Capítulo 10
—Gracias por darme cita, Megan, imagino que tienes la agenda apretada —dice Kelsey cuando se sienta en la butaca de la consulta de su amiga.
Se siente incómoda y las manos le están sudando desde que ha llegado. También ha estado a punto de escribirle varias veces para cancelar la cita, pero si no habla de esto con alguien que no sea la propia Tiffany, siente que perderá la cabeza.
—La verdad es que me has complicado un poco el día —sonríe Megan—, de haber sido otra persona no te habría dado cita hasta dentro de un par de semanas, pero me preocupó que me escribieras un domingo por la noche pidiendo vernos aquí. Podríamos haber hablado en cualquier sitio, Kelsey.
—Lo sé —dice, sin levantar la vista del todo.
Megan suele tener la primera charla con sus pacientes en su mesa, donde les hace una batería de preguntas que le ayuda a conocerlos un poco antes de entrar de lleno en el problema, pero a Kelsey ya la conoce, así que se sienta en la butaca frente a ella cruzando una pierna sobre otra.
—Bueno, ¿qué es lo que me quieres contar?
—Esto es confidencial, ¿verdad? O sea, yo…
—Kelsey, sabes que sí. Lo que hablemos no saldrá de aquí, y si lo hablamos fuera de este despacho, tampoco.
—Lo sé —dice suspirando—. Lo siento, es que venir aquí creo que era la única manera de… ya sabes, atreverme a soltarlo. Llevo tiempo queriendo hablar contigo de esto, pero nunca sé cómo empezar.
—Vale, tranquilízate y tómate el tiempo que necesites. Estoy aquí, dime qué es eso que necesitas soltar.
—Tiffany. —Kelsey se sorprende por lo rápido que le ha salido su nombre.
Megan la mira sin inmutarse porque lo cierto es que ya se esperaba que los tiros fueran por ahí.
— Tu cuñada y amiga.
—Sí.
—¿Qué pasa con ella? ¿Os habéis peleado? ¿Tiene problemas? —La terapeuta intenta allanarle el camino como puede.
—No, no es eso. Tiff y yo… Joder, no sé por qué me cuesta tanto.
Megan se mantiene en silencio, dejando que Kelsey desvíe la vista hacia la ventana y se tome el tiempo que necesita.
—Me acosté con ella, nos acostamos —corrige, y al fin levanta la mirada y encuentra las fuerzas para mirar a su amiga, buscando en Megan el mismo horror o rechazo hacia sí misma que siente ella.
La expresión de la terapeuta no cambia ni un milímetro.
—Vale. ¿Eso cuándo fue?
—Este fin de semana, en la cabaña. Rick y Mick se fueron de acampada y nosotras… —Kelsey suelta una risa amarga.
—¿Había pasado antes o fue algo, no sé, casual?
—¿Importa?
—Sí, Kelsey, claro que importa. Si es algo puntual que solo pasó el otro día, puede ser un desliz y quizá podamos encontrar la razón que te ha llevado a hacerlo, pero si ya ha pasado antes, la cosa cambia, porque entonces ya no se trata de un error, sino de una decisión —explica la terapeuta.
—Pasó otra vez, pero no creo que cuente.
Megan se muerde los labios y espera, dejando que se explique.
—Fue hace doce años, unos días antes de la boda. Aquella fue la primera vez y no había vuelto a pasar desde entonces.
—¿Por qué no comenzamos hablando de tu relación con Tiffany?
No la de ahora, sino cuando comenzó, cuando os conocisteis.
A mí me has contado algunas cosas, pero necesito algo más para entender en qué punto estáis y sobre todo comprender el motivo por el que dos mujeres que son mejores amigas se terminan acostando y después pasan doce años viéndose a diario sin que pase de nuevo. Eso me confunde.
—Pues imagínate yo —resopla Kelsey—. No sé qué decirte.
Nos conocimos de adolescentes, con doce o trece, no lo recuerdo, y nos convertimos en inseparables.
