Capítulo 16
—¿Qué haces? ¿Te has equivocado? —Tiffany parpadea cuando ve que su hermana toma un desvío por un camino sin asfaltar.
Llevan casi dos horas de coche y tiene dolor de cabeza y un humor de perros.
El paisaje que corre al otro lado de la ventanilla se ha ido secando desde hace un buen rato, con menos casas y más terreno pardo a cada kilómetro.
Durante la primera parte del trayecto han hablado de cosas sin importancia, después han pasado a Piper, que ha comentado lo feliz que se siente últimamente.
Desde que rompió con el último hombre con el que estuvo hace seis meses —otro de los muchos elementos que la doctora tiene la mala suerte de atraer— se siente muy bien.
Ha tomado la decisión de dedicar un tiempo para sí misma, sin citas, sin hombres cerca que la agobien, solo ella misma, su trabajo y sus hobbies, a los que ahora ha añadido hacer yoga en el parque los domingos.
Pero después han vuelto al tema que ha traído a Tiffany y Kelsey hasta aquí, la mujer que afirma tener un hijo con su padre, y Tiffany sigue sin poder creerse que eso sea así.
—No me he equivocado, es por aquí —asegura Piper haciendo un gesto hacia el navegador del vehículo.
—Vamos a un parque de caravanas —dice Tiffany—. ¿Es aquí donde vive? —pregunta sorprendida.
—Eso parece.
—¿Cómo se llama ella? —pregunta Kelsey desde el asiento trasero mientras avanzan cada vez más despacio, pasando primero una tienda de suministros y después un taller mecánico antes de comenzar a ver las hileras de caravanas.
Piper la mira un momento por el retrovisor.
—Si te soy sincera, no lo recuerdo. Me dijo su nombre y el del niño, pero me quedé tan bloqueada que no retuve la mitad de lo que dijo.
Tiffany le pone una mano en el brazo a su hermana. Por la ventanilla, las caravanas se suceden con las persianas echadas y algún tendedero cargado de ropa que no se mueve con el calor.
Siguen avanzando por un camino de tierra observando todo lo que tienen a su alrededor, y a Tiffany se le encoge el estómago solo con pensar que su presunto hermano vive aquí. El coche se arrastra entre los baches del camino y las ruedas levantan una polvareda que tarda en asentarse.
Ha visto muchos parques de este tipo que están muy bien adaptados y cuidados, pero este es polvoriento, todas las caravanas parecen desvencijadas, algunas están tan deterioradas que Tiffany está segura de que si el viento sopla muy fuerte las acabará desmontando, eso por no hablar de que apenas hay sombra por ninguna parte.
—Es la número diecisiete —dice Piper.
—Allí —señala Kelsey.
Piper aparca el coche en una parcela vacía y las tres mujeres se bajan.
El calor las recibe nada más pisar la tierra reseca, que se agrieta bajo las suelas y suelta un polvo fino.
Tiffany camina entre su hermana y Kelsey, quien le busca la mano unos segundos, apenas un roce suave que para cualquiera pasa por algo casual y que para ella es una corriente directa por su cuerpo que la hace suspirar.
La diecisiete está algo apartada de las demás y Piper piensa que al menos eso los libra un poco de los vecinos ruidosos.
También es más pequeña que la mayoría, con una estructura rectangular de aluminio y una ventana lateral que está abierta y tapada por una cortina de cuadros.
La chapa está descolorida por el sol y se abomba un poco en las esquinas.
—Vale, allá vamos —susurra Piper delante de la puerta, golpeando varias veces con el puño.
Escuchan pasos dentro y Tiffany no puede evitar contener la respiración, sin comprender por qué está tan jodidamente nerviosa.
Cuando la puerta se abre y la ve, la menor de las hermanas necesita unos segundos para procesar lo que está viendo.
Piper le había dicho que era joven y por algún extraño motivo ella la imaginó como poco de su edad, alrededor de los cuarenta, pero esta chica no puede tener más de treinta, ¿cómo demonios se ha fijado en su padre si le dobla la edad?
No comprende nada, es una chica atractiva, rubia, alta, con los ojos grises y unas facciones finas y armoniosas, incluso con las enormes ojeras que tiene por el cansancio, resulta muy agradable a la vista.
¿Por qué una mujer como esta se fija en un hombre como su padre?
