Capítulo 24
E l garaje tiene un silencio absoluto. Llevan ahí dos horas en las que no han encendido la radio ni se han dirigido la palabra.
Cada una está a lo suyo. Tiffany tiene al lado el listado de todos los pedidos que han entrado mientras estaba fuera y ahora va a comenzar a preparar las velas que no tienen en stock para algunos de ellos.
Antes de eso, ha estado comprobando las pocas velas que Kelsey pudo preparar en su ausencia porque una cosa era saber cómo hacerlas y otra tenerlo por mano.
Hizo alrededor de veinte, de las cuales Tiffany ha descartado ocho porque estaban agrietadas, tenían la mecha completamente descentrada o no tenían la cantidad correcta.
Las ha dejado en un lado de la cuarta estantería más cercana a la puerta, donde suele dejar las descartadas sin tirarlas porque las suelen gastar ellas en sus casas.
Kelsey la ha mirado cuando las dejaba y no ha dicho nada porque todavía le sorprende que salieran bien más de la mitad.
Ahora está montando las cajas de los pedidos, lleva media hora con eso, doblando el cartón, poniendo la cinta adhesiva y rellenando el interior con trazas de papel, algunas muestras y varios pétalos de flores secas que suelen utilizar.
Sabe que cuando termine —y esté más concentrada— tendrá que revisar el interior en todas porque cuando termina una y comienza con la siguiente, nunca está segura de haber metido todo lo que debía, y eso se debe a que tiene la cabeza en otro sitio, concretamente en la conversación que ha tenido antes con Tiffany.
Se imagina la situación, a su cuñado llegando a su casa esta noche y su amiga esperándolo en el salón para pedirle el divorcio.
El estómago se le encoge y la angustia le trepa por el cuello porque Mick se parece tanto a su marido que Kelsey se hace una idea muy clara de la cara de desconcierto que pondrá.
Esa cara de niño grande que no entiende, que le preguntará si ha hecho algo mal y le suplicará otra oportunidad.
Y entonces se imagina a Tiffany —a la que conoce mejor que a nadie—, la angustia de su amiga al saber que le está haciendo daño.
Puede verla acercándose a él, susurrándole que lo siente y que lo quiere, y abrazándolo para consolarlo.
Después se imagina a su cuñado llegando a su casa para contárselo a su hermano, que le preguntará a Kelsey si sabe qué ha pasado y ella tendrá que hacerse la tonta, mentirle a la cara y decir que ella no sabía nada.
Piensa en todo lo que desaparecerá si Tiffany se divorcia: las comidas de los cuatro, las excursiones, la cabaña, las Navidades muertos de la risa mientras abren los regalos, pero sobre todo su cuñada, porque lo que más miedo le da es que se marche.
—Sigo pensando que te precipitas, Tiff —suelta en voz alta.
Tiffany no levanta la cabeza, termina de verter la cera, deja el cazo en la placa y endereza una mecha con los dedos.
—¿Con qué? —Su tono no es de pregunta, sino de hartazgo.
—Con todo. —Kelsey suelta la cinta adhesiva y se gira hacia ella—.
Hablar con Mick hoy es… Joder, Tiff, acabas de llegar de California y tienes la cabeza en otro sitio, opino que no has tenido tiempo de pensar en esto con calma.
Nosotras acabamos de empezar, ni siquiera sabemos si esto que tenemos va a funcionar.
Tiffany se queda quieta un momento, con la hoja de pedidos en la mano. Después la deja, apaga la placa y se levanta, cruzándose de brazos con el hombro apoyado en la estantería.
—Mira, Kelsey, estoy hasta el coño de aguantar toda esta situación.
Kelsey abre la boca y la cierra cuando nota que el labio le tiembla.
—Ahora no me vengas con que llevamos poco tiempo —sigue Tiffany, lanzada—.
Tú y yo llevamos con esta tontería desde los catorce años, desde que te besé y tú me lo devolviste para después decir que lo olvidáramos todo.
Nos hicimos las tontas y volvió a pasar cuando follamos antes de la boda.
Ahora tenemos cuarenta y seguimos exactamente igual.
Veintiséis años, Kels, no vuelvas a decir que llevamos poco tiempo.
—Es diferente, aquello fue…
—Aquello fue exactamente igual que esto.