Éramos de esas amigas que lo hacen todo juntas, que se cogen de la mano y demás, pero no éramos las únicas, muchas chicas hacen eso, así que a mí me parecía normal.
—Bueno, hasta ahí, lo es —apoya Megan—. Continúa, por favor.
—No teníamos más amigos, quiero decir, nos llevábamos bien con muchos chicos y chicas del barrio o del instituto, pero a nosotras nos gustaba hacerlo todo solas, siempre éramos ella y yo y a mí me encantaba. No me imaginaba haciendo nada donde no estuviera ella, y entonces…
—¿Qué?
—Me besó. Fue un beso corto, rápido, algo estúpido de dos crías, pero recuerdo cómo me miraba mientras esperaba a que dijera algo; jamás se le habían puesto las mejillas tan rojas, era encantadora. —Kelsey sonríe al recordarlo, pero se le corta rápido.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no volviera a hacerlo, que nosotras éramos amigas y eso no podía volver a pasar. Yo tenía planes, siempre los había tenido y ese beso simplemente desmontaba todo aquello en lo que yo había creído siempre, así que me olvidé de ello y ella también.
—¿En qué habías creído siempre? —interviene Megan.
—En lo típico. Conocer a un chico guapísimo, casarme, tener una casa, hijos, todo eso.
—¿Y lo sigues creyendo? ¿Sigues pensando que una chica joven tiene que aspirar a eso?
—No lo sé, no, espero que no. Si volviera atrás… —Kelsey resopla, agobiada—. La verdad es que no sé lo que haría.
—¿Cómo se tomó Tiffany el rechazo?
—Tampoco lo sé, yo solo le dije que no se podía repetir y ella, bueno, vi la desilusión en su rostro, la mirada se le apagó por un momento, pero me dijo que vale y a partir de ahí simplemente nos comportamos como si jamás hubiera sucedido.
No hubo incomodidad por ello, seguíamos haciendo lo de siempre, juntas a todas partes, abrazos de oso, cogernos de la mano y por supuesto dormir en la misma cama cuando nos quedábamos en casa de la otra.
Y así pasó el tiempo. Fuimos juntas a la universidad y en el último año conocimos a Rick y Mick, que estaban haciendo un intercambio.
Empezamos a salir con ellos y todo comenzó a rodar.
Era lo que yo siempre había querido, pero mejor, porque tenía al chico guapo, planes de boda y a Tiffany a mi lado.
—Y os mudasteis aquí.
—Sí. Lo demás ya lo sabes. Ellos empezaron a trabajar en la empresa familiar, nos casamos y nosotras montamos el negocio de las velas en el garaje.
—Pero antes de la boda te acostaste con ella la primera vez. ¿Cómo llegasteis a eso?
Kelsey se frota las manos con nerviosismo, sin saber cómo explicarle que eso siempre estuvo ahí, que ese hilo que tiraba de una hacia la otra jamás desapareció, sino que se hacía más grueso y más fuerte cada día que pasaba hasta que la tensión resultó imposible de soportar.
Se lo explica como puede, con los ojos encharcados y la respiración acelerada por la ansiedad.
—¿Cómo te sentiste aquella noche? No después de lo que pasó, sino mientras pasaba, cuando estabas con ella.
La sonrisa amplia de Kelsey responde por ella.
—Entiendo. ¿Qué pasó después?
—Me asusté. Estábamos a un día de la boda, aquello fue un error que me tomé como algo que las dos necesitábamos para acabar con toda esa corriente que siempre corría entre nosotras.
Me convencí de que con una vez bastaba y que ahora ya podía seguir con mi vida y ella con la suya.
Le dije que me prometiera que no volveríamos a hablar de eso, que aquella noche sería nuestro secreto y nunca volvería a pasar. Tema zanjado.
—¿Y ella estuvo de acuerdo?
—Supongo que no le dejé otra opción.
Megan se inclina hacia delante, juntando las palmas de las manos sobre sus piernas.
—Pero ha vuelto a pasar.
—Sí —exhala Kelsey.
