Capítulo 29
T iffany mira la estantería frente a ella y está bastante segura de que está torcida. Inclina la cabeza hacia un lado y nota que las velas de eucalipto caen en una pequeña pendiente a la derecha confirmando sus temores: tiene que desmontar la balda y colocarla derecha.
Suelta un suspiro resignado y decide meterse en la aplicación de compras online. Con el ceño fruncido trastea hasta encontrar una de esas herramientas con la que puede asegurarse de que cada cosa que instale en la pared esté recta y no parezca un camino de la Gran Muralla.
—Dime, Pi —contesta el teléfono cuando el nombre de su hermana aparece en la pantalla—. Sí, estoy en el garaje, aún nos queda mucho que hacer.
Piper le pregunta si necesitan ayuda para organizar el garaje —por enésima vez— y cuando su hermana le dice que lo tiene todo controlado, le dice que entonces se pasen el viernes por su casa para cenar.
—Me parece buena idea —contesta Tiffany mientras observa con poca sorpresa que las baldas de la izquierda están igual de torcidas que las que están frente a ella.
Se despiden porque Piper tiene que visitar al abuelo del apartamento tres y el hombre está ansioso porque dice que lleva desde que se ha levantado con un dolor en la pierna derecha y teme que sea el inicio de un infarto al corazón.
Se mueve hacia la zona de secado, una que han dispuesto con una mesa larga al fondo del garaje y revisa las veinte velas que están curando.
Han tenido que colgar el cartel de «agotada» en varios de sus productos porque a pesar de que llevan casi tres semanas en California, el traslado no ha sido tan sencillo como se habían imaginado.
Lo que sí fue muy fácil fue la conversación que tuvieron con los mellizos al volver a Chicago.
Kelsey y ella estaban nerviosas a la vez que compungidas por la situación a la que debían enfrentarse, habían pasado muchos años al lado de los chicos y la decisión de separarse era más bien agridulce a pesar de que las cosas entre ellas habían empezado con buen pie.
—¿Estás convencida, Tiffany? —Michael se pasó la mano por el pelo, con un gesto en la cara de verdadera confusión—. Estoy seguro de que, sea lo que sea que te pase, podemos arreglarlo. Hacemos buena pareja, pasamos buenas temporadas en la cabaña y haciendo cosas juntos.
Tiffany Dalton tuvo un leve presentimiento cuando escuchó las palabras casi desesperadas de su marido, así que lanzó el anzuelo a ver si picaba y, por supuesto, la sacaba de dudas.
—Lo sé, Mick, siempre nos hemos llevado bien, pero mis sentimientos han ido cambiando y ya no me basta con que hagamos una buena pareja si no se tiene lo demás. —Hizo una pausa y preparó la caña de pescar imaginaria—. No quiero darte información que no me corresponde, pero Kelsey y Rick…
Lo dejó caer, con inocencia y una expresión de culpa por haberle dicho algo que no debería. Michael abrió mucho los ojos unos segundos después cuando entendió a qué se refería su mujer.
—¿Se van a…? —Se llevó la mano a la boca y Tiffany no supo si estaba ocultando una sonrisa o una mueca de disgusto—. ¿Van a divorciarse también?
Tiffany asintió mientras miraba a su marido al que se le habían puesto los mofletes rojos como cuando pescaba un gran bicho o ganaba una partida en la videoconsola. Solo le faltó dar un grito y aplaudir pletórico.
Si le había quedado alguna duda, Kelsey se la aclaró un par de horas después cuando quedaron en el garaje que hasta ese momento había servido de sede de Pacific Wick y le explicó la corta conversación que tuvo con Richard.
—No me dijo nada, Tiff. —Kelsey aún tenía la sorpresa pintada en su cara—. Solo me abrazó y me deseó buena suerte.
—¿En serio? —La chica Dalton no podía creerlo—. Pero ¿no te preguntó ni siquiera el motivo?
La otra mujer negó con la cabeza.
—Escuchó todo lo que le dije, me contestó que los matrimonios a veces no funcionaban y que la semana que viene hablaría con Nathan para que fuera él quien llevara los dos divorcios.
—De repente, Kelsey soltó una risa incrédula—.
