Capítulo 1
Doce años después de la boda.
L a cabaña está tan silenciosa como siempre y eso es una de las cosas que más le gusta a Tiffany de estar allí.
Son apenas las siete de la mañana, pero ella lleva casi una hora despierta porque a veces su cabeza no sabe estar quieta y se le han ocurrido varias ideas para su negocio que, por supuesto, no ha tardado en apuntar en el móvil.
El espacio a su lado está vacío y cuando ha pasado la mano por la tela la ha notado fría, hace varias horas que el cuerpo caliente que estaba a su lado se ha levantado con toda seguridad para salir al lago.
De repente escucha un ligero trajinar en la cocina y sonríe.
Su estómago ruge y está segura de que hoy las tortitas serán con arándanos porque son sus favoritas y a ella —casi— siempre la complacen.
Sale de la cama, va directamente al baño que hay dentro de la habitación y se asea.
Se recoge la melena castaña en una cola floja mientras se observa unos segundos en el espejo.
Le parece mentira que esté cerca de cumplir los cuarenta porque en su mente hace poco estaba en California, subida en una tabla de surf disfrutando del sol, con la piel lisa, la energía a tope y sin un anillo en el dedo anular.
Baja las escaleras siguiendo el olor del café y cuando ve esa espalda que lleva conociendo tantos años, se acerca en silencio y le desliza ambas manos por la cintura.
—¿Tortitas? —pregunta, y arrastra con suavidad la nariz por el cuello de Kelsey—. Qué bien hueles.
—De arándanos —confirma mientras entrelaza una de sus manos con los dedos de Tiffany—. He vuelto a comprar la crema floral.
—¿La del bote amarillo? ¿No la habían dejado de fabricar?
Kelsey se gira entre los brazos de la otra mujer, pero antes de contestar le pasa los dedos por debajo del ojo derecho a la vez que frunce el ceño.
—¿No has dormido bien? —indaga y ladea el cuerpo—. ¿O es que tienes demasiadas cosas en la cabeza?
Tiffany suelta una risa corta, no hay nadie en el mundo que la conozca mejor que Kelsey Barrett.
—He tenido algunas ideas, luego te las cuento.
Kelsey la mira a los ojos como siempre, como si la mujer frente a ella fuera la única que existiera en todo el planeta.
Siguen tan juntas que sus alientos se mezclan y allí en esa cabaña de Galena, Illinois, es donde las dos sienten que el tiempo se detiene de verdad y les hace un espacio donde todo funciona solo para ellas.
—Buenos días, chicas. —Se abre la puerta principal y Michael Clotet entra seguido de su hermano mellizo Richard—. ¿Qué hay de desayunar? Morimos de hambre.
Ninguna de las dos se mueve, Kelsey estira la comisura de los labios y Tiffany le besa la mejilla antes de separarse de ella.
—Tortitas, beicon ahumado y huevos revueltos —recita Kelsey mientras enciende otro fuego de la cocina para poner una sartén.
—Hola, californiana. —Se acerca Mick —porque según él, Michael es demasiado formal— a Tiffany y le besa los labios—. Hemos pescado lubina.
El tipo sonríe y ella levanta la mano para chocar las palmas. Detrás de ellos, Rick saluda a Kelsey de la misma manera sin darse cuenta de que su mujer cada vez se pone más tensa con esos acercamientos.
—¿En qué ayudamos? —dicen los mellizos al mismo tiempo, como casi todo lo que hacen.
Kelsey aprovecha para salir del espacio reducido de los brazos de su marido para sacar el beicon de la sartén y poner las torres de tortitas en los platos.
—Sentaos, ahora llevamos el desayuno —pide Tiffany mientras Kelsey sigue moviéndose a sus espaldas.
Los dos hombres obedecen y ellas, que prefieren mantener alejadas las manos torpes de sus maridos, se hacen con los platos y los llevan hasta la mesa.
Luego vuelven a la cocina y durante los siguientes minutos trabajan como si fueran una sola: Kelsey sirve el café y Tiffany lleva las tazas.
Luego una coge los cubiertos y la jarra de zumo de naranja.
Ha sido así desde que tenían nueve años y la familia Barrett se mudó a la urbanización en la que vivían los Dalton.
La amistad fue inmediata, se dijeron un «hola» con vergüenza y Tiffany la invitó al garaje donde sus padres le habían dejado un espacio para que hiciera las manualidades que tanto le gustaban.
Desde ese momento empezaron a pasar mucho tiempo juntas y esos acercamientos inusuales comenzaron a aparecer al cabo de pocos meses y, hasta ahora, siguen exactamente igual.
