Capítulo 17
Sloane empezaba a tener la sensación de que algo preocupaba a su hermano, algo mucho más grave que el jet lag .
Julian no estaba del todo presente, no como solía estar normalmente.
Pero ella no podía ni siquiera imaginar por qué.
Sonreía y bromeaba como de costumbre, pero, cuando creía que no lo observaba, la sonrisa se desvanecía de su rostro y parecía perderse en sus propios pensamientos.
Lilly y ella se sentaron en un banco de piedra en ángulo recto con respecto al asiento que él ocupaba a unos metros de distancia, mientras escuchaban a dos hombres, uno con una flauta y otro con una tuba, tocar música clásica en el patio del convento de San Domenico, un concierto del que no sabían nada, pero con el que se habían topado cuando llegaron para reunirse con Julian.
Sloane lo observó mientras él miraba fijamente la hierba que el viento agitaba a sus pies y tuvo la impresión de que ni siquiera estaba escuchando la música.
—¿Pasa algo? —murmuró Lilly, inclinándose hacia ella y manteniendo la voz baja para no molestar a los demás turistas y lugareños que habían subido la montaña para escuchar el concierto, o simplemente para ver la zona, como habían hecho ellas.
—Nada. —Sloane ocultó su preocupación—. Solo estoy cansada. ¿Tú no? Hemos subido muchas escaleras.
—Mil —asintió Lilly con orgullo.
—¿Exactamente mil? —Sloane se movió para ponerse más cómoda sobre la dura superficie.
—Creo que sí. No lo sé seguro, pero he oído que el convento está mil escalones por encima de Praiano.
Los lugareños lo dicen todo el tiempo. Pero la subida merece la pena, ¿no crees?
—Lilly se estiró para contemplar el mar.
El convento tenía unas vistas espectaculares del agua azul profundo que se extendía bajo ellas, Positano e incluso la isla de Capri, mucho más lejos.
—¿Por estas vistas? Desde luego. Aunque…, si seguimos subiendo, voy a necesitar un sherpa . —Rio—. ¿Cuántas veces te trajo tu madre aquí?
Mientras subían, Lilly había mencionado que Sabrina y ella ya habían hecho esa misma excursión.
—Solo una vez. Trajimos un pícnic.
—¿Vino Luca con vosotras? —Sloane dejó a un lado el programa que le había dado una mujer con la lista de las distintas piezas que se iban a interpretar.
—Tenía que trabajar —dijo sacudiendo la cabeza.
—Debió de ser una salida madre-hija muy divertida —opinó Sloane, observando su reacción.
Era evidente que Lilly estaba reprimiendo muchas emociones y, si Sloane no se equivocaba, la mayoría de ellas eran negativas.
Deseó poder ayudarla a liberarlas, se sentiría mejor si pudiera hacerlo, pero era demasiado cautelosa y, según sospechaba ella, demasiado leal a su madre.
—Siempre nos lo pasábamos bien cuando estábamos solas las dos —recordó Lilly con nostalgia.
—¿Con qué frecuencia salíais juntas a solas?
—Desde que llegamos a Italia, no muy a menudo. —Lilly cerró los ojos e inclinó la cara hacia el sol —. Ella estaba con Luca la mayor parte del tiempo. Pero pasamos unos meses juntas después de dejar a Steve y la granja de Iowa y mudarnos a California.
¿A eso se aferraba Lilly? ¿A los recuerdos de cómo era su madre en las raras ocasiones en que Sabrina no estaba con un hombre que acaparaba todo su tiempo y atención?
Sloane quiso rodear los hombros de la niña con un brazo, pero sabía que Lilly se apartaría. No le gustaba el contacto físico, lo evitaba siempre que podía.
—A veces las madres están tan ocupadas tratando de satisfacer sus propias necesidades que no ven más allá de ellas —susurró Sloane, con la esperanza de que, al comprenderlo, Lilly también pudiera encontrar el perdón y la sanación.
—Mi madre no hizo nada malo —protestó ella—. No me refería a eso. Era una buena madre.
Lilly salía en defensa de su madre con tanta frecuencia que Sloane se acordó de una frase de Hamlet referente a que la dama que mucho protestaba…, pero estaba bastante segura de que Lilly nunca había leído Hamlet y no entendería la alusión.
—Por supuesto que lo era —contestó en su lugar —. Pero ser madre es un trabajo difícil y nadie es perfecto, ¿verdad?
Lilly pareció relajarse. Luego se inclinó para susurrar de nuevo:
—¿Cómo es Penny?
—¿La mujer que crio a Charlotte? Es una persona muy agradable, pero tampoco es perfecta —añadió Sloane con una sonrisa.
Varias personas que se habían detenido a escuchar durante unos minutos se alejaron del pequeño grupo y continuaron la ascensión al monte Sant'Angelo a Tre Pizzi, que era el nombre de la montaña.
Antes de que comenzara el concierto, Sloane había visto grupos de personas moviéndose por la famosa ruta de senderismo llamada Sendero de los Dioses, Sentiero degli Dei .
Julian quería intentarlo, pero Sloane aún no estaba preparada para eso.
Para empezar, habían salido demasiado tarde. Y ya habían subido más de cien metros.
—¿Está molesta porque Charlotte tuvo que venir a Italia? —preguntó Lilly.
—Charlotte no «tuvo» que venir a Italia —respondió Sloane con una sonrisa—. Vino porque quiso, para conocerte.
