Capítulo 3
K elsey sale con cuidado de la cama para intentar no mover el colchón y no despertar a su marido.
No sabe qué hora es, pero debe ser lo suficientemente pronto como para que Richard aún siga profundamente dormido.
Camina de puntillas hasta salir de la habitación y pasa de largo hasta el baño que está justo al lado de la de invitados.
En cuanto cierra la puerta, exhala el aire retenido como si acabara de cumplir de forma exitosa una misión de espionaje.
Intenta relajarse mientras se desviste para darse una ducha hirviendo que la prepare para el día.
Le cuesta, porque Kelsey Barrett vive tan rígida que suele tener los músculos de todo el cuerpo engarrotados y le generan un dolor molesto que no se va hasta que atraviesa las puertas de su garaje, que sirve de oficina para su empresa de velas aromáticas.
—Por fin —jadea cuando el agua le cae en la espalda, destensándola casi como si estuviera recibiendo un masaje.
Vuelve a tensarse de inmediato porque ese pensamiento solo la lleva a las manos de Tiffany y sabe que no tiene —ni debe— que imaginarse eso.
Es su mejor amiga y su cuñada, además de que a Kelsey nunca le han gustado las mujeres, solo tuvo aquel pequeño desliz cuando tenía catorce años y lo corrigió rápidamente diciéndole a Tiffany que no podía repetirse.
Luego la noche en la que se quedaron solas después de la celebración —esa que ella aún no entiende, «despedida de soltera», como si casarse fuera un sacrilegio y se necesitara festejar que hasta ese día gozará de libertad— tuvieron sexo, suave, increíble y tan excitante que tras tantos años, la escena sigue apareciendo en su mente más veces de las que ella quisiera.
Pero eso es todo, dos simples episodios de los que no se habla y que no deberían condicionar el ritmo de su existencia…
aunque para su desgracia lo hacen y ella no le encuentra una explicación coherente.
En el baño de invitados tiene todo lo que necesita, así que después de secarse el cuerpo, se hidrata la piel que el frío insiste en resecar, se lava los dientes, se peina y coge ropa interior del cajón de abajo.
Luego sale y abre el armario que está en el pasillo, donde guarda parte de su ropa, y elige la que se va a poner hoy: unos pantalones de algodón grueso que le hacen un culo fantástico, una camiseta térmica y una sudadera oscura.
Cuando baja las escaleras, lo hace con cuidado, hay uno de los escalones que cruje y ella se lo salta para evitar despertar a Rick.
Ese es su momento, el que disfruta en soledad mientras prepara el café y el desayuno para los dos.
Sin interrupciones ni nada que le moleste, ella y su mente volando a cualquier sitio cerca de California.
No puede evitar recordar tantos momentos que vivió en su ciudad natal, las tardes de playa, de surf, su piel eternamente bronceada y los maravillosos fines de semana.
Sonríe porque recuerda cómo en uno de ellos arrastró a Tiffany a un retiro de yoga en Santa Cruz y pasó el primer día enfurruñada porque no era capaz de hacer correctamente la posición del camello.
Es curioso, porque Kelsey ha vivido muchos momentos felices en su existencia y en cada uno de ellos siempre estuvo Tiffany a su lado.
—Buenos días, princesa. —El cuerpo cálido de Richard se abraza a su mujer y Kelsey da un visible respingo—. Perdona si te he asustado.
Se queda muy quieta y siente cómo la tensión crece en su espalda.
No debería sentirse así, Rick es su marido, llevan desde la universidad juntos, están casados y ella lo quiere.
Es la frase que se repite a sí misma como un mantra cuando experimenta justo lo de ahora, ese desasosiego que no debería estar allí por tener los brazos a su alrededor de alguien con quien comparte una vida.
—¿Has dormido bien? —pregunta ella intentando encauzar el momento hacia la normalidad.
—Genial, he soñado que había pescado una lubina gigante —suelta una carcajada que le hace botar los hombros. Kelsey también sonríe porque, aunque se sienta de esa manera, sabe que no es culpa de Rick—. ¿Y tú?
