Nosotras bajo el sol (Romances prohibidos 2)
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Prólogo
Doce años antes.
L a marcha nupcial empieza a sonar y las puertas del jardín se abren al mismo tiempo.
Tiffany, que no sospecha que está más nerviosa que emocionada, avanza del brazo de su padre por el pasillo de la izquierda, sujetando un ramo de peonías que aprieta con fuerza contra su vientre y el vestido rozando la hierba recién cortada.
Del brazo del suyo y por el pasillo de la derecha, avanza Kelsey sujetando su propio ramo —también de peonías porque son sus favoritas— con la misma fuerza que la mujer que viene de frente, caminando hacia ella tan solo separadas por unos metros de césped, de sillas blancas adornadas con flores y de un montón de invitados que alternan la mirada entre una y otra sin saber a cuál mirar mientras deciden quién de las dos está más guapa.
Ellas sí que saben adónde deben mirar. Tiffany tiene sus ojos verdes sobre Kelsey, que lleva el pelo recogido con un montón de mechones sueltos que le enmarcan la cara y suavizan sus facciones.
Lleva un escote de encaje que se probó hace tres meses mientras Tiffany la observaba con aprobación, sentada en un sillón con una sonrisa enorme que hacía que Kelsey girase a un lado y a otro para disfrutar al máximo de esa sensación de sospechar que le gustaba.
Kelsey también la mira a ella a pesar de que esta mañana frente al espejo de su baño ha intentado convencerse de que no debía hacerlo, al menos, no mirarla como si en lugar de ver el vestido de corte recto que la hace más alta, estuviera viendo solo lo que ahora sabe que hay debajo.
Caminan la una hacia la otra al ritmo de la misma música, vestidas de blanco, acompañadas de sus familiares y amigos.
Cualquiera que las vea por primera vez tendría muy claro que son ellas las que van a casarse, pero cuando llegan al centro y permanecen a apenas medio metro la una de la otra, ambas miran hacia la pasarela de madera que hay en el centro, donde, al fondo, bajo un arco de madera con flores idénticas a las de sus ramos, las esperan Rick y Mick, sus respectivos futuros maridos, dos hermanos mellizos que incluso para el día de su boda no han sabido separarse.
Tiffany gira a la izquierda y Kelsey a la derecha, y ahora caminan juntas hasta que llegan al fondo y sus padres las entregan a los novios.
El cura da la bienvenida a los familiares y amigos y ambas sienten que sus pulsos se aceleran.
Kelsey clava la vista en el arco de flores porque la tentación de mirar a su izquierda es demasiado grande y ahora mismo no tiene fuerzas para mirar a Rick, que está a su derecha.
Logra concentrarse, pero entonces la brisa de ese mediodía arrastra con ella el perfume de Tiffany, y Kelsey se transporta directamente a hace dos noches, cuando celebraron la despedida de soltera.
Fue una despedida sencilla porque ninguna de las dos quería nada aparatoso.
Tiffany y Kelsey se conocen desde que eran pequeñas, son mejores amigas desde entonces y les bastaba con tenerse la una a la otra, así que la despedida la organizaron en la casa en la que iban a vivir Kelsey y Rick, donde solo estaban Piper —la hermana mayor de Tiffany— y tres amigas en común a las que habían conocido cuando se mudaron a Chicago con sus respectivos novios, abandonando su querida California.
No fue algo que durase mucho, una cena, un par de copas mientras charlaban y se acabó.
Piper fue la última en marcharse en taxi al hotel donde se alojaba con sus padres desde hacía casi una semana, y eso las dejó solas en el sofá con una música de fondo que aplacaba un poco el silencio repentino que se hizo entre ambas.
Kelsey, que no podía soportarlo, se levantó dispuesta a recoger los platos, las servilletas y las copas vacías que había sobre la mesa baja.
Esos silencios no eran normales entre ellas, siempre tenían algo de que hablar, pero conforme se acercaba la fecha de la boda, entre las dos había crecido una tensión sorda que ninguna sabía muy bien cómo manejar.
—Deja eso —pidió Tiffany desde el sofá.
Kelsey se detuvo y la miró de reojo.
—Hay que recoger, Tiff, mañana…
—Kels, deja eso.
El tono ronco y autoritario de su amiga hizo que a Kelsey le bailara el estómago. Se quedó quieta frente a ella y no se movió ni un centímetro cuando Tiffany se levantó del sofá, mirándola con ese tono verde esmeralda que hacía juego con uno de los cojines.
—Dentro de dos días estaremos casadas —dijo Tiffany, como si Kelsey no lo tuviera claro.
—Ya —respondió, sin saber qué hacer con las manos ni dónde posar su mirada.
