Nos vemos en Italia Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Por suerte, no tienes que decidirlo ahora mismo. ¿Por qué no aprovechamos el día para visitar la Gruta Esmeralda?

—Pero aún no has enviado tus páginas.

—Estoy a punto. Hoy necesito el apoyo de mis amigos. Y de Lilly. Las enviaré esta noche.

—De acuerdo. Compraré las entradas y Jules y tú me podéis enviar un Venmo.

Lilly estaba disfrutando todo lo que podía, teniendo en cuenta que no tenía ni idea de lo que pasaría cuando terminara su estancia en Italia. Pero ese día era especial, como un día festivo, así que no iba a dejar que nada triste o preocupante se entrometiera.

Primero, Julian, Sloane, Charlotte y ella tomaron un autobús a Amalfi.

El conductor tocaba el claxon en las curvas cerradas mientras recorrían la estrecha y sinuosa carretera que conectaba Positano, Praiano y Amalfi, y otras localidades de la costa, como el hilo que atraviesa un collar de perlas.

Luego disfrutaron de cruasanes de Nutella, que se deshacían en dulces copos, y café, chocolate caliente para ella, en una cafetería con terraza no muy lejos de la enorme y ornamentada catedral que se alzaba en medio de la plaza del pueblo.

Después, pasearon por las calles empedradas para visitar las tiendas de los alrededores antes de tomar un barquito, con capacidad para solo seis personas, en el muelle de Pennello.

Charlotte y los demás habían decidido pagar un chárter, a pesar de que había formas más baratas de llegar a la gruta.

Lilly había oído a Julian decir que incluso se podía llegar por tierra.

Pero Charlotte quería pasar un par de horas en el agua, no solo ir y venir en barco, y Lilly se alegró de que Sloane y Julian estuvieran de acuerdo.

Para ella, estar en el barco era una de las cosas más geniales del mundo.

¡La costa era preciosa desde el mar! Todos los edificios, incluso las enormes catedrales con sus cúpulas, parecían miniaturas.

Y las coloridas casas que caían en cascada por los acantilados parecían joyas que las montañas vertían al mar.

A Lilly le gustó especialmente contemplar las antiguas torres que se habían construido para proteger los viejos pueblos de los piratas.

Había más de las que jamás hubiera imaginado.

Los sarracenos debían de haber sido un gran problema.

Las torres redondas de piedra, algunas derruidas y otras casi intactas, le recordaban a pequeños castillos.

Charlotte le dijo que se habían construido hacía mil quinientos años, ¡lo que las hacía casi mil años más antiguas que América!

Que algo pudiera durar tanto tiempo llenaba a Lilly de asombro. De todos los lugares que vieron mientras estaban en el barco, lo que más le gustó fueron las torres, porque despertaron su imaginación. Aunque algunas de las catedrales de Italia eran casi tan antiguas, recordó.

El viento le agitaba el pelo mientras estaba sentada en la proa, y el sol hacía que el agua brillara y centelleara a su alrededor.

Se sentía muy mayor con su bañador. Era un bañador azul de una pieza, no un biquini como los que siempre había preferido su madre.

Pero a ella le parecía bonito. También llevaba un pareo muy parecido al de Charlotte, que los había comprado en el mismo sitio, y el mismo sombrero de playa que Sloane.

Desde lejos, probablemente no parecía mucho más joven que su hermana y la amiga de esta, ya que era tan alta como ellas.

Quizás algún día crecería hasta alcanzar el tamaño adecuado para sus pies, pensó mientras examinaba el esmalte naranja brillante de sus dedos.

Justo antes de salir de la villa, Charlotte se había ofrecido a pintarle las uñas, y habían quedado tan bonitas que ya no parecía importar que sus pies fueran demasiado grandes.

—Mírate, sonriendo como si nunca hubieras estado en un barco —comentó Sloane mientras el motor fuera borda zumbaba constante como una abeja—. Está claro que no te mareas.

—No. —Nunca había estado en un barco. Pero eso Sloane ya lo sabía. De pie, extendió los brazos como Rose en la película Titanic y dejó que el viento agitara su pareo—. Me encanta el movimiento. ¿A ti no?

—A mí sí. Es mi estómago el que no está tan entusiasmado —contestó ella con expresión de dolor.

— ¿Estarás bien? —Lilly se sintió culpable por desear que el viaje continuara para siempre—. ¿Deberíamos volver?

—No. El capitán me ha dado Biodramina. Estaré bien en quince o veinte minutos.

Lilly pidió parar para darse un baño y el capitán encontró una pequeña cala cerca de Positano, donde todos se lanzaron al agua.

—Buena idea, Lilly. —Sloane sonrió mientras se refrescaban—. Esto debería dar tiempo para que haga efecto la Biodramina.

Al principio, ella había pasado mucho tiempo con Julian, pero últimamente había pasado la mayor parte del tiempo con Sloane.