—Hola —saluda Piper—. Ella es mi hermana Tiffany y ella es Kelsey, su cuñada.
La chica devuelve una sonrisa corta y agotada a modo de saludo mientras pasea la mirada entre las tres mujeres.
—Pasad.
Se aparta y Tiffany se fija en el escalón de madera desgastado que hay para subir, que cojea de algún lado y se mueve con el peso de su cuerpo, haciendo que se pregunte si eso es seguro para un niño, pero eso no es lo que la deja boquiabierta, lo que lo hace es el niño que hay sentado sobre una manta en el suelo, al lado de la mesa, jugando con un camión de bomberos al que le está moviendo la escalera.
Levanta la vista cuando las ve y Tiffany deja de respirar.
—Joder —susurra en voz baja, y Kelsey, que está a su lado, es la que más se impresiona de las tres.
Ella no ha visto fotografías de cuando el padre de su amiga era pequeño, pero no le hace falta porque lo que sí ve en la mirada del niño es la misma expresión curiosa de Tiffany cuando algo le sorprende.
—Sentaos —dice señalando los asientos junto a la mesa.
Aunque son de dos plazas, las tres se apretujan en un lado y dejan el otro libre para la mujer. Dentro apenas se puede dar dos pasos, y la luz entra filtrada y verdosa por la cortina de cuadros de la ventana.
—Perdona —dice Piper—, creo que me dijiste tu nombre, pero no lo recuerdo. Fue todo muy confuso.
La chica la mira fijamente unos segundos y Piper pagaría la mitad de lo que tiene por saber lo que está pensando.
—Me llamo Olena Boyko, y él es Nazar, Nazar Boyko.
Las tres giran la cabeza hacia el niño, que no parece inmutarse por su presencia.
—¿Cuántos años tiene? —logra preguntar Tiffany, sin apartar la mirada de él.
—Dos, cumplirá tres en cuatro meses.
—¿Y tú? —Tiffany suena seca sin poder evitarlo.
—Veintinueve —responde sin apenas mirarla—. ¿Queréis agua? No tengo otra cosa para beber.
—Estamos bien, gracias —responde Tiffany por las tres, y Kelsey le da un toque por debajo de la mesa para que se relaje.
Olena asiente y se sienta frente a ellas, juntando las manos sobre la mesa mientras se las frota con fuerza, y se hace un silencio incómodo.
El único sonido que llena la caravana es el chirrido de la escalera de plástico del camión, que Nazar sube y baja sin parar.
Piper emplea esos segundos en observarla, tiene las uñas cortas y limpias, pero la piel reseca por falta de hidratación.
—Entenderás que esto es un poco complicado para nosotras —empieza Piper, y Olena levanta levemente la mirada hacia ella—, y que no podemos aceptar simplemente tu palabra sin tener más pruebas.
—Podéis preguntar lo que queráis, pero Nazar es hijo suyo —afirma con una mezcla de seguridad y rabia que deja desconcertada a Piper.
—¿De dónde eres? —pregunta Kelsey intentando que el ambiente se calme, pero consigue lo contrario.
—De Ucrania, vine aquí hace cuatro años huyendo de mi país, pero si lo que pensáis es que soy una aprovechada que solo quiere el dinero de vuestro padre, estáis equivocadas. Pude aparecer cuando nació Nazar, incluso antes durante el embarazo, pero no lo necesitaba ni quería saber nada de él.
—¿Y por qué ahora sí? —pregunta Tiffany.
—Porque mis circunstancias han cambiado, me han echado del hotel donde trabajaba y ahora estoy en un punto en el que tengo que elegir entre pagar el alquiler o darle de comer a mi hijo. Tengo un trabajo en el diner que hay en la avenida, pero no es suficiente.
—¿Con quién dejas al niño mientras trabajas? —pregunta Piper.
—Con Mery, es una mujer de setenta años y sola que vive un par de caravanas más arriba.
No me cobra por ello, pero está mayor y no me voy tranquila dejando a Nazar con ella.
No quiero ver a vuestro padre ni espero que mi hijo forme parte de vuestra familia, solo quiero que se haga cargo, que me ayude hasta que encuentre un trabajo mejor.
—Si es verdad lo que dices, ¿por qué acudes a nosotras y no a él?
La incomodidad de Olena al escuchar la pregunta de Piper es tan evidente, que las tres la perciben.
