Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

K elsey Barrett mantiene los ojos clavados en el espejo en el que se está reflejando.

Tiene las manos apretadas en el lavamanos y está tan tensa que siente que tiene varias contracturas por todo el cuerpo.

Han vuelto a Chicago la tarde anterior después de vivir un fin de semana totalmente inesperado en el que pasó de sentirse la mujer más completa del mundo a convertirse en una infiel que se mete en las bragas de su cuñada.

Eso es lo que su mente lleva diciéndole en bucle desde ayer, lo que no la ha dejado dormir en toda la noche, lo que la ha obligado a tener sexo con su marido como una forma de redención por lo que hizo y también para demostrarse que lo que había pasado con Tiffany era el resultado de un cuerpo que había respondido a unas caricias suaves y a unos besos que la hacían sentir plena.

Todo salió mal, fatal, porque mientras Rick estaba sobre ella, Kelsey no solo sentía rechazo sino que, de alguna manera, era como si estuviera engañando a Tiffany.

—Mierda. —Se lleva las manos a la cara y ahoga un llanto desesperado. El mismo que desde esa mañana le ha dejado los ojos hinchados y la nariz roja.

Decide darse una ducha y se propone intentar aclarar sus pensamientos.

Tiene que ir al garaje y trabajar como cada día, pero cada minuto que pasa y la acerca al momento en que tendrá que verla la hace sentir que le falta el aire de forma muy evidente.

Por fortuna, tuvo la coherencia de escribirle a su amiga Megan para que le hiciera un hueco en su consulta porque hasta ahora le han servido las largas charlas que ha tenido con ella después de alguna clase de yoga, pero esto requiere un despacho a solas y que pueda desnudar su alma de verdad.

Mañana por la tarde podrá vaciarse, lista para recibir un consejo profesional.

Cuando se sube la cremallera de la chaqueta, se da un último vistazo en el espejo. Se nota que ha llorado y es algo que no va a poder esconder, pero Kelsey es buena en desviar preguntas incómodas y miradas interrogantes con una soltura que ha perfeccionado durante años.

Cuando atraviesa la puerta interna para acceder al garaje, la ve sentada con la lámpara grande encendida eligiendo las mechas que va a usar hoy para las velas.

Está tan guapa con esa sudadera y la melena suelta que a Kelsey por un momento se le corta la respiración, pero lo que hace que su corazón dé un vuelco es sentir cómo esa mirada verde se posa sobre ella y acaba iluminándose.

—Buenos días. —A Tiffany la voz le sale ronca, como si no hubiera hablado durante horas. Carraspea—. ¿Estás bi…?

—Hola —contesta dando un pequeño salto como si tuviera un resorte en los pies—. Hoy tenemos que enviar ocho pedidos, así que es mejor que nos pongamos a ello.

Pasa por el lado de Tiffany como una ráfaga de aire frío.

No la toca, no se acerca a ella y esa es la primera señal que indica que el tema entre las dos se tiene que quedar aparcado por no sabe cuánto tiempo.

Para Tiffany ha sido más fácil —aunque no menos doloroso— aceptar sus sentimientos por su mejor amiga.

Cuando era demasiado joven para entenderlos, se sintió confundida y más después de ese primer beso que acabó con un rechazo por parte de Kelsey, pero a medida que fue creciendo, no luchó más; era un sentimiento que no iba a apagarse y por lo visto tampoco a ser correspondido, por lo que siguió adelante pensando que en algún punto quedaría todo atrás.

Sin embargo, para la otra mujer, ha sido una especie de pesadilla que, desde luego, no ha aceptado, siempre poniendo excusas por encima de cualquier cosa que sucedía sin darse cuenta de que sus ojos y su expresión corporal delataban y demostraban que siempre ha querido exactamente lo mismo que su cuñada.

—Hay dos preparados y anoche entraron tres más, pero nos hemos quedado sin la de sándalo, así que…

—Ahora mismo le envío un mensaje al cliente por si la quiere cambiar por la de cedro y le ofreceremos de regalo la de benjuí. —Está tan nerviosa que no es consciente de que la ha interrumpido dos veces—. Seguro que estará contento de recibir una muestra gratis.

Tiffany decide darle espacio, que las horas avancen con las dos inmersas en sus tareas y que Kelsey pueda relajarse al menos un poco.

Dos horas después la situación sigue igual; mientras una está vertiendo cera, la otra está contestando correos, pero a leguas se le nota la tensión en la espalda y en ese tiempo apenas ha hablado con su cuñada. Tiffany lo vuelve a intentar.