—Tiffany baja la voz, rabiosa—. Tú y yo sabemos muy bien lo que pasa entre nosotras, creo que está bastante claro.
Lo único que no hemos hecho nunca ha sido enfrentarnos a la realidad y llamar a esto por lo que es.
Ese es el único paso que nos falta, consolidarlo, reconocer en voz alta que estamos enamoradas.
Si sale bien, genial, y si sale mal, pues mira, a la mierda, al menos seremos dos mujeres adultas que lo han intentado, que han vivido algo de verdad y no esta patraña.
Kelsey se ha quedado de pie junto a la mesa de embalaje, con las manos temblorosas colgadas al lado del cuerpo sin saber qué hacer con ellas.
—Y no, Kels, no pienso seguir fingiendo.
—Tiffany señala hacia la pared que separa el garaje de la casa—.
Y menos con Michael. Es un buen hombre que no ha hecho nada para que yo lo traicione de este modo.
Es bueno, cariñoso, amable y… joder, que no.
No se merece esto y yo tampoco, estoy harta de despertarme cada día sintiendo que soy una persona despreciable.
—Nadie ha dicho que…
—Si vas a insistir en que me precipito, no sigas, por favor.
No sé qué es lo que tienes montado en tu cabeza, Kels, en serio, pero necesito que tengas esto claro: si no puedo estar contigo, me dolerá mucho, pero no por eso me voy a quedar con él.
—Tiffany la mira fijamente y Kelsey apenas puede tragar con el nudo apretado que tiene en la garganta—.
No quiero que veas esto como un ultimátum o un chantaje porque no lo es, es simplemente que ya no puedo estar en casa.
Tú puedes dejar a Rick o quedarte a su lado fingiendo que eres feliz, pero yo voy a pedirle el divorcio a Michael y punto.
Se quedan calladas y lo único que se escucha es el sonido de la estufa. Kelsey traga saliva e intenta buscar algo en su cabeza que le permita explicarse mejor para que Tiffany entienda que ella necesita más tiempo, pero no se le ocurre nada.
—Todo va muy rápido para mí, Tiff —dice en voz baja, con un dolor agudo por debajo de las costillas—. No digo que no vaya a hacerlo en algún momento, lo que digo es que podríamos esperar un poco, unos meses para ver cómo…
—¿Ver qué, Kelsey? —la corta cansada.
—No lo sé —responde con la voz estrangulada—. Esto, lo que tenemos, si nos equivocamos habremos…
—No sigas, por favor.
Tiffany suelta el aire de la risa por la nariz y se aparta de la estantería para acercarse un poco a ella, pero manteniéndose alejada.
—Vale, vamos a hablar de cosas prácticas porque a lo mejor así lo entiendes mejor. —Abre las manos y lo señala todo a su alrededor—. Te guste o no, me voy a divorciar, así que ve pensando qué hacemos con todo esto.
Kelsey parpadea mientras intenta llenar los pulmones de aire.
—¿Con qué exactamente?
—Con Pacific Wick, con el taller. —Tiffany la mira sin pestañear, ha cedido siempre, pero ahora se ha terminado—. Si me separo de Mick, no me voy a quedar en Chicago, Kels, creo que eso lo sabes muy bien. Mi familia está en California, así que decide lo que hacemos con esto.
—¿T-te vas? —tartamudea Kelsey porque una cosa es sospecharlo y otra escuchárselo decir.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Que me divorcie de Mick y me mude a tres calles de aquí para seguir viniendo cada mañana? —Tiffany niega con la cabeza, despacio—. No pienso hacerlo, me iré, Kels.
—Pero esto también es tuyo. —Kelsey siente el corazón en la garganta y los ojos se le han llenado de lágrimas—. Además, tú haces las velas, ya has visto que yo soy un desastre. Somos un equipo, joder, tú el producto y yo lo demás.
—Lo sé.
—Pero te irías igualmente.
—Si no puedo estar contigo, sí —asegura Tiffany sin dudar.
Kelsey se agarra al borde de la mesa con las dos manos.
—Tiff… Sí que podríamos…
—Ni hablar. —La corta su cuñada, acercándose a ella para apoyarse en la mesa de la misma forma—.
