Capítulo 17 #2
Al casarse con una melliza, él ya sabía que tendría que compartir más a su esposa de lo que lo habría hecho normalmente. Por suerte, quería a Julian y nunca le había molestado su presencia ni su estrecha relación con Sloane, porque él había sido un cuñado increíble.
—¿Qué crees que puede ser?
—Le pregunté si era cáncer.
—¡Cáncer! Dios mío —Ben agarró el volante con más fuerza—. Dime que no es eso. ¿Parece que tenga cáncer?
—No, a mí me parece que está sano, en general. Quizá un poco menos robusto de lo habitual. Más bien parece preocupado y molesto por algo.
—¿Sabrán tus padres qué puede ser?
—Lo dudo. Ni siquiera se lo voy a preguntar. A Julian no le gustaría. Si no me lo dice a mí, no se lo dirá a nadie.
—Buena idea. Me imagino a tu madre llamándolo inmediatamente. Karen tiene buenas intenciones, pero no lo dejará en paz si cree que debería contarle lo que pasa.
—Exacto.
—Quizá tenga que ver con su trabajo.
—Dice que en ese aspecto todo va bien. Aun así, espero que sea eso. Los problemas en el trabajo son preferibles a muchas otras cosas. Podríamos ayudarle con dinero, si lo necesita.
Ellos tampoco tenían mucho dinero extra, pero Ben ayudaría a Julian, sin duda.
—Está ahí, en Italia, contigo. Te lo contará cuando esté listo.
—Entonces, ¿tengo que tranquilizarme y esperar?
—Eso es lo que yo haría.
—Porque tú eres una persona tranquila. Yo no. Soy muy nerviosa y ahora mismo estoy muy asustada.
—Te amo tal y como eres. —Ben rio entre dientes.
—Ojalá estuvieras aquí, Ben. Siempre me siento mejor cuando estás cerca.
—Yo desearía lo mismo.
—Ven a pasar la última semana —sugirió ella una vez más—. Qué demonios. Es Italia.
—No puedo, y tú lo sabes. Ya usamos mis días de vacaciones cuando fuimos a las Cataratas del Niágara por nuestro aniversario hace seis meses.
—Odio que estés tan atado.
—La maldición de trabajar para otra persona.
—En realidad, yo trabajo tantas horas como tú, o incluso más —señaló Sloane.
Y él podía olvidar el trabajo en cuanto salía cada noche. Así que ahí estaba eso.
—Ventajas e inconvenientes.
—¿Me echas de menos? —preguntó ella.
—Claro que sí.
—¿Crees que estamos destinados a pasar el resto de nuestras vidas juntos? —preguntó Sloane tras una breve pausa.
—Creo que es hora de que lo averigüemos. —Ben sintió una opresión en el pecho. Esa era la gran pregunta, ¿no?
Se hizo el silencio.
—¿Sloane?
—Esperaba que me tranquilizases.
—Me gustaría hacerlo. Pero será mejor que empecemos a hablar de los problemas que se interponen entre nosotros. Y, de alguna manera, es más fácil mientras tú no estás aquí.
—¿Por eso me animaste tanto cuando decidí marcharme? —preguntó ella.
—Quería que pudieras apoyar a Charlotte. —Él salió del aparcamiento y se detuvo en el semáforo—. Pero sí, en parte fue eso.
—¿No eres feliz conmigo?
—Soy feliz contigo. Pero ¿seré feliz si sigo contigo y nuestras vidas no incluyen hijos? Tú no los quieres, ¿verdad? Eso es lo que se interpone entre nosotros. Sé que prefieres no admitirlo, pero cada vez es más obvio.
—¿Y si los tengo de todos modos? —preguntó ella.
—No quiero que los tengas de todos modos. No quiero sentir que me estás haciendo un favor. Quiero que tú quieras tener hijos, y yo no puedo hacer que eso suceda, ni tú tampoco. Así que, ¿qué hacemos ahora?
—Ojalá lo supiera —contestó Sloane —. ¿Por qué tiene que ser tan difícil?
—Si el matrimonio fuera fácil, la tasa de divorcios no sería tan alta.
—Te amo —dijo ella—. Espero que lo sepas. No creo que pudiera encontrar a nadie que sea ni la mitad de buena persona que tú.
—Espero que no estés buscando —bromeó él.
—Por supuesto que no.
—Entonces, relájate y duerme un poco. Las cosas estarán mejor por la mañana.
—De acuerdo —respondió ella, y la llamada se cortó.
Ben permaneció en su coche varios minutos después de llegar a casa.
Era difícil que Sloane se hubiera ido, pero sentía que era importante que finalmente abordaran la incertidumbre que había estado carcomiendo su tranquilidad.
También estaba preocupado por Julian. ¿Tenía razón Sloane?
¿Le pasaba algo? Y, si era así, ¿cómo la afectaría a ella?
A la mañana siguiente, mientras todos dormían, Lilly se paró frente al trastero donde guardaban las pertenencias de su madre.
En general, sabía lo que encontraría en las cajas que había llevado Luca: la bisutería barata de Sabrina, la ropa que compraba, aunque no tuvieran dinero, algunos adornos que guardaba en su cómoda y montones de maquillaje y perfumes.
Sabrina siempre había conseguido lo que quería en cuanto a productos de belleza, incluso cuando deberían haber pagado otras cosas.
No podían pagar el alquiler y, sin embargo, ella volvía a casa con un vestido nuevo o se gastaba más de cien dólares en Sephora.
Le había costado dos mil dólares hacerse extensiones de pelo antes de mudarse a la costa de Amalfi, pero habían dejado su apartamento de un dormitorio en Fort Bragg sin pagar el último mes de alquiler ni la factura de la luz.
La casera había llamado varias veces, pero Sabrina ya se había gastado el dinero.
Al final, simplemente la bloqueó. Lilly la había visto hacerlo.
Saber que no habían pagado a la amable mujer que les había dejado mudarse a la pequeña casa de su patio trasero, cuando no tenían ningún otro sitio adónde ir y no podían permitirse un lugar que requiriera el pago del primer y último mes de alquiler y un depósito de garantía, hizo que a Lilly se le revolviera el estómago de vergüenza y humillación.
Pero a Sabrina no parecía importarle. Ni siquiera quería hablar del tema.