¿Sabes qué fue lo peor? Cuando subí a la habitación para recoger mi ropa lo escuché llamando al sitio ese de las autocaravanas.
A Tiffany por poco se le descolgó la mandíbula.
Los gemelos llevaban años queriendo comprar un vehículo de ese estilo porque uno de sus sueños era hacer la ruta de la pesca.
Cuatro semanas pescando en diferentes sitios, algunos tan difíciles de llegar que había que caminar kilómetros con el equipo y la carpa a cuestas.
Otros en parajes idílicos donde tenían sitio para aparcar y pasar las noches allí en plena naturaleza.
Las chicas nunca se opusieron, pero no estaban dispuestas a pasar un mes encerradas en una furgoneta viendo a sus maridos pescar y de una u otra manera, eso era lo que frenaba a los mellizos.
Que casi al mismo momento que Kelsey le pidiera el divorcio a Rick, se diera cuenta de que ahora también estaría soltero y llamara para comprar la autocaravana, le confirmó a ambas que no estaban dolidos, estaban felices.
Tiffany se gira cuando escucha la puerta interior del garaje abrirse y por ella sale una Kelsey sonriente cargada con una caja inmensa.
—Espera, que te ayudo. —Se apresura Tiffany y entre las dos se mueven hasta dejarla sobre la mesa—. Joder, ¿qué llevas aquí?
Kelsey no le contesta, primero la besa y suspira mientras lo hace porque aún no se acostumbra a esa sensación de sentir los labios suaves de la chica Dalton sobre los suyos sin la necesidad de esconderse o sentirse mal por estar engañando a su marido.
—La cera nueva —contesta y le limpia la boca a Tiffany de los restos de saliva que le ha dejado—. Llegó ayer cuando no estábamos y mi padre la guardó dentro, pero se le había olvidado decírnoslo.
—Tendremos que buscar la manera de molestar a Jake lo menos posible con los pedidos. —Tiffany rasga el cartón y saca las bolsas de cera—. Por cierto, ¿te ha llamado Nathan?
Kelsey revisa su teléfono y trastea la pantalla para confirmar que no ha recibido ninguna notificación del abogado que lleva los divorcios con los Clotet.
—De momento no, ¿a ti te ha llamado?
—Mick me mandó una foto hace un rato. —Pone los ojos en blanco y la busca para enseñársela a Kelsey.
En la instantánea aparecen Mick y Rick con un traje ridículo de color amarillo, botas de goma hasta las rodillas y guantes. Los dos sostienen un pez gigante y por la sonrisa de ambos, no se podría decir que están afectados por la separación.
—Me pide que nos encarguemos nosotras en estos días por si Nathan necesita algo porque les toca la parte de la acampada y no está seguro de que tengan buena cobertura.
Kelsey sigue mirando la foto, no siente tristeza ni melancolía, solo ese tirón en el pecho que no deja de experimentar desde aquella conversación con su padre porque no deja de castigarse por haber perdido tanto tiempo en un matrimonio con la persona equivocada.
—Parecen contentos —susurra antes de devolverle el móvil a su chica.
—Ya te digo. —Tiffany levanta las cejas—. Creo que están encantados de estar solteros los dos para hacer lo que quieran.
Kelsey no tiene dudas, los mellizos fueron buenos maridos, pero ahora que lo ve desde otro lugar, también estaban frustrados.
Tiffany y Kelsey maduraron, ellos se quedaron en los treinta, con las mismas ganas que tenían en la universidad de jugar a la consola, escaparse a mitad de una montaña o hacer cualquier cosa siempre que fuera juntos.
No tener que amoldarse a ellas les ha supuesto ese respiro que les faltaba.
—¿Crees que la firma de los papeles se alargará mucho más?
Kelsey lo pregunta cansada por todos los trámites que han tenido que hacer tras la separación.
Lo primero fue hacer el cambio oficial de la sede de Pacific Wick a California y todo lo que conlleva mudar una empresa de Estado.
Luego mantuvieron un par de conversaciones con sus futuros exmaridos y el abogado, porque las casas —incluyendo la cabaña— y los coches están a nombre de la empresa de los Clotet.
Eso no habría supuesto ningún problema si los mellizos no las hubieran incluido como socias después de que se casaron porque según ellos, en su familia se hacía de esa manera.
