Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2) Capítulo 2
9%

Capítulo 2

C uando el despertador de Tiffany suena, Mick ya no está en la cama porque su marido siempre se levanta media hora antes que ella.

Lo escucha trajinar en la cocina y levanta un poco el mullido edredón para calcular el frío que va a pasar de camino al baño.

No es que la casa esté fría, la calefacción está encendida día y noche, pero por muchos años que lleve viviendo en Chicago, Tiffany no se acostumbra al clima y echa de menos el sol californiano.

Después de ducharse y vestirse, baja a la cocina y encuentra a su marido apagando los fogones.

—Justo a tiempo —dice Mick, girándose hacia ella con dos platos de huevos y beicon en las manos.

Tiffany se echa a reír cuando lo ve porque Mick va vestido con el pantalón y la camisa del traje, y sería elegante si no fuera porque encima lleva un delantal con el dibujo de un pez gigante de ojos saltones que sonríe de forma caricaturesca.

Obviamente, su hermano tiene uno igual y cuando hacen barbacoas los domingos, los lucen encantados mientras ellas los observan y bromean con el tema de que son muy pocas las cosas que ambos hacen separados.

—Solo les falta cagar juntos —dijo Kelsey la última vez, mientras ella se retorcía de la risa.

—Buenos días. —Tiffany le besa los labios y sirve el café para ambos antes de sentarse a la mesa.

Él deja los platos y le besa la coronilla antes de imitarla.

Tiffany lo mira con cariño, agradecida por haberlo conocido porque Mick es muy fácil de querer. Cocina, escucha lo que le cuenta y suele recordar gran parte, y en la cama es lo suficientemente bueno y atento como para dejarla satisfecha la mayoría de las veces.

Todo esto permite que su matrimonio funcione y que a ella no le resulte tan difícil compartimentar, dejando aparcados y medio anestesiados los sentimientos que siempre ha tenido hacia Kelsey desde que se besaron con catorce años.

Lo que siente por ella siempre ha sufrido altibajos; después del beso supo aparcar lo que sentía y, dado que desde muy joven supo que era bisexual, se centró en hacer su vida asumiendo que no tenía opciones.

Pero después pasó lo de la despedida y a Tiffany se le hizo un mundo no poder hablar de ello y fingir que no había pasado, aunque lo logró, y lleva desde entonces dividida entre el gran cariño que le tiene a su marido y lo que es su vida junto a Kelsey.

Sabe que no tienen una relación normal, que dos amigas o cuñadas jamás tendrán la cercanía que tienen ellas ni los gestos demasiado cariñosos que no pueden evitar, pero que, de algún modo, todos han normalizado en esas dos casas situadas a apenas veinte metros una de otra.

—Te ha quedado delicioso —dice masticando un trozo de beicon tostado.

Él le guiña un ojo y se limpia con la servilleta justo antes de que se escuche una bocina en la calle.

Es un solo toque corto —una señal de los hermanos—, pero Mick se levanta como un resorte, se quita el delantal y se rellena el termo con café —un termo verde con una caña de pescar plateada y su nombre escrito debajo—; el de Rick es igual, pero en azul.

Ella y Kelsey se los regalaron a sus respectivos maridos en las Navidades pasadas porque no pueden hacer regalos que no vayan conjuntados, por supuesto.

—Que tengas un buen día, preciosa —dice él, besándole la cabeza de nuevo.

—Tú también. Dile a Rick que conduzca con cuidado —bromea, y su marido se ríe porque su gemelo jamás se ha saltado el límite de velocidad; es el único de los cuatro al que jamás le han puesto una multa.

Tiffany lo acompaña a la puerta y sale con él para saludar a su cuñado desde la entrada, y después se queda unos segundos ahí, viendo cómo su marido sube a la camioneta, choca el puño con su hermano y ambos se alejan calle abajo para dirigirse al polígono donde los dos dirigen una empresa que heredaron de sus padres, con despachos contiguos, paredes acristaladas que les permiten verse y la misma decoración.

Cuadros grandes de sus pescas más importantes y dos marcos más pequeños en cada escritorio.

Uno es igual en ambos, donde salen los cuatro en la puerta de la cabaña.

Fue un día que nevó tanto que no pudieron irse.

Ellos sonríen divertidos y ellas tenían tanto frío que apenas pudieron estirar los labios.

La otra foto es de ellos solos con su respectiva mujer.

Tiffany coge su móvil, se pone el abrigo de plumas y atraviesa el jardín, llegando a la puerta lateral que los hermanos mandaron hacer para comunicar sus casas.

La cierra con un golpe fuerte porque eso es lo que hace que Kelsey sepa que ya llega y la reciba siempre con una sonrisa amplia que calienta el corazón de Tiffany de un modo que nadie más consigue.

Encuentra la puerta del garaje de su cuñada abierta hasta la mitad —la primera que llega la deja así para la otra— y cuando Tiffany pasa al otro lado, la cierra y sube un punto la estufa que tienen junto a la entrada.

Tiffany siempre piensa en sus padres cuando la ve, porque fue uno de los regalos que les hicieron cuando fueron la primera vez a visitarlas a sus nuevas casas y vivieron en sus propias carnes el frío de Chicago.

Se siente reconfortada cuando entra ahí, como si ese fuera su verdadero hogar, donde todo huele a cera caliente y la mezcla de fragancias que utiliza para las velas, y sobre todo, donde está esa mujer que le robó el corazón hace demasiados años y que lo hace latir con fuerza cada vez que la ve.

