Nos vemos en Italia Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Hemos venido a recoger la medicación para la tensión arterial de mi padre —respondió la mujer.

Ben anotó el nombre del hombre y empezó a rebuscar entre las cajas llenas de bolsas de medicamentos ordenadas alfabéticamente por cliente.

—Aquí está —anunció cuando la encontró —. Ya sabe cómo tomarla, ¿verdad? —le preguntó al hombre.

—Oh, sí —habló su hija por él—. Lleva años tomándola.

Ben les cobró, les dio la medicación y se despidió de ellos.

Luego fue a la trastienda, descargó un nuevo lote de recetas y empezó a prepararlas.

Sin embargo, su mente seguía puesta en su hermosa esposa de cabello oscuro y ojos negros, y en la inquietante idea de que tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde.

Pero ¿qué debía hacer? ¿Qué podía hacer?

Penny volvía a encontrarse mal, así que Charlotte insistió en preparar la cena.

—Pareces estar mejor —comentó su padre mientras ella le servía un poco de sopa de tomate y lentejas.

Penny se había acostado, pero había dicho que quizá tomaría un plato más tarde.

—Estoy mejor —asintió Charlotte—. Gracias a Julian y Sloane. Cuando pasas por un revés como este, descubres quiénes son tus verdaderos amigos.

—Cierto. —Él tomó un panecillo de la bandeja que ella acababa de sacar del horno y lo untó con mantequilla—. Vosotros tres sois amigos desde hace mucho tiempo.

El olor a pan casero recién horneado abrió el apetito de Charlotte. Estaba recuperándolo.

—Desde secundaria —contestó mientras se sentaba con su tazón y tomaba un panecillo—. Sloane y yo nos conocemos desde antes, pero a Jules no le interesaba juntarse con chicas por aquel entonces. Todavía nos tiraba de las coletas y salía corriendo para que lo persiguiéramos —añadió riendo.

—Es bueno tenerte en casa, cariño. —Su padre la observó soplar su primera cucharada de sopa.

—Gracias, papá. —Sonrió—. El hogar es ese lugar al que, cuando tienes que ir, te tienen que acoger. ¿No dijo eso Robert Frost?

—No sé qué dijo. Pero aquí siempre serás bienvenida.

Don había tenido cuidado de no decir demasiadas cosas despectivas sobre Cliff.

Ella sabía que sus padres estaban decepcionados porque su marido no había estado más dispuesto a aceptarlos, por lo que el hecho de que fueran tan cautelosos la había sorprendido al principio, hasta que se dio cuenta de que simplemente estaban siendo diplomáticos.

No querían crear una brecha aún mayor, ser aún más rechazados por él, si ella recuperaba su matrimonio.

—Gracias. Espero que la seguridad que siento aquí me permita volver a escribir.

—Yo también. ¿Cómo va el libro de momento?

—No va —contestó ella con tristeza—. Ni siquiera lo he empezado aún.

—Tenía la impresión, y creo que tu madre también, de que solo necesitabas terminarlo. —Él levantó la vista de su comida—. Lo cual ya sería bastante abrumador —añadió.

—Sí, es mucho más abrumador de lo que aparento que es —admitió ella—. No podía afrontar lo que me esperaba, ni siquiera quería reconocerlo. Además, dar a mamá más motivos para preocuparse nunca es bueno.

—Tienes toda la razón —asintió él—. Entonces…, ¿vas a poder terminarlo a tiempo?

Charlotte se sentía solo un diez por ciento mejor, pero esa pequeña mejora suponía una gran diferencia.

En cuanto terminara de recoger después de cenar, pensaba buscar ideas en Internet.

Esperaba que leer sobre otros libros y películas, navegar por artículos, despertara su imaginación.

Y como sus padres se acostaban antes que ella, tendría varias horas ininterrumpidas para decidir cuál sería su próxima historia.

Si tenía mucha suerte, tal vez incluso estaría inspirada para escribir las primeras páginas.

—Ya veremos. —Ella tenía miedo de prometer demasiado. Solo porque se sintiera un poco mejor en ese momento no significaba que fuera a durar. Una ola de dolor podía abrumarla y arrastrarla de vuelta al mar, borrando su progreso en un instante.

—¿Necesitas que te busque un escritor fantasma, cariño? —le preguntó él—. ¿Un coach creativo? ¿Un terapeuta? Sea lo que sea, lo conseguiré.

Al igual que Sloane y Julian, sus padres estaban ahí para ella.

Muchas personas que pasaban por un divorcio no tenían los amigos y la familia que tenía ella.

Debía considerarse afortunada. En muchos sentidos, lo era.

Con el tiempo, su corazón roto sanaría y, como decían Sloane y Julian, una vida sin Cliff podría acabar siendo una vida más feliz.

—Primero voy a ver qué consigo hacer.

—¿Estás segura? —insistió su padre—. Porque apuesto a que podríamos encontrar a la persona adecuada.

—Me basta con saber lo mucho que me quieres. —Charlotte terminó la sopa, dejó la cuchara en el plato y disfrutó del resto del panecillo con una generosa cantidad de mantequilla salada derretida.

Realmente se sentía así. Pero cuando llegó a su habitación, decidió revisar el correo que había recogido en la mansión de Malibú antes de abrir su ordenador portátil.

Sabía que estaba posponiendo lo difícil.

Pero su libro era tan desalentador, una montaña tan difícil de escalar, que se dijo a sí misma que primero tenía que organizarse.

—Basura, basura, basura —murmuró, tirando una publicidad tras otra a la papelera, junto con una revista de moda y varias revistas de decoración del hogar, así como una factura del seguro médico configurada para el pago automático.

Pero entonces se encontró con una carta dirigida a ella de Heidelman & Heidelman Abogados.

Una sensación de malestar la invadió mientras miraba el sobre. ¿Sería el divorcio? Por lo que había leído en Internet, Cliff tenía que notificárselo antes de hacer nada más, y eso aún no había sucedido. Entonces, ¿qué era eso?

Respiró hondo, lo abrió y sintió que el corazón se le subía a la garganta… y luego se le hundía hasta los pies. La carta no tenía nada que ver con Cliff ni con el divorcio. En lo que a ella respectaba, era peor, porque no era algo que el tiempo pudiera cambiar.