Nos vemos en Italia Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—Tu padre y yo estamos de acuerdo con Sloane.

—¿Ahora tú también me vas a colgar?

—No quiero hacerlo. Estoy preocupada por ti. ¿Por qué no te dejas querer por la gente que te quiere? ¿Por qué tienes que ponerlo tan difícil?

Por primera vez, Julian se permitió pensar que lo que más deseaba podría ser bueno para todos.

Él apoyaría a Charlotte si ella estuviera pasando por algo así, ¿no?

Entonces, ¿por qué no podía creer que ella haría lo mismo por él?

No por lástima, sino por amor, por compromiso y por la felicidad que disfrutaban cuando estaban juntos.

De repente, la esperanza estalló en su interior como una gigantesca llamarada de gas en una de esas plataformas petrolíferas que había fotografiado en Texas.

Se había esforzado tanto por no ser egoísta, por no limitar a Charlotte al futuro que él veía ante sí…

Pero ¿y si los años que pudieran pasar juntos valieran lo que fuera a costarles?

—Estás intentando controlar demasiado —oyó decir a su padre, aunque Jerry no se había puesto al aparato.

— ¿De verdad crees que, de alguna manera, podría funcionar? —preguntó Julian, pero más a sí mismo que a nadie más.

—Creo que vosotros dos estáis destinados a estar juntos —afirmó su madre—. No la dejes escapar, Jules. Admiro lo que estás intentando hacer, pero es igual de valiente aceptar la verdad y luchar por lo que quieres a pesar de todo.

—Luchar por lo que quieres a pesar de todo —murmuró él. Y de alguna manera, esas palabras acabaron con su resistencia. Lo supo de inmediato. Arrancó el coche, sonrió al meter la marcha y se lanzó por el camino de tierra que llevaba a la autopista—. Reservaré el primer vuelo que haya.

—¿Puedo decirle que vas a venir? —gritó Sloane, que había estado escuchando todo el tiempo.

— No. Déjamelo a mí —contestó Julian—. Lo digo en serio.

—¡Bien! —gritó ella—. Pero no la cagues.

Julian se rio cuando oyó a su padre regañar a su hermana por su lenguaje, y también porque se sentía más aliviado de lo que se había sentido en meses.

Solo esperaba que su familia lo estuviera guiando en la dirección correcta… y que no fuera demasiado tarde.

Había terminado su libro con solo tres semanas de retraso.

A Charlotte le costaba creer que hubiera conseguido escribir un manuscrito completo, una historia con la que estaba muy contenta, a pesar de todo lo que había pasado desde que Cliff la había echado de casa, incluido el encuentro con el hombre que le había aportado la mitad de su material genético.

El fin de semana anterior había ido a San Diego y había disfrutado cenando con él y su esposa.

Parecía una persona decente, a pesar de lo que había pensado de él al principio.

Su esposa, Cindy, también le cayó bien. Era inteligente, amable y guapa.

Hacían buena pareja. Charlotte se alegraba de que su matrimonio hubiera logrado sobrevivir a lo que había pasado con Sabrina.

También se sentía aliviada porque, por lo último que había oído, Cliff no iba a intentar romper el acuerdo prenupcial y dejarla sin nada, como había amenazado.

Probablemente porque su abogado le habría indicado que sería una pérdida de tiempo y dinero.

Iba a pagarle los ochocientos mil dólares que le debía en unos meses, cuando el divorcio fuera definitivo.

Entonces podría mudarse de casa de sus padres y conseguir un piso propio, aunque no tenía demasiada prisa por hacerlo.

Lilly estaba muy a gusto donde estaba. Don y Penny la adoraban, así que contaba con el amor y el apoyo de tres adultos.

Tras enviar el manuscrito terminado, lo único que quería era meterse en la cama y dormir para recuperarse de los últimos meses, especialmente de esa semana, en la que había trabajado casi sin descanso para poder escribir «Fin», pero sus padres y Lilly estaban deseando llevarla a cenar para celebrarlo, así que, diciéndose a sí misma que tenía que aguantar una noche más, cerró el portátil y se dirigió al baño para arreglarse.

—¿Qué te vas a poner? —preguntó su madre asomándose al baño, donde Charlotte se estaba maquillando.

A Charlotte le pareció una pregunta extraña. Su madre no solía preguntarle qué se iba a poner cuando salían, al menos no desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué quieres que me ponga?

—Algo bonito. ¿Un vestido? Vamos a Fleming's.

¿También iba a tener que vestirse elegantemente? Charlotte no estaba de humor. Pero sus padres la habían ayud ado tanto desde que Lilly y ella habían vuelto de Italia que se tragó su respuesta inicial.

—Claro, puedo ponerme un vestido.

—Eso sería maravilloso —respondió Penny antes de seguir por el pasillo.

Su madre parecía más ilusionada con esa cena que ella misma, pero al menos Penny se sentía mejor. Decía que tener a Lilly cerca la ayudaba a no pensar en sus dolores y molestias.

Don y Penny ya habían llevado a Lilly a Disneyland dos veces, una mientras Charlotte visitaba a su padre biológico en San Diego. Habían comprado un pase de temporada, así que Charlotte sabía que ella también iría bastante a menudo, dado que había terminado su libro.

