Capítulo 18
—Inhalad profundo… y al exhalar, dejad ir todo lo que ya no os sirve —dice la monitora con una voz baja y arrastrada que hoy a Kelsey le resulta insoportable.
Ella exhala, pero convencida de que nada de lo que no sirve en ella saldrá con esa respiración por mucho que resople.
Está en la postura del árbol, con la planta del pie apoyada en el muslo contrario y las manos juntas sobre el pecho, y ya se ha tambaleado tres veces como si el suelo estuviera en movimiento, incapaz de concentrarse.
«Voy a separarme, no puedo seguir con él».
Esa frase se repite en su cabeza desde ayer por la mañana, es algo constante, algo que suena por debajo de cada uno de sus pensamientos, incluso cuando estaba anoche cenando con Rick o durmiendo a su lado.
Cuando llega la relajación final, se tumba sobre la esterilla y se queda con los ojos abiertos mirando el techo igual que lo hizo hace unas semanas, solo que entonces lo que no se le iba de la cabeza era que Tiffany era una mujer, y ahora es miedo a perderla.
—Namasté —termina la monitora.
Kelsey se incorpora, enrolla la esterilla y va directamente a coger su abrigo y el bolso para salir cuanto antes porque siente que hay muy poco aire en el edificio.
—Cuánta prisa —dice Megan a su lado.
—Es que tengo hambre.
Salen a la calle y el aire congelado les petrifica las mejillas. Están a menos seis grados y en días así, Kelsey se pregunta por qué aceptó mudarse a Chicago.
La nieve cruje bajo sus pisadas y las dos caminan las dos manzanas hasta la cafetería con cuidado de no resbalarse. Al entrar hay varias mesas vacías, y Kelsey elige la del fondo porque está al lado de un radiador.
El camarero les trae una tostada para Megan y un bollo de crema para Kelsey junto a dos cafés.
—¿Estás bien? —pregunta Megan cuando Kelsey coge un sobre de azúcar y lo sacude entre los dedos, pero no llega a abrirlo.
—Tiff quiere dejar a Mick —suelta sin rodeos.
Megan, que estaba estirando la mano para coger un azucarillo, se detiene a mitad de camino.
—Vaya…
—Me lo dijo ayer en el garaje —sigue Kelsey sin necesidad de que su amiga le pregunte, y al fin rasga el sobre y vuelca el azúcar en su taza—. Dice que no puede seguir así, que desde que regresamos de California prácticamente está huyendo de él.
—¿Y cómo estás tú?
—¿Yo? —Kelsey suelta una risa amarga que no le llega a ningún sitio—. Alucinando, supongo. Es que no lo entiendo.
Remueve el café con tanto ímpetu que el líquido forma un pequeño remolino en el centro.
—¿Qué es lo que no entiendes? —pregunta Megan.
—El motivo —deja la cucharilla en el plato y levanta la mirada—. Dice que no le apetece acostarse con él. Más de una década de matrimonio, una vida entera montada y lo va a dejar porque desde hace dos semanas no tiene ganas de follar con su marido.
Megan da un sorbo increíblemente largo a su café. Lo hace principalmente para tener un poco de tiempo y digerir lo que está escuchando.
—¿Y a ti eso te parece que no es un motivo?
Kelsey parpadea.
—Pues sí —Kelsey baja la voz y se inclina sobre la mesa—. Eso pasa a menudo, joder. Intenté explicárselo, le dije que llevamos mucho tiempo con ellos y que las ganas de sexo se van pasando con los años, que hay cosas mucho más importantes en un matrimonio.
—¿Y ella qué dijo?
—Se enfadó porque no lo entendía y me preguntó que por qué no me había separado antes si a mí ya me pasaba.
Megan deja la taza sobre el platillo.
—No lo entiendo, ¿por qué te dijo eso?
—Porque le conté cómo funciono yo con Rick.
—¿Y cómo funcionas? —pregunta la terapeuta.