—No tan bien como tú, pero he podido descansar —se acerca a la cafetera y le sirve una taza cogiendo su favorita —cómo no— con una foto suya pescando un gran bicho.
—Gracias. —Rick le da un beso en los labios y se gira para sacar los huevos de la nevera—. Me he movido en la cama y he notado que no estabas, así que he bajado para que desayunemos juntos con calma.
Así es Richard. Un hombre que no duda en quitarse minutos de sueño para pasar un rato con su mujer, y eso la hace sentir peor aún porque teniendo a un buen marido a su lado, no debería experimentar esa animadversión que tiene algunas veces cuando él insiste en estar junto a ella.
Desayunan en la mesa de la cocina, hablando de todo un poco, el negocio de ella y la empresa que él maneja con su mellizo. También sobre el fin de semana largo que pasarán en la cabaña porque se celebra la fiesta de la pesca y Rick junto a Mick acamparán al menos una noche fuera.
—Creo que tenemos que renovar la carpa —dice después de darle un buen trago a su zumo de naranja—. Esta no sé cuándo la compramos, pero empieza a entrar algo de frío por algún sitio.
—Justo harán seis años, en aquella tienda deportiva en Naperville. —Kelsey siempre ha tenido buena memoria para recordar ese tipo de cosas. Además, fue en una escapada que hicieron a la ciudad por el cumpleaños de Tiffany.
Rick abre los ojos de manera exagerada. Normalmente tienen mucho cuidado con todo lo que tiene que ver con la pesca, renuevan equipos cada poco tiempo para asegurarse de que siempre tengan la mejor experiencia. Seis años con la misma carpa le parece un delito.
—Tendré que hablar con Mick al respecto —dice muy serio, como si fuera una cuestión de vida o muerte. Comprueba la hora en el reloj del microondas y se pone de pie a la vez que recoge los platos—. Voy a vestirme, no quiero que se me haga tarde.
Kelsey observa cómo su marido mete todo lo que han ensuciado en el lavavajillas y pasa el paño por encima del mármol hasta dejarlo impoluto.
Desde que era una niña de apenas siete años, Kelsey Barrett soñaba con que un día se casaría con un hombre así.
Uno que cuidara los detalles y que la tratara como a una princesa, un príncipe alto y muy guapo que la llevara al altar ataviada con un impresionante vestido blanco.
Sus padres alimentaron ese deseo de cualquier forma, incluso su difunta madre le creó una hucha para que Kelsey fuera ahorrando por si era necesario para que ese día tan especial fuera como ella quería.
Cuando conoció a Rick en la universidad le pareció un tipo divertido, un poco gamberro junto a su mellizo, pero ambos buenos chicos.
No sabe exactamente cómo sucedió, lo único que recuerda es a Tiffany contándole que había aceptado una cita con Michael y que su hermano estaba interesado en ella.
De repente eran dos parejas que hacían todo juntas, se mudaron a Chicago al acabar la carrera y se casaron —el mismo día— por supuesto.
Y aquí está más de una década después viviendo en automático el sueño que una vez tuvo y que ahora no le parece tan espectacular.
—Ten buen día, preciosa. —Richard la besa como siempre antes de marcharse—. Nos vemos esta noche.
Kelsey le sonríe y ahora es ella quien lo besa porque no le parece justo que sea siempre él quien tenga esas muestras de cariño.
«Rick es su marido, llevan desde la universidad juntos, están casados y ella lo quiere».
Diez minutos después —más tarde de lo habitual— atraviesa la puerta interior que da hacia su garaje.
De inmediato siente el calor y ese olor a eucalipto que parece inundarlo todo cuando Tiffany está trabajando en las velas que llevan ese aroma.
La ve de espaldas, ligeramente inclinada sobre la mesa de trabajo vertiendo la cera caliente en los tarros con cuidado mientras endereza alguna mecha rebelde.
A Kelsey siempre le ha causado cierta satisfacción verla haciendo cosas que le gustan porque irradia una energía que la contagia.
