Capítulo 17
T iffany siente que va a echar el hígado por la boca y cuando escucha el sonido de la bocina, se tira al suelo mientras jadea e intenta que el aire le llegue a los pulmones.
Está completamente empapada en sudor y, pese al frío del exterior, el local climatizado en el que está ahora mismo le parece un infierno.
—Buen trabajo, chicos —se escucha la voz del entrenador por encima de las quejas de todos los que han hecho el circuito de hoy—. Nos vemos mañana.
Tiffany se queda tumbada sobre la colchoneta, mirando el techo que no tiene nada de espectacular, pero del que necesita anclarse como si estuviera contemplando una obra de Picasso.
Toma respiraciones profundas mientras va sintiendo cómo el pulso se le ralentiza, pero su cabeza no para de dar vueltas en círculos que no hacen más que marearla.
Hace dos semanas que volvieron de ese viaje que hicieron a California en el que conoció al que posiblemente sea su medio hermano y a esa chica, Olena, de la que aún no se fía.
No fueron días muy alentadores, aunque no puede negar ni por un segundo que estando allí con Kelsey, se sintió acompañada, pero sobre todo, completa.
Dieron largos paseos por la playa, comieron dos veces en Joe's Crab Shack —el restaurante favorito de ambas— y tuvieron mucho sexo.
Tiffany empezó a sentir que por fin encajaba esa pieza que faltaba en su vida, esa que no encontraba por ninguna parte, y después de tantos años podía decir en voz alta que estaba feliz, que estaba en casa y no se refería específicamente a Oceanside.
Kelsey también parecía encantada, esa habitual tensión en sus hombros había desaparecido por completo, no paraba de sonreír ni de buscar todo el tiempo el contacto de Tiffany.
El problema vino cuando volvieron a Chicago y esa tarde Mick la recibió con el mismo cariño de siempre y con una lasaña de carne y verdura que había cocinado él mismo.
La noche llegó y también las ganas de su marido por intimar, y por primera vez desde que están juntos, Tiffany no quería que la tocara.
Se sintió tan mal que cedió y cuando el momento de pasión acabó, entonces lo que experimentó fue culpa porque su cerebro solo le gritaba que había engañado a Kelsey.
Desde ese día, no ha podido respirar tranquila, de hecho, ha estado llevando su cuerpo al máximo con sesiones de CrossFit que la acaban anestesiando durante un buen rato, pero todo lo que logra en esa hora se disipa cuando vuelve a casa.
Bufa y se pone de pie casi arrastrándose primero como un gusano. Tiene los músculos ardiendo y la piel aún le brilla por el sudor. Recoge sus cosas, se despide de sus compañeros supervivientes del día y se marcha a casa para ducharse y comenzar la jornada.
—Hola —Kelsey la saluda con una sonrisa pequeña mientras se lame los labios—. Te ves muy bien cuando vienes de hacer ejercicio.
Tiffany exhala un gemido que pretendía ser una risa y niega con la cabeza porque se siente tonta cuando escucha ese tipo de comentarios de su amiga.
Kelsey se acerca a ella, rodea su cuerpo con los brazos antes de acariciarla con las manos y después la besa.
Comienza con un roce de labios breve, pero de inmediato sus lenguas hacen contacto y en el garaje se empieza a sentir un calor abrasador.
El beso se alarga por varios minutos y esa es una de las confirmaciones que le hacen sentir a Tiffany que se está equivocando.
Que lleva haciéndolo mucho tiempo y que ahora, a sus cuarenta años, tiene que enfrentarlo a como dé lugar.
—¿Estás bien? —pregunta Kelsey rozando sus labios con los de su cuñada—. Te has perdido por unos segundos.
La otra mujer se tensa, no es un sobresalto visible, más bien es una corriente que la recorre por dentro, pero que logra controlar.
—Sí, perdona —Tiffany hace un leve estiramiento de labios—. Tengo muchas cosas en la cabeza.
Kelsey asiente, sabe que lo que está ocurriendo con los Dalton tiene a su mejor amiga en un estado que nunca le había visto.
