Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

K elsey suspira por enésima vez esa mañana y aparta las manos del teclado porque no consigue que sus dedos vayan donde quiere y al final teme que acabe haciendo algún desastre en la web.

Hace dos días que no sabe nada de Tiffany; bueno, eso no es del todo cierto, porque ayer por la noche, cuando Rick llegó del trabajo, le dijo que había invitado a cenar a Mick porque su hermano estaba solo.

—¿Cómo que está solo? —preguntó ella, girándose en redondo tras apagar el fogón.

Rick hizo una mueca de desconcierto y a ella se le aceleró el pulso cuando se dio cuenta de que había metido la pata.

—Cuando lo he recogido esta mañana, me ha dicho que Tiffany se ha marchado a California unos días, algo del tema ese de su padre. ¿No sabías nada? —preguntó atónito.

—Eh, sí, sí, claro que lo sé —rectificó Kelsey, soltando una risita corta y nerviosa—. Lo siento, es que estaba pensando en otra cosa y me has cogido desprevenida.

—Ah, vale. Bueno, pues eso, lo he invitado, supongo que no te importa.

—Claro que no. —Sonrió, con el pulso latiéndole en las sienes—. Ve a ducharte mientras llega, la cena estará lista enseguida, añadiré un poco más y listo.

—Eres la mejor. —Rick salió silbando de la cocina y Kelsey se giró hacia el mármol, se agarró al borde y bajó la cabeza mientras tomaba aire.

Obviamente, Tiffany no había ido a trabajar y, después de la discusión que habían tenido el día antes —probablemente la más grave desde que se conocen—, Kelsey decidió darle espacio en lugar de ir a ver si estaba bien, como habría hecho cualquier otro día si su amiga hubiera tardado demasiado en llegar.

Por increíble que parezca, ella estaba convencida de que no iba a marcharse, de que, si ella misma no es capaz de soportar su ausencia, a Tiffany debía de pasarle algo parecido, pero por lo visto se había enfadado de verdad, y lo único que había tranquilizado a Kelsey era que al final la chica Dalton había recapacitado y concluido que todo iba demasiado rápido, porque Rick no había mencionado nada del divorcio, así que Tiffany no se lo había pedido, solo se había marchado unos días para despejarse, como la vez anterior.

En cualquier caso, Kelsey no puede con la incertidumbre y, mientras que ayer el día lo pasó en una especie de trance extraño donde no era consciente del todo de nada y pudo estar en el garaje trabajando sin pensar demasiado en ello, hoy le resulta imposible.

Una cosa es un día sin Tiffany, y otra son dos que pueden convertirse en muchos más porque no tiene ni idea de cuándo volverá, y lo peor es que su cuñada no le contesta al teléfono ni devuelve los mensajes.

¿La está castigando? El pensamiento lleva media hora incrustado en su cerebro y toda la respuesta que se le ocurre es que sí, que Tiffany la castiga por su comportamiento y que, en el fondo, tiene algo de razón, pero Kelsey no puede dársela del todo porque le parece injusto que la presione así.

Ella no tiene la determinación de su amiga, a ella todo le da miedo y, sobre todo, le está costando mucho aceptar que está enamorada de una mujer.

¿Se ha estado equivocando durante toda su vida y todos estos años han sido tiempo perdido? Se niega a creerlo.

Suelta otro suspiro prolongado y coge el teléfono, comprobando una vez más que Tiffany no ha dado señales de vida.

«Llámame, por favor».

Kelsey lo envía, deja el móvil sobre la mesa justo al lado del portátil y se levanta para hacerse un café, bebérselo con calma junto a la estufa y, con suerte, poder concentrarse y seguir trabajando, aunque todavía no tenga claro cómo va a sacar los pedidos cuando se le acabe el stock.

—Eso es estúpido —susurra mientras asiente—. Tiffany volverá.

Cuando al fin termina la jornada, Kelsey se siente agotada como nunca y el único mensaje que ha recibido en su teléfono ha sido uno de Megan preguntándole si todo iba bien, porque Kelsey debería haber ido hoy al yoga, pero no se ha sentido con ganas de hacerlo y de que su amiga psicóloga le notara en la cara la angustia que arrastra, le preguntara por el tema y le acabara dando la razón a Tiffany.

Le ha mentido, ha dicho que tenían un pedido gordo y había trabajado hasta tarde.

Atraviesa el umbral de su casa, abandona el teléfono en la cocina y sube para darse una ducha, ponerse cómoda y bajar para preparar la cena.

Se decide por hacer hamburguesas, a Rick y a Mick les encantan y está convencida de que su cuñado cenará con ellos esta noche de nuevo, porque los hermanos solo se despegan para ir al baño o acostarse con sus mujeres.

Rick llega al cabo de un rato, la saluda y le pregunta cómo le ha ido el día, y ella miente otra vez diciendo que se le ha pasado bastante rápido, cuando las horas se le han alargado como chicles y ha estado a punto de gritar de desesperación en varias ocasiones.

Rick le habla de su jornada también, de un tipo que ya se ha retrasado dos veces con un pedido y de que hoy han discutido con él.

—Le he dicho que, si vuelve a fallar una vez más, buscamos a otro proveedor, me tiene hasta los huevos.

Kelsey se ríe mientras redondea la carne picada con la mano hasta convertirla en una bola perfecta que después aplastará sobre la sartén. Su marido nunca suele hablar mal, salvo que algo acabe con su paciencia —lo cual también es muy difícil—, pero al parecer ese tipo lo ha logrado.

—No te preocupes, seguro que no vuelve a fallar, ¿pones la mesa?

—Claro.

—¿A qué hora viene tu hermano? La cena estará lista en veinte minutos —dice Kelsey.

