Capítulo 5
A Kelsey le tiemblan las manos y no encuentra ninguna explicación para ello.
Es domingo, se ha levantado temprano como es habitual, ha bajado en pijama hasta la cocina y ha disfrutado de ese rato de soledad mientras ha preparado una jarra de café y luego se ha bebido una buena taza.
Desde el taburete de la cocina observa lo que puede ver de su propia casa, un salón espectacular donde la luz natural entra todo el día, unos suelos pulidos que su marido mandó a cambiar, quitando una horrible moqueta, y los techos altos decorados con lámparas modernas.
Le gusta, es un hogar que ha creado junto a Richard y que han mantenido impoluto a pesar del paso de los años, pero aun así no se siente como ella había pensado.
Cuando soñaba con tener todo eso, creía que iba a experimentar el punto máximo de felicidad y ahora que está ahí se da cuenta de que en realidad no necesitaba nada de esto, ni la gran boda ni el chico de película, porque en un garaje pequeño lleno de estanterías y con un eterno olor a cera derretida, es más feliz de lo que una vez imaginó.
Presiente que es el cumpleaños de Tiffany lo que la tiene así de alterada —lo cual es absurdo, han celebrado al menos veinte juntas— pero hay algo diferente esta vez, o quizá las últimas veces.
Ya no son esas crías que tenían toda la vida por delante para equivocarse cientos de veces y corregir esos errores por el camino; ahora son dos mujeres que siguen en el mismo punto desde hace varias décadas y Kelsey Barrett tiene la sensación de que el tiempo se le empieza a escapar entre los dedos.
Revisa la hora y decide ponerse en marcha, prepara un desayuno ligero —la barbacoa de celebración seguro que será suficiente para alimentar a un pueblo entero— pone una lavadora y sube para aplicarse una mascarilla en la cara mientras Rick se levanta.
—Buenos días —saluda somnoliento media hora después mientras se pasa los dedos por los ojos—. Te has levantado muy temprano.
Kelsey sonríe; su marido sigue teniendo la misma cara jovial de cuando se conocieron en la universidad.
—He salido de la cama a la misma hora de siempre —se inclina y le besa la mejilla—. Tú te has levantado demasiado tarde.
Sonríe como un niño travieso y luego abraza a Kelsey ocultándola contra su gran cuerpo.
—Lo siento, esta noche se me ha ido la hora —susurra en su oído y luego le besa la cabeza.
Los fines de semana ninguno trabaja —ella y Tiffany solo lo hacen si tienen un pedido muy grande que cubrir— y todos se permiten saltarse un poco las reglas.
Normalmente los viernes o los sábados salen a cenar por ahí los cuatro, pero este fin de semana Michael tenía planes especiales con su mujer y estuvieron celebrando en pareja.
Kelsey tuvo una cita con su propio mellizo y cuando volvieron a casa —y tras pasar un momento juntos que para ella fue bastante penoso— Rick se sentó frente a la tele y encendió la consola.
A medianoche, Kelsey aún podía escuchar los disparos provenientes del videojuego, por lo que sabe que Richard subió a la habitación de madrugada.
—No te preocupes, ¿lo pasaste bien?
El hombre asiente de inmediato.
—Hay un chico de Nueva Orleans, tiene trece años, pero juega súper bien. Me metió en su equipo y le dimos una paliza a los contrarios —levanta el puño en señal de victoria mientras asiente—. Voy a bajar a preparar algo de desayunar.
—Ya está preparado, estaba esperando a que te levantaras.
Rick compone una sonrisa completa y los ojos azules le brillan. Su marido es atractivo, más que eso, es condenadamente guapo; sabe que muchas mujeres morirían por ver ese gesto cerca de ellas. A Kelsey lo único que le provoca es ternura.
—Eres la mejor —la besa y luego le pasa un brazo por los hombros para bajar juntos a la cocina.
Varias horas después ambos están listos para salir a la casa de sus vecinos.
Rick se ha vestido con un vaquero, botas y una camisa oscura de manga larga.
Kelsey se ha puesto un jersey de punto y debajo un pantalón negro que simula el cuero.
Se ha maquillado ligeramente y se ha dejado el cabello suelto.
—¿Lista? —pregunta Richard cogiendo las llaves de la casa.
Kelsey mueve la cabeza y coge el regalo de Tiffany que dejó en la entrada cuando lo compró. El ramo de peonías sabe que se lo entregaron esta mañana porque de inmediato le mandó una foto de ella con las flores, con esa sonrisa encantadora y la mirada despierta.
La casa de los Clotet-Dalton está apenas a veinte metros de distancia y mientras se van acercando a la puerta, el corazón de Kelsey late cada vez más desbocado. Rick toca el timbre y unos segundos después, Chicago se ilumina.
Tiffany la mira como si llevaran meses sin encontrarse o quizá como si fuera una pieza exclusiva en un museo al que le ha costado mucho entrar. A Kelsey se le estiran los labios y los ojos se le humedecen porque lo que siente cuando la ve es tan intenso que no logra explicarlo.
—Feliz cumpleaños, cuñada —Rick le besa la mejilla y sale corriendo hacia el patio trasero donde lo espera su hermano vestido como un auténtico cocinero.
