Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

L as despierta un golpe seco, un sonido que les resulta familiar pero que ninguna de las dos puede identificar de inmediato.

Kelsey abre los ojos con esfuerzo, tiene la mejilla pegada al hombro de Tiffany y la pierna atravesada entre las suyas, y durante un instante, lo único que siente es una mezcla de paz y calor.

—Hola —susurra Tiffany, que tiene la voz más ronca de lo normal por culpa de los gemidos desgarrados que salieron encadenados de su garganta más veces de las que puede recordar.

Una voz que no es la de Kelsey la hace abrir los ojos de golpe al mismo tiempo que su cuñada levanta la cabeza.

Durante un par de segundos muy largos, solo hay silencio, pero entonces escuchan la carcajada de Mick en la entrada, la risa contagiada de su hermano y el movimiento de cosas antes de que cierren la puerta.

No tenían que regresar hasta esta tarde, pero por algún motivo, los gemelos han vuelto antes de su campamento de pesca.

A partir de ese momento, todo pasa muy deprisa.

Las dos saltan de la cama —completamente desnudas— y empiezan a buscar su propia ropa y recogerla del suelo de la habitación.

Cuando cada una tiene la suya, Kelsey se queda paralizada junto a la cama, abrazando la ropa con expresión de pánico.

—Ve a ducharte, cariño —susurra Tiffany, consiguiendo que reaccione.

Su cuñada se asoma al pasillo para asegurarse de que sus maridos no han subido y corre hasta su habitación mientras Tiffany abre la ventana para ventilar y que el olor a sexo desaparezca cuanto antes.

Kelsey entra a su cuarto como una bala y lo atraviesa para entrar directamente al baño, pero cuando está metiendo su ropa en el cesto de la ropa sucia, el corazón se le detiene unos segundos y la imagen de su cama sin deshacer irrumpe en su mente.

A punto de escupir el corazón por la boca, regresa y deshace la cama por su lado, arruga las sábanas y hunde el puño en la almohada un par de veces mientras siente asco de sí misma.

Después corre hacia el baño, cierra la puerta y abre el grifo.

El agua caliente siempre tarda en llegar y en un día normal la estaría dejando correr mientras se desviste, pero ahora no tiene tiempo; si Mick sube y decide que quiere besar a su mujer, notará el olor inconfundible del sexo y ella solo querrá saltar por la ventana, así que se mete bajo el agua y cuando nota el frío resbalando por su piel mientras se le eriza, ahoga un gemido y contiene la respiración mientras tirita.

Cuando sale, se viste con ropa cómoda y se mira en el espejo, sin saber si está tan pálida por el frío que ha pasado o por el susto que todavía tiene en el cuerpo. Escucha voces en la cocina y cuando baja, Tiffany ya está allí, con el pelo húmedo y la mano de su marido en la cintura.

—Buenos días, princesa. —Rick se acerca a ella y la besa en los labios, y le deja la nariz helada pegada a la mejilla mientras inhala su aroma—. Qué bien hueles. Menuda nochecita hemos pasado —dice, y Kelsey necesita unos segundos para centrarse.

—¿Qué ha pasado?

—No ha parado de llover en toda la noche —explica mientras saca el zumo de la nevera y bebe directamente del cartón antes de pasárselo a su hermano, que hace lo mismo—. Cuando nos hemos levantado, el embarcadero se había inundado y han suspendido las salidas hasta mañana —añade desanimado.

—Vaya, lo siento. —Kelsey se acerca y le da un beso en el hombro.

—No pasa nada, también nos apetece pasar tiempo con nuestras mujercitas —asegura sonriente, pasándole un brazo sobre los hombros.

Ella se queda muy quieta y por primera vez desde que ha puesto un pie en la cocina, se encuentra con la mirada verde esmeralda de Tiffany sobre ella.

A Kelsey le cuesta respirar y pensar al mismo tiempo porque Tiffany tiene el cuello del jersey mal puesto, doblado hacia dentro, y ella solo tiene ganas de acercarse, ponérselo bien y después besar esa piel suave que ha devorado durante toda la noche.

—¿Vosotras qué tal? —pregunta Mick.

Kelsey da un respingo y Tiffany es la que responde por las dos.

—Un día tranquilo, recogimos un poco la casa, comimos y nos pasamos la tarde viendo comedias románticas —explica sin mirar a ninguno en concreto—. ¿Desayunamos?

—Voy haciendo café —dice Kelsey.

Desayunan los cuatro en la mesa grande, pero Kelsey está tan nerviosa que no para de levantarse para traer más servilletas, más agua, más mermelada…

—Necesitamos… —Kelsey se levanta, pero no llega a moverse porque la mano de Tiffany se cierra sobre la suya.

—Está todo bien, Kels, siéntate y desayuna de una vez.

