Capítulo 18 #2
—No lo creo —discrepó Sloane—. Lo he buscado en Google esta misma mañana. La mayoría de las guías dicen que trece o catorce años es la edad adecuada para tener un smartphone .
—Lilly solo tiene doce años.
—Tiene doce años y medio. ¿Qué son unos meses? Además, por culpa de la vida que ha llevado, probablemente sea más madura de lo que le corresponde para su edad. No habla mucho, pero suceden muchas cosas detrás de esos grandes ojos suyos.
Charlotte tenía tantas decisiones por delante que no le apetecía tomar esa aún.
—Ya veremos —contestó mientras sacaba la caja superior del armario.
— Ese teléfono es lo único que le dejó su madre —continuó Sloane mientras sacaba otra caja y la llevaba a la mesa—. Puede que le dé una sensación de independencia y poder en un momento en el que realmente necesita ambas cosas. De todos modos, ¿a quién va a llamar?
—No se trata tanto de a quién llamaría, Sloane, sino de lo que podría encontrar en Internet.
—Ya tiene una tablet para hacer los deberes. Puede conectarse a Internet cuando quiera. Y se pueden poner restricciones en los teléfonos para bloquear el acceso a determinadas páginas web.
—Aunque eso sea cierto, un smartphone le dará un mayor acceso a las redes sociales, y las redes sociales son muy perjudiciales para las niñas pequeñas.
No quiero que se compare con otros niños de su edad que parecen tenerlo todo, o que se sienta constantemente excluida porque parece que todos se divierten menos ella.
—Ahora debe de sentirse bastante excluida. —Sloane abrió su caja— . Creo que un smartphone la reconectaría. La haría sentir menos vulnerable. Además, podemos enseñarle la perspectiva adecuada.
—¿Podemos enseñarle la perspectiva adecuada? —Charlotte levantó la vista sorprendida—. ¿En un mes?
—Probablemente no en un mes, pero…
—Pensaba que estabas en contra de que me la quedara. —Charlotte dejó a un lado el rizador y otros productos para el cuidado del cabello que había encontrado en su caja.
—Solo estoy siendo más cautelosa que Julian. Quiero estar segura de que sea lo mejor para ti y para Lilly. Pero como tú te dejas llevar por el corazón, igual que mi hermano, creo que lo harás de todos modos.
Charlotte se echó a reír.
—¿Qué? — refunfuñó Sloane con el ceño fruncido.
—Lilly ya te está cayendo bien, ¿verdad?
—No es mala chica. —Sloane se encogió de hombros, avergonzada.
Charlotte estaba a punto de afirmar que Lilly sí era una buena chica.
Estaba empezando a creerlo de verdad, a pesar de la opinión de Luca.
Pero las palabras se le atragantaron en la garganta.
Pensó que tardaría una hora o más en revisar todas las cajas y le frustraba que Luca mezclara algo tan importante como el móvil de Sabrina con todas sus otras pertenencias.
Pero el bolso de Sabrina estaba justo debajo de los productos capilares, y el teléfono estaba dentro.
—¿Te parece bien si hablamos un poco sobre tu madre?
—preguntó Julian mientras observaba a Lilly picotear el cruasán relleno de chocolate que acababa de comprarle.
Estaban sentados a una mesa en la estrecha calle que atravesaba el centro de Praiano, disfrutando de las vistas y los sonidos de la pintoresca ciudad.
Pasaban algunos coches y varias Vespas, pero la mayoría de la gente iba a pie.
A esa hora temprana, había pocos turistas, siendo en su mayoría lugareños que compraban comestibles, barrían las aceras o abrían las tiendas.
—¿Qué quieres saber sobre ella? —preguntó Lilly, sin apartar la mirada del plato.
—Nada demasiado personal, solo cosas generales. —Julian dio un sorbo a su café con leche de avena.
— Como… —Ella levantó la vista con expresión aún cautelosa.
—¿Era una persona feliz? —Él se encogió de hombros, manteniendo la naturalidad.
—La mayor parte del tiempo, supongo. —A Lilly no pareció importarle esa pregunta.
—¿Qué tipo de cosas le gustaba hacer?
—Ir de compras. Ir a la playa. Ir de compras —repitió con una sonrisa cariñosa.
Julian se dio cuenta de que Lilly tenía sentido del humor y le devolvió la sonrisa.
—¿Qué tipo de cosas compraba?
— Ropa, zapatos, maquillaje.
Julian supuso que esas cosas no serían para Lilly, o ella lo habría dicho.
—¿Le gustaba arreglarse y salir?
—Creo que por eso no quiso quedarse en Iowa —asintió.