—Pues cómo funcionamos todas, supongo —dice, encogiéndose de hombros—. Él tiene ganas y yo no, pero es mi marido, así que me pongo a ello. Es solo un momento, un rato de tu vida que inviertes para que todo funcione. Después te duchas, te pones el pijama y te duermes, no es para tanto.
Megan está perpleja. Lleva muchos años ejerciendo su profesión y ha escuchado de todo, pero nadie le ha hablado del sexo conyugal como un trámite.
—Vale, voy a hablarte como amiga y no como psicóloga —empieza Megan—, porque si te hablo como profesional vamos a tardar dos años en llegar hasta el fondo de esto y me da la sensación de que tú no tienes tanto tiempo.
Kelsey se echa hacia atrás, desconcertada.
—¿Cuándo fue la última vez que te apeteció a ti?
—¿Qué me apeteció el qué?
—Acostarte con tu marido, no que simplemente lo aceptaras, sino que tuvieras ganas de hacerlo.
Kelsey abre la boca para responder y quitarse esta pregunta incómoda de encima lo antes posible, pero no sabe qué decir.
—No sé, Megan, ¿qué pregunta es esa? —dice esquiva.
—Una cualquiera, Kelsey. Responde.
—Pues al principio, supongo. Cuando éramos novios.
Las cejas de Megan salen disparadas hacia su frente, llenándola de arrugas.
—Desde que erais novios —repite la terapeuta, impresionada—. Así que llevas todo tu matrimonio acostándote con un hombre que te toca cuando quiere sin que tú tengas ganas. Y según tú, el problema lo tiene Tiffany.
—No he dicho que tenga un problema, solo que está exagerando un poco.
—¿Y por qué no te has separado tú si te sientes así? —intenta entender Megan.
—Porque no hay razón para hacerlo —responde convencida—. Rick es un buen hombre. No bebe, no me grita, no me ha puesto una mano encima jamás, me hace reír y se preocupa por mí. Tenemos una casa que me encanta, no nos falta de nada y nos llevamos bien, y le quiero.
—Te creo.
—¿Y entonces? —pregunta nerviosa.
—Me has dicho lo que no te hace, Kelsey. No te grita, no bebe y no te pega, ¿pero qué te aporta además de estabilidad?
Kelsey se pasa la lengua por los labios mientras piensa.
—Me da una vida tranquila y ordenada, una casa al lado de su hermano, un negocio en el garaje, cenas los cuatro, la cabaña, los fines de semana…
Me da a Tiff —añade más bajo y sin pensar, después coge un trozo del bollo que no había tocado todavía y se lo lleva a la boca, satisfecha con su respuesta.
Megan está clavada en la silla.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir?
—¿Qué?
—Te he preguntado qué te da tu marido y me has contestado que te da a Tiffany.
Kelsey se traga el bocado y siente que se le convierte en arena cuando pasa por su garganta.
—He dicho que me da una familia —intenta rectificar.
—Sé muy bien lo que has dicho, Kelsey.
—Tiffany es mi familia también. Ellos son inseparables, Megan, no es tan raro.
Rick y Mick no hacen nada uno sin el otro desde que nacieron.
Trabajan juntos, pescan juntos y hasta se compran la misma ropa.
Casarse con uno es casi como casarse con los dos, y eso nos deja a mí y a Tiffany juntas cada día.
Ellos hacen sus cosas y nosotras las nuestras.
—¿Y a ti eso te parece normal?
Kelsey no responde, arranca otro trozo del bollo y se lo lleva a la boca.
—Voy a hacerte una pregunta y quiero que seas sincera cuando me respondas.
—De acuerdo —acepta a regañadientes, pensando que no tendría que haberle contado nada.
—Imagínate que mañana Rick y Mick se pelean —Kelsey abre mucho los ojos, incapaz de concebir esa situación—.
Por lo que sea, da igual el motivo. La relación se rompe y dejan de hablarse, y Mick decide mudarse a la otra punta de la ciudad porque ya no tiene sentido seguir cerca de su hermano.
Se acabaron las barbacoas, las cenas y las escapadas a la cabaña los fines de semana.
