Capítulo 20 #2
—Te gusta de verdad, ¿a que sí? —Charlotte rio entre dientes.
—Sí —admitió él—. Es una chica encantadora.
—Ya, bueno, eres un blando —contestó ella en tono burlón.
—No soy solo yo. A Sloane también le gusta mucho.
—Me he dado cuenta — asintió Charlotte—. Está perdiendo la batalla por mantenerse objetiva…
—A pesar de sus esfuerzos por decidir qué es lo mejor para cada uno.
—Lo sé. Puede que en parte sea por compasión. Aunque, desde luego, Sloane no siente ningún cariño por mi madre biológica.
Julian se había saltado el tiramisú, contentándose con una copa de merlot.
—Me contó algunas de las cosas que había en ese teléfono —respondió con el ceño fruncido.
—Te aseguro que no era nada que quisiera leer. —Ella hizo una mueca—. ¿Decirle a un tipo que quería chupársela y a otro que haría un trío?
—Entiendo lo que quieres decir. — Él sostuvo la copa con una mano—. Entonces, ¿por qué estamos aquí, disfrutando de esta hermosa noche, cuando se supone que deberías estar durmiendo para poder seguir escribiendo tu próximo superventas?
La sonrisa de Charlotte desapareció. Él sabía que algo iba mal a pesar de su comportamiento desenfadado.
—Cliff ha llamado esta noche.
—Déjame adivinar: quiere que vuelvas con él.
—Eso dijo. —Ella se encogió de hombros.
Julian sintió una reacción inmediata: el deseo de darle un puñetazo en la cara a Clifford Jackson, pero trató de permanecer impasible.
—Qué rápido.
—A mí no me parece rápido.
Nada parecía rápido cuando estabas pasando por un infierno, lo cual era parte de la razón por la que quería darle un puñetazo en la cara a Cliff. Él era quien la había puesto en una mala situación.
—Depende de a quién le preguntes, supongo.
—¿No te sorprende?
—No. ¿Y qué vas a hacer? —Julian contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta.
—No lo sé. Es muy difícil alejarme de todo el tiempo y el esfuerzo invertido en esta relación.
—Si vuelves, podrás evitar los meses difíciles que se avecinan, ¿te refieres a eso?
—Es posible. Quizás haya aprendido la lección, Jules.
—Y quizás él no. A veces hay que cortar por lo sano, sin importar cuánto hayas invertido.
—No crees que deba volver con él.
—No creo que él te trate nunca como te mereces.
—Accedió a que Lilly viniera a vivir con nosotros —dijo ella, como si eso fuera a cambiar algo.
—¡Qué tipo tan genial! —Él chocó su copa contra la de ella.
—Jules, sé que Cliff tiene sus defectos. Pero nadie es perfecto.
—Es cierto. Podrías estar con un tipo que tiene una enfermedad degenerativa, por ejemplo.
—¿A qué ha venido eso? —Charlotte soltó una carcajada.
—Solo digo que siempre podría ser peor, supongo. No me hagas caso. He bebido demasiado.
Se había tomado una copa en la casa después de recibir un correo electrónico de su médico instándole a comenzar el tratamiento.
Como todos los demás estaban en la cama, no parecía importar que adormeciera sus emociones con alcohol.
Y ya no tenía que preocuparse por su salud.
En ese aspecto ya estaba jodido. Pero entonces Charlotte le había pedido que la acompañara a Kasai, y se había tomado dos copas de vino, aparte del whisky que había estado bebiendo en la villa, y se le estaba subiendo a la cabeza.
—Tengo que parar. — Apartó su copa, pero ella se la volvió a llenar antes de rellenar la suya.
—¿Por qué dejarlo ahora? —lo animó Charlotte—. Si alguna vez he necesitado olvidar mis problemas y divertirme un poco, es esta noche.
Charlotte estaba borracha. Pero no le importaba. El sufrimiento había desaparecido. La preocupación había desaparecido. El miedo a tomar una decisión equivocada con respecto a Lilly también había desaparecido. Se sentía libre y plenamente viva por primera vez en lo que parecía una eternidad.
—¡Que le den a Cliff! —gritó Jules casi terminando la botella que habían estado bebiendo, por fin capaz de reír.
Cuanto más bebía Jules, más gracioso se volvía. Cuanto más bebía ella, más apreciaba su humor. Se reía y se aferraba a él para no tropezar en la calle empedrada mientras se alejaban del restaurante.
Él la llevó hacia la villa, pero ella no estaba preparada para volver.
Sus problemas estaban allí. La realidad de su situación, incluida la inminente pérdida de su carrera si no lograba superar los miedos y la ansiedad que la tenían cautiva, la esperaban allí.
Quería evitar ese lugar el mayor tiempo posible y simplemente seguir sintiéndose bien.
—No volvamos todavía —le pidió.
—¿Adónde quieres ir? —Jules la miró.
— Cerca del agua.
—¿Qué quieres hacer allí?
—Contemplar la costa, supongo. —El mundo daba vueltas y Charlotte se agarró a Julian con más fuerza—. Aullar a la luna. Esta noche brilla mucho. Quizás podamos hacerle una foto.
—Soy buen fotógrafo, pero no tanto —contestó él—. No sin el equipo adecuado.
—Bueno, puede que no esté a la altura de tus altos estándares, pero seguiría siendo un bonito recuerdo. —Ella puso los ojos en blanco.
— De acuerdo —cedió él.
—¿Sabes cómo llegar allí? —preguntó Charlotte.
