Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

—¿Estás bien? —pregunta Kelsey con la respiración entrecortada y el cuerpo aún temblándole de forma exagerada.

Tiffany la mira con los labios entreabiertos y no puede evitar soltar una risa floja que la hace removerse sobre la mesa.

—A ti te pregunto lo mismo —estira el brazo y, en un intento fallido, le peina la melena alborotada que tiene pegada a la frente por el sudor.

Kelsey le devuelve la sonrisa porque sabe que debe tener el aspecto lamentable de una humana que se ha convertido en loba y minutos después ha vuelto a su forma natural.

No lo puede evitar —entrar en ese estado— es como si todo ese sentimiento que lleva años reprimiendo se multiplicara por mil en el instante que lo deja salir.

Ha devorado a Tiffany con tanta ansia que hubo un momento en que tuvo que echar el freno por miedo a hacerle daño.

No era suficiente tocarla y acariciar su cuerpo con los labios, necesitaba más, hacerla suya, demostrarle que, a pesar de esa negativa que parece tatuada en su garganta cada vez que su cuñada le pide hablar, está loca por sus huesos, por pasar cada segundo de vida a su lado y sentir el calor de su cuerpo muy pegado al suyo.

La ha llevado al cielo tres veces y solo se detuvo cuando Tiffany, con la voz rota, le pidió una tregua.

Entonces ella trepó por su cuerpo —sin temer que la mesa se balanceara y crujiera bajo ellas— y empezó a moverse sobre la chica de ojos verdes, frotando su sexo y apretándose con cada ondulación de caderas.

Tiffany puso ambas manos en sus nalgas y la ayudó a conseguir el ritmo perfecto.

Kelsey estaba tan excitada que sentía la fricción cada vez más intensa y al cabo de unos segundos, el orgasmo acabó con una respiración.

—Ahora estoy bien —se lleva una mano al pecho y levanta la cabeza al techo—. Mucho mejor que hace un rato.

No hace falta mencionar que se refiere al momento en que perdió la cordura celándola de su propio marido, haciendo una escena realmente vergonzosa, sobre todo cuando ella misma ha renegado tanto de lo que hay entre ellas.

Tiffany se incorpora como puede y tiene que sujetarse a la mesa cuando siente un leve mareo que la desequilibra. No ha desayunado, ha entrado en una acalorada discusión y ha acabado derrotada por tres orgasmos muy intensos. Tiene suerte de no haber acabado en urgencias.

—¿Mejor? —pregunta Kelsey, que se ha pegado a su cuerpo y la sostiene entre sus brazos.

—Sí —Tiffany da un paso hacia atrás y se aleja de ella—. Entiendo que estarás de acuerdo en que no podemos seguir sin hablar, ¿verdad?

Esta vez Kelsey no vacila.

—Lo estoy —se mira las manos brillantes y pegajosas—. Vamos dentro a lavarnos y hablamos, ¿te parece?

—Claro —Tiffany vuelve a acortar distancias y le roba un beso corto—. Vamos.

Durante los siguientes minutos, las mujeres se asean y se adecentan. Kelsey prepara café y también un sándwich de mermelada de fresa y crema de cacahuetes para Tiffany en cuanto intuyó —no paraban de sonarle las tripas— que no había desayunado.

Se sientan en el sofá, mientras una devora el desayuno, la otra bebe café a sorbos, esperando el momento en el que la conversación de la que llevan media vida huyendo comience.

—¿Cómo te sientes? —pregunta Tiffany después de limpiarse la boca con una servilleta.

Kelsey toma una respiración profunda y luego se encoge de hombros.

—Bien, mal, culpable, feliz —vuelve a encogerse de hombros y se lleva la taza a los labios—. Es difícil responderte con una sola palabra, solo sé que cualquier cosa que haga contigo me llena muchísimo, pero no puedo olvidar que estoy casada, estamos —se corrige—, y que esto no es correcto.

Tiffany mueve la cabeza despacio, dándole la razón.

—Soy consciente de que elegimos otra vida y haciendo esto —señala el espacio entre las dos—, de alguna manera estamos faltando a esos votos que hicimos doce años atrás, pero no podemos seguir haciendo como si nunca hubiera pasado nada entre nosotras.

Me niego a vivir con esta tensión, Kelsey.

Trabajamos juntas, casi toda nuestra vida social está mezclada y cuando vamos a la cabaña pasamos mucho tiempo a solas.

Kelsey se muerde los labios porque si no estuvieran casadas con unos mellizos que lo hacen absolutamente todo juntos, está segura de que habría ayudado bastante, pero esa dinámica que han instaurado en sus vidas, sumada a la forma tan cercana en la que ellas se tratan, hace casi imposible evitar que lo que ha pasado hoy se repita.

—¿Y qué propones, Tiff? Porque yo estoy bastante perdida —se lleva la mano a la nuca y se la aprieta durante un segundo—. Llevo así parte de mi vida y soy incapaz de elegir un camino.

—No tenemos que elegir nada, Kels. Al menos, no ahora —enfatiza la mujer acercándose más a ella en el sofá—.