Su amiga ha escuchado muchas cosas entre esas cuatro paredes, pero esta es una de las que más le ha impresionado porque doce años de tensión le parecen imposibles de aguantar, e insanos.
—¿Y por qué crees tú que ha pasado?
Ella se muerde los labios y desvía la vista hacia la ventana otra vez.
—Porque la maldita corriente seguía ahí, nunca se fue y empiezo a pensar que jamás desaparecerá.
—¿Tú quieres que desaparezca?
—Yo lo que quiero es que no me duela el pecho cuando respiro.
Kelsey se deja caer hacia atrás, se siente agotada, como si llevara una mochila cargada de piedras en la espalda y cada día que pasa alguien le añadiera una más.
—¿Y qué pasa con Rick, lo quieres?
—Sí, pero es diferente, no sé, estoy muy confundida, Megan. Voy a cumplir cuarenta y siento que mi vida va hacia atrás en lugar de hacia delante, que en lugar de conocerme mejor a mí misma, sigo tan perdida como cuando tenía quince años.
—Es una situación complicada —dice Megan, que quiere ir con pies de plomo con su amiga porque el hecho de que haya comenzado a abrirse ya es un paso gigantesco, y forzarla o exponerle la verdad de golpe solo puede hacerla retroceder.
—¿Y Tiffany con su marido? ¿Ella está bien?
—Mejor que yo, eso sin duda. Después de aquel beso, ella se dio cuenta de que no solo le gustaban los chicos, también las chicas, y empezó a hacer su vida sin problema.
—¿Y tú qué sientes cuando la ves con él?
La mirada de Kelsey se oscurece, la respiración le cambia y la mandíbula se le tensa.
—Incomodidad, supongo.
—¿Celos?
Kelsey mira hacia la puerta antes de responder.
—Supongo. Ella parece encantada con él, y yo, sin embargo, siempre estoy alerta cuando estoy con Rick, como si intentara predecir cuándo me va a dar un beso para poder excusarme antes de que lo haga.
—¿Estás enamorada de Tiffany?
La pregunta la deja tambaleándose y Kelsey sabe muy bien la respuesta, pero sigue sin estar preparada para aceptarla.
—Le he dicho que necesito tiempo para pensar —dice, evitando la pregunta.
—¿A quién?
—A Tiff. Quiso hablar de lo que pasó, pero yo no podía, me asfixiaba.
—Estás en negación, Kelsey, y mientras estés así, tu vida va a ser muy complicada, me temo.
—No puedo tirar todos estos años por la borda por un capricho. Eso es lo que es Tiffany, algo que quiero porque no puedo tenerlo; si la tuviera, no la querría —dice convencida.
Megan tiene claro que eso no es así, que la mujer que tiene delante está centrada en buscar cualquier explicación que le sirva para justificar su actitud, en lugar de centrarse en mirarse al espejo y ser sincera consigo misma de una vez, admitiendo que siempre ha estado enamorada de su amiga, que no es un capricho ni nada que vaya a desaparecer, pero Kelsey no está receptiva, y decírselo la haría retirarse a su caparazón.
—¿Por qué no te tomas un tiempo para reflexionar sobre todo esto con calma? No hables con Tiffany por hablar, hazlo cuando tengas claro lo que de verdad quieres decirle.
—¿Y si nunca lo tengo claro?
—Lo harás, Kelsey. Nadie puede soportar una situación así durante tanto tiempo. Os habéis vuelto a acostar después de doce años. Eso es algo que o bien tenéis que detener de forma definitiva tomando medidas contundentes, o algo de lo que hay que hablar en serio.
Megan no dice nada más, pero a Kelsey no le hace falta porque la ha entendido perfectamente.
Tomar medidas contundentes es el equivalente a alejarse de Tiffany, y eso es algo en lo que ni siquiera puede pensar, y hablar en serio significa reconocer que siempre se han querido y dejar a sus maridos.
Ella no puede hacer ni una cosa ni la otra, no está lista para esto y no tiene claro que llegue a estarlo nunca.