—¿Charlotte? —llamó Lilly frente a la puerta del baño, que ya estaba entreabierta.

—Pasa —contestó Charlotte.

—¿Crees que podrías maquillarme un poco? —preguntó Lilly, entrando y sentándose en la tapa cerrada del inodoro.

—Recuerdo que yo también lo pedí cuando tenía tu edad.

—Charlotte contempló el rostro hermoso y serio de su hermana menor—.

Supongo que no veo nada malo en que te pongas un poco de colorete y brillo de labios, como solías hacer a veces en Italia.

¿Qué te parece? Podrás ponerte sombra de ojos y lo demás cuando cumplas trece.

—De acuerdo —asintió Lilly, y Charlotte le levantó la cara mientras le aplicaba una pincelada de maquillaje en sus suaves mejillas—. ¿Tienes ganas de cenar? —preguntó cuando Charlotte volvió a centrarse en su propio rostro.

Al igual que Penny, Lilly parecía muy emocionada con la velada, lo cual resultaba un poco extraño. Fleming's era un sitio agradable, pero Charlotte no estaba segura de que ninguna cena mereciera tanta expectación como la que parecía sentir el resto de su familia.

—Sí —respondió distraídamente, mientras intentaba aplicarse rímel.

—Creo que te va a gustar —aseguró Lilly.

—¿Por qué? —Charlotte bajó el aplicador de rímel.

—La comida está buena, ¿no? —Lilly desvió la mirada hacia el suelo de baldosas.

—Sí, pero esto no es como Disneyland, Lil. Es solo… comida.

—Lo sé. Me alegro de que hayas terminado tu libro, eso es todo.

—Yo también. —Charlotte sintió cómo una sonrisa se dibujaba en su rostro.

Se sentía aliviada, pero aún no había alcanzado la plena sensación de logro. Supuso que eso llegaría más tarde, después de que tuviera la oportunidad de descansar y supiera algo de Megan.

—¡Nos vamos dentro de quince minutos! —gritó Don desde abajo —. ¡No podemos llegar tarde o perderemos la reserva!

—Será mejor que vaya a ponerme el vestido —anunció Lilly, levantándose de un salto.

—¿Tú también vas a llevar vestido? —preguntó Charlotte.

—Sí. Quiero ir guapa —respondió ella mientras salía corriendo.

Al parecer, sus padres le habían hecho creer a Lilly que esa noche iba a ser algo especial. Charlotte no se imaginaba por qué…, hasta que llegaron al restaurante.

Julian caminaba de un lado a otro en el salón privado que había reservado en el restaurante. Llevaba pantalones de vestir, mocasines y una camiseta de golf, nada especialmente abrigado, y aun así tenía el cuello empapado de sudor.

Se dio cuenta de que eran los nervios. Le aterrorizaba arriesgar su corazón. Y, sin embargo, eso era exactamente lo que Charlotte se merecía. La amaba, y no quería que ella lo aceptara de nuevo en su vida por lástima u obligación.

¿Sabría él notar la diferencia? Esperaba que sí.

Oyó voces, una de ellas la reconoció como la de Lilly, y se puso tenso, con el corazón en un puño. Su felicidad futura pendía de un hilo…

Los demás dejaron que Charlotte entrara primero en el salón. En cuanto ella lo vio, se detuvo en seco antes de recomponerse lo suficiente como para decir:

—Jules.

Él se acercó, pero se detuvo a unos metros de distancia. No quería agobiarla.

—Lo siento — soltó—. Yo… no sé qué más decirte, salvo que te amo. Por eso intentaba vivir sin ti. Pero…

Quería decirle que su vida estaba vacía sin ella, pero no pudo. Temía que ese tipo de afirmación la hiciera sentirse obligada a responder como él esperaba, y necesitaba desesperadamente que ella lo aceptara solo porque también lo amaba.

—¿Pero…? —lo animó a continuar ella.

Los demás entraron en la habitación y se quedaron detrás de Charlotte, esperando en silencio.

—Vivir sin ti no es fácil —admitió él—. Pero lo prefiero a ser una carga.

—¡Jules! —exclamó ella, pronunciando su nombre en un susurro justo antes de lanzarse en sus brazos—. ¡Nunca podrías ser una carga! Eres en quien pienso a cada momento, con quien sueño por las noches, el hombre con el que quiero pasar el resto de mi vida. ¿Por qué no puedes entenderlo?

—¡Porque te estarías conformando con mucho menos de lo que te mereces!

—No me estoy conformando. —Retrocediendo, Charlotte le tomó el rostro entre ambas manos—. Si dejaras de pensar así, sería la chica más afortunada del mundo. ¡Sacaremos el mayor partido de lo que se nos ofrezca!

—¿Lo dices en serio, Char? —La esperanza que él había estado sintiendo desde que se había marchado de Islandia rebrotó en su interior.

—Al menos confía lo suficiente en mí para saber lo que realmente quiero.

—¿Incluso si no tienes ningún sentido práctico? —preguntó él, sonriendo.

—¿Desde cuándo el amor ha sido práctico? —Charlotte rio, y él la besó.