Quizás esa era otra razón por la que se lo estaba pasando tan bien.

Él estaba allí con ellas. Charlotte también, y no parecía tan preocupada.

Parecía haberse olvidado de su divorcio y de su libro, al menos por ese día.

Después de nadar un rato, cuando Sloane finalmente se sintió mejor, volvieron a subir al barco y se dirigieron a la Gruta Esmeralda, que estaba más cerca de Amalfi que de Positano.

La cueva no era tan grande como Lilly había esperado, pero le encantó el tono claro del agua y sonrió feliz para una foto con Charlotte, luego otra con Charlotte y Sloane y un selfi de los cuatro que tomó Julian porque tenía los brazos más largos.

Su hermana y los amigos de su hermana no la trataban como si fuera una molestia.

No actuaban como si no la quisieran cerca, como habían hecho muchos de los novios de su madre.

La trataban como si fuera un miembro valorado del grupo.

—Nunca había oído hablar de una gruta hasta que me mudé aquí —les confesó Lilly mientras el capitán maniobraba con cuidado entre los demás barcos que se disputaban un lugar dentro de la cueva—. ¿Tenemos alguna en Estados Unidos?

— Buena pregunta —respondió Charlotte mientras consultaba Internet en su teléfono—. Al parecer, sí —anunció tras una rápida búsqueda—. Grutas religiosas, grutas artificiales y grutas naturales.

—¿No se supone que todas deberían ser naturales? —Lilly arrugó la nariz.

—Eso pensaría cualquiera —intervino Sloane.

—Supongo que las artificiales también existen. — Charlotte inclinó la visera del sombrero para eliminar el reflejo de la pantalla—. Aquí dice que en el Medio Oeste hay un montón de grutas católicas, la mayor colección del mundo.

Decepcionada porque el paseo estaba a punto de terminar, Lilly vio cómo la entrada de la cueva y todas las barcas que esperaban a su alrededor desaparecían de su vista.

—¿Qué son las grutas católicas?

—Grutas construidas por inmigrantes católicos alemanes, evidentemente —explicó Charlotte después de leer en el móvil—. Este artículo dice que se consideran arte popular.

—No puedo ni imaginarme cómo será una gruta falsa. —Lilly se ajustó la cinta bajo la barbilla para que el viento no se llevara el sombrero porque el capitán había acelerado.

—Quizás deberías buscarlo en tu teléfono —sugirió Charlotte.

— ¿Qué teléfono? —Parpadeó Lilly.

—En este teléfono —una sonrisa se dibujó en el rostro de su hermana justo antes de rebuscar en su bolso y sacar el teléfono de Sabrina—, que ahora es tuyo —añadió mientras se lo entregaba.

—¿Estás bromeando? —Lilly llevaba toda la vida queriendo tener un teléfono. Escudriñó el rostro de su hermana para asegurarse de que no fuera a añadir «mientras estemos en Italia» o algo que sugiriera que pensaba quitárselo.

—No estoy bromeando —aseguró Charlotte— . Es todo tuyo.

—¿Para siempre?

—Al menos durante el próximo año —rio Charlotte—, después querrás el nuevo modelo.

Una oleada de emoción recorrió a Lilly. El objeto metálico delgado y elegante que tenía en la mano significaba libertad y la capacidad de hacer mucho más por sí misma.

—Gracias —contestó—. ¡Gracias, gracias, gracias!

—De nada. —La sonrisa de Charlotte parecía… afectuosa— . Estaba muy ilusionada por dártelo. Solo estaba esperando el momento adecuado.

Lilly sabía que era una tontería permitirse ser tan feliz. Siempre parecía que algo terrible sucedía justo después. Pero empezaba a sentir como si todavía tuviera familia en el mundo y que tal vez su hermana al final no la abandonaría.

—Eres lo mejor que me ha pasado nunca —dijo, y abrazó a Charlotte.

Charlotte pareció sorprendida al principio, pero rápidamente le devolvió el abrazo.

—Me alegro —rio de nuevo—, porque no voy a ir a ninguna parte.

—¿Lo dices en serio? —Lilly se apartó para poder ver la cara de Charlotte.

—Mira esto. —Charlotte le mostró a Lilly la pantalla de contactos del móvil— . Aquí está mi número. Pase lo que pase, solo estaré a una llamada de distancia, desde hoy y para siempre.

Tener un teléfono, poder comunicarse con Charlotte en cualquier momento, de día o de noche, parecía ofrecerle una red de seguridad, algo que nunca había tenido.

También hacía que Lilly se sintiera conectada e importante para alguien, además de para un perro.

Pero fue lo que vio al salir de la pantalla de contactos lo que la hizo llorar.

El fondo de pantalla de su nuevo teléfono era una foto de su madre y ella en su último cumpleaños, que había sido su día favorito.

Hasta ese.