—Te ha quedado buenísimo, cariño. —Rick se mete un trozo inmenso de tortitas con sirope a la boca y asiente complacido.
Kelsey sonríe, pero su mirada no está en su marido, sino ladeada, observando a Tiffany.
La mayoría de las veces es quien cocina porque es algo que disfruta mucho, pero también porque a su mejor amiga y cuñada le fascina cada cosa que ella prepara, como esas tortitas esponjosas que ahora mismo mastica con los ojos cerrados.
—Deliciosas, Kels. —Tiffany le guiña el ojo y la chica siente lo mismo que lleva décadas experimentando; un pellizco en el pecho que baja hasta alojarse en su vientre.
Siguen desayunando y Richard le comenta a su hermano que tienen que prepararse para la fiesta de la pesca que se hará en breve.
El otro mellizo aplaude y ambos se embarcan en la misma conversación de siempre: la jodida lubina gigante que quiere pescar o las cañas nuevas que quieren comprarse para poder ganarle al viejo Frank que casi cada año se lleva el primer premio.
Las dos mujeres están acostumbradas a escucharlos, así que cuando terminan de desayunar, empiezan a recoger sus platos y dejan a sus maridos conversando.
Diez minutos después, Tiffany está disfrutando de un café sentada en un banco al pie del lago que está justo frente a la cabaña.
Levanta la cara para capturar un poco de ese sol que dejó en California, pero apenas siente una caricia cálida.
En marzo Chicago, Illinois sigue siendo terriblemente frío con nevadas que llegan por sorpresa y días que la mayoría de las veces no pasan de los diez grados.
—Qué frío —se queja Kelsey llegando hasta ella, embutida en una chaqueta gruesa, guantes y una gran bufanda.
Tiffany abre un poco más las piernas y su cuñada se sienta en ese espacio que queda al mismo tiempo que pega la espalda a su pecho.
—¿Mejor? —Tiffany rodea el cuerpo de Kelsey con los brazos para darle calor. De las dos es la más friolera.
—Infinitamente. —Expulsa el aire por la nariz de forma dramática—. Aún me pregunto cómo aceptamos dejar California y mudarnos a Chicago.
A Tiffany Dalton le encantaría contestarle que lo han hecho de la misma forma que han aceptado muchas cosas a lo largo de estos años y que ninguna de las dos ha cuestionado, pero sabe que entrar en esa conversación es un terreno muy pantanoso que no tienen intención de pisar en ese momento.
—¿Qué es lo que se te ha ocurrido y no te ha dejado descansar esta noche? —Kelsey rompe el silencio y se acomoda más en el cuerpo de Tiffany.
—He estado pensando en una colección nueva para San Valentín. Este nos ha ido muy bien, pero quiero probar unas velas que puedan fundirse a una temperatura más baja y se conviertan en aceite para masajes.
El cerebro de Kelsey se mueve a una velocidad que da miedo. Piensa rápidamente en el coste aproximado de esa cera, el empaque en el que las enviarían, marketing y precio de venta.
Pacific Wick es una empresa de velas artesanas que crearon las dos cuando se dieron cuenta de que su vida en Chicago iba a ser completamente distinta a la que habían planeado en California.
A Tiffany desde que era una niña se le daba muy bien hacer manualidades, pero cuando descubrió las velas, se enamoró de ellas, por lo que le propuso a su mejor amiga intentar venderlas ahora que les sobraba el tiempo libre.
Habilitaron el garaje de la casa que Kelsey comparte con Rick y montaron una especie de oficina y fábrica.
Allí llevan casi diez años con una marca exclusiva que no ha querido vender al por mayor porque cada vela está hecha por Tiffany de forma personalizada y su clientela les ha sabido agradecer esa manera de trabajar.
—Podemos hacer una compra pequeña para hacer las pruebas y, si sale bien, lanzamos la primera campaña para Halloween.
—¿Halloween? —Tiffany había pensado venderlas en una fecha donde las parejas quisieran intimidad adicional y les apeteciera usar ese tipo de productos.
—Tenemos esa colección diseñada y sabes que tiene mucha aceptación, así que podemos aprovechar el tirón para poner las de masaje en la web.
—Tiffany sonríe porque Kelsey tiene una mente increíble—.
También puedes hacer en formato miniatura y las incluimos de regalo a las que están suscritas a nuestra caja mensual.
Kelsey se gira un poco para ver la expresión de su cuñada. Siempre ha quedado fascinada cuando a Tiffany le gusta una idea y los ojos le brillan haciendo que el verde parezca una piedra preciosa.