—Hola. —Sonríe mientras se quita el abrigo y Kelsey la observa de arriba abajo.

Tiffany lleva unos de los muchos vaqueros desgastados que se pone para trabajar, junto a una sudadera de un festival de surf al que ambas asistieron en California que ahora tiene varias manchas de cera.

—Buenos días —saluda su amiga.

De camino a su banco de trabajo, Tiffany pasa por detrás de ella, pasándole los dedos de un hombro a otro antes de inclinarse y besarle la mejilla, dejando sus labios ahí durante unos segundos más de lo que ambas saben que es normal.

Lo que tampoco es normal es que Kelsey eche la cabeza hacia atrás, que suba las manos esperando que Tiffany se las coja y suspire con una tranquilidad que no siente al lado de Rick cuando ella le rodea el cuerpo con los brazos y aspira el aroma de su cuello.

—Me encanta cómo hueles hoy —susurra Tiffany antes de incorporarse.

Kelsey siente una ola de calor que le sube por el cuerpo y se instala en sus mejillas, porque cada vez le cuesta más ignorar esa atracción que siente hacia su cuñada y que últimamente crece a un ritmo que empieza a darle miedo.

—¿Solo hoy? —cuestiona ella, con la ceja levantada.

—Siempre —afirma Tiffany, sentándose por fin.

Empiezan a trabajar como lo hacen siempre, desde que eso que comenzó como un hobby de dos amigas aburridas se convirtió en una tienda online que a veces tiene lista de espera.

Tiffany es la que funde, mezcla, pesa las esencias y después vierte la cera en los tarros.

Y Kelsey es la que gestiona los pedidos online, contesta los correos, empaqueta las cajas con mimo y la que administra la web y las redes sociales.

Trabajan con la radio puesta de fondo, pero no suelen prestarle mucha atención porque siempre tienen algo de lo que hablar.

Puede ser de sus maridos, que esto las divierte mucho cuando empiezan a comparar las cosas que hacen, de Piper, la hermana mayor de Tiffany con la que habla muy a menudo, o de lo preocupada que está Kelsey por su padre, quien desde que murió su madre vive solo, negándose a mudarse con ella.

—No me gusta tenerlo tan lejos, si le pasa algo… —dice, negando con la cabeza.

Tiffany estira el brazo y le coge la mano para darle ánimo, pero de alguna manera acaban entrelazando los dedos.

—Sabes que mis padres y Piper acudirían en su ayuda de inmediato, estaría acompañado hasta que nosotras llegásemos —asegura sin dejar de mirarla.

—Nosotras —repite Kelsey con una sonrisa triste.

—Sí, bueno, y nuestros maridos, ya sabes…

Separan las manos y vuelven a sus cosas antes de que se genere un silencio incómodo entre ellas, porque estos gestos se repiten con demasiada frecuencia últimamente y Kelsey, que en todo este tiempo no ha logrado encontrar una explicación lógica para lo que le pasa con su amiga, empieza a estar muy tensa.

—Por cierto —dice, movida por la necesidad de cambiar de tema—, a Rick le llegó ayer el permiso de pesca para esta temporada, dice que lo va a plastificar.

Tiffany suelta un resoplido que acaba en risa.

—Joder, Mick dijo exactamente lo mismo cuando le llegó el suyo.

Las dos se echan a reír más relajadas y Kelsey se levanta para servir dos cafés, sin molestarse en preguntarle a Tiffany lo que quiere porque sabe perfectamente cómo lo toma.

—Gracias —dice Tiffany, girándose hacia ella cuando su cuñada se coloca a su lado y le deja la taza delante.

—De nada. —Kelsey mueve los dedos hacia su barbilla con naturalidad y le rasca un trozo de cera que tiene pegado—. Tienes que perder esa manía de tocarte por todas partes con las manos llenas de cera caliente.

Tiffany se encoge de hombros. Su cuñada siempre le dice lo mismo, pero ella lo sigue haciendo —a veces a propósito— porque sabe que Kelsey lo verá y le quitará cualquier rastro que tenga con esa delicadeza suya y esa mirada intensa que solo tiene para ella.

—Esa mecha está torcida —anuncia Kelsey, señalando la vela en la que trabaja ahora mismo.

Tiffany frunce el ceño.

—No es verdad —asegura, ladeando la cabeza para mirarla desde otro ángulo.

—Sí que lo está, Tiff —afirma para chincharla.

Tiffany la mira de reojo con expresión divertida y coge la mecha con las pinzas y la mueve un poco porque la cera todavía está caliente.

—¿Contenta?

Kelsey sonríe y asiente satisfecha antes de volver a su sitio, ponerse las gafas de leer y seguir contestando correos.

Cualquiera que entre ahora en el garaje solo vería a dos mujeres que se entienden muy bien trabajando juntas, dos amigas y cuñadas que encajan una con la otra como si en otra vida hubieran formado parte del mismo molde, y solo ellas saben lo que pasa por debajo, esa corriente que flota entre ellas, creciendo cada día con una intensidad que hace que a veces les resulte difícil respirar el mismo aire, pero que ambas ignoran porque Kelsey lo suplicó en su día.

Tienen un pacto que Tiffany respeta porque no quiere perder a Kelsey, y Kelsey porque sabe que si vuelve a cometer otro desliz, no tiene muy claro que esta vez pueda detenerse.