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Epílogo

Un año después

Lilly solo había visto una boda como la de su hermana en las películas, y le pareció lógico que fuera en Los Ángeles.

Charlotte había insistido en que no quería nada demasiado ostentoso, que ya había tenido una gran boda y prefería algo discreto y privado para su segundo matrimonio.

Pero Penny y Don, y los padres de Jules, se habían involucrado en la organización y, aunque afirmaban que era discreta, a Lilly le parecía sin duda muy lujosa.

Solo su propio vestido había costado una fortuna, el precio la había dejado boquiabierta.

Pero Penny le había dicho que estaba tan guapa que tenía que ser suyo, y allí estaba, con un vestido blanco sin mangas, con la parte de arriba ajustada y una falda amplia que le llegaba justo por encima de los tobillos, un vestido que a Sabrina le habría encantado porque parecía sacado de una revista de alta costura.

Y con el pelo peinado, en parte recogido, en parte suelto, y adornado con flores frescas. Lilly nunca se había sentido tan guapa.

Aun así, no era ni la mitad de guapa que Charlotte.

Nadie podía ser tan guapa como Charlotte.

El vestido de su hermana también tenía la parte de arriba ajustada, pero se deslizaba por sus hombros y se arrastraba por el suelo, junto con un velo de encaje.

No había querido muchos abalorios ni lentejuelas, así que el vestido y el velo también eran discretos, suponiendo que Lilly lo hubiera entendido bien, y, sin embargo, era el vestido más precioso que había visto jamás.

Pero lo que lo hacía perfecto era la expresión de Charlotte. Estaba más feliz de lo que Lilly jamás hubiera podido imaginar.

—¿Y bien? ¿Qué te parece?

Lilly se giró y vio detrás de ella a Robert, el padre biológico de Charlotte, junto a su esposa, Cindy.

—¿El qué…?

Con una copa de champán en la mano, él señaló a su alrededor las antorchas que titilaban sobre el césped y la piscina olímpica llena de un elegante número de velas flotantes.

—La celebración.

—Nunca había visto nada igual —admitió ella.

—Tengo la sensación de que Penny y Don tampoco dejarán que tu boda sea menos que legendaria —comentó Robert, riendo entre dientes.

—Quizá. —De momento, los chicos no le habían interesado mucho. Aunque eso empezaba a cambiar. Charlotte decía que era porque se estaba haciendo mayor, pero ella pensaba que eso era solo una parte. También se sentía normal, segura. Feliz.

—Me voy a marchar, pero quería deciros que me ha encantado conoceros —dijo Megan, la editora de Charlotte, que se acercó a despedirse de ellos.

—A mí también me ha encantado conocerte —respondió Lilly.

—Me alegro de haber venido para esto. —Megan sonrió a Robert—. Seguro que tú también.

—Sí —reconoció él.

—Sé que para Charlotte significó mucho que vinieras desde Nueva York —le dijo Cindy a Megan.

—No me lo habría perdido por nada del mundo —respondió Megan.

—¿Cómo va el libro? —preguntó Robert, antes de beber un sorbo de su copa.

—De maravilla —contestó ella—. Las ventas aumentan en lugar de disminuir. Eso siempre es buena señal.

La última novela de Charlotte había salido a la venta hacía dos meses y se había mantenido en la lista de más vendidos de The New York Times durante varias semanas.

Cuando dejó de aparecer, pensaron que hasta ahí habían llegado.

Ese título no había tenido tanto éxito como el primero, pero no les había sorprendido.

Charlotte ya no era el centro de atención, al menos no tanto como cuando estaba con Cliff.

Pero hacía tres semanas, el libro había vuelto a la lista, y ahí seguía.

Megan dijo que eso era señal de que los lectores estaban hablando de él y compartiéndolo con amigos y familiares.

Lilly recordaba que Charlotte se había emocionado más por su regreso a la lista que por haber entrado en ella la primera vez, porque sentía que era gracias a su escritura, no a su antigua relación con Cliff.

Megan se despidió y se marchó justo cuando aparecieron Sloane y Ben.

Sloane se había quitado los tacones hacía más de una hora.

Tenía los pies hinchados por el embarazo, así que Ben los llevaba en una mano.

Le quedaban solo un par de meses para dar a luz, por eso Jules y Charlotte habían decidido celebrar la boda en agosto, aunque fuera el mes más caluroso del año.

No habían querido posponerla porque el embarazo de Sloane estaría demasiado avanzado para que pudiera volar.

—Lilly me ha dicho que solo te quedan un par de meses para que nazca el bebé —dijo Robert—. Enhorabuena.

—Gracias. —Sloane se llevó una mano al vientre abultado—. Estamos impacientes.

—Ya tenemos la habitación del bebé preparada —añadió Ben.

—¿Sabéis el sexo? —preguntó Cindy.

Sloane le lanzó a Lilly una mirada que indicaba que lo revelara ella.

—Es una niña. —Sloane había llamado a Lilly y a Charlotte nada más salir con Ben de la ecografía para contárselo.

—¿Habéis elegido un nombre? —preguntó Robert.

—Pensamos llamarla Mila —contestó Ben, cambiando los zapatos de Sloane a la otra mano.

—Es bonito —observó Cindy.

—Esperamos que se convierta en alguien como esta chica —dijo Sloane, rodeando los hombros de Lilly con el brazo.

Lilly sintió cómo se sonrojaba, pero sonrió cuando su teléfono le avisó de que tenía una llamada.

Todas las personas que conocía o con las que se relacionaba estaban en la boda, así que se sorprendió…

, hasta que recordó que le había dicho a Steve que lo llamaría por FaceTime para que pudiera participar en la celebración.

—Lo siento, tengo que contestar —se disculpó antes de aceptar la llamada.

—Hola, ¿te habías olvidado de mí? —preguntó Steve.

—No, la verdad es que no. Solo que perdí la noción del tiempo, así que me alegro de que hayas llamado —contestó Lilly, sintiéndose un poco avergonzada—. ¿Cómo está Old Blue?

—Está bien. Está aquí mismo. —Steve giró el teléfono para que ella pudiera ver al perro durmiendo en el porche, a sus pies—. Está deseando que vengas a visitarlo.

—Pronto estaré ahí. —Lilly se iba a quedar con Steve y Old Blue mientras Charlotte y Julian volvían a Italia de luna de miel.

—Gracias por hacer posible que pueda asistir a la boda…, al menos virtualmente.

—Claro. Déjame presentarte a todo el mundo.

Primero, ella le enseñó su vestido antes de girar el teléfono para que pudiera descubrir a todas las demás personas que ella conocía y quería.

Más allá de la pantalla, las risas se esparcían como confeti por el jardín iluminado y, por primera vez en su vida, Lilly sintió que todo su mundo cabía en un solo encuadre.