Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

K elsey aplasta la solapa del cartón con la mano y pasa la cinta adhesiva por la unión con un tirón seco. Está montando cajas para los pedidos porque el fin de semana han entrado más de los habituales y van a tener unos días moviditos.

Ha llegado la primera, ha dejado la puerta del garaje medio abierta para que Tiffany sepa que ya está dentro y ha encendido la estufa.

Hoy es lunes, uno más en los que seguirán siendo dos mujeres educadas.

Así llevan desde que hablaron y pactaron de nuevo, varios días en los que Tiffany no le ha rozado el hombro al pasar, no la ha abrazado por detrás ni ha hundido la cara en su cuello para decirle lo bien que huele, y Kelsey se siente huérfana de algo, como si le hubieran arrancado una parte del cuerpo que no sabe con qué llenar.

Se dice a sí misma que debería estar contenta, que eso es lo que pidió y su amiga se lo está dando, pero no está contenta.

Está montando otra caja cuando escucha su risa.

Le llega desde la calle y siente una corriente recorrerle todo el cuerpo porque podría reconocer ese sonido en cualquier parte.

Es una carcajada corta de las que Tiffany suelta cuando algo la pilla desprevenida, y esta va seguida de otra más larga, de las que ella sabe que le hacen botar los hombros, y entonces escucha un «para» en medio de la carcajada y sus pies empiezan a moverse solos hacia la puerta.

Kelsey no quiere asomarse para mirar, pero lo hace, se agacha y cuando sale ve la camioneta de su marido parada en la puerta de su hermano.

Tiene el motor en marcha y está esperando a que Mick suba, pero su cuñado está entretenido con su mujer.

Tiene el termo en la mano y Tiffany está frente a él abrazándose a sí misma por el frío.

Mick dice algo que ella no logra entender y Tiffany vuelve a soltar otra carcajada con esa risa que para Kelsey es el sonido de estar en casa cuando están en el garaje las dos solas, pero que ahora le provoca un retortijón en el estómago.

Para rematar, él se inclina y la besa. No es un beso especialmente largo ni apasionado, solo es el de un hombre que se va a trabajar y se despide de su mujer hasta la noche, y a Kelsey se le cierra la garganta cuando ve que Tiffany le pone una mano en la mejilla y después le coloca bien la corbata y el cuello de la camisa azul marino con rayas blancas que ella misma le compró para Navidad, junto a otra igual de color verde para su marido porque ellos no pueden llevar cosas diferentes.

Cuando Mick se sube a la camioneta, ella vuelve al garaje, coge otra caja de cartón para montar y empieza a doblarla con demasiada fuerza.

—Buenos días —dice Tiffany al entrar.

Kelsey gira la cabeza y la ve bajar la persiana hasta cerrarla para después acercarse mientras se quita el abrigo.

—Hola —contesta con sequedad.

Hace una semana, Tiffany se habría acercado y como mínimo le habría besado la mejilla al saludarla, pero todos esos gestos han desaparecido mientras ambas intentan disfrazarlos como su nueva normalidad.

—¿Por qué tanta caja? ¿Han entrado más pedidos este fin de semana? —pregunta Tiffany mientras pone las manos delante de la estufa.

—Sí, cuatro el sábado y seis ayer.

—Vaya, entonces sí que hace falta montar más…

—Lo tengo todo controlado, tú puedes dedicarte a lo tuyo —ruge Kelsey con mal humor.

Se hace un silencio raro en el que Tiffany se queda unos segundos mirándola, pero ella está centrada en las malditas cajas y al final su cuñada se sienta en su banco de trabajo, enciende la lámpara y empieza a colocar las mechas en los vasos después de revisar el listado con los pedidos que Kelsey ha dejado impreso para que sepa el material que necesita.

Así pasan un buen rato hasta que Tiffany se levanta.

—¿Quieres café? —pregunta, pasando por detrás de ella sin rozarla.

—No.

Tiffany se detiene en seco, sorprendida.

—¿No? A esta hora siempre te gusta…

—He dicho que no —espeta Kelsey.

Tiffany la vuelve a mirar, pero decide pasarlo por alto porque es demasiado temprano para discutir.

—Vale.

Así pasan algo más de una hora, sumidas en un silencio incómodo que ni siquiera la música que suena de fondo por la radio logra disipar.

Kelsey está frente al ordenador terminando de preparar las etiquetas de envío, y cuando la impresora empieza a escupirlas, Tiffany, por pura rutina porque la impresora está detrás de ella, se levanta para recogerlas.

—Déjalas —brama Kelsey.

—¿Por qué? ¿No las necesitas?

—Que las dejes, Tiff, ya las cojo yo.

Tiffany la ignora, las coge y se las lanza al lado del ordenador.

—¿Se puede saber qué coño te pasa hoy? —pregunta con hartazgo.

—Nada. —Kelsey no levanta la mirada.

—Llevas toda la mañana contestando como una borde.

—¡He dicho que no me pasa nada! —Kelsey se quita las gafas y las deja sobre la mesa con un golpe que las hace rebotar—. Joder, ¿puedes dejarme trabajar? Tenemos un montón de pedidos y tú llevas dos horas dando vueltas por aquí como si estuvieras en el mercadillo.

Incrédula, Tiffany se cruza de brazos.

