Capítulo 30 #2
—Por un sentimiento de culpa, supongo. Por querer arreglar las cosas, o al menos lo mejor que pueda a estas alturas.
Sé que no tienes motivos para creerme, pero, sinceramente, no era de los infieles.
Nunca lo hice antes de ese día ni después.
Tampoco imaginé jamás que me acostaría con una chica que apenas tenía dieciocho años y, desde luego, no me propuse que eso sucediera.
—¿Estás diciendo que todo fue culpa de Sabrina? —Charlotte miró por la ventana con la esperanza de que sus padres y Lilly no volvieran aún.
—Para eso hacen falta dos. No la culpo a ella.
Pero cuando un día vino a mi casa en biquini y me pidió que fuera a matar una araña a su dormitorio porque sus padres no estaban en casa para hacerlo, las cosas se descontrolaron.
Ya me había fijado en ella antes, claro.
Y sabía que ella se había fijado en mí. Siempre se acercaba cuando regaba el césped para charlar conmigo, o me saludaba con la mano cada vez que nos cruzábamos.
En fin, ese día me dejó claro que estaba interesada, y yo… no me aparté como debería haber hecho.
Parecía sincero. Y Charlotte había descubierto muchas cosas sobre Sabrina: que le había encantado la emoción de lo prohibido y que habría disfrutado sintiéndose tan atractiva que, hasta el apuesto vecino, que estaba casado, la deseaba.
—Me sentí fatal después de lo que pasó — continuó él—. Y lo que empeoró aún más las cosas fue que ella siguiera viniendo a casa, intentando volver a despertar mi interés. ¡Tenía miedo de que me destruyera!
—¿Le contaste a tu esposa lo que ocurrió?
—Me avergüenza admitir que no. Lo consideré un error.
No fue una aventura, y no quería destrozar a mi esposa por quince minutos dominado por las hormonas.
Sabía lo que parecería. ¡Y sigue pareciéndolo!
En lugar de eso, convencí a Cindy para que nos mudáramos y pusimos nuestra casa en venta.
Ella pensó que nos mudábamos porque yo estaba cansado del barrio, pero lo hacía solo para escapar de Sabrina.
No quería dejar que mi deseo por una chica de dieciocho años destrozara a mi familia.
—Así que os mudasteis. —Charlotte agarró el teléfono con más fuerza—. ¿Eso fue antes o después de que te enteraras de que estaba embarazada?
—Nunca supe nada del embarazo. Antes de que se vendiera mi casa, Sabrina se graduó en el instituto y se fue.
Yo no sabía dónde se había ido. Nunca se me pasó por la cabeza que estuviera embarazada y, desde luego, no estaba seguro de que, si lo estaba, el niño fuera mío.
Solo me había acostado con ella una vez y ella decía que tomaba la píldora.
Además, por cómo se había comportado conmigo, sabía que era muy activa sexualmente.
Pero oí rumores por el barrio, cosas que su madre, Kathy, contaba por ahí.
Incluso me encontré con Kathy un día en la tienda de comestibles, y la mirada fulminante que me lanzó me dejó claro lo que pensaba.
Yo sabía que Sabrina nunca se lo habría contado, y temía que los rumores fueran ciertos.
Así que fui a su casa para hablar con ella.
Si Sabrina estaba embarazada, tendría que contárselo todo, arriesgarme a perder todo lo que tenía por un estúpido encuentro.
Pero Kathy insistió en que no había ningún bebé y me cerró la puerta en las narices.
—¿No quería tu ayuda económica?
—Creo que se avergonzaba de su hija. Nunca se llevaron bien.
Kathy era una mujer muy religiosa, creía que había una forma correcta y otra incorrecta de hacer las cosas, y Sabrina nunca parecía elegir la correcta.
Kathy también conocía a mi mujer. Creo que actuó para protegerla a ella y a mis hijos.
No estoy seguro. Pero algo en la forma en que sucedieron las cosas me dejó inquieto.
Durante años intenté creer que lo que hice aquel día nunca volvería para atormentarme.
Me aferré a eso porque mis hijos aún eran pequeños y no podía soportar lo que la verdad pudiera hacerles.
Pero a medida que pasaban los años, no pude evitar preguntarme si tenía otro hijo por ahí y si ese niño podría necesitarme.
Así que finalmente le conté a Cindy lo que había pasado y ella me apoyó para que enviara mi ADN, por si acaso.
Charlotte había pensado cosas terribles de ese hombre.
Pero, tras haber escuchado su historia, le parecía simplemente humano, y no sintió tanto rencor hacia él.
No tenía por qué inventarse nada. Había sido él quien había enviado su ADN a esa página web para que ella pudiera encontrarlo.
Dudaba que lo hubiera hecho solo para mentirle.
El tipo de persona que ella creía que era habría intentado largarse sin dejar rastro.
—Tu esposa tuvo un gran detalle.
—Es mucho mejor persona que yo.
El hecho de que siguieran casados y hubieran tomado juntos la decisión sobre el ADN sugería que él no era tan mala persona como podría pensarse por sus acciones de aquel día.
—No puedo echarle toda la culpa a Sabrina —observó Charlotte—. Era muy joven.