—¿A la playa? Sí. —Julian le guiñó un ojo—. Puedo llevarte a cualquier parte.
—Te creo —asintió ella—, pero ni siquiera estaba segura de que Praiano tuviera playa. Para mí, esta costa me parece más bien grandes rocas que sobresalen del mar sin arena a su alrededor.
— Hay un par de playas pequeñas —aseguró él—.
Y creo que sé cómo llegar a ambas. Pero, por si acaso me equivoco, te llevaré a la que ya he visitado.
Sin embargo, eso significa varios cientos de escalones.
Para llegar a cualquier playa tenemos que bajar.
—Se tambaleó antes de recuperarse—. ¿Estás segura de que puedes hacerlo?
—Si tú puedes, yo también. —Ella le dedicó una sonrisa arrogante. A lo lejos oyó el ruido de una persiana y el rugido de una o dos Vespa.
—Lo difícil será volver a subir a la villa —advirtió Julian—. Al menos en nuestro estado actual.
A ella no le importaba. De alguna manera lo conseguirían, aunque tuvieran que quedarse fuera el tiempo necesario para recuperarse. Con Julian se sentía segura, arropada y feliz.
— Entonces, quizá durmamos allí abajo.
La mirada de Julian pareció adquirir un matiz sexual, pero ella se dijo que debía de estar equivocada. Después de su comentario el día que la ayudó a llevar las cosas de Sabrina, él se había distanciado inmediatamente.
—Por mí, bien —contestó Julian, pero luego se detuvo, aparentemente confundido, mientras miraba a su alrededor—. Espera. Primero tengo que averiguar cómo llegar a la plaza del pueblo. Si lo consigo, podré encontrar el camino desde allí.
— Scusi —llamó Julian a una pareja que pasó por delante—. ¿Pueden decirme cómo llegar a la piazza San Gennaro?
El hombre intentó explicárselo con su fuerte acento, pero estaban demasiado borrachos y, treinta segundos después de que él terminara de hablar, ya no recordaban sus instrucciones.
— Grazie — contestó Jules y, tan pronto como se alejaron, se encogió de hombros y rio—. La encontraremos. Tengo fe.
Charlotte tenía fe en él, pero cuando se perdieron en un laberinto de escaleras y pasillos, se preguntó si su fe no sería infundada. Tuvieron que dar dos vueltas antes de encontrar finalmente la plaza y tomar una calle llamada Via Masa.
—Ya lo tengo —anunció Jules cuando vieron las señales que indicaban la playa.
—Quizás estemos sobrios cuando lleguemos —sugirió ella.
—Lo dudo —respondió él—. Estamos bastante borrachos.
El teléfono de Charlotte vibró mientras luchaban con uno de los muchos tramos de escaleras. Ella lo utilizó como excusa para descansar.
—Es un mensaje de Cliff — anunció.
—¿Qué quiere? —Julian se apoyó contra la pared de roca a un lado.
—Dice que me olvide de mi libro y vuelva a casa.
—Sí, claro, eso sería muy inteligente… para él. Sin tu carrera, dependerías aún más de él.
El sarcasmo de Jules lo decía todo.
—Sí. No es una buena idea —admitió ella—. No le importa que escribir sea mi sueño. Solo le importan sus propios sueños.
—¡Que le den a Cliff! —exclamó Julian, volviendo a expresar su sentimiento anterior.
— ¡Sí, que le den a Cliff! —exclamó Charlotte e, ignorando el mensaje de su futuro exmarido, guardó el teléfono en el bolsillo antes de volver a agarrar la mano de Julian.
—Ahí está. —Cuando él bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, una dulce sonrisa se dibujó en su rostro.
Ella no supo a qué se refería, pero se dio cuenta de que estaba hablando consigo mismo, así que no le preguntó nada.
Se rieron y hablaron hasta que llegaron al mar, donde se encontraron solos. Al parecer, bajar casi quinientos escalones no era muy atractivo para nadie más, no a esas horas de la noche.
Una pequeña playa se estrechaba hasta el agua, la luna colgaba baja en el cielo y las olas de crestas blancas se estrellaban contra los magníficos acantilados a ambos lados.
A lo lejos, podían ver algunas luces centelleantes que ella supuso serían de la isla de Capri, pero solo porque sabía que estaba en esa dirección.
—Dios, qué bonito es Italia —suspiró Charlotte.
—El mundo es un lugar precioso, Char —Julian soltó su mano para agarrarse a la barandilla. Estaban de pie en una pequeña plataforma, aún no habían descendido hasta la arena—, y yo he tenido la suerte de ver casi todo. Para un hombre de mi edad, eso es mucho viajar.
—¿Cuál es tu mayor miedo? — le preguntó Charlotte mientras contemplaba la luna. Pensó que necesitaría unos minutos para pensarlo, no era una pregunta que se hiciera todos los días, pero él respondió de inmediato:
—No poder hacer lo que amo. —Por un momento pareció tan triste que ella puso la mano sobre la suya.
—Eso nunca sucederá.
—Sí, sucederá. —Él se volvió hacia ella.
—Pero dentro de muchos años —insistió Charlotte.
Julian permaneció en silencio y ella levantó la vista y vio que la estaba observando.
—Qué lástima —contestó él.
— ¿Qué es una lástima? —preguntó ella.
—Que nunca nos liásemos en el instituto.
Si Charlotte estuviera en su sano juicio, se escandalizaría de que él hiciera tal afirmación. Julian siempre había tenido mucho cuidado de no insinuar nada romántico entre ellos.