Capítulo 21
Charlotte despertó a la mañana siguiente con un sabor a azúcar rancio y vino en la boca, y le latía la cabeza detrás de los ojos.
— Maldita sea. ¿Qué he hecho? —preguntó en voz alta.
Entonces recordó que había besado a Julian y se dio cuenta de que beber demasiado no era lo peor.
Gracias a Dios, él había puesto fin a lo que habían estado haciendo.
No se sabía hasta dónde habrían llegado.
De repente, se había sentido dispuesta y ansiosa por hacer el amor con él, lo cual era más que impactante.
¡Era el hermano de su mejor amiga! ¡Su amiga de toda la vida!
Y su matrimonio ni siquiera estaba acabado aún.
—¡Hola! —El aroma del café entró desde la cocina cuando Sloane entreabrió la puerta y se asomó.
Charlotte consiguió incorporarse, apoyándose sobre los codos, pero ver a su mejor amiga casi la hizo maldecir en silencio. ¿Qué pensaría ella de ese beso?
Charlotte no quería averiguarlo, así que no se lo iba a contar. Solo podía esperar que Julian tomara la misma decisión.
—Hola —respondió, mientras se echaba con cuidado hacia atrás para apoyar la cabeza en la almohada.
—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? —La preocupación se reflejó en el rostro de Sloane mientras entraba en la habitación—. Pensaba que a estas horas ya estarías levantada y escribiendo.
Charlotte desearía que Sloane bajara la voz, pero como no quería explicar por qué, no se lo pidió.
—Estoy bien — contestó, tratando de hablar tan alto como solía hacerlo—. Solo he dormido un poco más. ¿Está Jules levantado? —No podía evitar preguntarse qué pensaría él sobre lo que había pasado la noche anterior.
—Todavía no. Últimamente se acuesta muy tarde.
—No parece que duerma mucho —coincidió ella.
—Y a veces, si te has fijado, cuando él no se da cuenta, tiene una expresión distante, como si estuviera perdido.
—¿A qué te refieres?
—Actúa de forma extraña, Char. Estoy preocupada. —Sloane se sentó en la esquina de la cama— . ¿Tú no has notado algo raro en él?
Charlotte barajó las posibilidades e intentó no pensar en la noche anterior. ¿Había notado Sloane los sutiles cambios que se habían producido entre ellos desde que comenzó el viaje?
Si era así, él no era el único que actuaba de forma diferente. Ella había disfrutado besando a Julian y habría querido ir mucho más lejos.
¿Cómo había sucedido eso? Desde que se había casado, no se había permitido siquiera pensar en nadie más que en Cliff. Y, de repente, tan pronto después de separarse, ¿estaba lista para quitarse la ropa para otra persona? ¿Y no cualquier persona, sino Julian?
Decidió que estaba en una fase de rebote. Una persona que atravesaba una ruptura no siempre tomaba las mejores decisiones.
—No sé a qué te refieres —murmuró.
—¿No te ha dicho qué le preocupa?
—No sabía que algo le preocupara. —Charlotte había estado absorta en sus propios problemas, ¿se había perdido señales que debería haber notado?
—Probablemente no te diría nada. Sabe que ya estás pasando por mucho. Solo pensé en preguntarte.
—¿Qué podría ser? —Una nueva oleada de culpa impulsó a Charlotte a incorporarse y sentarse.
— No tengo ni idea.
—Eres su hermana, pregúntale.
—Lo he intentado, pero no me lo dice.
Charlotte comenzó a frotarse las sienes para aliviar el dolor de cabeza. Julian parecía bastante pensativo a veces, cuando no estaba tratando de animarla.
—Parece que ha superado su ruptura, y es su propio jefe, así que no tiene que temer perder su trabajo.
—Dice que la galería también va bien. Entonces, ¿qué pasa?
—Es muy ambicioso —señaló Charlotte—. ¿Podría significar algo que se haya tomado tanto tiempo libre para venir a Italia?
—No. En mi opinión, eso no es una señal de alarma.
¿Por qué iba a rechazar la oportunidad de pasar un mes entero en la costa de Amalfi?
Sobre todo, cuando cualquier foto que haga aquí tendría valor comercial.
No es como si lo hubiéramos arrastrado a un lugar perdido donde no hubiera nada interesante que fotografiar.
—Sonrió— . Y, además, puede pasar tiempo con nosotras. ¿Qué más se podría pedir?
—Lo entiendo, pero debe de ser el trabajo. —Charlotte ya no podía sostener la mirada de su mejor amiga—. ¿Qué otra cosa podría ser?
—No es el trabajo —aseguró Sloane—. Si lo fuera, me lo diría.
—Quizás solo ha perdido el rumbo en su vida. Quizás este viaje sea para él una forma de empezar de nuevo. Todo el mundo tiene momentos así…
—Entonces, ¿no debería preocuparme?
—No hasta que sepas que hay una buena razón para ello.
— De acuerdo. —Suspiró—. Esperaré y confiaré en que me lo dirá cuando esté listo.
—¿Y tú qué? —preguntó Charlotte—. ¿Cómo os va a Ben y a ti?
—Nos las arreglamos. —Sloane apartó la mirada.
