Nos vemos en Italia Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Julian se relajó en una tumbona mientras Charlotte, Sloane y Lilly se metían en el jacuzzi .

No le apetecía meterse con ellas. Prefería disfrutar del aire fresco de la noche que llegaba del mar y contemplar las estrellas que parpadeaban en el cielo mientras escuchaba a las tres hablar.

Prestaba especial atención cada vez que Charlotte tenía algo que decir.

Siempre había pensado que era una persona maravillosa, y volver a estar con ella le recordaba su integridad, que tanto le había atraído siempre.

Si las cosas hubieran sido diferentes, podrían haber empezado a salir juntos.

De jóvenes, Sloane no quería que él se involucrara sentimentalmente con ninguna de sus amigas, y él entendía por qué.

Temía que algo saliera mal y se viera obligada a elegir entre ellos.

Él sentía lo mismo respecto a que su hermana saliera con sus amigos.

Durante su segundo y tercer año de universidad, Charlotte ya tenía novio, así que era una cuestión irrelevante.

Y cuando ella rompió con el novio, en su último año, él tenía novia.

Nunca era el momento adecuado, pero a menudo había pensado que tal vez algún día…

Luego se graduaron y la vida los llevó por caminos diferentes, solo para volver a unirlos en ese momento, cuando él sentía que ni siquiera podía mostrar el menor interés, pues Charlotte seguía enamorada de Cliff.

Aunque ella tuviera el corazón abierto y libre, Julian no creía tener suficiente que ofrecerle, no con su reciente diagnóstico.

No quería ponerla en una situación en la que sintiera que no podía decir que no, ni imponerle a alguien que fácilmente podría convertirse en una carga.

Odiaba la idea de que ella iniciara una relación con él solo porque lo compadecía o porque sentía una obligación derivada de su larga amistad.

Las chicas hablaban de la ropa de lino que habían comprado en una de las pequeñas boutiques por las que habían pasado en las estrechas y sinuosas calles de Positano.

Mientras Charlotte y Sloane estaban de compras, Lilly se había quedado con él cerca de la entrada.

No tenía dinero, pero Charlotte la había convencido para que se probara un vestido blanco de lino, y le había quedado tan bien que había insistido en comprárselo.

Julian nunca olvidaría la cara de Lilly cuando salió de la tienda con la bolsa. Había intentado no sonreír, pero él sabía que le gustaba mucho el vestido y que se sentía aceptada e incluida, ya que Charlotte y Sloane también se habían comprado algo.

Lilly parecía estar entablando amistad con su hermanastra.

Al menos, había momentos en los que daba esa impresión.

En varios momentos del día, bajaba la guardia lo suficiente como para dejar entrever a la persona que era cuando no estaba a la defensiva: una joven muy simpática, inteligente y guapa, pero también abandonada, sola en el mundo y con miedo a confiar en los demás.

De una manera extraña, Julian se identificaba con ella.

Él también se protegía, no podía permitir que nadie, ni siquiera su hermana, supiera de su párkinson, porque, en cuanto se supiera, no habría vuelta atrás.

Sloane no entendería por qué él sentía la necesidad de ocultarlo.

Pero no quería que los demás lo valoraran menos de lo que lo hacían mientras, aparentemente, gozaba de la mejor salud posible.

—Ese vestido que te has comprado te queda muy bien —le decía Sloane a Lilly.

—Gracias —respondió Lilly—. Nunca había tenido nada tan bonito. No sé cuándo me lo voy a poner.

—El diseño es muy sencillo —opinó Sloane—. Puedes llevarlo cuando quieras.

—Sloane sabrá —coincidió Charlotte—. Como interiorista, tiene un gusto excelente.

—¿Te dedicas a decorar casas? —preguntó Lilly.

—Sí —respondió Sloane—. Hace poco abrí mi propio negocio con un socio en Seattle. Se llama A Personal Touch.

Lilly parecía animada por la conversación. Nunca antes le había preguntado nada a Sloane.

—Entonces, ¿no vives cerca de Charlotte?

