Nos vemos en Italia Capítulo 4
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Capítulo 4

Julian se quedó mirando su mano, esperando a ver si volvía el temblor que casi le había hecho derramar el zumo de naranja.

Tener un diagnóstico para los síntomas que había estado experimentando le proporcionaba cierto alivio.

Al menos sabía qué le pasaba y podía buscar un tratamiento que pudiera ayudarlo, después de decidir entre las opciones que le había presentado su médico.

Pero saber que tenía una enfermedad incurable también le provocaba un cierto fatalismo debilitante.

No estaba seguro de qué era peor: preocuparse por sus síntomas sin conocer la causa subyacente o afrontar la verdad.

El hecho de sentirse engañado no le facilitaba las cosas. Era demasiado joven para tener párkinson. No era una enfermedad rara, pero la mayoría de las personas no la desarrollaban hasta los sesenta y tantos.

Michael J. Fox era una notable excepción.

Le habían diagnosticado la enfermedad cuando tenía veintitantos años.

La buena noticia era que seguía vivo casi cuarenta años después.

La mala, que parecía estar en declive. Y Julian no tenía forma de saber lo difícil que había sido el viaje de la estrella de cine.

Lo único que había visto eran las fotos y los artículos que aparecían en los medios de comunicación.

Al menos Michael siempre sonreía. Julian desearía poder decirle lo mucho que eso lo ayudaba. Quizás él podría ser como Fox, y luchar contra la enfermedad durante décadas antes de que sus síntomas se volvieran insoportables. Agradecer la vida que tenía. Mantener la cabeza alta.

En ese momento, no parecía muy probable.

Cada vez que imaginaba los años que tenía por delante, solo sentía tristeza y miedo.

Sobre todo miedo, una emoción que le resultaba muy ajena.

Nunca había tenido motivos para tener miedo de nada, excepto del oso que lo había atacado cuando estaba en Alaska hacía un año.

Eso le causó una gran alarma antes de hacerse el muerto y que el animal se alejara hacia el bosque.

Debería seguir ahí fuera, enfrentándose a osos, alces y cualquier otro animal salvaje que se cruzara en su camino.

No debería tener esa enfermedad. No solo estaba en la flor de la vida, sino que no tenía ninguna predisposición genética.

El párkinson no era hereditario en su familia.

El médico no había podido determinar la causa, a menos que hubiera estado expuesto a alguna toxina que desconocía y que hubiera provocado que su cuerpo comenzara a plegar incorrectamente la proteína alfa-sinucleína, que estaba destruyendo parte de su cerebro.

¿Cuánto tiempo sería capaz de caminar hasta las zonas remotas que le gustaba fotografiar? ¿De mantener la cámara firme? ¿Podría ganar suficiente dinero antes de que ya no pudiera trabajar para mantenerse el resto de su vida? ¿Y cómo cambiaría el diagnóstico los próximos años en otros aspectos?

No había duda de que su futuro sería muy diferente al que había imaginado para sí mismo.

Ya ni siquiera sabía si alguna vez se casaría o tendría hijos.

No podía imaginar que ninguna mujer quisiera a un compañero tan vulnerable.

Si ya hubiera tenido pareja, tal vez ella se habría quedado a su lado, al igual que la esposa de Michael J.

Fox se había mantenido fiel a él a lo largo de los años.

Pero no estaba saliendo con nadie cuando se dio cuenta de que su cuerpo ya no funcionaba correctamente.

Y si una mujer supiera que era un producto defectuoso antes de enamorarse de él, ¿por qué no elegir simplemente a otro hombre por el bien de su propio futuro?

Su madre entró en la caseta de la piscina que su padre, Jerry, había convertido en despacho —en ese momento estaba en la sede central de su empresa, en el centro de la ciudad— y le puso una mano en el hombro.

—¿Qué pasa? —preguntó él, girándose para mirarla.

Llevaba toda la mañana trabajando con su portátil, se suponía que estaba editando fotos.

Le encantaba el proceso de perfeccionar las instantáneas que tomaba.

Pero desde su último espasmo muscular, había estado sumido en sus propios pensamientos, sin saber siquiera cuánto tiempo había estado allí sentado, inerte, antes de que ella lo interrumpiera.

—Charlotte está aquí. Me alegro mucho de volver a verla. Me ha traído flores, lo cual es un detalle precioso, pero también le ha traído a tu padre un cojín especial para sentarse. —Lo miró con reproche—. Me pregunto cómo se ha enterado de su operación…

—Vaya. —Rio Julian—. No debería habérselo contado, no tenía ni idea de que le traería un cojín para el trasero.

—Eres incorregible. —Su madre puso los ojos en blanco—. Lo esconderé unos días y, si sigue sintiendo molestias en esa zona, lo sacaré y fingiré que se lo he comprado yo.

—¿Robarle el mérito a Charlotte y mentirle para evitar que se enfade conmigo? Eso es realmente diabólico. —Sonrió—. Me gusta.

—No tendría que robarle el mérito ni mentir a nadie si tú mantuvieras la boca cerrada. —Ella le dio una palmadita en la nuca mientras se marchaba—. Date prisa — le gritó antes de que la puerta se cerrara—. Charlotte está esperando.