—¿Y tú no me felicitas? —pregunta Tiffany, porque su amiga no se ha movido, no ha hablado, solo la observa embelesada.
Kelsey se moja los labios y, como sabe que las palabras no van a salir de su garganta, extiende su brazo y pone frente a los ojos de la cumpleañera la pequeña caja que contiene el regalo. A Tiffany le brillan los ojos y tira de su cuñada para envolverla en un abrazo que deja a las dos sin aliento.
—Feliz cumpleaños, cariño —susurra Kelsey, tan pegada a ella que siente cómo su cuerpo se llena de calor—. Que sean muchos años más.
—Y que yo pueda celebrarlos contigo —Tiffany aprieta más el abrazo y siente cómo Kelsey gira el cuello para besarle la mejilla.
Cuando se separan, ambas se dan cuenta de que siguen en la puerta de la casa, con el frío congelándoles el culo.
—Ven, vamos dentro —Tiffany la coge de la mano y pasan directamente al salón.
A las dos les encantan las barbacoas, pero a diferencia de sus maridos, lo que no les gusta es el frío.
Por eso, desde que se mudaron a Chicago y conocieron de primera mano su clima polar, los mellizos tienen la tarea de estar fuera asando la carne y hablando de sus cosas mientras ellas los esperan dentro, con la calefacción encendida y acurrucadas en el sofá.
Hoy no es diferente y, en cuanto Tiffany se sienta, abre las piernas y, como si estuvieran sincronizadas, Kelsey se sienta en medio.
La nariz de la cumpleañera se arrastra por su cuello y lo hace tan despacio que a Kelsey se le eriza la piel de todo el cuerpo.
Vuelve a experimentar esa pulsión que últimamente la ataca con más frecuencia y le recuerda esa única noche de pasión que pasaron juntas.
En momentos así se pregunta si Tiffany sentirá lo mismo que ella, pero casi siempre empuja ese pensamiento porque está segura de que su amiga es feliz con Michael y lo que pasó entre ellas ha quedado allí.
—Hueles tan bien —Tiffany lo dice con la voz ronca, casi en un susurro—. Joder, me encanta este olor.
Kelsey se estremece y el corazón empieza a rebotar en su entrepierna. Se aclara la garganta antes de que un jadeo involuntario la delate.
—¿No abres el regalo? —pregunta, señalando la caja sobre el sofá.
Tiffany la coge y rasga el papel con cuidado. Unos segundos después deja de mover las manos de golpe.
—Kels...
—Te lo mereces —gira el cuerpo y ladea la cabeza. Ahora están frente a frente a menos de un palmo de distancia—. Es… es como tú. Es brillante y preciosa.
El aire se le queda atascado en los pulmones y Tiffany tiene que reunir todas sus fuerzas para no inclinarse y besar esa boca que tanto desea. Se miran sin parpadear mientras una sonrisa se dibuja en sus labios.
—Déjame ponértela —Kelsey coge la pulsera con cuidado y se la coloca en la muñeca—. Perfecta.
Tiffany observa su regalo y pasa el dedo por cada uno de los eslabones.
Se han regalado muchas cosas a lo largo de los años, desde tonterías cuando eran adolescentes hasta cosas como estas que cuestan unos cuantos miles.
Todas han tenido un significado, pero ella siente que este es especial.
No sabe si es por la edad o porque hoy está demasiado sensible, pero siente que lo que Kelsey acaba de regalarle es una especie de joya de compromiso que sin duda no va a quitarse jamás.
—Gracias —Tiffany le besa la mejilla tan cerca de la comisura de la boca que ambas suspiran.
—¡Feliz cumpleaños, Tiff! —se escucha de un momento a otro y los mellizos entran al salón aún con sus delantales a juego y una gran tarta en la mano.
Kelsey se levanta con calma mientras aplaude y canta la famosa canción.
Los hermanos se acercan; los tres están frente a la cumpleañera con sonrisas amplias y voces completamente desafinadas.
¿Es feliz? Claro que lo es, pero a menudo Tiffany Dalton se pregunta qué pasaría si Kelsey no se hubiera casado con el otro chico Clotet.
¿Sería tan feliz como lo es ahora? No lo sabe.
Mick pone la tarta sobre la mesa baja y los cuatro sueltan una sonora carcajada.
Todos los años es lo mismo; se encarga el pastel para el cumpleañero, que viene con dos fotos comestibles.
En esta ocasión, Tiffany y Michael están en la más grande, abrazados frente a una catedral en un viaje que hicieron a México.
En la más pequeña, los cuatro, de pie frente a la cabaña en el último viaje, con caras sonrientes.
—Vamos, cielo, pide un deseo —la anima su marido cuando Tiffany se inclina para soplar las velas.
Ni siquiera tiene que pensarlo; su cerebro actúa solo y la imagen alegre de Kelsey Barrett la inunda por completo. Levanta la mirada y esos ojos oscuros la miran con complicidad, así que hace lo único que siente en ese momento: le guiña el ojo y apaga las velas.
Se levanta y recibe los abrazos de todos. Primero su marido, que también la besa; luego Rick, que le alborota la melena como cuando estaban en la universidad, y finalmente su mejor amiga.
—Espero que se cumpla tu deseo —le dice.
—Yo también… yo también lo espero.