Rick sigue siendo el mismo hombre bueno y divertido que es hoy, solo desaparece lo demás.
¿Seguirías casada con él en esas circunstancias?
—Eso no va a pasar —asegura Kelsey con el pulso acelerado y una sensación incómoda por el cuerpo.
—No te he preguntado si va a pasar.
—Esa pregunta es injusta —la voz le sale estrangulada—. No puedes montarme un escenario imaginario para esto.
—Responde, Kelsey —pide con calma.
Kelsey coge su taza de café y se bebe lo que queda de un trago.
—Estás de parte de Tiffany.
—No estoy de parte de nadie.
—Sí que lo estás. Tiff quiere separarse por una gilipollez y ahora resulta que la loca soy yo —dice agobiada.
—Nadie ha dicho que estés loca, pero en esto no tienes razón, Kelsey. Joder, te estás acostando con ella, estás llevando una doble vida solo porque no quieres perderla, ¿no es más fácil el divorcio y elegir lo que sí que te apetece por una vez?
—Yo no…
—Kelsey —Megan le coge una mano—. Que no te haya apetecido tener sexo con Rick ni una vez en todos estos años no es normal. Deberías tomártelo como información de tu propio cuerpo diciéndote algo que llevas media vida intentando enterrar.
—Yo no entierro nada —los ojos se le humedecen.
—Llamas «un trámite» a intimar con la persona con la que duermes cada día, y después se te ilumina la cara cuando me hablas de ella.
A Kelsey empieza a dolerle el centro del pecho.
—No es lo mismo, ya te lo dije. Tiff es un capricho, algo que deseo porque no puedo tener —asegura con tanta convicción que Megan se queda sin palabras por un momento.
—Los caprichos no duran años, Kelsey.
Se quedan en silencio y Kelsey aparta la mirada y traga saliva.
—No te estoy diciendo que dejes a tu marido —sigue Megan—, no es mi trabajo decirte lo que tienes que hacer, pero como profesional te diría que tienes que tomar una decisión, la que sea, porque no puedes estar viviendo de esta manera.
—¿Viviendo cómo?
—Con la mente dividida de este modo. No terminas de estar en ningún sitio, ni con él ni con ella, por no hablar de lo agónico que resulta para ti.
Solo te pido que dejes de intentar convencerte de que haces lo que tienes que hacer, y desde luego, que no le digas a Tiffany que se equivoca por querer divorciarse. Necesita tu apoyo, no tu opinión.
—Si se divorcia, se va a ir a California —susurra, mirándose las manos.
Ahí aparece la verdadera razón de su miedo, que Tiffany se aleje.
—Es posible.
—Ya, bueno… También está muy agobiada con un tema familiar, es posible que todo se le junte, seguro que se le pasará todo en cuanto lo otro se solucione —dice mientras asiente, como si moviendo la cabeza fuera más fácil que sus deseos se cumplieran.
—Kelsey…
—¿Podemos hablar de otra cosa?
Megan la mira y asiente, consciente de que a su amiga le queda un largo recorrido tanto para aceptarse a sí misma como para entender el hecho de que está enamorada de su amiga y no de su marido.
—Claro, ¿cómo van los pedidos esta semana? ¿Seguís hasta arriba?
Kelsey suspira de alivio y empieza a hablarle de todo el trabajo que tienen.
De ahí pasa a cómo se lo están repartiendo y al momento está contando que las horas le vuelan en el garaje, que a veces es como no trabajar porque el tiempo junto a Tiffany se le pasa muy rápido.
Megan la escucha con la mente dividida: por un lado asiente cuando toca y por el otro trata de pensar en algo que ayude a Kelsey a salir de ese pozo de barro en el que ella sola se ha metido y parece querer vivir.
El único alivio que siente es que al parecer Tiffany sí que tiene claras las cosas, y quizá en algún momento eso haga que Kelsey se dé cuenta de cuánto se está equivocando al elegir una vida cómoda con un hombre bueno antes que una más desordenada con el amor de su vida.