Capítulo 4
—Inhalad… y al exhalar, soltad todo lo que no queréis dentro —dice la monitora de yoga con esa voz baja y melódica capaz de provocar sueño de inmediato.
Kelsey exhala, pero ella no suelta nada porque lleva demasiado tiempo guardando algunas cosas dentro y ya no sabe cómo hacerlo.
Está en la postura del guerrero, con el brazo estirado hacia la ventana y la vista fija en la punta de sus dedos, intentando encontrar una relajación que últimamente nunca logra.
El yoga le encanta y es una de las pocas cosas que no comparte con nadie porque Tiffany probó una clase hace años y se pasó toda la hora resoplando.
—Es aburridísimo, Kels, no sé cómo no te entra sueño —dijo al acabar, después de taparse la boca para bostezar.
Desde entonces, su amiga hace CrossFit —de ahí ese cuerpo tan definido que a Kelsey cada vez le cuesta más no mirar— y ella siguió con el yoga.
La profesora pide cambio de lado y Kelsey se mueve tarde, tan desconcentrada que hay un momento en el que pierde el equilibrio —algo que solo le pasaba los primeros meses— y cuando llega la relajación final, se queda tumbada sobre la esterilla con los ojos muy abiertos mientras mira el techo y trata de sacar a su cuñada de sus pensamientos, pero es imposible, esa mujer con los ojos verdes más bonitos que jamás ha visto siempre parece tener una excusa para vivir en su cabeza.
—¿Estás bien? —pregunta Megan mientras les sirven el café.
Megan es una psicóloga de cuarenta y dos años que comenzó en el yoga unos meses después que Kelsey.
Se cayeron bien y un día una de ellas propuso tomar un café al terminar, la siguiente vez el café se convirtió en un desayuno y al final en una costumbre que tienen todos los martes y los jueves tras la clase.
Siempre van a la misma cafetería, donde una pide una tostada y la otra un bollo de crema.
—Sí, ¿por qué?
—Porque parecías dispersa, y algo torpe si me lo permites —sonríe Megan con burla.
Kelsey también estira los labios y echa un sobre de azúcar en su café.
—Supongo que no he descansado bien, no sé.
Megan es la única amiga que Kelsey no comparte con nadie, ni con Tiffany ni con los gemelos, y quizá por eso se siente tan cómoda con ella a pesar de que le sigue costando mucho abrirse.
—¿Solo eso? —se sorprende Megan.
—Bueno, la verdad es que estoy estresada por algo que no debería alterarme. Es el cumpleaños de Tiff y por primera vez en años no sé qué comprarle.
Megan se esfuerza por retener la sonrisa de satisfacción en su expresión, porque intuía que lo que la tiene distraída era su famosa cuñada, a la que nombra diez veces más que a su marido desde que se conocen.
—Es tu cuñada, Kelsey, seguro que apreciará cualquier cosa que le compres, mujer. No te agobies por eso.
Los ojos de Kelsey se abren de par en par y la mira como si hubiera dicho un disparate. ¿Cualquier chorrada? Ni loca, tiene que ser un regalo especial, algo que de verdad le guste porque necesita ver esa sonrisa amplia y luminosa que aparece en su cara cuando descubre lo que hay debajo del papel.
—Regálale un pijama, o una taza con su nombre y…
—Yo no le regalo tazas con frases a Tiff —la interrumpe, y le sale un tono tan cortante que ella misma se sorprende—. Perdona —se disculpa y baja un momento la mirada—, es que me gusta regalarle cosas que no sé, que necesite, que le gusten, ya sabes.
—Claro —dice Megan solo para que se sienta bien, porque ella no tiene ninguna amiga o cuñada por la que sienta esa necesidad de gustar.
—Siempre le compro cosas que sé que quiere pero que ella no va a comprar porque lo considera un capricho, pero este año no tengo nada anotado, gasté mis últimos recursos en Navidades.
—Entiendo —asiente Megan—. ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta al centro comercial? Quizá viendo escaparates se te ocurre algo.
—¿Me acompañas?
La psicóloga se encoge de hombros.
—Claro, ya no tengo nada que hacer hasta la hora de la cena.
Veinte minutos después, caminan sin rumbo fijo, mirando escaparates mientras Megan va proponiendo cosas que a Kelsey le parecen demasiado básicas o comunes: un bolso, un pañuelo, un lote de sales de baño.
Dice que no a todo y se guarda los motivos por los que descarta cada cosa porque no quiere que su amiga piense que conoce los gustos de su cuñada mejor que los de su marido.