Hace unos días que la nota con la mirada perdida mientras están trabajando o equivocándose con cosas simples que a estas alturas, siendo las dueñas de Pacific Wick desde hace tanto tiempo, las tienen por la mano.
También se ha dado cuenta de que entrena más, hace sesiones extra de CrossFit que no son habituales y sale a correr algunas noches.
Decide no agobiarla, le habla de un pedido especial que un cliente ha hecho con bastante antelación y se ponen a trabajar en él —cada una en su puesto— sin hablar y con una música suave que suena de fondo.
No es hasta dos horas después que Kelsey le habla, le pregunta algo sobre el papel de envolver color azul y, como su amiga no le contesta, se acerca a ella.
Cuando la toca por la espalda, Tiffany da un respingo tan exagerado que caen al suelo dos velas que estaba terminando y la cera por poco las quema.
—Joder —dice Kelsey, cogiéndola por la cintura y tirando de ella hacia atrás—. ¿Te has hecho daño?
Tiffany niega con la cabeza, todavía sorprendida por su propia reacción. Una congoja se instala en su garganta y si no abre la boca, acabará asfixiada.
—No puedo más, Kels —la voz le sale rota y su amiga la gira con rapidez para colocarla frente a ella.
Kelsey la mira a la cara como si estuviera buscando algo que ella misma desconoce y, como no lo encuentra, le habla de lo que sabe que la está torturando.
—Todo se va a resolver, ya lo verás —le aprieta las manos con cariño—. Si Nazar resulta ser hijo de tu padre, entonces Piper y tú…
—No se trata de eso —la corta Tiffany y se lleva una mano a la melena en un gesto de nerviosismo—. Ese tema me jode, ya sabes lo mucho que admiro a mi padre, pero es algo que en todo caso tiene que enfrentar él.
Kelsey junta las cejas, perdida.
—¿Y entonces de qué se trata? —cuando lo pregunta, el corazón se le acelera porque en el fondo sabe que es algo que les incumbe a las dos.
Tiffany se acerca a la mesa donde suele estar Kelsey trabajando y se sienta en uno de los taburetes. Le hace un movimiento con la mano a su amiga para que la imite y, aunque tarda unos segundos en hacerlo, da varios pasos hacia ella.
—No puedo acostarme con Michael —comienza, y Kelsey frunce más el ceño—. Desde que volvimos de California prácticamente huyo de mi propio marido. Me levanto más temprano y me acuesto más tarde con tal de coincidir lo menos posible con él.
—Pero ¿por qué te está pasando esto? —la pregunta parece tonta, aunque para Kelsey la respuesta es muy necesaria.
—Porque desde que estamos juntas, solo quiero estar contigo —lo suelta sin excusas, sin pausas. Directo a la cara—. Y esa noche que llegamos a Chicago, me sentí sucia, ¿sabes?, como si te estuviera engañando, pero a la vez culpable porque él es mi marido y debería querer estar con Mick.
Kelsey necesita unos segundos para procesar lo que su mejor amiga le está contando, le suena extraño, una historia que no sabe bien cómo interpretar.
—¿Estás diciendo que te cuesta trabajo acostarte con Michael?
—interroga Kelsey, y cuando su cuñada asiente con un movimiento de cabeza, abre mucho los ojos—.
Pero, Tiff, eso es normal. Llevamos mucho tiempo con ellos y el sexo cada vez apetece menos.
Yo nunca me he sentido especialmente atraída por practicarlo tanto, ni siquiera al comienzo, pero soy su mujer y si a Rick le apetece, lo hago.
Es cuestión de ponerse, intentarlo. Al final es solo un momento y uno no se separa de su marido por eso.
Tiffany agradece estar sentada porque si no, se hubiera caído de cara al suelo. No quiere hacer conjeturas demasiado apresuradas, pero según ha entendido, Kelsey Barrett, la mujer que folla con ella hasta quedarse vacía por dentro, se acuesta con su marido porque es lo que toca y no porque quiera.
—Espera, espera —Tiffany levanta ambas manos cuando nota que Kelsey va a seguir hablando—. ¿Te obligas a acostarte con Rick?
Kelsey tuerce el gesto mientras parece meditar la pregunta.