Mira, siempre me he sentido atraída por ti, lo sabes desde que teníamos catorce años, pero también he logrado hacer mi vida cuando tú me demostraste que sentir esto era un error.

En ese momento me costó entenderlo, pero ahora comprendo que éramos dos crías que no tenían la madurez para tomar otra decisión.

Ahora somos mujeres que por más que lo han intentado no han podido parar sus sentimientos.

Lo que digo es que podemos probar a ver qué es lo que realmente pasa aquí, sin ponerle un nombre ni presionarnos.

Kelsey la escucha apenas sin parpadear, su cabeza bulle como un panal de abejas intentando analizar si lo que dice Tiffany es viable o si es una auténtica locura.

No tiene que pensarlo mucho para saber que se trata de lo segundo, pero algo que tiene muy dentro tira con fuerza de ella, la invita a dar un paso adelante y averiguar por fin qué es lo que hay entre su mejor amiga y ella.

—Sin presiones —susurra Kelsey, y siente la mano de Tiffany sobre la suya—. Creo… creo que es buena idea. Solo tenemos que ser cuidadosas.

—Lo seremos —confirma la otra mujer—. Es simplemente descubrir qué sucede, cariño, porque estoy harta de adivinar, de hacerme preguntas que no me llevan a ningún sitio más que a dar vueltas sobre la misma duda una y otra vez.

El teléfono de Tiffany empieza a sonar, pero ella lo ignora. Ahora mismo no hay nada más importante que esta conversación y si hubiera pasado algo grave, el de Kelsey también sonaría.

—¿Y si descubrimos que solo es un capricho? —indaga Kelsey, nerviosa—. Que era algo que se había quedado allí y ahora que lo podemos tener, no es lo que queremos.

Tiffany duda bastante de que eso pueda suceder. Lleva coladísima por esta mujer desde que era una adolescente y sabe que Kelsey también siente algo similar, solo que a diferencia de ella, no es capaz de asumirlo. Sin embargo, no puede estar segura de lo que vaya a pasar.

—Seguiremos con nuestras vidas —afirma con calma—, pero más tranquilas. Sin esa tensión insoportable de no saber qué nos pasa.

—Estoy de acuerdo —Kelsey mueve la cabeza y cuando vuelve a abrir la boca, el móvil de Tiffany vuelve a sonar—. Cógelo, Tiff.

Chasquea la lengua y cuando desbloquea el aparato se encuentra con ocho mensajes de su hermana. Los lee todos rápidamente mientras arruga la frente.

—Es Piper —comenta en voz baja—. Dice que la llame lo antes posible.

Marca su número y se lleva el teléfono a la oreja. Al primer timbrazo, como si estuviera esperando con ansias, le contesta.

—¿Ocurre algo? —quiere saber Tiffany.

—Sí —responde al instante—. Tranquila, papá y mamá están bien, pero se ha presentado una chica aquí en la residencia.

—¿Una chica? —cada vez entiende menos lo que pasa.

—Con un niño —continúa, pero no aporta nada más.

—Joder, Piper, ¿puedes ser más clara?

La mujer al otro lado suelta un suspiro.

—Dice que ese niño es de papá. Tendrá unos cuatro años, más o menos. No le pregunté.

Tiffany se relaja por completo, no es la primera vez que una pirada aparece diciendo lo mismo, buscando sacarle una tajada a la familia Dalton.

—Será otra cazafortunas, no te…

—Es idéntico a papá —escucha en un susurro—, el niño es una copia de papá cuando era pequeño. Incluso cuando salieron de aquí, me fui a casa y busqué una de las fotos que tengo de él. Es increíble el parecido, Tiffany.

Ambas hermanas se quedan calladas mientras una Kelsey de ojos muy abiertos lo escucha todo sin dar crédito.

La familia de Tiffany y Piper no solo es una de las más respetadas en California, sino que sus padres tienen una relación idílica que mucha gente envidia.

No ve al señor Dalton engañando a su mujer cuando es un amor de hombre.

—Joder —suelta Tiffany, y se lleva la mano a la cabeza—. ¿Has pensado en algo?

—Me gustaría que vinieras lo antes posible. Quiero que discutamos esto con calma —explica la mayor de las hermanas—, y que vayamos a hablar con esa chica.

—¿Dónde vive? ¿Es de California?

—Sí —confirma Piper—. Tengo su dirección. Nos llevará un par de horas llegar hasta allí desde casa, eso sí.

Tiffany se hace presión en la frente con los dedos mientras cierra los ojos un segundo. Se convence de que seguro que se trata de un error, una estafa o algo parecido, pero eso de que el niño se parece mucho a su padre es lo que elimina toda esperanza.

—Vale, voy a mirar vuelos y cuando tenga algo, te aviso.

—No tardes mucho —Piper tiene un tono preocupado—. Hablamos luego.

Cuando cuelga el móvil, Tiffany se gira y mira a Kelsey, que aún tiene los ojos muy abiertos.

—Jo-der, Tiff —suelta la chica.

La otra asiente.

—Sí, jo-der.