Capítulo 24
Ben estaba almorzando cuando recibió un mensaje de Sloane: ¿Hay algo que deba saber?
Sorprendido y un poco confundido, estaba a punto de pedirle que le aclarara a qué se refería cuando Adele, que sustituía a Sandra los lunes, martes y jueves hasta las dos de la tarde, asomó la cabeza por la puerta de la trastienda.
—Hola. Anoche preparé algo para ti.
Su sonrisa radiante y expectante, y la frecuencia con la que había empezado a buscarlo, le hicieron desear haber sido más cauteloso.
Esperaba no haberle dado una impresión equivocada.
Le caía bien, pero solo había intentado hacerla sentirse bienvenida.
Su padre había fallecido cuando él acababa de empezar el instituto, por lo que su madre se había visto obligada a seguir adelante sola, y él sabía lo difícil que podía ser eso.
—¿Qué es? —Dejó el sándwich sobre la mesa cuando ella entró, llevando un plato.
—Las mejores galletas que jamás hayas probado: de avena con trocitos de chocolate.
—Un aroma cálido a vainilla y chocolate se desprendió cuando ella retiró el papel de aluminio—.
Te oí decirle a Sandra que son tus favoritas y que casi nunca las encuentras sin pasas.
Así que me propuse encontrar la mejor receta.
—No tenías que haberte molestado — protestó él—. Ha sido muy amable por tu parte.
—Quería hacerlo. Tú eres la razón por la que me encanta venir a trabajar cada día.
¡Uf! ¿Acaso había dicho o hecho algo que pudiera haberle hecho pensar que su interés iba más allá del de un amigo o compañero de trabajo? Ben estaba bastante seguro de que le había dicho que estaba casado. Y, aunque no lo hubiera hecho, ¡llevaba un anillo!
—Todos estamos encantados de tenerte aquí —contestó, manteniendo un tono de voz neutro—. Necesitábamos otra persona más.
—Eso me dijo Sandra. —Adele se acercó lo suficiente como para que el aroma de su perfume llegara hasta él mientras sacaba una hoja del bolsillo trasero—. Por cierto, Colt dibujó esto para ti.
— Muy bonito. —Era un dibujo de un caballo, o de una tortuga. Ben no sabría decir cuál de los dos. Quizá no fuera ninguno de los dos.
—Quiere saber cuándo volverá a verte. Le dije que te preguntaría si te apetece venir con nosotros de pícnic este sábado. Pensaba preparar la ensalada de patatas de mi madre, unos sándwiches…, ese tipo de cosas.
Ben carraspeó. ¿Serían solo ellos tres? Porque no le importaba ayudarla con los arreglos de la casa.
El sábado anterior se había pasado el día arreglándole un aspersor estropeado y quitando un montón de cajas de cartón de su garaje, ya que ella era nueva en la ciudad y no contaba con mucho apoyo de su familia ni de sus amigos.
Pero un pícnic se parecería demasiado a una cita.
—Para agradecerte todo lo que hiciste el fin de semana pasado —añadió ella con incertidumbre al verlo dudar.
—No hace falta que me des las gracias. —Ben levantó el plato de galletas que ella le había llevado—. Esto es más que suficiente.
Ella lo miró alicaída porque él no había aceptado su invitación con entusiasmo, y Ben se sintió obligado a buscar una excusa que no hiriera sus sentimientos.
—Yo… eh… le prometí a mi esposa que haría algunas tareas domésticas antes de que ella volviera. Siento no poder ir al pícnic —añadió.
Adele mantuvo la sonrisa, pero sus ojos perdieron el brillo. Él le había recordado que tenía esposa, dándole a entender sutilmente que no iba a serle infiel.
—Claro. No te preocupes. Estoy deseando conocerla. Sloane, ¿verdad?
—Sí, Sloane —confirmó él—. Te va a encantar. Se le da muy bien la decoración. Si alguna vez necesitas ayuda con ese tipo de cosas, ella es la persona con la que hay que hablar.
—Bien. De acuerdo —asintió ella y regresó a la tienda.
«Qué incómodo», pensó Ben, exhalando, y se dispuso a responder a su mujer.
Ben: ¿De qué estás hablando?
Sloane: Sandra dice que has estado pasando mucho tiempo con la nueva contratada, que, por cierto, es guapísima.
Maldita Sandra. No era de extrañar que su compañera de trabajo se hubiera estado comportando de forma tan irritable. Pensaba que él estaba empezando a coquetear con Adele.
Ben: Solo intentaba ayudar. No hay nada, Sloane. Nada .
Le había hablado antes de Adele, le había dicho que iba a hacer algunas reparaciones en su casa y no había obtenido mucha respuesta.
Interpretó eso como que a ella no le importaría.
Pero no había añadido que Adele tenía su misma edad y era increíblemente atractiva.
No tenía sentido poner celosa a Sloane cuando ya estaban atravesando un momento complicado.
Si ella se quedaba con él, quería que fuera porque aún quería pasar el resto de su vida juntos, no porque sintiera que había alguien esperando entre bastidores para ocupar su lugar.
Ben: Me crees, ¿verdad?
