Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

U n sonido seco y varios movimientos bruscos hacen que abra los ojos de golpe.

Se lleva una mano al pecho cuando nota el galope de su corazón y traga saliva mientras intenta recobrar la calma.

Parpadea varias veces y vuelve a la realidad: Kelsey está en el avión y acaba de aterrizar en el aeropuerto de San Diego.

No sabe en qué momento se ha quedado dormida, pero tampoco le asombra demasiado.

Anoche no pudo dormir ni un solo minuto porque los nervios la estaban asfixiando mientras contaba las horas para salir de la cama.

No puede saber cuántas veces deseó que existiera algún transportador para aparecer en California sin soportar la espera.

—Señoras y señores, hemos aterrizado. Por favor, permanezcan sentados con el cinturón de seguridad abrochado hasta que la señal se haya apagado y la aeronave se haya detenido por completo.

Les rogamos que no se levanten ni abran los compartimentos superiores hasta ese momento. Gracias por volar con nosotros.

Kelsey resopla cuando ve a la mitad de los pasajeros de pie sacando su equipaje, nunca ha entendido la poca capacidad de comprensión que tienen ciertos viajeros.

Mira por la ventana y el sol de California le da la bienvenida, y aunque está nerviosa, siente cómo la calidez le recorre el cuerpo, nada como estar en casa.

Enciende su móvil y enseguida le llegan varios mensajes de los mellizos.

Por un lado, su marido le pide que le avise cuando llegue, pero también le ruega que haga lo que sea para traer a Tiffany de vuelta.

Mick, por su parte, parece aún tan desconcertado como anoche cuando fue a su casa y simplemente le dice que regresen lo antes posible porque quieren estar en la cabaña para el fin de semana.

Lo que le confirman todos esos mensajes es que para los hermanos Clotet es imprescindible que el matrimonio de los cuatro siga intacto como siempre para que todo sea como desde el inicio y eso la hace dudar —una vez más— sobre la verdadera naturaleza de sus relaciones porque pareciera que es más importante que ellos tengan todo a juego que los sentimientos de cada uno.

Cuando se sube al taxi casi una hora después de aterrizar, Kelsey le pide al conductor que la lleve a Oceanside y le da la dirección del ático de Tiffany.

La incertidumbre hace que no pueda dejar de mover las piernas y estrujarse las manos porque no tiene ni idea de cómo la va a recibir su mejor amiga.

Ha practicado al menos cinco discursos diferentes y también los ha desechado todos porque le parecían artificiales o demasiado acusatorios, así que se ha dicho que es Tiffany, la chica que conoce desde que eran unas niñas, con la que siempre ha hablado con tanta facilidad, y esta vez no tiene por qué ser diferente. O de eso se intenta convencer.

—Muchas gracias, señora —dice el conductor cuando Kelsey le paga y le dice que se quede con el cambio—. Que tenga un buen día.

La mujer saca su maleta y el bolso que ha traído del coche.

Se queda en la acera unos segundos e inclina la cabeza hacia atrás para observar la longitud del edificio.

Se imagina a Tiffany en el balcón, sentada con los pies apoyados en el taburete amarillo y una taza de café en la mano.

Lo primero que le lanza su mente es a ella llegando hasta la rubia y acercándose con prisa para besarla, para recargarse de toda la energía que se escapó por el agujero que dejó al marcharse de Chicago.

Sacude la cabeza con fuerza, no es momento de imaginarse nada de eso, ella vino con una misión y va a cumplirla.

—Buenos días —saluda Kelsey a Robert, un hombre de piel oscura que lleva como seguridad del edificio desde que lo construyeron y Tiffany compró el ático.

—Señorita Barrett —le devuelve el saludo con una sonrisa amplia. Nunca la ha llamado de otra manera—. La señorita Dalton está arriba, esta mañana no ha salido.

Robert le da la información sin que ella haya tenido la necesidad de preguntar.

No es que el hombre sea indiscreto, sino que la misma Tiffany le ha dejado siempre claro que Kelsey puede tener acceso a su casa incluso cuando ella no esté, al igual que al buzón, algún paquete o a lo que necesite.

Siempre ha sido así desde el primer día.

—¿Necesita que la ayude? —pregunta señalando la pequeña maleta.

—No te preocupes, Robert. —La chica se pone en marcha—. Y muchas gracias.

Camina hacia el ascensor con las piernas en un estado casi líquido y en menos de lo que su mente puede procesarlo, está de pie frente a la puerta del ático, incapaz de decidirse a tocar el timbre.

Respira intentando llenar de aire sus pulmones, pero parece que en estos días esa es una tarea demasiado complicada para su cuerpo, así que se quita la tirita de golpe.

Tiffany frunce el ceño cuando escucha el timbre y comprueba su reloj de pulsera.

Ha quedado con su hermana, pero todavía faltan dos horas para que Piper venga a recogerla.

Se levanta del sofá después de dejar la taza de café sobre la mesa baja y camina hasta la puerta.

Se tensa cuando observa por la mirilla a Kelsey con los labios apretados y una expresión de funeral.

