Capítulo 5
Sloane tecleó el nombre de Clifford Jackson en Google y encontró varios artículos.
Todos decían básicamente lo mismo que el que le había llamado la atención mientras comía sentada ante su escritorio el almuerzo que había comprado en el restaurante tailandés de al lado.
Mostraban una foto de Charlotte con Julian fuera de un restaurante en Los Ángeles, afirmaban que Clifford Jackson y su esposa se estaban separando y especulaban con que ambos ya estaban saliendo con otras personas.
¿Charlotte y Cliff se habían separado? ¿Cómo podía ser? ¡Charlotte vivía dedicada a él!
Sonó el teléfono y el nombre de su hermano apareció en la pantalla. Julian la estaba llamando. Rory todavía estaba almorzando, lo que significaba que ella estaba sola en la tienda, pero no había clientes.
—Julian, ¿qué pasa? —dijo al pulsar el botón verde—. En Internet se dice que Charlotte y Cliff ya no están juntos. ¿Es cierto?
—Me temo que sí —respondió él —. Estamos en su coche. ¿Quieres que ponga el altavoz?
—Por supuesto.
—Hola, Sloane —saludó Charlotte con voz apagada.
—Char, ¿estás bien?
Su última conversación había tenido lugar hacía más de un año y no había ido bien.
Sloane había llamado para saber si Charlotte estaría interesada en reunirse con ella en San Francisco para un «fin de semana de chicas», pero Cliff había decidido que no quería que fuera, a pesar de que él mismo estaría fuera de la ciudad.
El hecho de que Charlotte no se enfrentara a él enfureció a Sloane.
Cliff rara vez las dejaba verse. Y si Charlotte iba a permitir que él se interpusiera entre ellas, Sloane no podía hacer nada para mantener la amistad.
—Ahora mismo me siento como un animal atropellado —contestó Charlotte—. Pero estaría mucho peor si Jules no estuviera aquí.
—¿Qué ha hecho Cliff? —preguntó Sloane.
—Me ha dicho que quiere el divorcio.
—¿Por qué?
—Eso no está del todo claro.
—No será por Marija Vidmar, ¿verdad? —Sloane recordó la foto que había visto de Cliff con otra mujer mientras buscaba información sobre él en Google.
—¿Has visto la foto?
—He estado buscando información desde que apareció el primer artículo.
—Podría ser. Parecían muy unidos, ¿no crees? Pero él dice que es solo porque ya no quiere seguir casado.
—¿Crees que se ha acabado para siempre? —Sloane hizo una mueca de dolor.
—Así es —contestó Charlotte tras una ligera vacilación.
—Lo siento.
—Yo también. Sé que no fui la amiga que debería haber sido mientras estuve casada con él. Es solo que… me esforzaba tanto por mantenerlo feliz… Quería que nuestro matrimonio funcionara. Y tal vez cedí demasiado a menudo. De hecho, cedí demasiado a menudo.
Y para lo que le había servido… Sloane quería decirle eso, pero no podía cargarla con más. Su mejor amiga estaba sufriendo, y eso la ponía demasiado a la defensiva como para preocuparse por sus propias quejas de los últimos años.
—Menudo imbécil. No porque quisiera dejarte, sino porque era muy controlador cuando estabais juntos. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Dónde vas a vivir?
—Probablemente me quede con mis padres por el momento, aunque no me siento muy bien al volver a casa con esta edad.
Es como si me hubieran enviado de vuelta al punto de partida de la vida.
Pero no tengo la energía mental para hacer otra cosa.
Tengo que escribir mi próximo libro. Lo tengo que entregar en tres meses.
—¿Y lo llevas muy avanzado? —preguntó Sloane, esperanzada.
—La verdad es que no —contestó Charlotte tras una pausa.
—¿Qué significa eso? ¿Cuántas páginas te quedan por escribir?
—Como unas cuatrocientas.
—¿Cuatrocientas? ¡Eso es casi toda la novela!
—Sí. Y necesito una idea antes de poder empezar.
—¡Dios mío! —exclamó Sloane—. Char, ¿qué puedo hacer para ayudarte? ¿Quieres que vaya a California? Tal vez Rory podría encargarse él solo de la tienda.
—No, desde luego que no. Nunca te pediría que dejaras a tu marido y tu negocio, sobre todo cuando soy la única que puede sacarme de este lío.
Sloane no pudo evitar sentirse un poco decepcionada. El negocio podía absorber todo su tiempo y energía, pero necesitaba una oportunidad para aclarar sus ideas.
—¿Estás segura?
—Completamente. Pero… —La voz de Charlotte se volvió temblorosa—. Te quiero. Siento haberte abandonado, a ti y a Jules. Vosotros dos sois los únicos que os preocupáis por mí.
—No te disculpes —insistió Sloane—. Eso es lo último por lo que tienes que preocuparte.
—Ya se lo he dicho —intervino Julian.
—Tiene razón —le dijo Sloane a Charlotte—. Vas a superar esto, lo sabes. Y si Cliff te causa algún problema, solo tienes que decírmelo. —Le encantaría explicarle a ese hombre lo que pensaba y decirle todas las cosas que le hubiera gustado que Charlotte le hubiera dicho.
—Lo superaré —aseguró Charlotte—. De todos modos, basta ya de hablar de mí. ¿Cómo estás tú?