—La semana pasada te pedí una conversación y me dijiste que no estabas preparada, y yo lo acepté, como siempre, pero si ahora vas a estar así, prefiero que me digas de qué va esto porque yo no…

—Podrías hacer esas cosas dentro de tu casa —suelta sin querer.

—¿Perdona?

Kelsey se levanta del taburete porque de repente se siente pequeña si se queda sentada.

—Nada, olvídalo.

—No, no, repite eso, por favor. ¿Hacer qué exactamente?

—Darte besitos y arreglarle la corbata a tu marido —escupe sin poder aguantarse—, no creo que haya necesidad de demostrarle a todos los vecinos lo mucho que os queréis.

Tiffany baja los brazos.

—¿Estabas espiando?

—¡Yo no espiaba! Estaba montando cajas y no hacía más que escuchar tu jodida risa.

Las cejas de Tiffany se levantan de golpe.

—¿Estás celosa, Kels?

—¿Qué? No digas gilipolleces. Es una cuestión de respeto, esas cosas…

—Ya —la corta Tiffany, mirándola fijamente.

—No estoy celosa —insiste Kelsey, con el corazón zumbándole en los oídos.

Tiffany empieza a sonreír y Kelsey decide que tiene que borrarle esa sonrisa estúpida del rostro.

Camina un par de pasos y la besa con furia, empujándola hasta que la espalda de Tiffany choca contra la estantería de las velas.

Entonces le pone una mano en la nuca y profundiza el beso hasta que le arranca un suspiro.

—Kels… —empieza Tiffany, pero la respuesta de su cuñada es meterle la lengua en la boca.

Kelsey la besa con rabia, con la tensión que ha sentido por los celos y con toda la que le queda acumulada después de tantos años.

Tiffany le coge la sudadera con las manos y tira de ella hasta que se la quita mientras Kelsey mete una pierna entre las suyas y siente el gemido de su amiga vibrándole en la boca.

—Kelsey, la puerta… —jadea Tiffany, mirando de reojo.

—Está cerrada, no va a entrar nadie.

Con los ojos completamente oscurecidos, Kelsey le levanta el jersey y la camiseta y le baja la copa del sujetador para meterse un pezón en la boca.

Tiffany echa la cabeza hacia atrás y se golpea con la balda de la estantería mientras jadea.

Su cuñada no se detiene, ansiosa por devorarla, y le desabrocha el pantalón con una mano y de inmediato mete la otra por debajo de la ropa interior, encontrándola empapada y muy dispuesta.

—Joder, Tiff —susurra con voz ronca.

—Llevo así desde que has empezado a gritarme —logra explicar, y Kelsey suelta una risa corta antes de morderle la clavícula.

La guía para que se mueva hasta que la parte trasera de los muslos de Tiffany choca contra la mesa de trabajo, donde Kelsey aparta todo lo que le molesta con el antebrazo y, entre todo lo que tira al suelo, también cae una de las velas que Tiffany estaba preparando.

—Lo siento —jadea Kelsey mientras la ayuda a subirse a la mesa.

Tiffany la mira fascinada mientras su cuñada le quita el pantalón y las bragas al mismo tiempo.

—Túmbate —ordena, desesperada por seguir tocándola.

Su amiga obedece y se recuesta contra la madera, sintiendo todo el frío en la espalda porque tiene la ropa enrollada bajo los pechos, pero eso no le impide soltar un suspiro de placer ni separar las piernas mientras mira a Kelsey con los ojos tan oscurecidos que apenas se le ve el verde.

Kelsey le separa un poco más las piernas y le mete dos dedos sin previo aviso.

—Joder, Kels… —jadea Tiffany con placer.

No hay ninguna suavidad en los gestos de Kelsey, empieza a follarla ayudada por el peso de su cuerpo mientras le busca el clítoris con el pulgar y presiona círculos con fuerza.

—Mírame a mí —exige cuando los ojos de Tiffany se van al techo por un segundo.

Kelsey quiere mirarla, quiere ver esa boca abierta y saber que es ella la que está provocando todos los suspiros y los quejidos temblorosos que escapan de ella, asegurarse de que son solo suyos.

—Así, cariño, no pares… —balbucea Tiffany.

La mesa cruje de forma rara y se mueve unos centímetros con cada empuje, pero Kelsey no se detiene, la sigue follando y se inclina para besarle el ombligo antes de desplazarse hacia abajo y sustituir su pulgar por la boca mientras los dedos se mantienen dentro de Tiffany.

—Kels… —Tiffany no puede terminar la frase porque un gemido ronco la interrumpe—. Voy a correrme, cariño, voy…

Tiffany le hunde la mano en el pelo, la aprieta contra ella y se corre en su boca. Kelsey no se detiene, ni siquiera respira, se mantiene ahí, tragándose cada gota de placer mientras los muslos de Tiffany tiemblan descontrolados contra su cara.

Cuando termina, Kelsey se levanta despacio. Tiene la barbilla mojada y está tan excitada que teme que se le aflojen las rodillas en cualquier momento, pero se apoya en la madera y sube por el cuerpo de su cuñada para buscar su boca.

Tiffany se apoya sobre los codos como puede y se agarra a su cuello para incorporarse mientras se besan.

—Kelsey… —dice, pero las palabras se le cortan cuando ve el deseo en su mirada.

Tiffany decide que las velas pueden irse al carajo esta mañana.