Tiffany dejó su copa sobre la mesa y se acercó un poco más.
No era un gesto extraño entre ellas, se habían acercado así un millón de veces para abrocharse un collar, para quitarse una pestaña de la mejilla, para susurrarse al oído alguna gilipollez que solo les hacía gracia a ellas o para mirar la pantalla del móvil, pero Tiffany dio otro paso más y Kelsey no retrocedió a pesar de que le faltaba el aire.
—Tiff, hemos elegido…
—Cállate.
Tienen veintisiete años y llevan trece sin hablar del primer y único beso que se dieron con catorce.
Había pasado tanto tiempo que, en ocasiones, ambas se intentaban convencer de que jamás había sucedido, de que Tiffany no se atrevió a recortar la distancia entre ellas junto a un armario deportivo, de que Kelsey no recuerda su aliento con olor a chicle de fresa ni el leve movimiento que hizo con su boca para devolverle el beso justo antes de apartarla para después decirle que no volviera a hacerlo nunca más.
Su relación de amistad nunca se rompió por eso, simplemente lo ignoraron y dejaron que siguiera creciendo todo lo que las unía, pero aquel pacto de olvido se fue al traste cuando Tiffany le puso la mano en la mandíbula y le miró los labios.
Kelsey fue la que cerró la distancia y dejó que ese dique de contención que había mantenido a raya durante años se desbordara de golpe cuando Tiffany le metió la lengua en la boca.
Ahora eran adultas y experimentadas y no era un beso de tanteo que acabó con las manos de Kelsey en sus nalgas y ella empujándola contra el mueble del salón mientras ambas se desnudaban como si en lugar de casarse en dos días fueran a desaparecer del mundo de la otra.
No se miraron, Kelsey porque le picaban los ojos y Tiffany porque sabía que si lo hacía, la otra podía venirse abajo y romper con un momento que ambas sabían que necesitaban desde hacía años.
Al contrario de todo lo que Tiffany siempre había imaginado, fue sexo suave, solo dos mujeres dejándose llevar por lo que sentían, y al parecer era más de lo que habían imaginado.
Ella se corrió con los dedos de Kelsey en su interior, y Kelsey con la boca de Tiffany succionando su clítoris mientras temblaba como una hoja.
Cuando terminó, Tiffany subió por el sofá y se tumbó a su lado.
Kelsey estaba pálida, el cuerpo entero le temblaba todavía y tenía los ojos encharcados.
Siempre había sido una mujer a la que le costaba mucho correrse, de hecho, la mayoría de las veces que se acostaba con Rick, fingía los orgasmos, pero en manos de su mejor amiga, literalmente se había deshecho en su boca, y eso solo añadía un punto de frustración a una mente que todavía no había logrado entender a su propio cuerpo.
—Kelsey… —susurró Tiffany mientras ella permanecía con la mirada fija en el techo.
No respondió porque tenía un nudo en la garganta, pero cuando Tiffany le cogió la mano entrelazando sus dedos con los de ella, se asustó tanto del cosquilleo tembloroso que le recorrió todo el cuerpo, que recuperó la voz y dijo lo único que le parecía lógico.
—Esto no se puede repetir, Tiff, se queda aquí, entre tú y yo, y no volvemos a hablar de ello jamás.
Esta vez la que no respondió fue Tiffany, porque a ella el estómago se le había retorcido y se le había formado un nudo que hacía que le doliera el cuerpo entero.
Si Kelsey se lo hubiera pedido, habría cancelado la boda y habría bajado hasta el mismísimo infierno por ella, pero por encima de todo, quería que estuviera bien, así que se casaría con Mick.
No estaba enamorada de él, pero sí que le gustaba y lo quería lo suficiente como para empezar una vida a su lado.
Sabía que podía ser feliz, que solo tenía que ignorar de nuevo esos sentimientos que siempre había tenido por Kelsey.
—Tiff —murmuró Kelsey con tono suplicante.
Ella le apretó la mano y se llevó sus dedos a los labios, besando sus nudillos mientras la escuchaba suspirar.
—No volveremos a hablar de ello, esto no ha pasado —prometió, mirándola a los ojos.
Kelsey le devolvió una sonrisa corta que solo demostraba lo cansada que estaba de esto, pero sus ojos delataban ese amor que Tiffany sabía que sentía por ella.
—Kelsey Barrett, ¿aceptas a Rick Clotet como tu legítimo esposo? —pregunta el cura, devolviéndola al presente.
—Sí, quiero —pronuncia en voz más alta de lo que pretendía, y unos segundos después, a un metro por su izquierda, Tiffany responde lo mismo y ambas se convierten en cuñadas con unos maridos que no saben hacer nada separados.