La mira de arriba abajo, no viste con nada especial, lleva los mismos vaqueros rotos de siempre y una sudadera desgastada que, aunque no pueda ver desde su posición el logo delantero, sabe que es de las que usaban en la universidad, pero es la forma en que parece ocupar cualquier sitio donde está, con esa melena mal recogida que le da un aspecto hippie, las piernas torneadas por el ejercicio físico y las manos…
A Kelsey las manos de Tiffany le parecen las más bonitas que ha visto.
—Hola. —Tiffany la mira con media sonrisa porque la ha pillado mirándola—. No te había escuchado llegar.
Kelsey se contagia del buen humor de su cuñada y camina hacia ella mientras niega con la cabeza.
—Sigues sin tener cuidado —le quita una mancha de la cara, esta vez del colorante vegetal que usan para darle color a las velas.
Tiffany vuelve a sonreír y le pone una mano en la cintura.
—Estás muy guapa —le susurra, y luego le besa la mejilla con cariño—. Y también hueles bien.
Kelsey suspira y de inmediato siente cómo esa tensión que la asfixia desaparece de golpe. Está en su lugar seguro, cerca de la persona que más la conoce y que le transmite una serenidad que nadie ha sido capaz de conseguir.
—Siempre me dices lo mismo, voy a pensar que es la frase que usas con todo el mundo —bromea la morena, y Tiffany abre la boca, dramática.
—Eres a la única a la que se lo digo, Kels —suelta con voz ronca, la mira durante un segundo con intensidad y luego se da la vuelta para seguir trabajando—. Ha entrado un pedido desde Seattle y hay que mandarlo esta misma tarde.
Kelsey parpadea para centrarse y salir de esa intimidad en la que habían entrado y activar el modo trabajo.
Se sienta frente al ordenador y teclea para buscar la orden: una colección de invierno —seis velas de tamaño mediano de diferentes olores: madera de cachemira, galletas de mantequilla, canela, nuez moscada, chocolate caliente y eucalipto— y tres grandes de vainilla.
El cliente ha marcado el envío exprés y ha pedido que la caja esté envuelta para regalo con una nota en el interior.
—Alguien se ha olvidado del cumpleaños de su novia —canturrea Kelsey cuando lee el mensaje del comprador implorando que el envío llegue a tiempo para una celebración.
—Entonces tenemos que darnos prisa. —Tiffany acaba con la mezcla de colores y la vierte en una olla que contiene cera caliente—. Tenemos de sobra en la estantería.
Kelsey gira el cuello hacia la zona que tienen de almacenaje.
Son varios muebles juntos que Rick y Mick se encargaron de instalar para que las chicas pudieran guardar las velas y organizarlas por tipo.
Tiffany suele producir buenas cantidades de aquellas que más se venden para que los pedidos salgan sin retraso porque al inicio, cuando comenzaron el negocio, no tuvieron en cuenta el tiempo de curado de las velas y a menudo se quedaban sin producto disponible.
Se levanta de su silla, coge una caja de cartón con el logo de Pacific Wick y empieza a seleccionar las velas que debe incluir.
—Prepárate para escuchar esta noche el drama de la carpa demasiado vieja —advierte Kelsey a su cuñada.
—No te entiendo. —La voz burlona de Tiffany le indica que, aunque no sabe de lo que habla, intuye que tiene que ver con la pesca y sus maridos.
—Rick descubrió con auténtico terror que la carpa que usan para las acampadas la compraron hace seis años —se ríe Kelsey sin poder evitarlo—. Iba a hablarlo con Mick hoy para buscar una solución.
Tiffany suelta una carcajada que le aprieta el pecho a su mejor amiga. El sonido melódico de su risa solo le trae recuerdos de toda una vida juntas, de momentos increíbles que han disfrutado a través de los años.
—Entonces nos tocará acompañarlos este fin de semana a buscar la adecuada.
—¿Estás preparada? —consulta Kelsey, que sabe que puede ser un día caótico.
—Si estás tú, no necesito estarlo.
Kelsey se muerde los labios y exhala una risa corta. No, ninguna de las dos necesita nada más que seguir estando juntas.