Tiffany no suele utilizar bolsos, ella es más informal y le gustan las bandoleras.
Odia los pañuelos y cualquier cosa que le apriete ligeramente el cuello y nunca usa sales de baño porque no es una mujer que se permita pasar horas en la bañera.
Es más de ducha y sentarse un rato en el sofá para leer alguno de los tantos libros que devora cada año, eso es lo que relaja a su mejor amiga.
Megan propone algo más, pero ella apenas la escucha porque se ha detenido delante de otra joyería —ya es la tercera, aunque no es consciente de ello—.
—Para no saber lo que quieres, lo estás buscando siempre en el mismo sitio. —Megan apoya el hombro en el cristal y se cruza de brazos mientras la mira, y Kelsey siente que de repente le arden las orejas.
—¿Qué? No, para nada, solo estaba mirando. Llevo tiempo detrás de un reloj —miente, y los ojos de su amiga se desvían hacia el otro lado del escaparate, donde de verdad están los relojes y no las pulseras que ella mira.
Reanudan la marcha y, cuando se quiere dar cuenta, se ha detenido delante de otro, solo que este no es una joyería, es una tienda de lencería y sus ojos están fijos en un maniquí sin cabeza que lleva un conjunto verde oscuro que haría juego con los ojos de Tiffany, sujetador de aros finos, braguita de tiro alto y una bata de seda abierta.
A Kelsey se le seca la garganta cuando la visualiza con eso puesto en ese cuerpo definido que ella ha visto en ropa interior o biquini tantas veces.
Piensa que esto es lo que necesita, que es un regalo perfecto y sabe que a Tiffany le encantará, pero el pensamiento se le corta de golpe cuando recuerda que si le regala ese conjunto, Tiffany se lo pondrá para Mick, será él quien disfrutará quitándoselo, y empieza a apretar tanto la mandíbula que le acaban chirriando los dientes.
—Es horrible —masculla asqueada y reanuda la marcha.
Megan frunce el ceño.
—A mí me parecía precioso —comenta Megan a propósito, mirándola de soslayo para ver su reacción, y, aunque Kelsey lo disimula, le sale un suspiro nasal demasiado largo.
—Creo que sé lo que quiero —dice, deteniéndose en seco para girar y volver hacia atrás.
Megan la sigue con una sonrisa y no se sorprende cuando su amiga acaba entrando en una de las joyerías, ignora las vitrinas de la entrada y va directamente a las del fondo, donde están expuestas las pulseras más caras.
—Quiero esa —dice señalando una de oro con los eslabones planos.
Cuando la dependienta dice el precio, Megan tose, pero Kelsey ni siquiera parpadea.
—Perfecto.
—¿Se la envuelvo para regalo?
—Sí, gracias.
Salen de la joyería al cabo de un rato y Kelsey parece más relajada ahora que tiene el regalo perfecto.
—Bueno, al fin tienes el regalo, es muy bonita —asegura Megan.
Kelsey esboza una sonrisa, pero cuando pasan por delante de una floristería, se da cuenta de que todavía le falta un detalle.
—Espera, vamos a entrar.
Megan no cambia su expresión porque no está sorprendida. Hace mucho tiempo que ha llegado a sus propias conclusiones en cuanto a la relación que Kelsey tiene con su cuñada, pero jamás dirá nada si ella no se lo cuenta.
—Quiero un ramo con cuarenta peonías para el domingo —dice, como si tuviera muy claro lo que quiere.
—Menudo regalo, pulsera de oro y un ramo enorme de flores —comenta la psicóloga.
—Bueno, no es solo mío —asegura Kelsey, apurada—. Es el regalo que le hacemos Rick y yo.
En eso no miente, el regalo siempre es a nombre de los dos, pero Tiffany sabe que lo ha elegido ella, al igual que ella sabe que su amiga también escoge los que son para Kelsey.
—Si a ella le compras todo esto, no quiero imaginarme lo que le compras a tu marido —comenta Megan al salir, mordaz, estudiando su reacción.
Kelsey palidece y una ráfaga de culpa le atraviesa la mirada.
A Rick suele regalarle corbatas —a veces dos para que le dé una a su hermano y puedan ponerse la misma— o un pijama y algo relacionado con la pesca.
Con él no tiene que pensar, es fácil de complacer, pero a ella siempre quiere sorprenderla.
—Sí, está muy contento siempre —responde sin mirarla.
—Con regalos así, no me extraña.