Sloane desearía poder responder con sinceridad. La verdad pesaba sobre su pecho como un yunque gigante, casi aplastándola hasta matarla. Pero ese no era el momento. Quizás el momento adecuado nunca llegaría.
—Estoy muy bien. —Respiró hondo e inyectó más energía en su voz—. Aquí todo va… estupendamente.
—¿El negocio está despegando como esperabas?
A lo mejor Cliff no lo sabía, pero Sloane había proporcionado gran parte del mobiliario de su casa.
Había intercambiado cientos de fotos e ideas con Charlotte justo después de que Cliff comprara la mansión, por lo que había tenido mucho que ver en el diseño interior.
Se había divertido mucho con ello. Sloane sabía que a Charlotte le gustaba su estilo.
También sabía que Charlotte había estado tratando de ayudarla a poner en marcha su negocio de diseño, y le estaba agradecida por ello, aunque le había decepcionado cómo habían ido las cosas entre ellas desde entonces.
—No sé si puede decirse que esté «despegando». Eso está por ver. Pero estamos creando una buena base de clientes y este ha sido un mes estupendo, gracias a un artículo publicado en una revista local.
—Envíame una copia —le pidió Charlotte—. Me gustaría verlo.
—Lo haré. —Sloane metió los envases vacíos de su almuerzo en la bolsa—. Jules, últimamente tus llamadas y mensajes han sido muy escasos. ¿Cómo te va con mamá y papá?
—He estado aquí trabajando sin descanso, haciendo tu parte además de la mía.
Sloane sonrió mientras se levantaba para tirar la bolsa a la papelera.
—Tú fuiste quien insistió en cuidar de ellos —le recordó.
—Lo sé. —Él rio entre dientes —. Están muy bien. Papá incluso tiene un nuevo cojín para el trasero, gracias a Charlotte.
—Charlotte, ¿le has regalado a Jerry un cojín para el trasero? —Sloane volvió a sentarse.
—Lo sé. Es un poco raro —admitió ella—. Pero estaba en la farmacia comprando algo para el dolor de cabeza cuando lo vi y no pude resistirme. Pensé que podría serle de gran ayuda, ya que se pasa casi todo el día sentado detrás de un escritorio.
—¡Oh, le va a encantar! —exclamó su amiga, riendo.
—Para que lo sepas, Char, vamos a fingir que lo compró nuestra madre —aclaró Julian —. Espero que no te importe.
—En realidad, me siento más cómoda así. —Charlotte rio con ellos.
Por un momento, fue como en los viejos tiempos. Sloane echaba de menos a su mejor amiga. También echaba de menos a su hermano. ¡Y California! Se había mudado a Seattle por Ben, ya que fue allí donde a él le ofrecieron la mejor oferta de trabajo cuando terminó la carrera de Farmacia.
Si al menos deseara tener hijos, quizá su matrimonio no estaría tan en la cuerda floja y no dudaría de haber iniciado el negocio en la ciudad equivocada.
En el trabajo, Ben solía estar demasiado ocupado como para pensar en otra cosa que no fueran las recetas médicas.
Pero en ese día inusualmente tranquilo, la sensación de que algo no iba bien con Sloane volvió a invadirlo.
Cuanto más tiempo llevaban casados, más distante y distraída parecía estar ella.
A veces dejaba que la puerta se cerrara de golpe antes de hablar, y ella se sobresaltaba al oír su voz, como si estuviera tan sumida en sus propios pensamientos que ni siquiera se hubiera dado cuenta de que él estaba allí.
Algo iba mal, eso seguro. Pero ¿qué?
Se lo había preguntado varias veces, pero ella siempre le respondía con esa sonrisa decidida y le insistía en que no era nada.
O que estaba preocupada por el trabajo. No pensaba que tuviera una aventura, siempre estaba con Rory, y Rory tenía marido.
Además, ella no había dado señales de tener a otro hombre en su vida.
Volvía a casa después del trabajo, no era nada reservada con su teléfono y siempre estaba donde debía estar.
¿Sería por dinero? Él ganaba bastante, pero tenía muchas deudas de estudiante, además de que la vivienda en Seattle era cara y el dinero que habían invertido en la tienda no les dejaba mucho extra. Podría estar estresada por sus finanzas, sintiendo que la tienda no iba a salir adelante…
No era fácil empezar un nuevo negocio, especialmente en un sector tan sensible a la situación económica y a si la gente tenía ingresos de sobra.
Pero Sloane era una diseñadora excepcional.
Si alguien podía triunfar en ese campo, esa era ella.
Su casa era un hermoso ejemplo. Parecía sacada de una revista, a pesar de que había tenido que decorarla con un presupuesto limitado.
Nadie sabía combinar los objetos como ella.
Era capaz de hacer que incluso los hallazgos de las ventas de garaje parecieran elegantes.
Pero la estaba perdiendo. Y no entendía por qué.
Sonó el timbre, indicando que alguien había entrado a la farmacia a recoger una receta.
Sandra, la mujer de mediana edad que trabajaba en el mismo turno que él y que normalmente se encargaba de la caja registradora, estaba de baja por enfermedad y no había nadie que pudiera sustituirla, así que él salió de detrás de las altas estanterías que solían ocultarlo de la vista.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó a una joven que esperaba con un señor mayor en silla de ruedas.