Nos vemos en Italia Capítulo 11
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Capítulo 11

En cuanto Julian se fue, Charlotte sintió un momento de pánico.

No conocía a esa niña de la que de repente era responsable, sin haber tomado nunca la decisión de convertirse en su tutora.

Supuso que podría negarse a llevarse a Lilly a casa, pero ¿qué le pasaría entonces?

¿Cómo podía abandonarla como había hecho Luca cuando la dejó con todas sus pertenencias, como si no pudiera deshacerse de ella lo suficientemente rápido?

—¿Cómo te sientes? —le preguntó.

—No lo sé —murmuró Lilly encogiéndose de hombros.

—¿Por qué no nos ponemos los bañadores y nos metemos en el jacuzzi ?

Lilly pareció sorprendida, como si hubiera esperado una conversación seria y potencialmente desgarradora.

En algún momento tendrían que mantener una charla seria, pero Charlotte no quería bombardearla con preguntas dolorosas y difíciles antes de establecer algún tipo de relación, sobre todo porque no podía prometerle nada que la hiciera sentir mejor, no sin arriesgarse a volver a decepcionarla más adelante.

—¿Quieres meterte en el jacuzzi ? —Lilly parpadeó, claramente desconcertada.

—Esta tarde hace fresco y sopla una agradable brisa. —Charlotte señaló con un gesto a su alrededor —. Creo que sería divertido, ¿no te parece?

La niña asintió.

—¿Tienes traje de baño?

—En mi maleta.

—Perfecto. Nos vemos aquí después de cambiarnos.

Charlotte sonrió para tranquilizarla antes de entrar en la casa.

Lilly debía de sentirse como si estuviera a la deriva en el mar, pero Charlotte se sentía igual de perdida, completamente insegura sobre su futuro, especialmente con su inminente divorcio.

Nada estaba saliendo como ella esperaba, que debía de ser lo mismo que sentía Lilly.

Acababa de abrocharse la parte superior del biquini cuando recibió un mensaje de texto de Cliff: Hemos ganado a los Cavs. ¿Lo has visto?

Se había perdido el partido. No lo habría visto, aunque no hubiera estado en un avión cuando se disputó.

Dudaba que volviera a ver baloncesto nunca más.

Esa era una de las pocas cosas positivas de su divorcio.

Ya no tendría que estresarse por un evento deportivo, por si su marido rendía al máximo o no, y por lo que pasaría si no lo hacía.

Por precaria que fuera la situación con su hermana menor en ese momento, al menos tenía algo en su vida lo suficientemente poderoso como para distraerla del sufrimiento de su inminente divorcio.

Sin saber muy bien si quería responder, pues se sentía mal cada vez que pensaba en Cliff, tiró el teléfono sobre la cama y se fue al baño a recogerse el pelo.

Pero justo cuando estaba a punto de salir de la habitación, se acercó y le respondió: Me temo que me lo perdí, pero es una noticia fabulosa. ¡Así se hace!

Estuvo a punto de preguntarle si había contratado un abogado y cuándo podría esperar los papeles del divorcio.

Ella no había consultado a ninguno, no conocía las normas de ese proceso: cuánto tiempo tendría para responder, qué pasaría si no cumplía el plazo porque estaba fuera del país, cuántos meses tardaría en volver a estar oficialmente soltera.

Pero, al final, no se atrevió a abordar el tema.

Era demasiado perturbador. Así que dejó el mensaje tal cual, al fin y al cabo, lo que él buscaba eran elogios, y volvió a dejar el teléfono en la cama.

Ni siquiera quería tenerlo consigo, no necesitaba ningún recordatorio de la vida que había vivido antes.

Vestida con su traje de baño naranja, bastante desgastado, pero que seguía siendo su favorito, Lilly esperaba junto a la barandilla, contemplando el mar exactamente en el mismo lugar en el que había estado antes.

Ojalá el hombre que había viajado a Italia con Charlotte se metiera en el jacuzzi con ellas.

Julian tenía unos ojos amables y pacientes.

La forma en que le hablaba la hacía sentir segura, como si el suelo no estuviera a punto de abrirse y tragársela por completo.

Eso era lo que había sentido desde que murió su madre, como si estuviera en medio de un terremoto y no tuviera ni idea de qué quedaría en pie cuando terminara la sacudida.

Pero Julian se había echado la siesta y su hermana ya estaba durmiendo, así que solo estarían Charlotte y ella.

Si decía o hacía algo mal, ¿la dejarían en otro lugar? Porque no podía hacerlo bien todo el tiempo. ¿Para qué intentarlo siquiera?

Probablemente terminaría en un hogar de acogida hiciera lo que hiciera.

Ya había visto cómo eran los hogares de acogida en las películas y en la televisión.

Si la llevaban a la casa de un extraño malvado, se escaparía una y otra vez si fuera necesario.

No quería ser un caso de caridad, nada más que una molestia.

No se sentiría lo suficientemente cómoda en esa situación como para comer, y mucho menos para pensar en el resto de su vida.

De hecho, tenía ganas de huir en ese mismo instante. ¿Por qué no largarse mientras pudiera?

