Capítulo 6
No podía estar pasando, no al mismo tiempo que la implosión de su matrimonio.
Su familia era lo único en lo que siempre había confiado, y en ese momento dependía enormemente de ellos.
De ninguna manera estaba dispuesta a creer que le hubieran mentido toda su vida, especialmente sobre algo tan fundamental, tan básico.
Charlotte volvió a leer la carta, pero le temblaban las manos y las lágrimas empezaban a emborronar las palabras. Secándose los ojos, luchaba por asimilar aquella información.
No era quien creía ser. Esa era la conclusión principal.
Pero los detalles eran igual de impactantes.
La habían adoptado al nacer y, sin embargo, sus padres nunca se lo habían contado.
Y de repente, su madre biológica había fallecido, dejando atrás a otra hija llamada Lilly, que tenía doce años.
Nadie sabía quién era el padre de Lilly, por lo que el novio de su madre estaba cuidando de la niña hasta que se encontrara una solución; sin embargo, solo llevaba unos pocos meses con Sabrina —nombre que, según el abogado, correspondía a la mujer que supuestamente la había dado a luz— y no quería asumir una responsabilidad permanente.
Había que hacer algo con la niña, así que el abogado, que había estado buscando a los parientes de Sabrina, se había puesto en contacto con ella para averiguar si estaría interesada en conocer a su única hermana y, posiblemente, asumir su custodia.
La custodia de una niña de doce años. Su hermana.
—¡Dios mío! —exclamó en voz alta, dejando caer la carta antes de recogerla y leerla una vez más, por si acaso. Había otro detalle sorprendente con el que se había topado mientras intentaba procesar todo lo demás.
Solo le llevó un momento encontrarlo. Ahí estaba, en el último párrafo. Aunque Lilly había nacido en Estados Unidos, el sueño de Sabrina era vivir en la costa de Amalfi, por lo que se había mudado a Italia con la niña hacía solo unos meses, a un pequeño pueblo llamado Praiano.
Charlotte nunca había oído hablar de ese lugar. Estaba al otro lado del mundo, en un país extranjero. Y esa hermana…
—No —dijo en voz alta. Ella no era la persona que buscaba el señor Heidelman.
Tenía que responder inmediatamente, decir que lamentaba mucho la difícil situación de la niña, pero que ella era hija de Penny McCord, criada en el condado de Orange, tenista universitaria de primera división, entrenadora de su alma mater durante diez años y que, más tarde, había dado clases en el club mientras estaba casada con Don Williams, un gestor de fondos de cobertura que también provenía de una familia acomodada.
El abogado tenía que buscar a la hermanastra de Lilly en otra parte, porque esa terrible situación no tenía nada que ver con Charlotte Rose Williams-Jackson.
Aunque pronto dejaría de ser Jackson, se recordó.
Por un segundo, sintió una oleada de alivio. Los abogados de Heidelman habían cometido un error. Tenía que ser eso. Pero estaba tan desorientada que llevó la carta al salón, donde su padre estaba viendo la televisión.
—Pensaba que ibas a empezar a escribir —dijo él, levantando la vista con expresión expectante al oírla.
—Iba a hacerlo —respondió ella, pero decidí revisar primero el correo que recogí en Malibú.
—No me digas que estaban los papeles del divorcio. —Su padre quitó el sonido del televisor.
—No.
—¿Una carta de Cliff en la que renuncia al acuerdo prenupcial? —lo intentó de nuevo.
—No. —A Charlotte le costaba encontrar las palabras. ¿Cómo podía preguntarle a su padre si realmente era su padre? Pero él se dio cuenta de que algo iba mal y ella no quería que siguiera especulando, así que soltó—: ¿Soy adoptada?
Su padre perdió el color de la cara, lo que confirmó que la carta no era un error.
La habían engañado, o le habían mentido, o…
la habían animado a asumir como cierto algo que no lo era.
No sabía decir si había algo malo en lo que habían hecho sus padres.
No estaba segura de por qué lo habían hecho, ni de si ella hubiera hecho lo mismo en su lugar.
Solo sabía que se sentía robada. Violada de una manera muy personal y profundamente emocional.
Debido a que sus padres adoptivos le habían ocultado la verdad, nunca había tenido la oportunidad de conocer a su madre biológica, y ya nunca la tendría.
¿Era justo tomar esa decisión por ella? No se lo parecía.
—¡Papá! —exclamó con un gemido de desesperanza mientras se dejaba caer en el sofá.
—Cariño —él se acercó y se agachó a sus pies—, ¿quién te lo ha contado? ¿Cliff ha hecho esto para hacerte daño, para hacernos daño a todos, para destrozar nuestra familia? ¿Cómo se ha enterado?
Ella estaba tan afectada que no podía responder. Le entregó la carta, pero él no la tomó inmediatamente. Sus ojos permanecían fijos en ella. Era obvio que no quería que se sintiera destrozada, pero ella sabía que él sabía que lo estaba y se sentía muy mal por ello.
Finalmente, aceptó la carta que ella le tendía. Después de leerla, cerró los ojos y sacudió la cabeza.