—Pues no sé, debe estar al llegar porque ha tenido tiempo de sobra para ducharse. Si no está aquí en cinco minutos, lo iré a buscar.

Kelsey menea la cabeza y sigue con lo suyo, y cuando Rick está sacando las cervezas, escuchan la puerta de la entrada, porque obviamente todos tienen llave de las dos casas.

—Ahí está —dice Rick, feliz y sonriente.

Kelsey le da la vuelta a la carne y al momento Mick aparece en la puerta de la cocina con la cara desencajada.

—Tiffany me ha pedido el divorcio.

A Kelsey se le resbala el trapo entre los dedos y Rick suelta una carcajada breve que se le corta cuando ve que su hermano no se ríe con él.

—¿Qué dices, tío? ¿Hablas en serio? —pregunta, perplejo.

Mick avanza y se deja caer en una silla, destapando una de las cervezas que su hermano ha dejado en la mesa, mientras Kelsey aprovecha para apagar el fuego y retirar la carne de las hamburguesas.

—La otra noche, cuando me dijo que se iba a California, también me dijo que llevaba un tiempo sin estar bien, que no sentía lo mismo, pero que me quería mucho.

Yo no entendía nada, pensé que solo necesitaba marcharse unos días.

Es lo que hizo la otra vez, ¿no? —pregunta, angustiado—.

No la quise presionar porque eso es justo lo que no hay que hacer, lo leí en un artículo del periódico.

—Claro, tío, hiciste bien —apoya su hermano.

Kelsey se reiría si no le estuvieran temblando las piernas.

—¿Tú también te agobias, Kelsey? —pregunta de pronto—. ¿Eso se pasa? No debería preocuparme, ¿no?

A Kelsey la libra de responder su marido.

—Pero si te dijo eso, ¿por qué no dijiste nada la otra noche?

—Te lo he dicho, pensé que solo necesitaba estar sola unos días, pero ahora acabo de hablar con ella, la he llamado para preguntarle cuándo iba a volver, y ha dicho que no va a hacerlo, que enviará una empresa de mudanzas a buscar sus cosas.

Kelsey se sienta al lado de su marido, sintiendo que, si sigue de pie un segundo más, las piernas van a fallarle.

—Tienes que ir a buscarla, Mick —decide Rick, y su hermano levanta la cabeza con los ojos muy abiertos.

—Sí, ¿verdad? Es lo que he pensado. Ya sé que quiere unos días, pero a lo mejor lo que necesita es que vaya allí.

Ha estado muy tensa con todo el rollo ese del hermano, que menuda movida, por cierto, y yo no la he acompañado ninguna vez.

La primera fue Kelsey —dice señalándola a ella—, y después sola, a lo mejor debería haber ido yo, haber mostrado más interés.

—Sí, tiene que ser eso —asegura Rick, porque no ha parado de darle vueltas desde que su hermano lo ha anunciado.

No se puede imaginar cómo cambia esto las cosas. ¿Con quién se quedará Kelsey cuando vayan a la cabaña a pescar el fin de semana? ¿Y qué pasa con las salidas para cenar los cuatro? Será raro que vayan ellos tres, su hermano se sentirá solo y ya no será divertido.

—Vale, haré eso entonces —resuelve Mick.

—Sí, perfecto, tienes que convencerla para que vuelva contigo —insiste Rick.

—No —interviene Kelsey de repente—. Creo que es mejor que vaya yo.

Los dos hermanos se miran entre ellos y después se vuelven hacia ella, expectantes.

—Tiffany te dijo que necesitaba tiempo, a lo mejor, si vas a buscarla, se agobia más de lo que está —dice lo primero que se le pasa por la cabeza, porque ella sabe muy bien que el agobio de Tiffany viene por otro lado y, si Mick se presenta en su apartamento de Oceanside, podría verse tan saturada que es capaz de contarle lo de su aventura, y Kelsey no está preparada para eso—.

Iré yo —repite—, es mi mejor amiga, es más fácil que hable conmigo de lo que le pasa que contigo.

—¿A ti no te ha contado nada de eso? —pregunta Rick.

Ella nota que le arden las mejillas.

—La verdad es que no.

—Eso es una noticia fantástica —aplaude Rick—. Si no te lo ha mencionado a ti, que eres su persona favorita, significa que el problema no es tan grave, porque ni siquiera ella lo ha considerado importante como para contártelo.

—Joder, es verdad. —Mick suspira con alivio—. Entonces, ¿vas a ir? No quisiera que eso te supusiera una complicación.

—No te preocupes, tengo los pedidos de la semana enviados y hay algo de margen para los siguientes.

Compraré un vuelo para mañana e iré a verla, seguro que no es nada —asegura, y no sabe si lo dice para tranquilizar a su cuñado o para tranquilizarse ella misma, pero Mick se relaja por completo al saber que ella se ocupará del tema, y cuando Kelsey sirve las tres hamburguesas con patatas, los dos hermanos comienzan a devorar mientras hablan de sus cañas nuevas y de que el próximo fin de semana —cuando Tiffany vuelva— pueden ir todos a la cabaña.

Ella los mira con cierta incredulidad y bastante envidia. Ojalá fuera capaz de despreocuparse así de los problemas.

Kelsey no se termina la hamburguesa porque se le ha cerrado el estómago, así que le da lo que le queda a su marido, que hace una broma con su hermano porque él tiene más, y se levanta con el pretexto de comprar el vuelo.

Coge el portátil que tienen en el salón, uno que utilizan tanto ella como Rick, y se sienta en el sofá con él sobre las piernas y una copa de vino en la mano.

Empieza a buscar billetes con el corazón en la garganta, sin saber muy bien qué va a decirle cuando llegue allí, pero aliviada de tener una excusa para ir a verla.