnuda.
Mis pupilas viajaron sin querer a sus grandes manos sin anillos y deseé poder preguntarle por qué escondía la prueba de su matrimonio.
Si estaba casado, todo sería más complicado entre nosotros, por ejemplo, enamorarnos.
No pasaría de ser su ramera, suponiendo que con mi total inexperiencia lograse contentarlo en el lecho…
¿Pero con qué demonios estaba fantaseando?
Me mordí la lengua. En sentido literal, no figurado.
Mi cabeza ya volaba muy lejos inventando ilusiones que no serían verdad ni aunque el cielo se desplomara sobre Madrid.
Iba a ser cierto que era una romanticona absurda que, nada más ver un hombre atractivo perdía la razón.
Y el señor don Carlos lo era. Mucho. El más guapo que había visto ni en sueños.
Una mujer robusta, de pelo ensortijado lleno de canas, apareció de repente tras una breve llamada a la puerta y su saludo me sacó del sopor en el que había caído.
—¿Me ha llamado, señor Carlos?
—Sí, Engracia. Esta es Irene. A partir de ahora, siempre que ella así lo desee, vivirá con nosotros en la casa. Cuide de que tenga habitación, ropa y comida y vaya instruyéndola en las tareas más básicas. Estoy seguro de que es espabilada y aprenderá enseguida.
Mientras mi ángel dictaba sus instrucciones, la tal Engracia no se dignó a apartar de él los ojos.
Pero cuando lo hizo, su reacción fue la misma que la de la criada.
¡Qué digo la misma! Fue peor, mucho peor, más exagerada.
Tras mirarme con desprecio, Engracia se puso blanca como la leche, me repasó con ojos opacos y se persignó tres veces.
—¡Bendito sea el poder de Dios!
—Tranquila, Engracia. Vaya y haga lo que le he dicho.
La mujer avanzó un solo paso en mi dirección y se detuvo con un hondo jadeo. Su pecho voluminoso subía y bajaba en estertores y las manos debían sudarle porque se las pasaba sin parar por la falda del vestido. Finalmente, estiró un brazo en mi dirección sin llegar a rozarme.
—Habrá que bañarla primero, ¡válgame el Señor!
En aquella familia debían de ser todos muy limpios si mi aspecto los trastornaba tanto.
¿Qué esperaban de una mendiga? ¿Acaso no salían a la calle?
¿No se habían cruzado jamás con ninguna?
Yo no era de las peores, no me orinaba encima y cuando pasaba cerca de una fuente, aunque fuera invierno, intentaba lavarme.
La ropa que me habían regalado las monjitas dos años antes aún se mantenía, con remiendos pero sin harapos.
De verdad, ellos podían no creerlo, pero mi estado podía empeorar, y mucho.
A saber cómo iba la prima de mi amiga cuando llegó su benefactor a rescatarla.
—Haga lo que vea. La dejo en sus manos.
—Señor… ¿está seguro?
—Vaya, Engracia, ande; vaya.
El señor Carlos dijo esto último sin mirarnos a ninguna de las dos, casi de espaldas, escogiendo un volumen de las estanterías y pasando distraídamente las páginas.
Yo sí lo entendí, quería que saliéramos de allí cuanto antes, quedarse solo.
Pero el ama Engracia parecía empeñada en quitarle de la cabeza la loca idea de acogerme.
Me estudiaba de reojo como el que mira un monstruo dentro de una jaula.
Y eso que ignoraba que traté de robarle.
No se fiaba de mí como yo no me fiaba de ellos, y hacía bien.
Pero mi ángel no volvió a despegar los labios y al final la mujer tuvo que darse por vencida.
Me miró casi con asco y sacudió la cabeza en dirección a la puerta.
—Anda, tira. Veamos qué hay debajo de esas costras.
¿Qué iba a haber? Una chica de diecinueve años sola en el mundo, con mucho vivido.