—Entonces en cuanto volvamos a casa, empezamos con las pruebas.
Lo dice como un comentario normal, pero Kelsey Barrett lo siente como si «casa» significara algo más que una simple palabra y en el fondo lo es porque durante toda su vida apenas se han separado y, después de casarse y que sus maridos —cómo no— compraran viviendas contiguas, estar allí junto a ella se siente como un hogar.
—Sí, tendrás mucho trabajo, pero prometo ayudarte. —Kelsey se pone de pie de un salto y extiende una mano hacia Tiffany—. Vamos a cambiarnos, que si no, llegaremos tarde.
Son pasadas las siete de la tarde cuando los Clotet vuelven a la cabaña.
Han bajado al pueblo con intención de pasar unas horas disfrutando del festival de invierno, pero han acabado extendiéndolo más de lo planificado y, después de una cena ligera, han regresado exhaustos.
Todos menos Mick que, para disgusto de su mellizo, se hizo con el primer premio de tiro al blanco.
Está eufórico como si hubiera ganado un millón de dólares en vez de una estatuilla de plástico barato.
—Esa escopeta era una mierda —rezonga Rick enfadado. Es el más competitivo de los dos—. Si hubiéramos llevado las nuestras, te habría ganado.
Michael suelta una carcajada estruendosa.
—Cuando quieras te demuestro que te equivocas. —Lo señala con el dedo y su mellizo da varios pasos hacia él.
Tiffany pone los ojos en blanco mientras niega con la cabeza. Esos hombres con los que se casaron hace tanto tiempo siguen siendo unos adolescentes la mayoría de las veces.
—Me voy a la cama —anuncia mientras se encamina hacia las escaleras, pero antes se detiene frente a su mejor amiga—. Descansa, nos vemos mañana.
Tiffany le deja un beso en la mejilla y recibe como respuesta una caricia en el brazo que le eriza la piel por completo.
—Deja que ese cerebro descanse esta noche. —Kelsey le toca con dos dedos la parte trasera del cuello.
—Lo intentaré. —Y le guiña un ojo antes de subir a su habitación.
Una hora después, Richard Clotet está sobre el cuerpo desnudo de su mujer.
No tenía intención de que esa noche intimaran, pero no ha podido evitar que la sangre del cuerpo se le fuera a un sitio en específico cuando Kelsey salió en ropa interior del baño tras ducharse.
El hombre la buscó y ella —como es habitual— cedió, pero ahora que la bombea una y otra vez mientras jadea en su oído, piensa una vez más que debió rechazarlo porque sabe que va a ser imposible conseguir un orgasmo.
—Estoy cerca, cariño —sisea Rick mientras sigue moviéndose cada vez más deprisa.
Ella se prepara para fingir porque Kelsey se ha vuelto una experta haciéndolo desde hace mucho tiempo. Está a punto de abrir la boca cuando escucha un gemido suave que su cuerpo identifica de inmediato, haciendo que su vientre vibre con tanta fuerza que termina contrayéndose.
—Joder. —A su marido le sale la palabra estrangulada. Ha tenido que sentir cómo Kelsey se ha apretado.
La mujer ahora solo escucha el jadeo que proviene de la habitación que está al lado y por supuesto que reconoce el tono vibrante de Tiffany cuando está a punto de correrse.
Experimenta dos cosas a la vez; rabia y deseo.
Entonces, sin poder evitarlo, su mente se inunda de recuerdos, de esa única noche que pasaron juntas antes de convertirse en las señoras Clotet y, cuando se da cuenta, un orgasmo arrollador se la lleva por delante.
Gime sofocando el ruido en el hombro de Rick, imaginando que no es él quien está sobre ella sino una chica preciosa con la melena castaña y los ojos más verdes que ha visto jamás.
—Increíble —suelta su marido unos segundos después, cuando detiene los movimientos y Kelsey vuelve a la realidad—. Hacía mucho que no te corrías así, cariño.
«Doce años».
Eso es lo que su mente piensa de inmediato, pero decirlo en voz alta quedaría mal.
Le da un beso a Richard y se pone de pie para irse a la ducha. Siempre lo hace y se convence a sí misma de que es por higiene, no porque quiera quitarse los restos de un momento de pasión con alguien que su alma no reconoce.
Qué ironía, porque hace más de una década, después de hacer el amor con ella, se quedó pegada a su cuerpo toda la noche con el sudor perlándole la piel y la sensación de que estaba en el lugar correcto.