Nos vemos en Italia Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—En una aplicación de citas. —Sabrina hacía que Lilly le tomara una foto tras otra para enviárselas a los hombres con los que hablaba.

Parecía que Lilly nunca conseguía la foto perfecta a la primera.

Su madre quería que se tomara la foto de tal manera que pareciera más guapa, más joven o más delgada, muchas veces en traje de baño.

—¿Te gusta Luca?

Lilly se encogió de hombros. Era difícil explicar lo que sentía por el último novio de su madre. No había sido malo con ella, pero solo la había aguantado por su madre, y por eso había estado deseando deshacerse de ella en cuanto Sabrina se fue.

—¿Te trató bien? —Charlotte se inclinó hacia delante.

—Digamos que… no me trató mal —respondió ella.

—¿Parecía estar enamorado de tu madre?

Esa vez, Charlotte no cambió «tu madre» por «nuestra madre», pero Lilly no dijo nada.

Estaba demasiado ocupada recordando a los seis o más hombres a los que había llamado «padre».

Al principio, todos parecían estar enamorados de Sabrina, pero su amor nunca duraba.

Lilly no sabría decir exactamente por qué.

Pensaba que en parte se debía a lo mucho que cambiaba su madre en cuanto se iban a vivir juntos, a lo mucho que empezaba a exigir y a esperar, y a lo poco que estaba dispuesta a dar a cambio.

Sabrina empezaba a quejarse, siempre quería más tiempo, más atención, más dinero.

Y ellos se cansaban, unos antes que otros.

Lilly siempre sabía cuándo estaba a punto de marcharse el último novio de Sabrina.

Incluso si su madre no hubiera muerto, Lilly creía que su relación con Luca estaba llegando a su fin.

Habían empezado a pelearse y, desde hacía semanas, Luca solía dormir en el sofá o quedarse con familiares o amigos.

Era un ciclo que ya había visto antes…

Lilly quería decirle a Sabrina que no debería ser tan difícil. Pero ¿cómo podía una hija decirle eso a su madre?

—Supongo que la quería tanto como los otros —contestó.

—¿Los otros? —preguntó Charlotte levantándose las gafas de sol.

—Sus otros novios.

Charlotte se deslizó por el banco, acortando la distancia que Lilly había puesto a propósito entre ellas, lo que hizo que la chica se encogiera.

Necesitaba espacio, no podía dejar que nadie se acercara demasiado.

No podía querer a alguien que también saldría de su vida.

Sentía que se derrumbaría, se desintegraría por completo y se esfumaría como el polvo si eso volvía a suceder.

—¿Hubo muchos? —preguntó Charlotte.

Cuando los adultos la acribillaban con preguntas como esa, normalmente era para criticar a su madre.

Pero Lilly no detectaba ningún juicio en la voz de Charlotte.

Sonaba más bien como preocupación, y eso la ayudó.

Estaba harta de tener que defender a Sabrina de aquellos que la tildaban de «mala».

Sabrina solo había intentado ser feliz. Cuando la había sacado del colegio para mudarse a Italia con Luca, una de las profesoras de Lilly había murmurado que nunca había conocido a una mujer más egoísta.

Probablemente era cierto. Sabrina también podía perder los estribos con facilidad y enfadarse, pero perdonaba con la misma rapidez y le daba el amor que Lilly no había podido encontrar en ningún otro sitio.

—Tantos que he empezado a olvidar a algunos. —Se sentía muy bien admitirlo por fin, decir la verdad en lugar de intentar pensar en formas ingeniosas de negarlo.

—¿Cómo conocía a los hombres con los que salía?

—Dondequiera que trabajara de camarera. En un club después del trabajo. Por medio de un amigo o alguien con quien trabajara. Por Internet.

—¿Solías llevarte bien con ellos?

—Con algunos. —Con todos excepto con uno, se corrigió Lilly mentalmente.

Walter había mostrado demasiado interés por ella, y por eso su madre lo había dejado.

Lilly siempre se había preguntado si Sabrina estaba enfadada con ella por haber arruinado aquella relación, la única que podría haber funcionado de no haber sido por su culpa.

Después de marcharse de la casa de Walter, Sabrina no había vuelto a mencionar el día en que encontraron la cámara escondida en el baño que solo usaba Lilly, pero desde entonces le preocupaba que su madre la culpara por ser la razón por la que no podía encontrar a alguien que la amara lo suficiente como para quedarse.

La casa de Walter había sido sin duda la más bonita que habían conocido.

—¿Y los demás?

—No quiero hablar de eso. —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Pero Lilly no podía abordar ese tema. Estaba demasiado sensible por dentro, demasiado dañada. Esa era la única palabra que se le ocurría para describir cómo se sentía.

Temiendo que su negativa bastara para enfadar a su hermana y que la enviara a otro lugar, a la versión italiana del sistema de acogida, se preparó para la reacción de Charlotte.

Pero, para su sorpresa, Charlotte sonrió amablemente.

—De acuerdo. No hay problema. No tienes que hablar de ello.

Se hizo el silencio. Lilly deseó poder pensar en algo con lo que llenarlo. Siempre se sentía incómoda con los desconocidos, y se sentía aún más incómoda al estar con una hermana que también era una desconocida. La gente no solía tener que lidiar con ese tipo de cosas.