—Temía que algo así sucediera. Le dije a tu madre que teníamos que contártelo, pero nunca era un buen momento.
—¿Nunca era un buen momento? —repitió Charlotte—.
¿Cómo puede ser eso cierto? Llevo aquí casi treinta años.
Seguro que habríais podido encontrar un momento.
¿Qué tal cuando estaba en cuarto curso y traje a casa a Hannah Jones y ella me dijo que había sido adoptada?
Recuerdo que mamá me explicó exactamente lo que eso significaba.
Tú también estabas allí, durante la cena.
—No lo recuerdo. Solo sé que estabas progresando, tal y como queríamos.
No soportábamos la idea de hacer algo que pudiera amenazar tu sensación de seguridad, tu felicidad.
Temíamos que eso solo te hiciera desear algo que no podías tener.
Y te queríamos tanto que no pensábamos que un tecnicismo como el ADN importara realmente.
Habían sido buenos padres. Padres estupendos. Ella no podía quejarse del trabajo que habían hecho criándola. Pero la decisión que habían tomado… ¿Era mejor para ella no saberlo?
Quizás sí. Pero lo sabía, y saberlo le provocaba una oleada de dolor y muchas preguntas. Creaba un vacío en su alma, un vacío por saber más.
—¿Por qué me abandonó mi madre biológica?
Estaba preparada para que él intentara evadir la pregunta y se sintió aliviada cuando no lo hizo.
—Apenas tenía dieciocho años cuando te tuvo, aún le quedaba un año de instituto.
—¿Y mi padre? ¿Era otro crío demasiado pequeño para asumir la responsabilidad?
—No. Nos dijeron que era un hombre mucho mayor, un vecino de la misma calle que ya tenía familia.
—¡Qué asco! —Aquello se ponía cada vez peor —. ¿Dónde está ahora?
—No lo sabemos. —Ben sacudió la cabeza, impotente—. Nunca hemos sabido nada de él, y nos alegramos de ello.
¿Porque eso les había permitido mantener en secreto sus orígenes?
—¿Y mi madre biológica? ¿Sabrina? ¿Tampoco has sabido nada de ella?
—No —respondió él en voz baja.
Probablemente también se alegraban de ello. De lo contrario, se habrían visto obligados a contarle la verdad. ¿Tenían más miedo de lo que la noticia le haría a ella o de lo que les haría a ellos?
Era un pensamiento poco generoso, y se odió a sí misma por tenerlo. Siempre la habían puesto a ella en primer lugar. Pero estaba tan alterada que no pensaba con claridad.
—Supongo que nunca cambió de opinión sobre mí —dijo ella, sintiendo cómo el cuchillo de ese rechazo íntimo se clavaba profundamente—. Nunca quiso conocerme.
—Situaciones como esta… no son tan sencillas, cariño —aseguró su padre—.
Estoy convencido de que le hubiera encantado conocerte, pero no quiso entrometerse por miedo a confundirte o molestarte.
Quizás era demasiado doloroso para ella incluso afrontar el hecho de que ya había tenido un hijo.
Si tuviera que adivinar, diría que eso es algo que una mujer nunca supera del todo.
No es como si tuviera que preocuparse de que te faltara el amor y el cuidado que necesitabas.
Desde el principio, a través de la agencia de adopción, le aseguramos a ella y a su familia que te daríamos todo lo que pudiéramos.
Y lo habían hecho. Pero ese golpe… Charlotte no podía superar la sensación de traición, que se superponía al doloroso rechazo, y que la atravesaba como garras afiladas.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó.
—¿Qué quieres decir? —Parpadeó él.
—Tengo una media hermana que necesita que alguien la cuide. —Ella señaló la carta—. No puedo seguir viviendo mi vida como si ella no existiera.
—La traeremos aquí —propuso Don—. A tu madre y a mí nos encantaría tener otro hijo.
Eran demasiado mayores para volver a ser padres. Su padre trabajaba muchas horas y su madre ya no gozaba de buena salud.
—¿No crees que deberíamos conocerla antes de tomar una decisión así?
—Pues sí, en realidad, probablemente deberíamos hacerlo —contestó Don—. Tenemos nuestros pasaportes. Iremos todos allí.
—No creo que debamos ir sin más y llevárnosla, si es eso lo que estás sugiriendo. Llevará tiempo evaluar qué es lo mejor para ella. Acaba de perder a su madre. Desarraigarla ahora mismo podría ser lo peor que le podría pasar, sobre todo si es feliz viviendo donde vive.
—¿Qué intentas decir con eso? —preguntó él —. No podemos quedarnos más de una semana o dos. Tengo trabajo y probablemente no sería prudente sacar a tu madre del país durante mucho tiempo.
—Iré yo —anunció ella—. Ya no tengo un marido del que preocuparme.
—¿Y tu libro? —Su padre abrió mucho los ojos.
—Puedo escribir desde cualquier lugar —respondió Charlotte.
Suponiendo que pudiera escribir. Eso aún estaba por ver, sobre todo en ese momento.
Había estado sumida en una espiral emocional antes de recibir la noticia de que había sido adoptada, su madre biológica acababa de fallecer y tenía una hermana menor que la necesitaba.