Cuando llegó la respuesta, Ben se sintió abrumado por el alivio.
Sloane: Sí. Es solo que por un momento me asusté .
Él recobró el aliento mientras le respondía.
Ben: ¿Estás segura de que no te sentirías aliviada?
Había mucho en juego en esa pregunta. ¿Quería seguir adelante sin él o no?
Sloane: Estoy segura. Me sentiría completamente perdida sin ti .
Entonces comprendió que él también estaría perdido sin ella. De otro modo, ya habría pasado página.
Quizá simplemente tendría que vivir sin hijos.
El día había sido una tortura. Al principio, Julian había querido ir a la Gruta Esmeralda.
Sabía lo emocionada que estaba Lilly ante la idea de que los cuatro visitaran Amalfi, se subieran a un barco y recorrieran esa cueva.
Se había dicho a sí mismo que no sería para tanto pasar varias horas con Charlotte, no si los demás estaban cerca.
Pero había sido mucho más difícil de lo esperado, sobre todo después de que ella anunciara que no volvería con Cliff.
Eso había acabado con una de las excusas en las que se había apoyado para convencerse de que no tendría ninguna oportunidad con ella, aunque no tuviera que enfrentarse al párkinson.
—¿Se lo has dicho ya? —le había preguntado.
Sabía que ella había percibido el escepticismo en su voz, porque había levantado la barbilla y le había lanzado esa mirada obstinada, esa que decía que ni el cielo ni el infierno podrían hacerle cambiar de opinión.
—No. No quería lidiar con su reacción. No quería que me llamara y me enviara mensajes sin parar y nos arruinara la excursión. Se lo diré esta noche.
—¿Estás segura…? —Julian había inclinado la cabeza hacia ella, incitándola un poco más.
En ese momento, Charlotte había mirado a Lilly, que había estado metiendo la mano en el agua mientras el barco estaba parado para que Sloane pudiera hacer una foto de Positano.
—Estoy segura.
Era fácil darse cuenta de que lo decía en serio. Y de que Lilly era parte del motivo. Teniendo en cuenta lo mucho que Charlotte estaba empezando a querer a su hermana, él sabía que no permitiría que Cliff se interpusiera.
—Vas a seguir estando disponible por su bien —había concluido él, captando la indirecta.
—Puedes apostar a que sí —le había respondido ella.
Luego se había dado la vuelta y prácticamente lo había ignorado durante el resto del día.
Estaba enfadada con él. O, mejor dicho, estaba confundida y dolida por su retraimiento emocional en un momento en el que sentía que más lo necesitaba.
Julian sabía que ella creía que había sido ese beso o algún comentario fuera de lugar aquí o allá lo que había tensado su amistad, y no entendía que era algo mucho más grande que eso.
Y no podía decírselo. Prefería que ella estuviera enfadada a que sintiera lástima por él.
De todos modos, no podía permitir que ella dependiera de él, se dijo mientras saboreaba un trago de whisky mucho después de que los demás se hubieran acostado.
Ella tenía a Sloane. Sloane estaba lidiando con sus propios problemas, pero le daría a Charlotte el apoyo que necesitaba.
Tenía que decidir qué tratamiento seguir, trabajar duro, ahorrar mientras pudiera y encontrar algo que lo llenara cuando el trabajo ya no fuera una opción.
No era justo esperar que una mujer se convirtiera en el centro de su vida cuando quizá ni siquiera sería capaz de ayudarla a criar a los hijos que pudieran tener.
Tentado de servirse otra copa, se quedó mirando la botella que había sobre la mesa.
Pero ya había bebido demasiado. Llevaba ahogando sus sentimientos en alcohol desde que llegó a Italia.
Se había dicho a sí mismo que no iba a preocuparse por ello, que beber era solo algo temporal, mientras estuviera de vacaciones, antes de tener que volver y enfrentarse a la realidad.
Pero sabía que no le hacía ningún bien, y se demostró a sí mismo que tenía razón cuando se levantó y, sin querer, se dio un golpe contra la esquina de la mesa al pasar junto a ella.
Maldiciendo su torpeza y el dolor punzante que le recorría la pierna, la ira que llevaba dentro estalló de repente. Casi antes de darse cuenta de lo que iba a hacer, agarró la botella y la lanzó.
El estruendo resonó demasiado fuerte en la noche, sobresaltándolo. Permaneció de pie, atónito ante sus propias acciones, mirando el líquido que corría por la pared de estuco y los fragmentos de cristal que brillaban a la luz de la luna al caer sobre la terraza.
—Joder. —Había añadido un desastre que limpiar a todo lo demás, pero no podía dejarlo hasta la mañana siguiente. No quería que Lilly, Sloane o Charlotte lo vieran.
Charlotte oyó el estruendo. Estaba medio dormida, porque se había levantado de la cama a cada rato para asomarse a la ventana, desde donde podía ver a Julian sentado ante la mesa del jardín.
Quería saber qué le preocupaba, por qué estaba ahí fuera bebiendo solo.
Le inquietaba que pareciera tan distante y alterado y que no le contara a ella, ni a Sloane, qué le pasaba. ¿Tan grave podía ser?