Julian dejó su cámara en el banco cerca de ellas, se levantó y se acercó al muro de piedra de medio metro que rodeaba el recinto, más cerca del acantilado. Había comprado café al hombre que estaba sentado a la entrada y llevaba su taza, bebiendo a sorbos mientras estaba de pie frente al mar.
—Discúlpame un momento —le dijo Sloane a Lilly y se acercó hasta él.
Cuando él se percató de su presencia, se giró ligeramente, pero no reaccionó.
—¿Vas a decirme qué está pasando? —susurró Sloane.
—No sé a qué te refieres.
—Soy tu hermana melliza, Jules. Y sí, he estado absorta en mi nuevo negocio y en mis propios problemas durante el último año o más, pero tú también has estado absorto, y feliz, por lo que me has contado. Pero algo va mal. Siempre lo noto. Al principio, lo achacaba al jet lag , pero ahora…
—No pasa nada —insistió él.
Ella miró por encima del hombro para asegurarse de que no molestaban a nadie con su conversación, pero estaban lo suficientemente lejos del grupo y de los artistas como para que nadie pareciera prestarles atención.
—Tonterías —insistió, volviéndose hacia él—. Te ofreciste voluntario para ayudar a mamá y papá en dos operaciones menores.
—¿Y qué? Soy un tipo agradable. —Sonrió.
—Es cierto. —Sloane no podía discutir eso. Pero la sonrisa no llegaba a sus ojos. La había fingido para complacerla—. Pero normalmente sería yo quien los cuidaría.
—Entonces, considérate afortunada —dijo cambiando la taza de mano.
—El problema es que no pareces tener prisa por volver al trabajo. ¿Te has aburrido de él?
—No, me encanta mi trabajo.
—Entonces…, ¿es por la galería? ¿Fue un error meterte en eso? Dime, Jules. Si necesitas dinero, lo conseguiré de alguna manera, te ayudaré a conseguir un préstamo, venderé todo lo que tengo. No me dejes fuera.
—Yo también te quiero —contestó él—, pero no estoy preparado para hablar de ello.
A Sloane se le hizo un nudo en el estómago. Era cierto. Algo iba mal.
—Pero… no es nada grave, ¿verdad? —preguntó, suplicante—. Alguna estúpida que te ha roto el corazón o algo así… Lo superarás con el tiempo, ¿verdad?
—No es nada grave —repitió él, pero había algo en sus palabras que no sonaba sincero. Quizás porque estaba mirando al mar en lugar de mirarla a ella a los ojos, intentando convencerla.
—Entonces, ¿por qué no me lo cuentas? —El pánico de su hermana aumentó un poco más.
—Porque necesito tiempo para afrontarlo por mi cuenta.
Ella lo tomó del brazo. Ambos habían estado ocupados viviendo sus propias vidas durante los últimos años, pero él era su roca, su base. No podía pasarle nada o todo su mundo se derrumbaría. Habían sido ellos dos, siempre del mismo lado, desde el útero.
—Sea lo que sea, lo afrontaremos juntos —susurró ella con determinación.
—Te lo agradezco, pero esta es una batalla que tendré que librar solo. —Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Julian.
—Me estás asustando. —Ella apoyó la cabeza en el hombro de su hermano —. No es cáncer, ¿verdad?
—No, no es cáncer.
—¿Algo igual de malo? —Sloane buscó en su rostro alguna pista de cuánto debía preocuparse.
—Basta —espetó él. Y eso fue probablemente lo más aterrador de todo, porque no había nada divertido en ello, y él casi siempre era divertido—. Necesito más tiempo.
—De acuerdo, te dejaré en paz. —Ella le agarró el brazo con más fuerza—. Pero…
—No, no me dejarás en paz. No debería haber dicho nada —la interrumpió él, dirigiéndose a grandes zancadas hacia el lugar donde había estado sentado antes, cerca de Lilly, que los había estado observando como si fueran a desaparecer si ella parpadeaba.
Percibía la tensión en sus cuerpos y estaba tan acostumbrada a que los adultos que la rodeaban no fueran del todo fiables que lo que vio la alarmó.
—Todo va bien —murmuró Sloane mientras volvía a su asiento y le daba una palmadita en la rodilla a la niña, y Lilly estaba tan ocupada observándolos en busca de cualquier señal reveladora de que algo no iba bien que ni siquiera se molestó en apartarse.
Ben estaba saliendo del trabajo cuando sonó su teléfono. Sorprendido al ver que era su esposa, era la una de la madrugada en la costa de Amalfi, respondió con el Bluetooth mientras salía marcha atrás de su plaza de aparcamiento.
—Hola, ¿todavía estás despierta?
—No creo que pueda dormir —respondió ella.
—El cambio horario es brutal.
—No es el cambio horario.
—Entonces, ¿qué es? —Ben pisó el freno.
—Es Julian, Ben. Le pasa algo.
—¿Puedes ser más específica? —Él volvió a aparcar y puso el freno de mano para poder concentrarse en la llamada en lugar de en el tráfico de la hora punta.
—No quiere decirme qué es, pero no es él mismo. Está callado, se aleja como si necesitara tiempo para estar solo, parece un poco apático y no interactúa porque no quiere que lo acose.
—Entonces, no lo acoses —contestó él—. Dale tiempo.
—Es más fácil decirlo que hacerlo estando tan preocupada como estoy.