—Yo no lo diría así, pero en los matrimonios es lo que hay —explica con total seguridad—. Las mujeres necesitamos menos sexo que ellos, Tiff, así que es algo a lo que cedemos. Por eso me cuesta entender que estés tan agobiada cuando es solo un simple trámite.
La mujer se pone de pie de un salto, impulsada por la rabia de lo que está escuchando. Camina con las manos puestas en la cintura mientras hace movimientos con la cabeza.
—La que no te entiende soy yo —brama, y aunque no ha querido levantar la voz, el tono le ha salido alto—. ¿Cómo no te has separado antes, Kelsey? Es que para mí es impensable estar con un hombre por el que no siento deseo.
—¿Qué pasa, que tú siempre has deseado a tu marido? —Kelsey también se pone de pie—. No me parece un motivo de peso como para…
—Claro que siempre lo he deseado —responde Tiffany, cortándola—, y nunca he sentido lo que pasa ahora con Mick —se muerde los labios mientras sigue caminando como si estuviera en una jaula demasiado estrecha—.
No solo a él, Kelsey, es que cada persona con la que he estado ha sido porque he sentido deseo.
Kelsey se queda callada mientras la observa.
No es que lo que esté escuchando sea una novedad, pero sí le resulta curioso que después de tanto tiempo con una persona aún se tengan esas ganas locas de estar juntos de cualquier forma.
Si es honesta, a Richard Clotet lo quiso desde que tenían apenas unos meses de novios, pero jamás experimentó eso que sus amigas contaban, las ganas viscerales de hacerlo en cualquier sitio, daba igual si era un coche, un ascensor o una trastienda.
Para ella siempre fue una parte que estaba incluida en la relación como dormir en la misma cama o tener citas semanales.
—A mí me deseas —Tiffany la saca de sus profundos pensamientos—.
Y llevamos décadas en esto, aunque solo nos hubiéramos acostado una vez.
No sé cómo puedes hacerlo tú, pero desde luego yo no funciono así.
Si estoy con alguien, doy todo de mí, hago todo para que esa persona sea feliz.
¿Y sabes qué pasa? Que ya no pienso en eso con Mick, sino contigo —Tiffany hace una pausa tan larga que los oídos de Kelsey empiezan a pitar—.
Voy a separarme, no puedo seguir con él.
Esa frase cae como disparos directos en el pecho de Kelsey, uno tras otro, causándole un dolor que le corta la respiración. Su cabeza le da la respuesta con rapidez: «Si lo deja, se marcha. Si se marcha, no la podrás ver como ahora. Si no la ves como ahora, te mueres».
—No te estoy obligando a dejar a Rick —le deja claro—, pero yo me niego a seguir haciéndole esto a Mick.
Llevo días con la certeza de que hace mucho que dejé de quererlo como a mi marido y que si seguía a su lado era porque es un buen tipo, me hace reír y me trata bien, pero sobre todo, Kelsey, porque podía seguir estando cerca de ti, y eso no es justo para ninguno de los dos.
—No… yo… —la otra mujer balbucea intentando dar una respuesta firme, pero no llega, no tiene ni idea de qué contestar porque el miedo vuelve a cortarla como si tuviera forma de cuchillo. Rompe en llanto, de esos que son difíciles de consolar—. Tiff, ¿por qué quieres…?
Se interrumpe con dos hipidos que no la dejan continuar y también el suspiro roto que suelta su amiga.
Tiffany la mira con una mezcla de dolor, pero también de enfado porque la respuesta de su cuñada en estos temas siempre es la misma: llorar sin ser capaz de articular palabras que no sean negaciones.
La abraza porque en el fondo no puede juzgarla, cada una es capaz de encajar las situaciones de la vida como puede y ella no es nadie para intentar cambiarla.
—Tranquila —le susurra al oído—. No es necesario que hablemos ahora mismo de este tema.
Kelsey sigue llorando como si le hubieran dado la peor noticia del mundo.
—Pero quiero que sepas que todo lo que te he dicho es lo que siento de verdad y estoy convencida de seguir por ese camino —finaliza Tiffany, y siente el abrazo de su amiga estrecharse con fuerza contra su cuerpo.