—Estoy preocupada por ti. —Aunque le había llevado algún tiempo, Sloane por fin había empezado a hablarle a Charlotte sobre la decisión que debía tomar. Y, aunque no tenía muchas ganas de hablar del tema, cada día parecía revelar un poco más.
— Lo sé. Pero no te preocupes. Ya lo resolveré.
Oyeron voces en la planta baja. Lilly se había levantado y estaba hablando con Julian.
—Voy a bajar a desayunar —anunció Sloane—. Olvida lo que he dicho sobre Jules. Seguro que no es nada.
El recuerdo de los labios de Julian, suaves y flexibles sobre los suyos, y el sabor del merlot cuando él reía contra su boca, invadió la mente de Charlotte.
—Jules está bien —dijo en voz alta, tratando de convencerse a sí misma al mismo tiempo. No podía soportar la idea de que pudiera tener algún problema grave.
Pero si él la necesitaba, ella estaría ahí para él, tal como él había estado ahí para ella.
Durante la semana siguiente, Charlotte se sumergió en una rutina productiva en la que se levantaba temprano cada mañana para sentarse frente al ordenador. Se decía a sí misma que solo tenía que escribir cinco páginas, pero algunos días era capaz de escribir más.
Pronto tuvo cuarenta páginas terminadas.
Imprimió los primeros capítulos, extendió las páginas sobre la mesa y subrayó una frase que por fin le parecía que de nuevo reflejaba su voz.
Ver sus palabras, sentir el impulso de la historia, la hacía sentir muy bien.
En cuanto llegara al capítulo cinco o seis, y hubiera revisado esas páginas para que quedaran lo mejor posible, podría enviarlas para que su editora le diera su opinión, algo que la emocionaba y la asustaba a la vez.
Le gustaba la historia hasta ese momento, pero era solo su segundo libro y trataba un tema mucho más controvertido.
También tenía un tono más sombrío, obviamente un reflejo de su estado emocional.
Le parecía fascinante, pero temía que no se pareciera lo suficiente a su primer libro.
¿Y si a su editora no le gustaba? Tenía un plazo tan ajustado que no había margen para el error y, si lo aceptaban, aunque no estuvieran del todo convencidos y fracasaba, no habría perdón.
Las personas con las que trabajaba tenían unas expectativas demasiado altas como para poder tomarse el fracaso a la ligera.
Pero Charlotte no veía cómo ese libro podría tener éxito.
Una vez publicado, no contaría con la fama de Cliff para impulsarlo a lo más alto de las listas de ventas.
La historia tenía que ser muy buena, tenía que valerse por sí misma.
Pero escritores mejores que ella no habían logrado alcanzar las ventas necesarias para permanecer en la industria.
Lograrlo por su cuenta le parecía una tarea abrumadora.
Aun así, se repetía a sí misma que debía seguir adelante.
Tenía que intentarlo. La última vez que había hablado con su padre, él le había dicho: «Deja de sabotearte con todas esas dudas, cariño.
Deja que sea tu editora quien te diga si no es lo suficientemente bueno.
No destruyas tu propia confianza, o no llegarás a ninguna parte».
Tenía razón, por supuesto. Pero el síndrome del impostor era real y algo contra lo que tenía que luchar cada vez que se sentaba a escribir.
Cada día, después de terminar el trabajo, ella y quien todavía no hubiera salido —casi siempre Sloane y Lilly— se iban de excursión, de compras, a hacer turismo o a explorar la costa.
A veces Julian se unía a ellas. También dedicaba parte de su tiempo libre a borrar del teléfono de Sabrina las aplicaciones de citas, los mensajes sexuales y cualquier foto explícita, conservando el número, las fotos decentes y cualquier cosa que Lilly pudiera atesorar.
Quería pasarle el teléfono a su media hermana, como le había sugerido Sloane, pero se había contenido por si algún hombre con el que Sabrina hubiera conectado no se había enterado de que había muerto, y le enviaba algo sugerente o hacía un comentario que no mostrara a Sabrina bajo la mejor luz.
—¿Llevas el móvil de Sabrina contigo? —preguntó Sloane.
Charlotte levantó la vista. Sloane había ido a una panadería cercana para comprar cruasanes de limón mientras Lilly iba con Julian a comprar sorbetes, así que había tenido un momento a solas y había sacado el móvil de Sabrina para asegurarse de que no había recibido ningún mensaje nuevo.
— Sí. Pensé que podría encontrar una buena oportunidad para sorprender a Lilly con él.
—Se va a emocionar mucho —dijo Sloane, aplaudiendo.
—Es solo que no quiero hacerlo demasiado pronto. Todavía recibo mensajes de algunos de los contactos de Sabrina.
—¿Incluso después de informar a todo el mundo de su fallecimiento?
—Sí.
—¿Y qué dicen?
—Un tipo dijo que nunca había echado un polvo mejor.
Charlotte bajó la voz a pesar de que Lilly no estaba cerca. Tampoco quería que nadie más la oyera. Había muchos turistas a su alrededor.
—Ahora entiendo por qué estás esperando. —Sloane frunció los labios para mostrar su disgusto.
— Otro dijo que ahora el mundo es un lugar mejor.
—¡Uf!
—Quizás debería cambiar su número… —dijo Charlotte, protegiendo la pantalla del brillante sol de Amalfi.