—No quiero saber nada de él, solo quiero... —Duda, y retuerce las manos con tanta fuerza que sus propios dedos se le quedan marcados en la piel—. Necesito ayuda para Nazar, él no tiene la culpa de nada —dice, mirándolo de reojo, y después se queda absorta.
Tiffany la mira con desconfianza, Kelsey con pena y Piper con curiosidad y una sensación extraña por el pecho que le hace sospechar que Olena oculta algo.
—¿Dónde lo conociste? —pregunta la doctora.
—En el hotel donde trabajaba hasta hace unos meses.
Él y otro montón de empresarios estaban allí por un congreso.
Lo podéis comprobar. —Olena se levanta y coge una tarjeta de encima de una repisa para después dejarla sobre la mesa y extenderla hacia Piper, la hermana que más confianza le inspira—.
Ese es el hotel, fue el veinte de septiembre de 2022, supongo que tendréis alguna forma de comprobar que él estuvo allí.
—Puede que estuviera, pero eso no significa nada —estalla Tiffany que, sin embargo, coge la tarjeta antes que Piper—. Si había un congreso, estaría lleno de empresarios que seguramente eran más atractivos que mi padre, ¿por qué te fijaste en él?
Olena se tensa por completo y Piper es la única que se fija en que las manos han comenzado a temblarle antes de que ella las esconda bajo la mesa.
—¿Eso importa? —pregunta al fin, con una mirada tan cargada de rabia que las tres mujeres contienen la respiración.
—¿Dejarías que hiciéramos una prueba de paternidad? —pregunta Piper con calidez—. Si estás tan convencida, bastaría con comparar el ADN de Nazar con el de mi padre y así no quedará ninguna duda.
—Siempre que la paguéis vosotras, por mí no hay problema.
—De acuerdo —dice Tiffany más calmada.
No le gusta ser borde con la gente y sabe que está sonando maleducada con Olena, pero es algo que no controla, una rabia instalada dentro de ella que en realidad va dirigida contra su padre porque si esto se confirma, no solo significará que ha engañado a su madre, sino que han estado idolatrando a un hombre que en realidad no es tan bueno como ellas pensaban, y la sola idea de que Olena le haga plantearse esa duda le molesta muchísimo, porque ella siempre ha considerado a su padre un ejemplo a seguir de lo que tiene que ser un hombre con su familia.
—¿Cómo lo hacemos? —pregunta Olena, que parece ansiosa porque se marchen.
—Buscaré un lugar para hacerlo y me pondré en contacto contigo de nuevo —responde Piper—, mientras tanto...
La mayor de las hermanas abre su bolso y saca un sobre que deja sobre la mesa, frente a Olena.
—¿Qué es? —pregunta desconfiada.
—Dinero —afirma Piper ante la mirada sorprendida de Tiffany y Kelsey—. Hay cinco mil dólares, debería ser suficiente para que vayas un poco más desahogada hasta que tengamos los resultados.
Olena mira el sobre con el pulso acelerado, y Piper ve cómo traga saliva de forma visible y lo coge como si al hacerlo estuviera aceptando la mayor de las humillaciones.
—Es para Nazar, para lo que necesite —dice Piper con la intención de hacer que se sienta mejor y sin entender del todo por qué experimenta esta empatía extraña con ella.
—Gracias, te lo devolveré cuando las cosas vayan mejor. No haría esto si no lo necesitara de verdad.
—Tranquila —dice Piper mientras todas se levantan al mismo tiempo.
Olena les abre la puerta y Tiffany no se resiste a echar un último vistazo a Nazar, que sigue jugando, ajeno a cualquier cosa que no sea su camión de bomberos.
—Ha sido intenso —comenta Kelsey mientras caminan hacia el coche, conteniendo las ganas de darle un abrazo a Tiffany, que tiene los hombros tan rígidos que parece que se puede partir en dos en cualquier momento—. ¿Qué pensáis?
—La verdad es que yo prefiero no pensar en nada hasta hacer la prueba —dice Tiffany, y se gira hacia su hermana—. ¿Por qué le has dado dinero? ¿Lo habías planeado sin decírmelo?
—Se lo he dado porque lo necesita, y para nosotras son solo unos miles de dólares, para ella supone la diferencia entre que su hijo coma lo que necesita o coma lo justo.
—Eso lo entiendo, pero ¿y si resulta que miente?
—Es solo dinero, Tiff.