Yo no puedo venir aquí cada día y estar a diez centímetros de ti, olerte, escucharte reír, aguantar que me roces cuando pasas por detrás y hacer como antes, comportarme como si fueras mi amiga de toda la vida y ya está.
Eso lo he estado haciendo durante más de veinte años y no pienso hacerlo durante otros veinte.
—Es nuestro negocio, Tiff. —La voz de Kelsey se apaga.
—Lo sé, y me va a doler más que el divorcio.
Kelsey mira las cajas, las estanterías y el banco de Tiffany.
—Y si tan claro tenías lo que ibas a hacer, ¿por qué has vuelto? Podrías haberte quedado en California.
Tiffany suelta una risa amarga porque le resulta inconcebible que Kelsey esté tan negada a ver la realidad.
—Por dos motivos. —La chica Dalton levanta un dedo—.
El primero es que llevo muchos años casada con Michael y me niego a pedirle el divorcio por teléfono desde el sofá de mi apartamento.
Eso no se hace, no es correcto, joder, no es ni decente, lo mínimo que le debo es decírselo a la cara.
—Levanta el segundo dedo—. Y el segundo motivo es por ti.
Para sentarme contigo y tener esta conversación, para preguntarte qué quieres hacer, aunque parece que está bastante claro.
Se le quiebra la voz con las últimas palabras y se toma unos segundos para respirar y seguir.
—No te entiendo, en serio. Esta mañana te has presentado en mi casa y me has follado en el sofá como si fuera lo único en lo que has pensado en estos días, y luego coges y me invitas a que cenemos lasaña los cuatro como si no pasara nada.
Después vienes aquí, te pasas dos horas sin hablarme y cuando por fin abres la boca, es para decirme que voy demasiado deprisa.
Sigues en el mismo punto en el que estábamos hace un mes, no has movido ficha, no has decidido cambiar nada.
Las lágrimas comienzan a resbalar por las mejillas de Kelsey. Tiene las manos heladas y el corazón le palpita en las sienes. Sabe que tiene que decir algo, pero lo único que tiene en la cabeza ahora mismo es que la quiere, no es capaz de pensar en nada más.
Tiffany le pone una mano en el brazo y Kelsey se gira hacia ella con las mejillas rojas y mojadas. Verla sufrir así destroza a Tiffany, pero ya no puede seguir dando pasos hacia atrás, ella necesita avanzar, con Kelsey o sin ella.
—Te voy a hacer una última pregunta y después dejamos este tema.
Kelsey traga saliva y asiente.
—¿Hay posibilidad de que tú y yo estemos juntas de verdad?
Kelsey se queda congelada, como si en algún momento su cerebro se hubiera apagado y no fuera capaz de razonar.
—Tiff, yo… —lo intenta, pero está colapsada.
—Sí o no, Kelsey, es una respuesta muy corta.
Su amiga abre la boca y boquea como un pez. La vuelve a cerrar y se pasa la mano por la garganta porque la siente demasiado cerrada. Mira al suelo como si allí estuviera escrita la respuesta que necesita, pero lo único que ve son las botas de su cuñada y las suyas.
Tiffany espera, deja que los segundos se alarguen mucho más de lo razonable porque nunca ha perdido la esperanza con Kelsey, eso es lo que la ha ayudado a seguir todos estos años y controlar ese impulso que siempre le indicaba que el único camino razonable era ella, pero ya no puede más y cuando comprende que Kelsey no puede responder a esa pregunta, siente que algo se le resquebraja por dentro, como si su cuerpo fuera de hormigón y hubiera empezado a agrietarse.
—Vale —dice con sequedad.
Tiffany coge su plumón del perchero, se lo pone sin abrocharlo y camina hasta la puerta del garaje mientras Kelsey la mira con la sensación de que no puede respirar.
Su cuñada levanta la puerta lo justo para agacharse y salir y ni siquiera la ráfaga de aire helado que entra en ese momento logra que Kelsey mueva un solo músculo.
Cuando se cierra, se queda donde está, mirando ese metal y convenciéndose de que nada de esto ha sido real.
Sabe que es absurdo, pero para poder seguir funcionando ahora mismo, necesita pensar que después de esta discusión, Tiffany se tomará unos días para meditar.
Kelsey solo necesita eso, un poco más de tiempo para entender el giro que está dando su vida.