Porque estaba en Italia. ¿Adónde iría? ¿Y cómo se comunicaría?

No tenía amigos allí. Su madre la había educado en casa, lo que significaba que se había educado a sí misma.

Sabrina nunca se había involucrado realmente, salvo para decirle que hiciera los deberes.

Tenía que volver a Estados Unidos antes de que huir fuera siquiera una opción.

Quizás su hermana pudiera hacer posible ese viaje, pero Lilly no podía imaginar que alguien de la edad de Charlotte estuviera dispuesta a cuidar de una niña de doce años que necesitaba comida, ropa, un lugar donde vivir…

, todo lo que normalmente proporcionaría una madre, sobre todo si esa hermana ya no tenía marido.

Seguro que Charlotte preferiría salir a buscar otro hombre en lugar de quedarse atrapada cuidando de una preadolescente a la que acababa de conocer.

Mordiéndose el labio inferior, miró con preocupación hacia el agua.

La mayoría de la gente veía un hermoso mar con acanti lados a derecha e izquierda y casas de colores.

Era un lugar de vacaciones. El lugar ideal.

Había tiendas, restaurantes y playas. Pero ella solo veía la desesperanza de su situación.

La vida iba a ser muy diferente sin su madre. Sabrina no había sido la mejor madre. Había arrastrado a Lilly a todos los sitios a los que quería ir. Y los hombres de su vida, aunque iban y venían y nunca se quedaban mucho tiempo, siempre habían ido antes que Lilly.

Pero al menos Lilly sabía que Sabrina la quería.

Quizás no tanto como otras madres querían a sus hijos, aquellas que preparaban la comida, los ayudaban con los deberes y los acompañaban a las excursiones.

Pero Sabrina podía ser generosa cuando estaba contenta.

Había llevado a Lilly a muchos sitios divertidos a lo largo de los años, y solían reír y hablar mucho, sobre todo cuando su madre estaba entre novio y novio.

Al menos, Lilly sabía qué esperar, y qué no esperar, de Sabrina. Había un cierto grado de previsibilidad incluso en la imprevisibilidad de su madre.

La puerta se abrió y su hermana salió con unas elegantes gafas de sol de montura blanca y un biquini a juego con un solo tirante.

Parecía una de las modelos que Lilly había visto cuando Sports Illustrated había estado en la ciudad para hacer un reportaje sobre trajes de baño, lo que la asustó.

¿Por qué alguien tan joven, glamuroso y rico querría a una niña de doce años cuya existencia ni siquiera conocía hacía una semana?

Aunque… Angelina Jolie era así. Angelina había adoptado a varios niños, solo para ayudar.

Lástima que Lilly no supiera cómo ponerse en contacto con Angelina…

De todos modos, decidió que era un sueño estúpido. Angelina no la acogería, aunque Lilly supiera cómo contactar con ella. Nadie la acogería si su hermana no lo hacía.

—¿Preparada? —preguntó Charlotte.

La falsa alegría que Lilly percibía en su voz le daba ganas de vomitar.

Llevaba todo el día con náuseas, aunque apenas había comido, y no estaba segura de que meterse en agua caliente le fuera a ayudar.

Pero al mismo tiempo sentía escalofríos, como si el viento la atravesara, así que tal vez estaría bien.

Entró en el agua, comprobó que no estaba tan caliente como había imaginado y suspiró aliviada mientras se desplazaba hacia el lado opuesto para apartarse. Luego observó cómo su hermosa hermana mayor se metía también.

Quizás, si hubieran tenido el mismo padre, se parecería a ella, pensó.

En cambio, Lilly era demasiado alta para su edad, con brazos y piernas delgados.

Recordó que Luca se burlaba de ella cuando la conoció, diciéndole que parecía un cervatillo aprendiendo a caminar.

También le dijo, con su fuerte acento italiano: «Ojos demasiado grandes, dientes demasiado grandes, pies demasiado grandes».

Su madre y él se habían reído cuando ella había salido furiosa de la habitación, pero su madre le había dicho que con el tiempo se acostumbraría a todo.

Lilly se sentó sobre los pies para que Charlotte no se diera cuenta de lo grandes que eran.

—¿Qué te parece Italia? —le preguntó su hermana.

Después de tres meses fuera, Lilly echaba de menos Estados Unidos. Era su hogar. Pero no se atrevía a admitirlo, no se atrevía a permitir que nadie supiera lo mucho que deseaba volver. Todo el mundo pensaba que Praiano era el paraíso.

—Es difícil vivir en un lugar donde no entiendes lo que dice la gente.

—¿No habla la mayoría de la gente aquí algo de inglés?

—Si trabajan en una tienda o en un restaurante. Pero si sales de la ciudad, donde no hay muchos turistas, mucha gente, especialmente los mayores, no hablan inglés.

—Ya veo. ¿Por qué tu madre… —carraspeó—, nuestra madre, eligió Praiano?

La pregunta sorprendió a Lilly. Quizás la mayoría de las mujeres no dejarían su país natal por un hombre, pero Sabrina haría cualquier cosa.

—Luca vive aquí.

—¿Cómo se conocieron? —preguntó Charlotte.