Capítulo 7
—Venga, Mick —Rick aplaude varias veces, metiéndole prisa a su hermano que hoy parece no tener energía.
—Espera, que tengo que encender la calefacción —dice mientras escudriña la parte de atrás de la SUV para confirmar que lo tienen todo para la acampada.
—No te preocupes, cielo. —Se acerca Tiffany a su lado—. Ya nos encargamos nosotras del resto. Si no os vais ya, llegaréis tarde a las inscripciones.
Kelsey se tensa de forma tan evidente que Tiffany la mira por el rabillo del ojo y frunce el ceño.
Lleva desde el día anterior con el gesto contraído y varias veces la vio completamente perdida en sus pensamientos.
Le preguntó en tres ocasiones qué le pasaba y las excusas —porque ella sabe que lo son— fueron desde «estoy agotada» hasta «estoy preocupada de que mi padre esté solo».
Mentiras que para ella no tienen ningún sentido porque siempre han sido sinceras con todo, incluso con ese tema tabú que Kelsey se empeña en ignorar, fue lo suficientemente adulta para decirle cuando ocurrió que no quería hablar de ello nunca más.
Lo peor fue esa mañana mientras subían las cosas al maletero, Tiffany fue a poner una mochila y sin quererlo tropezó con su amiga. Kelsey dio un respingo que la hizo retroceder y, cuando le preguntó si estaba bien, notó la palidez en su rostro y un nerviosismo que no podía ocultar.
De camino a la cabaña, ha ido inusualmente callada y ahora actúa como si deseara estar en cualquier parte menos allí.
—Que tengáis buena pesca, chicos. —Kelsey parece salir de su estado por un momento y besa los labios de su marido.
—No dudéis en llamarnos si necesitáis lo que sea —les recuerda Mick, levantando su teléfono móvil. La zona a la que van tiene buena cobertura y tan solo está a una hora de camino.
—Pasadlo bien —dice Rick antes de subirse al vehículo y despedirse con un movimiento de mano.
Los mellizos se marchan y ellas dos entran a la cabaña en silencio.
Normalmente siempre hacen lo mismo, encienden la calefacción, hacen las camas con ropa recién lavada que traen de casa, ponen en marcha la aspiradora para que vaya quitando el polvo y luego se visten cómodas para echarse en el sofá.
—Kels —la llama Tiffany sin saber dónde se ha metido su amiga.
—Estoy arriba —contesta, y ella tiene la sensación de que a su amiga le sale la voz temblorosa.
Cuando sube la ve vistiendo el colchón y su gesto vuelve a ser raro. Está colocando las fundas en los almohadones de forma mecánica, como si fuera un robot y no una humana.
—¿Estás bien? —Tiffany no se atreve a acercarse—. ¿He hecho algo que te molestara?
Kelsey gira el cuello tan rápido que seguro tuvo que dolerle. La pregunta de su amiga la saca de ese trance en que parece sumergida desde hace días.
—No, no, ¿por qué piensas eso? —suelta la almohada y da varios pasos hacia Tiffany.
La chica Dalton ladea la cabeza porque sabe que Kelsey es consciente de su actitud. Sin embargo, decide no presionarla, la conoce lo suficiente como para saber que bajo estrés se cierra completamente y prefiere no hablar.
—Nada, serán cosas mías, pero es que me ha parecido que te pasaba algo.
La respuesta de Kelsey es abrazarla y Tiffany tiene que morderse los labios para no jadear. Las manos de Kelsey se deslizan con tal suavidad por su espalda que cada vez le quedan menos dudas de que ella también siente algo por Tiffany.
—Perdona, son tonterías mías —le susurra, aún pegada a su cuerpo—. Llevo unos días con la cabeza… ya sabes.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Siente cómo su cuñada niega con la cabeza y vuelve a suspirar.
—¿Qué te parece si dejamos todo listo, cenamos algo y vemos una peli? —propone Tiffany, que esta vez va a ciegas y no sabe cómo animarla, pero echarse en el sofá con palomitas siempre es un buen plan.
—Yo hago la cena. —Kelsey se separa del cuerpo de Tiffany y le besa la mejilla—. Cuando acabe aquí, me ducho y bajo a la cocina.
Casi una hora después, toda la casa huele exquisito. Kelsey ha preparado una lasaña de carne y acaba de poner el temporizador del horno para que se apague en veinte minutos, y después empieza a meter todo lo que ha ensuciado al lavavajillas.