Si ellas fueran unas buscafortunas, tendrían la vida resuelta, pero lejos de todo eso, ellas lo que quieren es firmar y ser libres.
Mick fue el que más habló de los dos, les agradeció a ambas que quisieran renunciar a todo para no perjudicarlos, pero no estaban del todo de acuerdo porque al fin y al cabo, ellas habían dejado su vida para irse con ellos a Chicago, no ejercieron sus carreras y si no hubieran montado la tienda de velas, literalmente no tendrían nada más que el dinero de sus propias familias.
Llegaron a un acuerdo que ambas aceptaron a regañadientes, sobre todo cuando Rick les dijo que con el dinero podrían montar algunas tiendas físicas para que Pacific no fuera todo online.
—No lo creo. Estoy segura de que en cuanto Nathan deje atado todo lo de la empresa, podremos firmar.
Kelsey suelta un resoplido, le gustaría dejar todo eso atrás cuanto antes y centrarse en su relación con Tiffany.
—¿Nos vamos a casa? —pregunta dejando el tema de los chicos atrás—. Estoy agotada. Ha sido una semana espantosa.
—Si durmieras más por las noches… —canturrea Tiffany con un tono de burla.
Las mejillas de Kelsey se vuelven completamente rojas porque desde que decidieron darse una oportunidad, la mujer se ha tomado muy en serio eso de recuperar el tiempo perdido.
—Venga, vamos. —Tiffany le pasa el brazo por los hombros y le da un beso en la cabeza.
Conducen hasta el ático de la chica Dalton que ambas ahora comparten desde que volvieron a California.
No hubo ninguna discusión al respecto, simplemente Kelsey se instaló el día que llegaron desde Chicago y Tiffany le hizo espacio en su armario.
Compraron un par de muebles más sin pensarlo demasiado y cuando llegó el camión con todas las cosas que habían dejado preparadas en sus antiguas casas, apartaron las que querían guardar en un trastero y colocaron las que se quedaban en casa.
Jake Barrett fue a comer con ellas unos días después porque la intención de ambas era que el padre de Kelsey se familiarizara con esa nueva realidad. Jake actuó como siempre.
—Entonces, ¿no te resulta extraño? —preguntó su hija cuando estaban tomando un café después de la comida.
Jake tomó un sorbo y después negó moviendo el cuello.
—Es que no ha cambiado nada. —Miró a ambas—. Siempre habéis sido así, juntas para todo. Cogidas de la mano, mirándoos. Habéis tardado demasiado.
A Kelsey se le contrajo el pecho porque su padre tenía razón y porque además, al parecer, ella era la única que no se daba cuenta de cómo se veían ellas dos desde fuera.
—¿Pedimos pizza? —pregunta Tiffany mientras deja las llaves del coche en el mueble de la entrada.
Kelsey levanta una ceja.
—Anoche cenamos pizza.
La otra mujer sonríe con gesto inocente.
—Echaba mucho de menos las de aquí, Kels. Las de Chicago no sabían así.
Esta noche no piensa ceder porque conoce bien el amor de su chica por la comida basura.
—Ve a la ducha mientras saco una lasaña que he dejado congelada, ¿te vale?
Tiffany se relame, le encanta la comida de Kelsey.
—Claro que sí. —Se acerca a darle un beso en los labios y luego desaparece por el pasillo que conduce a la habitación.
Kelsey suspira y camina hacia la estantería que está al lado del televisor.
Coge un portarretrato que pusieron apenas hace unos días y los ojos se le humedecen, esta vez por una buena razón.
Tiffany tomó la foto en la que ambas salen con una sonrisa y los ojos medio cerrados porque el sol les estaba dando de lleno.
Ese día habían decidido comer en un restaurante frente a la playa y quisieron inmortalizar ese momento, la primera cita oficial de las chicas.
—Nosotras bajo el sol —repite Kelsey en voz baja la frase que le dijo Tiffany mientras pasa el dedo por el cristal.
—¿Vienes? —Escucha a Tiffany, que acaba de abrir el agua de la ducha, y siente un tirón en el vientre.
—Voy.
La lasaña tendrá que esperar.