Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

T iffany sale de la ducha sintiéndose por fin completamente despejada y aprovecha que esa mañana su marido se ha ido muy temprano para mimar un poco su piel, que ha tenido descuidada por la locura en la que se ha convertido su vida últimamente, y parece que no logra sacar tiempo para nada.

Se humecta el cuerpo con una crema que compró hace meses y aún no había utilizado, vierte un poco de aceite de almendras en sus pies y los masajea durante un rato hasta que se siente complacida.

Camina hacia el armario, elige unos pantalones deportivos anchos y una camisa térmica de manga larga antes de bajar hasta la cocina para tomarse el primer café de la mañana.

El sonido del timbre le hace fruncir el ceño y cerrar la nevera. Deja el envase de crema sobre la encimera y camina para abrir la puerta principal.

Kelsey Barrett está del otro lado retorciendo sus manos con el corazón acelerado y una especie de ansiedad con la que ha convivido todos estos días en los que Tiffany no ha estado en California.

Cuando por fin se abre la puerta y la ve ahí de pie con el cabello húmedo y esos perfectos ojos verdes enfocándola, el nudo en su pecho se suelta y no puede frenar el impulso de pegarse a su cuerpo y abrazarla con fuerza.

—Joder, te he echado tanto de menos —lo dice incluso con la voz rota mientras la abraza con más intensidad—. Me alegro mucho de verte.

Kelsey salta a su boca, Tiffany maniobra como puede y cierra la puerta con el pie porque si algún vecino ve a su cuñada besándola de esa manera, no existiría excusa creíble para salir ilesas.

—Yo también te he…

Kelsey no la deja terminar, la empuja hasta que llegan al sofá y cae sobre ella sin despegarse de su cuerpo. Tiffany nunca la había visto de esta manera, tan desesperada y con las manos temblando mientras que de su garganta los jadeos escapan uno tras otro.

—He pensado mucho en ti —dice mientras se encarga de quitarle el pantalón a su amiga—. Cada hora desde que saliste del garaje esa mañana.

Vuelve a atrapar sus labios, se los muerde y su lengua se hunde hasta que encuentra la de Tiffany.

—Déjame que te vea. —Por poco le rompe la camiseta térmica—. Perdona. —Sonríe y le muestra las manos, que tiemblan frenéticas—. Es que estoy un poco ansiosa.

Tiffany entiende lo que le pasa porque ella misma a menudo experimenta lo mismo, solo que lleva tantos años acostumbrada a mantenerlo controlado, que nunca lo ha dejado salir.

Por lo visto a su cuñada no le importa que se le noten las ganas que tiene de tocarla y, por supuesto, no es consciente de su mirada brillante y sus mejillas sonrosadas.

La chica Dalton decide ayudarla, así que se deshace de su ropa interior con todo el esfuerzo que supone hacerlo con otra mujer sobre ella y se abre de piernas porque es lo que su cuerpo le pide a gritos.

Su amiga se moja los labios como si estuviera tan sedienta que necesitara humedecerlos y, mientras la mira, desliza la yema de uno de sus dedos por el centro del pecho de Tiffany, arrastrándolo hasta su zona más sensible.

—Kels… —gimotea la de los ojos verdes cuando nota su toque delicado y la forma en que empieza a trazar círculos sobre su sexo.

—Lo sé, cariño, lo sé —sisea, y baja los dedos hacia su abertura. Sonríe cuando la respuesta de Tiffany es un gemido ronco—. Mírame, necesito ver esos preciosos ojos sobre mí.

A Tiffany le cuesta seguir esa orden porque cuando empieza a sentirse llena y el movimiento lento comienza a enloquecerla, le es imposible mantener los ojos abiertos.

Kelsey cree que está en el cielo, deleitándose con esa piel suave, y solo se puede preguntar una y otra vez cómo demonios ha sobrevivido todos estos años sin poder tocarla de esta manera.

Su mente vuela doce años atrás, a aquella noche antes de la boda en la que ambas sucumbieron ante el deseo que llevaban años conteniendo, esa forma de perder el control una vez que rozó la piel de Tiffany, cuando estuvo dentro de ella y experimentó algo tan mágico como increíble.

No, de ninguna manera podría vivir sin esto.

—Quiero tocarte —le pide Tiffany a la vez que desliza una de sus manos entre las dos y aprieta con los dedos el sexo de su cuñada—. Quiero follarte mientras tú me lo haces a mí.

Kelsey vuelve a besarla antes de levantar sus caderas lo suficiente para darle espacio a su amiga a que haga lo que quiera con su cuerpo y, en unos segundos, nota cómo Tiffany empieza a jugar con ella.