Escucha los pasos bajar por las escaleras, pero no se gira porque necesita estar concentrada para poder soportar la cercanía de su mejor amiga.
Tiffany tiene razón, algo le pasa y ese «algo» se apellida Dalton.
Parece que el tapón que evitaba que todos los sentimientos incorrectos que siente por ella salieran ha cedido y se ha ido deslizando poco a poco, dejando escapar sensaciones que había empujado muy lejos.
Ya no es un simple cosquilleo el que experimenta cuando su cuñada desliza la nariz por su cuello, ahora se ha convertido en deseo, puro, duro y salvaje.
En ganas de sentir más que un simple roce, de tener esas uñas arañándole la piel, recordándole que está viva aunque su existencia se haya paralizado desde hace doce años.
De inmediato, siente su calor tatuado a la piel, las manos en la cintura y la barbilla apoyándose en su hombro.
—¿En qué te ayudo? —susurra, y todo en la voz de Tiffany suena a pecado.
Kelsey se estremece, un escalofrío la recorre con tanta calma que siente que está teniendo un orgasmo. Toma aire, necesita controlarse, ser esa buena amiga cercana que siempre ha sido y nada más.
—E-en nada —un tartamudeo involuntario delata su nerviosismo. Carraspea tan fuerte que su garganta se resiente—. Lo tengo todo controlado, ¿por qué no vas buscando la peli?
Ahí está, esa energía que orbita alrededor de ellas, la misma que ha estado allí siempre, pero que se ha intensificado en momentos que recuerda muy bien; el primer beso…
la primera vez que hicieron el amor. También apareció en otras tantas ocasiones en que ellas hicieron la vista gorda, demasiado cobardes para aceptar lo que pasa entre ellas.
Tiffany debería hacer lo que su amiga le dice, soltarla, ir al sofá y esperarla allí con una de esas comedias absurdas que les hacen mucha gracia, pero sus manos son incapaces de dejar de tocarla y por primera vez en años, cede a lo que de verdad quiere.
La gira despacio y su cuñada no opone resistencia, simplemente se da la vuelta y queda de frente a los ojos verdes que lleva idolatrando desde que era una niña.
—Voy a besarte —Tiffany no va a perder tiempo—, pero si no quieres que lo haga, dímelo. No voy a obligarte, sabes que no sería capaz de hacer algo que te incomode.
El cuerpo de Kelsey se sacude en un espasmo que ha sido incapaz de someter.
El gesto en su rostro no le da ninguna pista a la otra mujer de que esto vaya a salir bien, los ojos oscuros se mueven nerviosos y sus labios se esconden en una fina línea.
La chica Dalton suspira con resignación y, cuando va a retirar sus manos, es Kelsey la que se tira a sus labios, hambrienta.
Tiffany la recibe como si fuera el regalo de cumpleaños que lleva décadas pidiendo y por fin, sin previo aviso, llega. Kelsey suspira mientras su lengua se pierde en la boca de su cuñada, sintiendo que por tercera vez en la vida ha tenido la valentía de volver a casa.
—Tenía tantas ganas de sentirte —sisea Tiffany cuando se separan un instante para respirar, y de inmediato sus labios empiezan a besar el cuello de Kelsey—. Joder, tantas ganas.
Kelsey le coge la cara con las dos manos y vuelve a arremeter contra su boca porque sentir esa calidez y ese sabor único es una especie de droga que Kelsey Barrett se ha negado a tocar durante mucho tiempo a pesar de que es una completa adicta, y hoy en esa cabaña donde han vivido tantas cosas, la va a consumir toda.
Tiffany arrastra los dedos por la piel caliente del abdomen de Kelsey y siente cómo se contrae bajo su toque. Baja las manos hasta detrás de sus muslos y la impulsa para que se suba a sus caderas y la rodee con las piernas.
La posición hace que se sientan más y las dos gimen al mismo tiempo haciendo que sus labios tiemblen. Tiffany no pregunta si quiere ir arriba porque está segura de que romperá el momento. Kelsey Barrett sigue pensando que la atracción —o el amor— entre ellas es algo vergonzoso, indigno.
La espalda de la morena impacta contra el colchón cuando Tiffany la deja caer con cuidado. Se tiende sobre su cuerpo y sigue besándola con las ganas acumuladas durante años.
—Quiero… —Kelsey se calla y desvía la mirada, cohibida.
