Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

—Te juro que estaba aliviado —cuenta Kelsey entre risas mientras arrastra la maleta con una mano y gesticula con la otra.

Tiffany exhala una carcajada que le hace negar con la cabeza.

—Mick también; de hecho, estaba en la cama reservando la pista de tenis en el club y creo que algo de golf.

—Están completamente felices de quedarse solos y poder hacer lo que les da la gana —Kelsey se detiene frente a la puerta circular del aeropuerto y avanza cuando está segura de que el cristal no la aplastará—. Rick ha comprado cervezas y palomitas para una partida nocturna con la videoconsola.

Las dos mujeres vuelven a reír, impresionadas de que sus maridos aún no hayan decidido comprar una casa más grande para vivir todos juntos.

La cena que tuvieron fue distendida y por un momento ninguna de las dos se preocupó por pensar que ese día se habían duchado dos veces porque olían tanto a sexo que con una simple lavada rápida no iba a desaparecer, y esa noche tenían que volver a casa con sus respectivos maridos.

No saben si fue cuando Mick sirvió el tikka masala o cuando Kelsey empezó a devorar el plato de biryani que sus ojos se encontraron por un instante y todas esas imágenes se recrearon frente a ellas.

Tiffany empezó a toser, ahogada con un trozo de pan naan , mientras los mellizos levantaban al mismo tiempo sus brazos hacia el cielo —algo que les enseñó su nana cuando eran pequeños y que no sirve para nada— para impedir que la mujer acabara desplomada en el suelo sin oxígeno.

Por fortuna, y después de ese corto incidente, la cena continuó de forma amena, una especie de despedida entre ellos que tardarían unos días en reencontrarse.

—Adelante, que tengáis feliz vuelo —una trabajadora de la aerolínea les sonríe y les hace un gesto con la mano para que avancen.

—Creo que podremos descansar un rato antes de cenar con Piper —Tiffany comprueba la hora en su reloj. Acaban de ocupar sus asientos y el vuelo está en hora.

—Con la diferencia horaria, llegaremos antes de la una —Kelsey se abrocha el cinturón y apaga su móvil—. Me habría dado tiempo de ver a mi padre, pero iba a un partido esta tarde y no quería que lo cancelara por mí. Ahora veo que está saliendo más y reencontrándose con viejos amigos.

Lucas Barrett hubiera preferido haber muerto con su mujer, pero no tuvo esa suerte y tuvo que quedarse solo en un sitio que se sentía demasiado vacío sin el amor de su vida.

Pasó meses en un estado mental complejo, lleno de lamentaciones y una profunda tristeza.

Se negaba a recibir terapia hasta que un día Kelsey se plantó en su casa con Tiffany y lo sacaron de ahí para llevarlo a un centro de salud donde pudieran ayudarlo.

Estuvo dos semanas internado, bajo una supervisión constante de psiquiatras, médicos y enfermeras.

Fue la primera vez que lloró la muerte de Martha delante de alguien más, que se abrió como nunca y drenó todo lo que le quemaba por dentro.

Cuando salió, su hija insistió en que se mudara con ella a Chicago, pero él se negó; no quería dejar atrás la casa en la que fue feliz y le prometió que estaría bien.

Le costó empezar a moverse, pero cuando se sintió con fuerzas, volvió a ser el hombre que Kelsey recordaba: el que mantenía el jardín cuidado, que salía con sus amigos a disfrutar de un partido o hacía una buena barbacoa con sus vecinos.

—Buscaremos hueco para verlo y, si le apetece, podemos ir a ese sitio que sirve tacos de pescado.

Kelsey sonríe y lo único que quiere en ese momento es besarla. Tiene que respirar varias veces para controlar sus ganas y no saltar sobre su amiga como si estuviera en celo.

Cuatro horas de vuelo después y casi una en taxi de San Diego hasta el apartamento de Tiffany en Oceanside, las mujeres sueltan las maletas en la entrada y van directas a la cocina a coger un par de botellas de agua.

—Hace tanto que no estoy aquí —dice Kelsey después de dar un trago largo mientras mira el salón con nostalgia.

Todo parece exactamente igual a como lo vio la última vez. Tiffany tiene contratada a una chica que va cada quince días a limpiar y Piper suele pasarse a menudo para ventilar, revisar el correo y comprobar que esté todo bien.