—Estás tan mojada —la voz de la mujer que está debajo es apenas un susurro.

—Eso lo provocas tú.

A partir de ese instante, las dos mujeres se pierden en un momento de pasión que se alarga sin que ellas sean conscientes del tiempo que pasa.

Tiffany se deja hacer y Kelsey se recarga a través de su cuerpo.

Se siente viva, es lo que necesitaba; esos días sin su mejor amiga la fueron debilitando poco a poco hasta que ayer su cuerpo no era más que un caparazón vacío con una mente que daba demasiadas vueltas.

Confirma —una vez más— que la vida sin ella es una tortura, que tenerla lejos es lo más parecido a una herida que la va desangrando hasta dejarla en coma.

—Hola —le dice Kelsey cuando ambas ya están lo bastante recuperadas para recolocarse la ropa y respirar con normalidad.

—Hola. —Tiffany sonríe y le devuelve el beso corto que le regala su cuñada—. ¿Cómo estás?

Kelsey exhala un sonido débil.

—Ahora mejor —suspira y le aparta un mechón que tiene pegado a la frente—. ¿Qué tal por casa?

Tiffany vuelve a notar la tensión en el estómago porque esa pregunta la ha llevado directamente a Olena y al momento en que la chica confesó con rabia que su padre había abusado de ella.

Experimenta de nuevo el desasosiego del momento y el sabor a vómito en su garganta cuando su hermana le contó sobre aquella otra chica.

—¿Tan mal ha ido? —Kelsey lo pregunta uniendo las cejas porque Tiffany ha perdido el color en su rostro.

La chica Dalton mueve la cabeza con algo de indecisión porque claro que ha ido fatal y una parte de ella quisiera contarle el motivo, pero la otra tiene mucha vergüenza; además, le ha prometido a su hermana que lo mantendrían en secreto, al menos por ahora.

—Ha sido incómodo. —Tira por ahí porque no es mentira y prefiere omitir que engañar—. Ahora que sé que Nazar es mi hermano, he experimentado toda clase de sentimientos cuando he vuelto a esa caravana. No sé, me cuesta reconocerlo como familia y que esa chica sea tan joven me consterna.

—Date tiempo, Tiff. —Kelsey le coge una mano y le besa los nudillos uno a uno con calma—. Llevas cuarenta años pensando que vuestra familia era idílica y enterarte de que tu padre ha estado con alguien más…

Guardan silencio durante unos minutos porque Tiffany tiene la garganta cerrada.

Es verdad, los Dalton eran esa clase de familia: buen estatus, hijas profesionales, matrimonio perfecto…

Y si se tratara de una infidelidad, no está ella como para señalar a su padre, aunque sabe que se enfadaría por engañar a su madre, pero ¿violación?

No, esto es algo que jamás se le pasaría por la cabeza.

Lucas Dalton es un hombre sencillo, amable y cercano, no un abusador de mujeres.

No puede evitar que su mente le recuerde, hace varias décadas, una tarde que lo acompañó a Walmart y un hombre de la edad de Lucas le lanzó una mirada enferma a una Tiffany de dieciséis años.

Los empleados tuvieron que llamar a la policía antes de que su progenitor cometiera una locura. Ahora le parece irónico.

—Piper le ha ofrecido un apartamento en la residencia. —Tiffany necesita apagar el ruido en su cabeza, por lo que sigue hablando—. La idea es que Olena pueda ahorrarse los gastos de alquiler, comida y servicios para que pueda buscar un trabajo mejor con más calma.

—¿Y a ti qué te parece eso?

Tiffany encoge los hombros y se muerde los labios antes de hablar de nuevo.

—No lo sé —se pinza el puente de la nariz—, quiero decir… es confuso. Quiero que a Nazar no le falte nada, pero todo está pasando tan rápido que no sé cómo sentirme.

Kelsey ladea más su cuerpo y sube ambas piernas al sofá, sentándose en una posición que a Tiffany le parece dolorosa.

—Yo creo que tu hermana ha hecho bien —opina la mujer—. Si aún no sabéis cómo hablar con vuestro padre, mientras tanto ofrecerle algo de comodidad es algo bueno. ¿Habéis tomado alguna decisión?

—¿Sobre hablar con mi padre? —Kelsey asiente—. No, las dos estamos demasiado abrumadas como para pensar en ello ahora mismo, así que hemos decidido darnos una tregua.

Kelsey le aprieta la mano en señal de apoyo y le sonríe con calidez. Revisa el reloj de su móvil estirándose hasta la mesa frente al sofá y se da cuenta de que son pasadas las diez de la mañana.