—Kels —la llama con la voz baja evitando que dé el respingo que, al parecer, no puede evitar—. Deberíamos…

—Sí —dice ella con energía renovada—. La nueva colección de la que hablamos tendríamos que ponerla en marcha, buena idea. Voy a empezar a revisar la estrategia para que podamos decidir qué vamos a subir a la web.

Tiffany exhala con cansancio y simplemente asiente, volviendo a lo que estaba haciendo.

La incomodidad en el ambiente es horrible y no recuerda haber experimentado nada igual junto a Kelsey, por lo que Tiffany sigue convencida de que esta vez es diferente, de que su amiga ha entendido que ya no pueden ocultar eso que nació entre ellas hace años.

Para cuando está llegando la hora de salir del garaje, Tiffany Dalton siente un calor interno que no se parece en nada al de la lujuria.

Está enfadada porque, aunque la situación sea complicada, considera que ambas son dos mujeres adultas capaces de sentarse a tener una conversación, no dos niñas de catorce años que prefieren callar por confusión y miedo.

—Kelsey. —Se pone de pie, decidida a hablar—. Tenemos…

—Claro, sí, elegir las fragancias que…

—Para ya, Kelsey, joder. —Tiffany toma una respiración profunda al mismo tiempo que se lleva los dedos al puente de la nariz. Se lo aprieta durante unos segundos, pero no consigue calmarse—. Te guste o no, tenemos que hablar de lo que pasó.

La otra mujer se queda paralizada con las manos cerradas en un puño y los labios separados.

—Sé que piensas que lo que hicimos no está bien —sigue Tiffany—, pero joder, Kels, llevamos toda la vida igual. Yo no me arrepiento y sobre todo necesito que lo hablemos.

Kelsey se sienta en el taburete que tiene a su derecha porque siente las piernas flojas y teme que las rodillas le fallen.

Se humedece los labios mientras intenta que el avispero en su cabeza pare un poco.

Se miran y no puede evitar sentir un miedo feroz, de ese que muestra uñas y dientes porque ha llegado la hora de descorrer la cortina y mirar lo que hay detrás.

—Yo tampoco me arrepiento. —Su voz es casi un susurro por lo que Tiffany da varios pasos hacia ella, pero se detiene cuando su amiga levanta la mano—. Por favor, quédate donde estás.

Vale, no habrá fuegos artificiales entonces. Se sienta y espera, observando a Kelsey tomar respiraciones profundas.

—No me arrepiento, Tiff, pero tampoco estoy preparada para hablar de esto ahora. —Cierra los ojos y se pasa la mano por el pelo—. No estoy huyendo, solo necesito poner mi cabeza en orden porque no sé qué hacer con todo esto.

—¿Y qué es todo esto?

Kelsey se encoge de hombros.

—No lo sé… todo… o quizá nada. —Tiffany siente un cuchillo caliente atravesarle el cuerpo—.

No he estado ciega todo este tiempo, sé bien lo que ha estado pasando, pero hace muchos años tomamos decisiones.

Empezamos a salir con los mellizos, abandonamos California y nos casamos. Esta fue la vida que elegimos.

—Y, sin embargo, aquí estamos —cruza los brazos sobre su pecho—. Intentando buscar la forma de hablar sobre la noche que pasamos juntas y que, con toda certeza, se habría alargado durante la mañana si ellos no hubieran vuelto antes de tiempo.

A Kelsey el nudo en la garganta se le aprieta más y siente que en cualquier momento se quedará sin oxígeno.

Puede que Tiffany tenga razón, pero escucharlo de esa manera la hace sentir tremendamente sucia.

Ha follado con su cuñada en la cama que comparte con su marido y horas después estaban todos juntos riendo mientras jugaban a la consola como si nada hubiera pasado.

Se pone de pie con una exhalación.

—Necesito un poco de espacio, Tiff, y te prometo que lo hablaremos. —Los ojos verdes brillan, pero de decepción—. Dame unos días.

Si Tiffany Dalton se pusiera a contar los días que le ha dado a su mejor amiga para enfrentar esta situación, con total seguridad sabría que lleva casi toda la vida esperando.

—Unos días, Kelsey, porque siempre te he dado lo que tú has necesitado: dejar este tema aparcado. —La mira con intensidad—. Ahora se trata de lo que yo necesito.

Con esas últimas palabras, Tiffany sale del garaje sin siquiera coger la chaqueta que está colgada en el perchero y desaparece tras la puerta dejando a su cuñada completamente rota y sintiéndose miserable.