—Nos encantaba este sitio —Tiffany camina hacia el gran ventanal del fondo y lo abre deslizando el cristal a la derecha—. Joder, cómo echo de menos esta vista.

Kelsey se detiene junto a ella, le rodea la cintura con un brazo y apoya su cabeza en el hombro de su cuñada. Ambas suspiran a la vez.

—Sin duda es mucho mejor que la que tenemos en Chicago —lo dice torciendo el gesto.

Los abuelos de Tiffany y Piper entregaron a las chicas la herencia que les correspondía en vida.

Dinero, acciones de la empresa familiar y una propiedad.

En el caso de la doctora —la mayor de las dos— fue un terreno bastante grande que tenía una vieja finca construida en 1910 y en el que, después de mucho esfuerzo y dinero, logró levantar lo que ahora es Monterey House, la residencia de ancianos que dirige desde hace unos años.

Tiffany, sin embargo, eligió algo más a su gusto: un ático con vista a la playa de Oceanside Pier donde muchas mañanas se perdía surfeando olas y por las tardes veía el atardecer desde su terraza con una cerveza fría. Casi siempre junto a Kelsey, como ha ocurrido desde que se conocen.

—Espero que nos dé tiempo de dar un paseo, echo de menos la arena —Tiffany se muerde los labios; escuchando el rugir del mar, se pregunta cómo aceptó marcharse a un sitio tan frío como Chicago.

—Lo intentaremos —Kelsey levanta la cabeza, le besa los labios y le sonríe—. Voy a ducharme; el cambio de clima me hace sentir pringosa.

Antes de caminar hacia el pasillo que conduce al baño, le guiña un ojo a Tiffany y le regala una sonrisa juguetona.

Su cuñada se queda quieta durante unos segundos sin saber qué hacer; no sabe si ese gesto es una invitación u otra cosa.

Lo cierto es que Kelsey ha estado bastante suelta y cómoda con lo que está pasando entre ellas desde el día anterior.

No ha visto rastro de ese nerviosismo que a menudo parecía ahogarla, ni siquiera una mínima muestra de rechazo; todo lo contrario.

Ha besado a Tiffany cada vez que ha podido, se acerca a ella más de lo habitual y tiene una sonrisa que le baila tanto en los labios que le provoca morderla.

Cuando Kelsey se desnuda y entra a la ducha, lo hace con el cuerpo temblando de deseo. Ayer se activó algo en ella que sin duda alguna estaba dormido y ahora no deja de sentir ese calor que arde por dentro y que solo su mejor amiga sabe apagarlo.

No se sobresalta cuando el cristal se abre y un cuerpo fuerte se pega a ella por la espalda.

—Hola —susurra Tiffany dejándole un beso en el cuello—. ¿Me estabas esperando?

Kelsey se queda con la boca abierta para responder, pero se le corta la respiración cuando su cuñada baja la mano hasta su entrepierna y empieza a acariciarla con los dedos.

—Estás ardiendo —Tiffany empieza a trazar círculos suaves y perezosos sobre el clítoris de su amiga—. Me encanta encontrarte así.

—Joder, Tiff —jadea con la voz rota y empuja sus caderas hacia adelante buscando más contacto.

Varias horas después —tras una sesión húmeda en la ducha que acabó en la cama y una siesta corta— van en un Lyft que las ha recogido en el ático hace unos minutos. Han quedado con Piper en su casa, a unas siete millas de allí y a pocos minutos caminando de la residencia de ancianos.

—¿Estás bien? —indaga Kelsey cogiéndole una mano a la otra mujer.

Tiffany hace un gesto indescifrable con los labios y mueve los hombros.

—Nerviosa —confiesa—; no sé qué esperarme de esta conversación con mi hermana, aunque lo que más me preocupa es mañana.

Kelsey se lleva la mano a su boca y le besa los nudillos.

—No le des más vueltas; espera a que lleguemos a ver qué piensa Piper.

El coche se detiene frente a un porche modesto lleno de verde. La casa de la mayor de las Dalton es sencilla y casi tan antigua como Monterey House, pero fue restaurada con mucho mimo y es uno de sus mayores tesoros.

—Eh, forasteras —saluda Piper saliendo al porche a recibirlas con una sonrisa radiante—. Bienvenidas.