Fingió estar absorta en la búsqueda de un chorro que le diera un masaje en la espalda, pero al final tuvo que levantar la vista y, cuando lo hizo, se encontró con que Charlotte la observaba con las gafas de sol todavía puestas en la cabeza.

—¿De qué te gustaría hablar? —le preguntó—. ¿Hay algo que quieras preguntarme?

Lilly sacudió la cabeza para indicar que no tenía ninguna pregunta, pero eso no era cierto. Había tantas cosas que se moría por saber… Solo que no se atrevía a hablar por miedo a decir algo incorrecto.

—Tiene que haber algo —insistió Charlotte—. Vamos, no hay temas prohibidos. Te toca sentarme en el banquillo.

Lilly sopesó la pregunta que más le rondaba por la cabeza y, cuando el silencio volvió a hacerse incómodo, finalmente cedió a la expectación que flotaba en el aire.

—De acuerdo. ¿Te resulta extraño saber que tenías una madre diferente a la que creías?

—Mucho —admitió Charlotte—. Mis padres nunca me dijeron que era adoptada, así que recibir la carta del señor Heidelman me dejó en shock .

—¿Pensabas que eras hija suya desde siempre?

—Sí.

—¿Te pareces a ellos?

—Quizás no, pero tampoco soy muy diferente.

—Descubrir que eres adoptada…, eso debió de ser un asco.

—Lo fue, pero todos tenemos retos en la vida, ¿no? Estoy intentando superar los míos, igual que tú intentas superar los tuyos. Y creo que ambas podremos hacerlo.

Su respuesta abierta y sincera le dio a Lilly el valor para hacerle otra pregunta.

—¿Quieres a tus padres, los que te criaron?

—Los quiero mucho. Son personas maravillosas, han sido muy buenos conmigo.

—¿No estás enfadada con ellos?

—No te voy a mentir. —Charlotte se tomó un momento para pensar—. A veces siento cierto resentimiento, sobre todo porque Sabrina se ha ido y ahora no podré conocerla, aunque quiera, ¿sabes? Pero hicieron lo que creyeron que era mejor para mí, y quizá tenían razón. Quizá fue lo mejor para mí.

—¿No crees que deberían habértelo dicho?

—Es difícil de decir. ¿Habría sido más feliz si lo hubiera sabido? Habrían surgido una serie de preguntas y problemas que me habría costado mucho afrontar a una edad más temprana. Tuve una infancia maravillosa. Quizás debería simplemente estar agradecida.

Lilly decidió que Charlotte era muy diferente a Sabrina. No podía imaginar a su madre diciendo algo así. Estaba bastante segura de que su madre se habría enfadado, se habría sentido estafada. Siempre parecía sentirse estafada.

—¿Tu madre te habló alguna vez de mí? —preguntó Charlotte.

—¿De ti? —repitió Lilly, ganando tiempo.

—¿Te dijo que había tenido otra hija?

¿Quería oír que Sabrina pensaba a menudo en ella? ¿Que la echaba de menos? ¿Que se arrepentía de haberla dado en adopción? ¿No querría cualquier hija creer eso? Pero Sabrina no era de las que miraban atrás. Siempre había demasiado que olvidar.

—A mí no me dijo nada —admitió. Temiendo que su hermana se sintiera decepcionada, Lilly continuó con otra pregunta, con la esperanza de evitar que Charlotte se quedara pensando en lo que su respuesta podría significar—: ¿Cómo se llaman tus padres?

—Don y Penny. Viven en el condado de Orange.

—¿Dónde está el condado de Orange?

—¿Nunca has estado allí? Es parte del área de Los Ángeles. En el sur de California. ¿Dónde vivíais tu madre y tú antes de venir a Italia?

—Hemos vivido en todas partes. Denver, Seattle, Portland, Salem, Fort Bragg, un pequeño lugar llamado Cherokee.

Eso está en Iowa —aclaró—. Eso fue cuando mi madre estaba con Steve.

Era granjero. Era el que más me gustaba.

—Sonrió al recordar al perro ciego que solía estar en el granero.

Se había convertido en su perro, hasta que Steve les pidió que se fueran porque Sabrina y él se peleaban demasiado.

—Parece que os mudasteis mucho.

—Así es.

—¿Tu madre era camarera?

—Sí. Si la despedían, u odiaba el lugar donde trabajaba, nos mudábamos.

Le gustaba probar diferentes lugares. —Sabrina había bromeado una vez diciendo que intentaba huir del pasado.

Lilly no había entendido lo que quería decir en su momento, pero ya creía entenderlo.

Si no seguían mudándose, sentía que todo lo malo de sus vidas las alcanzaría.

—¿Te gustaba mudarte? —Charlotte se secó la humedad de su labio superior.

—La verdad es que no. —Durante años, había fingido lo contrario para proteger a su madre. Pero Sabrina ya no estaba, y ya no tenía que hacerlo. Aunque seguía sintiéndose un poco culpable, como si estuviera defraudando a su madre.

—¿Te disgustaste cuando decidió venir a Italia, llevarte al otro lado del océano?

—No tuve elección. —La sensación de culpa la hizo alejarse de la honestidad que le había resultado tan liberadora.

—No tener elección es diferente de no tener opinión.