Su cuñada la mira mientras se deja caer en la silla, sorprendida por su tranquilidad.

Ellos son los que no se enteran de nada.

Rick y Mick están a lo suyo, hablando entre ellos sobre la noche que han pasado, las cañas que se tomaron ayer por la tarde con otros compañeros y planeando cuándo volverán otra vez.

Cuando terminan, Kelsey, que necesita hacer algo con las manos, se ofrece para recoger la cocina y fregar los platos mientras Tiffany anuncia que va a cambiar las sábanas de su cama porque anoche se pasaron con la calefacción y ha sudado mucho.

—A mí no me importa oler tu sudor, ya lo sabes —suelta Mick, y el cuerpo de Kelsey se tensa por completo.

—Porque eres un guarro —bromea ella con su marido—, a mí sí que me importa. Anda, vete al sofá con tu hermano, estarás cansado.

Tiffany desaparece sin girarse y Kelsey siente alivio cuando al fin se queda sola en la cocina.

Se aferra con las manos al borde del mármol y baja la cabeza mientras intenta poner en orden sus pensamientos.

Lo que más le perturba ahora mismo es que, a pesar de que casi las descubren, no se arrepiente de lo que hicieron.

Lo necesitaba, joder, llevaba años deseándolo y no siente ni una pizca de remordimiento por ello.

Sin embargo, la vocecita de su cabeza sigue ahí, hostigándola como siempre y recordándole que eso no está bien, que es una mujer casada que quiere a su marido, que le debe un respeto y que lo que siente por su cuñada solo es la curiosidad febril debido a todo el tiempo que pasa con ella.

No puede ser otra cosa, Kelsey necesita que no lo sea porque, a pesar de todo este tiempo, sigue sin entender muy bien su cuerpo y sin saber exactamente quién es.

—Kelsey…

Se gira de sopetón cuando escucha su voz en la puerta. Tiffany ha entrado en la cocina y se acerca a ella con cautela.

—¿Dónde están? —pregunta asustada, porque estaba tan absorta que no se ha enterado de nada de lo que ha pasado a su alrededor en los últimos minutos.

—En el garaje, han ido a sacar las cosas del coche para guardarlas, pero no tardarán en volver. ¿Estás bien?

—¿Qué? —A Kelsey le cuesta concentrarse con ella delante, sobre todo cuando escucha su voz, porque ahora solo puede pensar en sus gemidos y en las cuatro veces que la hizo correrse anoche.

El pensamiento la vuelve a llevar a otra parte que la hace sentir miserable y desconcertada al mismo tiempo. Le cuesta mucho comprender por qué le resulta tan difícil conseguir un orgasmo con su marido y, en cambio, con Tiffany encadena uno tras otro sin agotarse.

—Cariño… —susurra Tiffany, rozándole una mano para llamar su atención.

Kelsey siente un hormigueo que recorre todo su brazo y atraviesa su cuerpo.

—Estoy bien, sí.

—No me lo parece.

—Pues lo estoy —insiste cortante, y después resopla con tanta fuerza que se le inflan los mofletes—. Perdona, es que todavía estoy nerviosa, si no llegamos a despertarnos a tiempo…

—Lo sé, y siento que haya pasado así, yo no…

—No es culpa tuya, Tiff.

—También lo sé, pero quiero que estés bien.

—Lo estaré —miente Kelsey, y la voz le sale tan calmada en ese momento que Tiffany podría creerle, pero tiene las manos aferradas al mármol con tanta tensión que se le marcan los tendones, lo cual indica que no está tan bien como quiere aparentar.

Tiffany da un paso atrás cuando escucha volver a los gemelos.

No está bien lo que han hecho y lo sabe, pero le habría gustado tener el día entero con Kelsey para hablar con calma de lo que ha pasado; sin embargo, las cosas no siempre salen como una quiere y tendrá que esperar hasta el lunes, cuando estén las dos solas en el garaje.

—¿Jugamos a la videoconsola, chicas? —pregunta Rick desde la puerta.

Ellas se miran y por un momento logran olvidarse de todo y se sonríen.

A sus maridos les encanta que jueguen con ellos, y ambas saben que es porque son malísimas y eso les permite ganar constantemente y gritar y dar saltos como dos niños cuando lo hacen.

Ninguna de las dos tiene ganas de sentarse frente a la pantalla para jugar al Mario Kart e intentar mantenerse dentro del circuito sin estrellarse, pero ambas saben que lo mínimo que pueden hacer después de lo que hicieron anoche es darles ese capricho a sus maridos.

—Claro —responde Tiffany—. Me pido la seta.

—Puedes usar lo que quieras, vas a perder igualmente —responde su cuñado, girándose hacia el salón para gritarle a su hermano que vaya preparándolo todo.