Primero se abraza a su hermana y se aprietan como si llevaran años sin verse. Después hace lo mismo con Kelsey, porque la chica Barrett lleva casi tanto tiempo en su vida como la misma Tiffany.

—Pasad, por favor —invita la doctora y camina tras ellas hasta entrar en la casa—. Al salón, la mesa ya está puesta.

—¿Has cambiado la decoración? —pregunta Tiffany observándolo todo con el entrecejo fruncido.

Piper ladea una sonrisa inocente y se marcha a la cocina con aire misterioso.

—Menos mal que no tiene hijos —susurra Kelsey.

—No soportaría que un niño tocara sus preciadas cortinas traídas de Italia —contesta la otra con los ojos muy abiertos y negando con la cabeza.

Al cabo de un minuto, Piper vuelve a aparecer con una bandeja de horno que sostiene en sus manos enguantadas.

—Qué bien huele, Pi —olisquea Kelsey como un perro.

La doctora deja la bandeja sobre la mesa y se gira hacia ellas.

—Lo compré todo en Whole Foods —hace un movimiento quebrando la muñeca—. Mi mérito es calentarlo.

—E ir a buscarlo —señala Tiffany.

Su hermana vuelve a dibujar esa sonrisa picarona que le dice que ha usado el servicio a domicilio.

—Bueno, venga, a cenar, que tengo hambre —dice Piper y coge una botella que había descorchado hace unos minutos y sirve vino en las tres copas.

Comen poniéndose al día, manteniéndose cuidadosamente alejadas del tema que las ha reunido en California.

Las chicas cuentan cómo Pacific Wick ha ido ganando clientela, el frío horrible que hace en Chicago y lo bien que se han sentido al volver a ver la playa.

Piper las mira como hace años empezó a hacerlo: no buscando algo en específico, sino más bien lo bien que siempre se han llevado y que eso no parece cambiar con los años, sino aumentar.

—Bueno —Tiffany se limpia la boca con una servilleta y la deja a un lado junto a su plato—. Creo que tenemos que hablar, ¿no?

Piper suelta un suspiro, se lleva la copa a los labios y toma un buen trago con los ojos cerrados.

—No hay mucho más que lo que te conté por teléfono —empieza la doctora—, pero tenemos que saber cómo vamos a hablar con esta chica.

—¿Es muy joven? —Kelsey no ha podido evitar preguntar.

Piper asiente lentamente.

—No le pregunté la edad, pero no creo que tenga más de treinta años.

—Joder —sisea Tiffany sintiendo cómo la angustia vuelve a golpearla—. ¿Tú crees que dice la verdad?

La doctora se muerde los labios y su cabeza se vuelve un torbellino.

Le cree, pero no solamente porque la chica se lo haya dicho o porque el niño sea una copia exacta de su padre, sino porque hay algo que ella guarda en su interior desde hace diez años que de inmediato le hizo saber que lo que decía era cierto; pero primero quiere que hablen las tres para cerciorarse de que no se equivoca.

—Al principio no, de hecho, y no es porque papá sea un hombre poco agraciado, pero es bastante mayor para una chica como esa, que además es bastante atractiva —toma otro sorbo de vino—, pero no vino con amenazas, ¿sabes?

Ni con chantajes violentos; ella solo busca ayuda y está dispuesta a colaborar con nosotras para demostrar que lo que dice es verdad.

Tiffany se lleva los dedos a los labios, se los aprieta y el suspiro le sale entrecortado. Kelsey nota su angustia y de inmediato le coge la mano en un gesto tan automático que no sorprende a ninguna.

—¿Entonces cuál es el plan? —pregunta Kelsey con calma.

—Os recojo en el ático y de ahí saldremos a Oxnard. Tardaremos un poco más de dos horas en llegar.

—Vale —asiente Tiffany—. Y creo que tenemos que ser firmes, Pi. Pedirle una prueba de paternidad, que nos explique esa aventura que según ella tuvo con papá, y que nos dé detalles: dónde fue y qué fecha.

—He pensado lo mismo —concuerda su hermana—. Hasta que no estemos seguras, no podemos dar el siguiente paso.

Las tres se quedan en silencio, con sus copas de vino medio vacías esperando por ellas. Las hermanas Dalton suspiran: cómo demonios iban a imaginarse que, pasados los cuarenta, iban a descubrir que tienen un hermano pequeño. Menuda fiesta.