—¿Te parece si vamos al garaje? —pregunta Kelsey—. Esta tarde quiero acabar pronto para preparar una lasaña. Deberíais cenar en casa si os apetece.

Tiffany no iba a sacar el tema en ese momento, pero algo en esa inocente invitación le ha dado un golpe de realidad. Esto es lo que quiere Kelsey, tenerla para ella cuando le apetezca, pero después seguir haciendo vida como si nada. No puede soportarlo más.

—Esta noche no. —En el rostro de Kelsey se refleja la decepción, pero de inmediato se recompone. No tiene ni idea de lo que viene—. Hoy hablaré con Mick y le pediré el divorcio.

La mandíbula de la otra mujer cae y sus ojos por poco saltan de las cuencas. No le sale la voz y carraspea para volver a intentarlo.

—¿Qué? —Mueve la cabeza como si estuviera confundida—. ¿Por qué?

Tiffany endurece la mirada.

—No sé de qué te sorprendes —la voz le sale seca—. Llevo semanas diciéndote cómo me siento.

—Ya… pero yo pensaba…

—¿Qué estaba exagerando? —pregunta con molestia—.

¿Qué era un arrebato? —Tiffany niega con la cabeza y suelta el aire por la boca de golpe—.

Pues no, no era nada de eso. Yo no soy esa clase de persona y me estoy convirtiendo en alguien despreciable que engaña a su marido con su mejor amiga.

Y no, Kelsey, que tú y yo lo dejemos, o cualquier cosa de ese tipo que se te ocurra, no va a evitar que rompa mi matrimonio porque lo que siento por Michael ya no es amor de pareja.

A Kelsey el corazón le bombea con fuerza y las manos empiezan a temblarle. Se las retuerce con nerviosismo mientras observa la mirada fría de su amiga.

—Estás tomando una decisión demasiado apresurada. —Ella misma sabe que lo que está diciendo no es correcto, pero está tan asfixiada que no sabe qué hacer.

Tiffany se pone de pie con un bufido y el gesto de indignación en su cara.

—A veces me da la impresión de que vives ausente en tu propio mundo —levanta ambas manos—.

Lo siento, pero no puedo decirlo de otra manera.

No sé cómo puedes hacerlo tú, o quizá es que no sientes lo mismo que yo, pero esto que tenemos no es una aventura.

No es algo divertido que hacen dos amigas y que luego se puede olvidar con facilidad.

Joder, Kelsey, que he estado unos días fuera de Chicago y ¿eres consciente de cómo has venido hoy?

No has venido a saludarme, ni a ponerte al corriente.

Te has abalanzado sobre mí, me has besado y follado sin ni siquiera pensar por un momento que quizá no estaba sola en casa.

Kelsey se tensa. Tiffany tiene razón, estaba tan enloquecida por verla que no se le pasó por la cabeza la posibilidad de que Piper o incluso su madre estuviera allí con ella.

Baja la mirada, avergonzada, sin saber qué hacer.

—Lo siento.

—No, joder, no —brama Tiffany—. No es verdad, no lo sientes. Lo que sientes es pasión, es amor y deseo por mí, por mucho que intentes negártelo.

—Yo te quiero, Tiff, de eso no hay duda. —Se lleva los dedos a los ojos para limpiarse las gotas que empiezan a caer—. Pero sabes que es complicado para mí. Te prometo que lo estoy intentando, que…

—No es suficiente, Kels —su tono se suaviza—. Antes quizá sí lo era, pero yo necesito que sea real, si es que eso es lo que quieres. Yo estoy dispuesta a ir con calma, pero tú y yo. No esta orgía despreciable que nos hemos montado por no tener la suficiente madurez de enfrentar lo que sentimos.

El silencio cae y Kelsey para ese momento tiene la cara empapada.

Tiffany la observa y el dolor de verla así empieza a quemarle el pecho, pero está agotada de siempre entenderla, de tragarse lo que experimenta porque su pobre amiga no está preparada.

Sabe que de esa discusión no saldrá nada, así que respira con calma y se recompone.

—Es mejor que nos pongamos a trabajar —ofrece la mujer que está de pie—. Yo al menos necesito distraerme porque si no me volveré loca.

Kelsey asiente y se levanta del sofá como si tuviera que cumplir una penitencia. Es incapaz de abrir la boca porque todo esto la ha superado. Estaba feliz, dichosa de poder ver a Tiffany después de varios días. No se imaginaba nada de lo que ha pasado y no se siente con fuerzas ni para pensar.

Mientras camina detrás de su mejor amiga, se aferra a la idea de que Tiffany recapacite, que siga con Michael y todo sea igual a como ha sido hasta ahora.