Nos vemos en Italia Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—¿Y lo estáis haciendo? —preguntó él.

—Creo que sí. —Lilly no sabía por qué estaba tan nerviosa. Se había sentido bastante bien durante las últimas dos semanas—. A veces… a veces me siento más feliz que antes.

—¿Y el resto del tiempo?

—Simplemente tengo miedo —admitió ella.

—¿De qué?

—De lo que pase después de Italia, supongo.

—No hay motivo para tener miedo. Charlotte estará ahí para ti, y yo también. Un poco más de rutina en tu vida te vendría bien, por eso me gustaría mucho que volvieras al colegio.

Lilly no estaba segura de poder encajar ya con sus compañeros de clase. Se sentía mucho mayor que todos los demás de su edad.

—Volveré en otoño.

—Sabes que puedes ir al colegio aquí, ¿verdad? Podrías venir a vivir conmigo y, si vas atrasada, te ayudaré a ponerte al día.

Lilly pensó en los niños que había conocido, aunque fuera brevemente, mientras vivía en Cherokee.

No había estado allí el tiempo suficiente como para hacer amigos de verdad.

Había vivido a las afueras, no en un barrio con otros niños cerca.

Su vida social había consistido en pasar el rato en la granja con Old Blue o estar en casa con su madre.

Su madre se había aburrido mucho allí, y siempre estaba buscando algo que hacer.

Así que jugaban mucho a las cartas, aunque Sabrina no prestaba demasiada atención.

No dejaba de mirar su teléfono cuando no era su turno.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Lilly.

—Por supuesto que lo digo en serio. ¿Charlotte no te lo dijo?

Lilly pensó en las cosas horribles que su madre le había gritado cuando se marcharon enfadados, en cómo lo había acusado de ser como Walter. Lilly no tenía por qué preocuparse de que Steve fuera como Walter, ¿verdad? Él nunca había hecho nada que le pusiera los pelos de punta.

Pero ¿sería lo mismo si no hubiera nadie más cerca?

—Aún no lo hemos hablado —contestó ella—. Acordamos no tomar ninguna decisión importante hasta que llegáramos a casa. Esto es… esto es solo un tiempo para conocernos.

—Ya veo. Bueno, no quiero presionarte. Solo quería que supieras que estoy aquí si me necesitas.

—Gracias. Yo… echo de menos a Old Blue.

—Él también te echa de menos. Estuvo vagando por aquí buscándote durante semanas después de que te fueras —aseguró Steve con una risita.

Ella odiaba que el perro probablemente pensara que ella lo había abandonado.

—Charlotte me prometió que me llevaría de visita pronto. Estoy deseándolo.

—¿Estás llorando? —preguntó él. Debía de haberla oído sollozar.

—No —mintió ella, avergonzada.

—¿Qué sucede?

—Nada. —No podía decirlo, pero Lilly también lo echaba de menos. Simplemente no sabía si podía confiar en él, no después de lo de Walter.

—Bueno, pues puedes llamarme cuando quieras.

—Gracias —contestó ella y colgó.

Acababa de soltar el teléfono para secarse las lágrimas y sonarse la nariz antes de seguir con su libro electrónico cuando recibió una llamada.

Aunque había recibido algunos mensajes de Charlotte, Sloane y Julian diciendo cosas como: «Hora de comer», o «¿Me ayudas a decidir qué preparar para cenar esta noche?», o «¿Te apetece ir a por un helado?», era la primera vez que recibía una llamada.

Suponiendo que Steve se había olvidado de algo, agarró el teléfono y vio una foto de Penny en la pantalla. Ni siquiera se había dado cuenta de que la madre adoptiva de Charlotte tenía su número. Charlotte debía de habérselo dado.

—¿Hola? —contestó vacilante.

—Hola, Lilly. Soy Penny.

—Lo sé. He… he visto tu foto.

—No quería molestar a Charlotte mientras escribe, pero se me ocurrió comprobar cómo estabas.

—Bien —respondió ella de forma automática.

—También me preguntaba cuál es tu color favorito.

—El amarillo, supongo. —¿Por qué querría saber eso?, se preguntó Lilly.

—Entonces me alegro de no haber dado por hecho que era el rosa o el morado.

Era el rosa. Pero cuando le había dicho a la madre de Steve que su color favorito era el rosa, había acabado con unas cortinas propias de una niña pequeña. El rosa podía malinterpretarse fácilmente, había decidido. No veía cómo eso podría pasar con el amarillo.

—Te voy a comprar un conjunto de tenis —le explicó Penny—. No estoy segura de poder encontrar uno amarillo, pero haré todo lo posible.

—¿Un conjunto de tenis? —repitió ella.

—Soy tenista. Bueno, solía ser tenista. Y luego fui entrenadora.

Ahora ya no puedo jugar mucho, pero se me ha ocurrido lle varte al club y que alguien a quien solía entrenar te enseñe a jugar.

Quizá te divierta mientras Charlotte termina su libro.

Y si te gusta jugar, me encargaré de que recibas clases.

Lilly había estado en la banda de música en cuarto curso. Pero luego se mudaron y nunca volvió a tener la oportunidad de recibir ningún tipo de clases. Fue entonces cuando también tuvo que dejar a su gato.

—¿Eso significa… eso significa que voy a vivir cerca de ti? —preguntó.