—No te lo estoy pidiendo —se apresuró él—.
Supongo que lo que espero es que nos perdones a los dos.
No sé qué tipo de vida has llevado, así que no sé si eso es siquiera posible, pero también quería que supieras que estoy dispuesto a ayudarte en lo que necesites para compensar el hecho de que soy en parte responsable de haberte traído a este mundo y luego no haber hecho nada para mantenerte.
Por fin, Charlotte lo creyó del todo. La gente no daba un paso al frente, se disculpaba y se ofrecía a reparar el daño si no era sincera.
Él podría haber seguido viviendo su vida sin decírselo a Cindy, sin hacerse la prueba de ADN, sin invitarla a ponerse en contacto con él.
¿Por qué iba a exponerse al riesgo de que saliera a la luz una verdad tan desagradable si no estuviera completamente arrepentido?
Y eso fue lo que le permitió perdonarlo, tal y como él le había pedido.
—Por fortuna, tuve unos padres adoptivos fabulosos que no me hicieron pasar necesidad de nada. Siempre he sido una persona equilibrada y feliz.
—Padres adoptivos… Así que Sabrina no se quedó contigo.
—No. Tuve suerte de que no lo hiciera —contestó ella y pasó a contarle todo lo que sabía sobre la muerte de Sabrina y la otra hija que había dejado atrás.
—Me encantaría conocerte algún día —propuso él al final de la conversación.
Charlotte sabía que él no estaba muy lejos. Habían vendido su casa y se habían marchado de la zona donde él había conocido a Sabrina hacía muchos años, y en ese momento vivían en San Diego. Ella podría conducir hasta allí algún día, o sugerirle a él que condujera hasta el condado de Orange.
—A mí también me gustaría —afirmó ella, completamente en serio.
A Julian le apasionaba la actividad geotérmica, y el valle de Haukadalur estaba lleno de ella.
Durante su estancia en Islandia, entró en erupción el Fagradalsfjall, un volcán situado en la península de Reykjanes, a solo unos cuarenta kilómetros de Reikiavik.
Consiguió unas fotografías increíbles, algunas de las mejores de su carrera, probablemente porque se sentía tan fatalista que estaba dispuesto a acercarse más que los demás fotógrafos.
Le habían ofrecido mucho dinero por ellas, así que fue todo un éxito.
Pero no estaba tan emocionado como debería.
Por culpa de Charlotte. Hacía semanas que no sabía nada de ella, y eso lo estaba destrozando.
Tenía que repetirse una y otra vez que estaba haciendo lo correcto, que era lo mejor para ella, para no derrumbarse y llamarla.
Y no era fácil. Los recuerdos de su estancia en Italia lo atormentaban todo el rato. No dejaba de pensar en ella.
El hecho de estar solo en Islandia tampoco ayudaba. Le daba demasiado tiempo para pensar.
Pero no le apetecía estar en contacto con nadie en ese momento, y menos aún con su familia.
No paraban de insistirle para que llamara a Charlotte.
Últimamente, Sloane incluso se había negado a contarle qué estaba pasando en la vida de Charlotte.
Le había dicho que no podía utilizarla para estar al tanto y que tenía que ponerse en contacto con ella él mismo.
No había hablado con su hermana desde entonces, pero cuando vio que tenía una llamada de Sloane, decidió contestar. Sabía que ella estaba visitando a sus padres y que su madre o su padre lo llamarían si él no lo hacía.
—¿Qué tal? —preguntó mientras volvía a subir a su todoterreno de alquiler tras haber ido hasta el volcán para ver si quedaba algo interesante que fotografiar de los flujos de lava que aún humeaban.
—Charlotte ha encontrado a su padre —le contó su hermana—. Fue a verlo el fin de semana pasado.
Julian estaba a punto de arrancar el motor, pero, al oír eso, bajó la mano y se recostó en el asiento.
—Debes de estar bromeando. ¿Cómo lo ha encontrado?
—No te lo diré —respondió ella—. Tendrás que preguntárselo tú mismo. ¿Y qué si tienes párkinson? ¡No dejes que eso te detenga! ¡Mañana o dentro de unos años, ella podría tener cáncer u otra enfermedad! ¿Dejarías de amarla si eso pasara? ¿La echarías de tu vida?
—Claro que no. Pero ella se enteró de lo mío a tiempo para evitar verse atada a ese tipo de cosas.
—No sabes lo que te deparará el futuro —argumentó Sloane —.
No sabes cómo te afectará esta enfermedad.
Depende de cada persona. ¡Incluso podrían encontrar una cura!
La vida es a la vez preciosa e incierta, Jules.
Tienes que aprovechar la felicidad cuando se presenta.
¿Me oyes? A cualquiera le puede pasar cualquier cosa en cualquier momento.
¡Ella te ama! ¡Te desea! ¡Y ahora mueve el culo, vuelve a casa para casarte con ella, o no volveré a dirigirte la palabra!
Debía de haberle pasado el teléfono a su madre, porque a continuación oyó la voz de Karen.
—¿Jules?
—¿Qué? —contestó él con voz apagada mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás contra el asiento.