—No. Las dos crecimos en la zona de Los Ángeles, pero cuando me casé con mi marido, me mudé con él a Seattle porque le ofrecieron un buen trabajo allí y teníamos muchas deudas de estudios que pagar —añadió con una sonrisa.

El teléfono de Charlotte sonó. Ella se giró con cuidado para no mojar el dispositivo y miró quién llamaba. Luego silenció el timbre y volvió a dejar el móvil sobre la mesa.

—¿Eran tus padres? —supuso Sloane mientras Charlotte se acomodaba de nuevo en el agua.

Charlotte asintió.

—¿No vas a contestar?

Julian podía percibir la preocupación en la voz de su hermana.

—Los llamaré más tarde, o quizá mañana. —La respuesta de Charlotte fue tibia.

Julian observó la expresión de Sloane cuando ella lo miró. Charlotte siempre había tenido una relación buenísima con sus padres. Ninguno de los dos quería ver cómo peligraba.

—Venid, hagamos una foto de los cuatro. —Charlotte no permitió que se siguiera hablando del tema. Se estiró hacia atrás y volvió a agarrar su teléfono —. Julian, ¿quieres salir en ella?

—La haré yo —se ofreció él.

—¿Estás seguro? —insistió ella—. Prefiero que salgas tú también.

Julian llevaba puesto su bañador, así que no le supuso ningún problema. Se quitó la camiseta, la tiró a un lado y se metió en el jacuzzi para posar con ellas.

Al principio, se sentó junto a su hermana. En su mente, era mejor evitar acercarse demasiado a Charlotte. Pero Charlotte le pidió que se sentara a su lado. Él tenía el brazo más largo, y conseguiría el mejor ángulo, y ella quería que apareciera la luna sobre el agua.

Cuando se acercaron para que todos cupieran en el encuadre, él sintió el lado de su pecho contra su brazo.

No fue más que un roce accidental; probablemente ella ni siquiera lo notó.

Pero la repentina conciencia de su propio deseo lo llevó a preguntarse si estar en Italia era, después de todo, lo más sensato.

Quizá solo avivaría el anhelo de lo que no podía tener.

Lilly acarició la tela almidonada de su vestido nuevo, que estaba extendido sobre la cama junto a ella.

Le encantaba. Cuando lo llevaba puesto, se sentía guapa, más parecida a su hermana mayor, que había sido tan amable con ella ese día.

Se preguntó si esa amabilidad duraría. ¿Era real y permanente o solo una fase de cortesía pasajera mientras Charlotte estaba de buen humor y se divertía de vacaciones?

Porque la esperanza que crecía en su interior la asustaba. No quería empezar a esperar algo bueno, no soportaba la decepción que sufriría cuando Charlotte la colocara donde fuera a colocarla cuando terminara de hacer turismo por Italia.

Suspirando, Lilly se levantó y colgó cuidadosamente el vestido en el armario.

Al día siguiente, Luca llevaría la ropa, las joyas, los papeles y otras cosas de Sabrina.

Había estado preocupada por eso todo el día.

Temía que hubiera algo en esas cajas que no querría que Charlotte descubriera, algo que hiciera quedar mal a su madre.

No quería que ella la avergonzara una vez más.

Incluso podría haber cosas suyas que Sabrina hubiera guardado, cosas que prefería que Charlotte no viera.

Había quedado tan afectada por la muerte de su madre, tan conmocionada, que no había prestado atención a lo que había dejado.

En ese momento, no parecía importar. Sabrina nunca había tenido nada de valor, así que no había nada que pudiera ayudar a Lilly económicamente.

Y ningún recuerdo iba a devolverle a su madre.

No quería ninguna foto ni frasco de perfume en su tocador que le recordara a Sabrina.

¿Por qué iba a querer algo que le recordara a su madre saliendo furiosa de casa sin siquiera despedirse y luego cruzándose delante de un autobús?

La sola idea de que Sabrina hiciera lo que siempre hacía, montar un escándalo, gritar, chillar y comportarse como una niña, impidiéndole conducir bien, enfurecía tanto a Lilly que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Pero en ese momento desearía haber empaquetado ella misma esas cajas, como le había pedido Luca, porque no sabía exactamente qué había allí. ¿Había guardado su madre sus boletines de notas?