—Espero que vivas con nosotros —respondió Penny —. Al menos durante un tiempo, hasta que Charlotte se mude y te lleve a… cualquier casa o piso que decida comprar.

Penny daba por hecho que Charlotte iba a quedarse con ella. Pero, incluso si no volvía con Cliff, ¿no preferiría estar sola, libre para hacer lo que quisiera? ¿Qué haría cuando se juntara con otro hombre? ¿Seguiría queriendo a Lilly con ella?

—Te lo agradezco —contestó, porque no sabía qué más decir.

—Charlotte no quiere que te presione. Yo tampoco quiero hacerlo. Solo… quería que supieras que no tienes que preocuparte. Que aquí tienes un hogar. Nos aseguraremos de ello.

—Gracias.

Colgaron, pero antes de que ella tuviera tiempo siquiera de pensar en la llamada, llamaron a la puerta.

—Adelante.

—¡Eh, tú! —Sloane asomó la cabeza por la puerta—. ¿Lista para visitar Torre dello Ziro?

—Todavía no. —Lilly se levantó a toda prisa de la cama—. ¿Ha terminado Charlotte de escribir?

—Ya casi ha terminado, así que date prisa —insistió Sloane en tono de broma.

Lilly se dirigió hacia la cómoda para ponerse otra camiseta y unos pantalones cortos mientras Sloane seguía por el pasillo, pero un segundo después, la llamó para que regresara.

—¿Qué pasa? —preguntó Sloane, asomando de nuevo la cabeza por la puerta.

—¿Sigues pensando que debería irme a vivir a la granja? Porque acabo de hablar con Steve. Me ha dicho que puedo hacerlo.

—Eso depende de ti. —Ella se tomó un momento para responder, como si lo estuviera meditando—. ¿Tú qué quieres hacer?

—No lo sé —contestó ella—. Es difícil.

—En ningún caso tendrás que renunciar a nadie, Lilly. —Sloane entró en la habitación—. Si te vas con Steve, Charlotte, Julian y yo seguiremos formando parte de tu vida. Nos aseguraremos de hablar contigo y verte a menudo. Y si te quedas con Charlotte y sus padres, Steve hará lo mismo.

—Steve no puede dejar la granja. Tiene animales que cuidar —señaló ella.

—Eso no significa que no puedas ir tú allí de visita una semana de vez en cuando.

—De acuerdo. —La idea de que tal vez pudiera tener ambas cosas alivió el nudo que sentía en el estómago y, afortunadamente, logró contener las nuevas lágrimas que le ardían en los ojos.

Todo iba a salir bien. Eso esperaba. Pero cuando había temido que su hermanastra no la quisiera, Luca le había prometido que se mantendría en contacto, que se preocuparía por ella, que se aseguraría de que todo iba bien, al menos mientras estuvieran en Italia, y no había vuelto a saber nada de él.

Julian estaba sentado en una torre de vigilancia en ruinas a los pies de Praiano, con las piernas colgando mientras el mar respiraba a sus pies. El mensaje de Charlotte brillaba en su pantalla: Anoche fue increíble… ¿Realmente pasó? Por desgracia, sí. Y Julian tendría que responder por ello.

—Maldita sea. —No debía haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Lo último que quería era hacer daño a alguien, especialmente a Charlotte.

Observó a varias gaviotas pavoneándose por la costa y levantó la cámara para fotografiarlas.

El paisaje, con Positano, Capri y las olas blancas al fondo, era espectacular.

Pero entonces volvió a bajarla. Había hecho miles de fotos.

Tenía más que suficientes. Había salido de la villa a primera hora de la mañana porque necesitaba escapar, no porque tuviera que trabajar.

De todos modos, no le gustaban los pájaros.

En ese momento, tampoco se gustaba mucho a sí mismo.

Tenía que tomar una decisión. ¿Le contaba la verdad a Charlotte de inmediato? ¿O se permitía disfrutar del poco tiempo que les quedaba?

Sloane estaba muy nerviosa mientras partían hacia Atrani.

Llevaba toda la noche dándole vueltas a algo que creía que podría suponer un gran cambio, para ella y para Ben.

Una solución a su punto muerto. Una forma de salvar su matrimonio.

No le había dicho ni una palabra a nadie, pero cuanto más consideraba las posibilidades, más esperanzada y emocionada se sentía.

Solo esperaba que Ben tuviera la mente lo suficientemente abierta como para aceptar lo que ella planeaba ofrecerle.

El camino serpenteaba entre terrazas de limoneros y acantilados.

La luz del sol se reflejaba en las cúpulas de azulejos y la ropa tendida ondeaba sobre las estrechas callejuelas.

Era un paisaje precioso, pero incluso tras llegar a Torre dello Ziro, ella seguía con la mente en otra parte.

Deambulaba por allí, fingiendo más interés del que sentía e intentando no perderse nada de lo que decían los demás para que no se dieran cuenta de lo lejos que estaba su cabeza.

No creía que Charlotte o Julian se hubieran dado cuenta de su distracción, pero en un momento dado, la dulce y seria Lilly se acercó a ella y le preguntó si le pasaba algo.

A Sloane la conmovió que Lilly se preocupara por ella.

La chica estaba en sintonía con quienes la rodeaban y con lo que sentían.

Sloane estaba empezando a querer a la hermana pequeña de Charlotte como si fuera suya.