—¿Porque no había adónde ir?
—Era un pueblo muy pequeño. Solía decirle a Steve: «Ni siquiera tiene cine». Y vivíamos en una granja rodeados solo de maíz.
—¿Tú también odiabas ese lugar?
—No —respondió Lilly mientras masticaba el cruasán—. Me encantaba.
— ¿Qué era lo que te gustaba?
—Muchas cosas —contestó ella tras pensarlo un momento—.
El columpio de neumático que instaló Steve.
El gran porche de la casa antigua donde se sentaba en la mecedora que había pertenecido a sus padres y tomaba una copa por la noche.
El manzano… Las manzanas nunca me habían sabido tan bien. Pero sobre todo Old Blue.
—¿Quién es Old Blue?
—Mi perro. Bueno, el perro de Steve…, más o menos. No lo compró ni nada por el estilo. Dijo que Old Blue apareció un día y se mudó allí, y Steve le permitió quedarse. Blue era ciego y vivía en el granero. Intenté que se mudara a la casa conmigo, pero le gustaba estar con los caballos.
—¿Os hicisteis amigos?
—Mejores amigos —confirmó Lilly.
—¿Es la única mascota que has tenido?
— Tuve un gato una vez. Pero mi madre me obligó a regalarlo cuando nos mudamos porque perdía mucho pelo y arañaba los muebles. Y dijo que era demasiado caro cuidarlo, que ya era bastante difícil solo con cuidar de mí.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Estaba en cuarto curso.
Ella parecía sentirse segura y confiada con la conversación, así que él continuó:
—¿Has tenido algún contacto con tus abuelos últimamente?
—No.
—¿Por qué no?
—No se llevaban bien con mi madre, no les gustaba lo que hacía —respondió ella, frunciendo el ceño.
—¿Por ir tanto de compras? —bromeó Julian con una sonrisa.
Una breve sonrisa se dibujó en los labios de Lilly, pero enseguida bajó la mirada.
— Y por todos los hombres. Por mudarse constantemente. Por dejarme en casa para salir. Ese tipo de cosas.
—¿Lo dejaron así de claro?
—Los oía pelear. Se peleaban mucho —añadió ella con tristeza.
—¿Les caía bien el granjero?
—¿Steve? Nunca lo conocieron. Para entonces ya habían desaparecido de nuestras vidas.
¿No habían intentado mantenerse en contacto con su nieta? Era una pena. Era obvio que ella los necesitaba, pero tal vez Sabrina lo había hecho imposible.
—¿Dónde viven? ¿Siguen en California?
Ella se encogió de hombros.
Julian quería preguntarle más cosas sobre la familia de Sabrina, pero no quería hacerla sentir mal, sobre todo cuando Lilly empezaba a abrirse un poco.
—¿Tienes tíos o tías?
—La hermana de mi madre era la hija buena. Mi madre solía decir que ella era la oveja negra de la familia.
—¿Quieres decir que tu madre era la hija mala? — preguntó él, reclinándose en el asiento.
—Supongo. La tía Justine tuvo un accidente esquiando y ahora está en silla de ruedas, creo.
—Lilly apartó el plato, dejando el cruasán a medio comer—.
¿Estáis buscando a alguien que me acoja?
¿Ahora me vas a preguntar por mi padre? Porque él dice que mi madre se quedó embarazada a propósito, para atraparlo, y que no le importa lo que nos pase a nosotras.
—¿Cómo lo sabes? ¿Le oíste decirlo?
—Me lo contó mi madre. —Ella suspiró—. Steve es el único que me ha querido. Me habría quedado allí, pero mi madre dijo que debía de ser un pervertido como Walter para querer tener a una chica joven en casa.
— ¿Pervertido? —La aprensión se apoderó de Julian.
Lilly asintió.
—¿Quién es Walter?
—El tipo con el que vivíamos en Colorado. —Su rostro se ensombreció.
—¿Cómo era?
—No importa. No quiero hablar de él.
La forma en que apretó los labios le indicó a Julian que no iba a seguir hablando.
No la presionó. Quería que se sintiera segura, que confiara en él. Pero tomó nota mentalmente del nombre del novio de Sabrina en Colorado y, cuando Lilly fue al baño, le envió un mensaje de texto a Charlotte: ¿Hay algún Walter en el teléfono de Sabrina?
No obtuvo respuesta, así que pensó que tendría que hablar con ella más tarde. La actitud de Lilly había cambiado por completo cuando había mencionado ese nombre. Algo había pasado con Walter, y no era difícil adivinar que había tenido un impacto significativo.