—Tiff —susurra cuando su cuñada abre la puerta y la mira con un gesto que no sabe definir.

—Hola —se limita a contestar, y se hace a un lado para dejarla pasar.

Kelsey arrastra la maleta y cuando siente el «click» que indica que la puerta se ha cerrado, tiene que reprimir el impulso de girarse y besar a la rubia.

—¿Ha pasado algo?

La pregunta de Tiffany es más compleja de lo que parece porque en ella hay un pequeño interrogatorio que de momento no se atreve a hacer. No quiere hacerse ilusiones y prefiere que sea Kelsey quien le diga el motivo de su visita.

—Michael está confundido y…

—Para. —Levanta ambas manos y endurece el gesto—. Si has venido hasta California para decirme que mi marido no entiende por qué le he pedido el divorcio y me he marchado, puedes irte.

—Pero…

—No —vuelve a interrumpirla Tiffany—. El motivo por el que me separo de Mick lo sabes y está claro que te involucra, pero no tienes derecho a venir hasta mi casa e intentar convencerme de que vuelva a Chicago —la chica Dalton bufa y niega con la cabeza—, porque estoy segura de que a eso es a lo que has venido, ¿verdad?

Kelsey no contesta de inmediato porque tiene una bola de fuego atravesada en el medio de la garganta. Es incapaz de decir algo coherente o diferente a lo que señala su amiga.

—Solo permitiré que te quedes si quieres hablar de lo que pasa entre nosotras. —Tiffany le da otra oportunidad—. De ti y de mí, no de los mellizos ni de Chicago. Si no es así, ya puedes irte.

Las lágrimas empiezan a bañar las mejillas de Kelsey y a Tiffany la rabia la golpea. Aprieta los puños porque detesta esa situación en la que su amiga empieza a llorar y ella tiene que ceder. Ni de coña, esta vez vuelve a elegirse.

Se gira y camina hasta el sofá, se sienta y coge de nuevo la taza de café. El corazón lo tiene acelerado, claro, porque una parte de ella tiene la esperanza de que Kelsey dé el paso, ese que ella sabe que no da por miedo a no sabe qué.

El optimismo se va a la mierda cuando escucha la puerta abrirse, cerrarse y el sonido de las ruedas de la maleta por el pasillo. Así sin más. Kelsey Barrett vuelve a renunciar a lo que siente de verdad para continuar con esa pantomima de vida que lleva.

—¿Ya se marcha, señorita Barrett? —Robert abre mucho los ojos, desde que conoce a esas dos, siempre las ha visto juntas y las visitas jamás han sido tan cortas.

—Sí —balbucea la mujer, que se ha puesto las gafas de sol para ocultar los ojos llorosos—. He quedado… voy… mi padre.

Robert la mira un instante y sabe que algo no está bien.

—¿Puedo ayudarla en algo?

Kelsey niega con la cabeza y carraspea.

—Gracias, Robert, pero estoy bien. —Señala la avenida frente a ellos—. Voy a tomar un taxi hacia la casa de mi padre.

Robert no está muy convencido, pero no puede hacer nada más. Aunque Kelsey y Tiffany siempre hayan sido amables con él, no olvida que es el vigilante de seguridad de un edificio donde a la gente que vive allí no le gusta que se metan en sus asuntos.

—Que tenga feliz día, entonces, señorita Barrett —se despide—, espero verla pronto.

Se le vuelve a formar un nudo en la garganta y aprieta con fuerza el asa de su maleta para después salir a la calle. Por suerte está en una zona donde los taxis no dejan de pasar, y en un par de minutos Kelsey se está subiendo a uno.

El viaje es de apenas veinte minutos, pero ella lo usa para cerrar los ojos y buscar la poca serenidad que cree que le queda en algún sitio entre el dolor y la desesperación.

No quiere presentarse en casa de su padre con la cara desencajada y preocuparlo por nada, ya será mucha sorpresa aparecer sin avisarle como para hacerlo como si acabara de morir alguien.

En cuanto atraviesa el corto camino del jardín delantero, Kelsey vuelve de golpe a cuando era una niña, cuando su vida era sencilla, llena de momentos alegres en familia.

Pasa al lado de un columpio que su padre instaló hace décadas y lo roza con los dedos mientras recuerda el tiempo que pasaba sobre él soñando con una vida adulta que ahora que la tiene, no le parece tan divertida.

Abre con su llave, pero antes de entrar golpea con los nudillos la madera varias veces; siempre le ha gustado respetar la intimidad de Jake Barrett.

—Papá —lo llama asomando la cabeza—, soy yo. ¿Estás en casa?

Un sonido en la cocina la hace sonreír y en cuestión de segundos, Jake aparece con un trapo en las manos.

—Kelsey, hija —la emoción se filtra por su voz—. Qué sorpresa verte aquí.

La mujer entra en la casa y cuando suelta la maleta, su padre ya está frente a ella con los brazos abiertos. La intención de Kelsey no era llorar, pero falla visiblemente porque sus hombros empiezan a moverse y un sonido desgarrado sale de su garganta.

—¿Qué pasa, hija? —pregunta Jake con preocupación—. Me estás asustando.