—Dímelo, cariño, ¿qué quieres? —pregunta, y le reparte besos suaves por el cuello que hacen subir la temperatura de la habitación.
Kelsey exhala un gemido ronco antes de contestar.
—Tocarte.
Para Tiffany Dalton, que después de aquel beso dejó de ocultarle a su mejor amiga la atracción que sentía por ella, escuchar esas palabras es como un pistoletazo de salida que llevaba esperando demasiado tiempo.
El alma había empezado a dolerle de tanto intentar contenerse y ahora la liberación está muy cerca.
Se desnudan con calma, porque las ganas están ahí, pero esto quieren disfrutarlo.
La piel va apareciendo y la ropa cayendo al suelo mientras sus labios no dejan de juntarse.
Cuando ya no queda ninguna barrera sobre ellas, Kelsey no puede dejar de pasear sus ojos por ese cuerpo precioso.
A sus cuarenta años, Tiffany sigue siendo una deportista activa, sobre todo en esas clases de CrossFit que la destrozan, pero que la hacen feliz.
Cada músculo está ahí, tensándose para ella, y tiene la necesidad de estirar el brazo para tocarlo.
Tiffany cierra los ojos mientras siente cómo la caricia demoledora le va erizando la piel y esa pulsión en su entrepierna le avisa de que, cuando sea ella quien toque a Kelsey, no sabe cuánto tiempo resistirá.
Vuelven a caer sobre la cama y esta vez las dos saben adónde van. Tiffany es la primera que acerca los labios a los pechos de su amiga y empieza a jugar con los pezones erectos.
—Tiff —susurra con la voz rota, retorciéndose de placer.
—¿Qué quieres, cariño? —Baja una de sus manos y se encuentra con la humedad cálida que la está esperando—. ¿Quieres mis dedos aquí? —Los roza contra sus labios inferiores, despacio—. ¿Te gusta esto?
Kelsey asiente, una y otra vez, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
Ella también mueve sus manos, aunque una vocecita indeseable se empeñe en recordarle que lo que está haciendo está mal, no piensa quedarse quieta como si fuera una muñeca de trapo.
Cuando lo hicieron aquella única vez, le pasó lo mismo, al principio le costó soltarse, pero una vez estuvo cómoda, disfrutó durante horas de ese cuerpo perfecto.
—Espera —pide Kelsey en un sollozo—, espera, por favor.
Tiffany se detiene de golpe.
—¿Qué pasa?, ¿te he hecho daño? —indaga con preocupación.
—No —se apresura—. Es que si sigues así voy a correrme y no quiero que pase tan rápido. Por favor.
Tiffany la besa y luego la mira a los ojos.
—Necesito que te corras para mí —le suplica—. Llevo mucho tiempo esperando esto, Kels. Y tenemos toda la noche para disfrutarlo.
Kelsey no aparta la mirada cuando dos dedos entran en su cuerpo. Gime, lo hace sin reprimirse.
Las embestidas no son del todo suaves, porque Tiffany recuerda que la primera vez su amiga le pedía cada vez más fuerza, más rapidez, así que ella comienza con ganas y el resultado es brutal porque en menos de un minuto siente la tensión en sus dedos y los temblores en el cuerpo que está venerando.
—No pares, no pares —gimotea Kelsey, y se pega a su boca para besarla con ansias.
A Kelsey le cuesta mucho conseguir un orgasmo cada vez que se acuesta con su marido.
No es fácil para ella a pesar de que Rick lo hace bastante bien, es atento, cariñoso y siempre busca complacerla, pero para Kelsey siempre termina siendo un acto sin sentido donde la única persona que de verdad disfruta es él.
En cambio, con Tiffany, nada es parecido.
Cada toque le quema la piel, los besos la hacen estremecerse y solo ha necesitado caricias y sus dedos dentro por un momento para deshacerse en sus manos.
—Joder. —Kelsey se ríe mientras se tapa la cara—. Joder, Tiff.
La otra mujer sonríe, pero al cabo de unos minutos se le borra el gesto de la cara cuando Kelsey se tumba sobre ella y empieza a besarla.
—Tengo ganas de probarte entera —confiesa en un susurro, y baja la cabeza para lamerle el pezón derecho.
Entonces la morena sigue deslizándose por su cuerpo y, cuando llega a su vientre, reparte besos húmedos y le separa las piernas, y Tiffany Dalton se da cuenta de que esta es la mejor noche de toda su vida.