Julian se alisó el pelo que su madre le había despeinado y se miró en el reflejo de la puerta de cristal, buscando algún signo revelador de su enfermedad, algo que lo marcara como defectuoso.

Pero seguía pareciendo perfectamente sano.

Y, la mayor parte del tiempo, también se sentía perfectamente sano.

Se preguntó cuánto tiempo duraría eso…

Charlotte estaba sentada a la mesa de la cocina con un vaso de agua cuando él entró, y su madre intentaba darle todas las golosinas que tenían en casa. La oyó rechazar con educación un pastelito de limón y un refresco antes de que Karen le ofreciera una galleta.

—Estoy bien, de verdad —murmuró ella—. Pero gracias.

En cuanto Charlotte lo vio, sonrió con lo que él interpretó como alivio.

—¿Te apetece ir a tomar un café? —le propuso en un tono exageradamente alegre.

—Aquí tengo mucho café bueno y no te costará ni un centavo —le ofreció Karen, pero él agarró a Charlotte de la mano y la llevó a la puerta, salvándola de la persona más insistente del mundo a la hora de ofrecer comida.

—Creo que saldremos —le dijo a su madre—. Nos vemos en un rato.

—¡Adiós, señora Davis! —añadió Charlotte.

—¡Que os divirtáis! —gritó ella, aunque un poco desanimada porque él le había robado el objeto de su atención.

—¿Qué pasa? —preguntó Julian en cuanto salieron—. ¿Va todo bien?

—No estoy segura. —Charlotte le mostró sus llaves cuando él rebuscó las suyas en el bolsillo—. Conduciré yo. Mi coche está detrás del tuyo.

—Ya lo veo. —Él se subió al asiento del copiloto del lujoso Range Rover, un vestigio de su matrimonio con alguien que ganaba una cantidad obscena de dinero.

Supuso que el vehículo estaba pagado y que ella no tendría que hacer frente a unas cuotas monstruosas, si es que se lo quedaba, pero no era el momento de preguntar.

Estaba disgustada. Él lo veía, aunque su madre no se había dado cuenta—.

Supongo que has sabido algo de Cliff. ¿Es eso lo que te preocupa? ¿Ha visto las fotos?

—Sí.

—¡Vaya! Apuesto a que no le ha hecho ninguna gracia.

—Así es. —Ella salió marcha atrás del camino de entrada—. Me pidió que mantuviera un perfil bajo y no lo avergonzara más.

—¿Y cómo lo estás avergonzando? —Julian bajó el volumen de la música que se había encendido con el motor.

—Supongo que siendo vista con otro hombre en público. —Charlotte esperó a que no pasaran coches para salir a la calle.

—¿Igual que él mantiene un perfil bajo y no te avergüenza con esa modelo fea?

—¡Fea! —Ella lo miró boquiabierta hasta que se dio cuenta de que estaba bromeando—. Sí, exactamente —añadió, calmándose.

—¿Y le prometiste que lo harías? —Julian frunció el ceño. Esperaba que ella no hubiera dejado que Cliff se saliera con la suya.

—No. Le dije que odiaba su nuevo tatuaje y me fui.

—Vaya. ¿Eso hiciste? —Ella parecía tan orgullosa de sí misma que él no pudo evitar sonreír—. ¿Le dijiste que odiabas su tatuaje? ¡Qué cruel! Eso debió de destrozarlo.

—Es sensible, Jules. —Charlotte le lanzó una mirada asesina. Esa vez, supo enseguida que él la estaba provocando—. Le molestó de verdad.

—¿En serio odias su tatuaje?

—Por supuesto —respondió ella con una mueca para mostrar cuánto lo odiaba—. Se tatuó a Predator, el personaje de la película de Arnold Schwarzenegger, ¿de hace cuántos años ya?, en el hombro, con unos colores muy raros. —Se tocó el deltoides derecho—. Es realmente ridículo.

—Puede que la película sea antigua, pero sigue siendo genial. —Julian sabía que ella pensaba que él estaría de acuerdo con ella, por lo que decidió burlarse un poco.

—Quizás lo sea, pero ¿por qué alguien se tatuaría algo tan hortera en el cuerpo? —Ella entrecerró los ojos—. ¿Te imaginas ver eso en el espejo cuando tengas setenta y cinco años?

—Tienes razón. Es hortera. A mí tampoco me gusta —añadió él en tono adulador, riéndose cuando ella le dio un manotazo como había hecho su madre antes.

—¡Deja de chincharme! —exclamó Charlotte.

A Julian le gustaba hacerlo. Pasar tiempo con ella le ayudaba. Preocuparse por sus problemas le distraía de los suyos.

—Hablando en serio, me encanta que te defiendas, aunque sea de manera pequeñita.

—No fue de manera pequeña —insistió ella—. Estaba muy enfadado.

—Bien. —Julian se rio aún más fuerte—. Me alegra oírlo.

—Me preguntó si quería intentar solucionarlo, Jules. —Ella lo miró con expresión pensativa.

—¿Y tú le dijiste…?

—No.

—Porque tú nunca serías tan ingenua, ¿verdad?

A Charlotte se le llenaron los ojos de lágrimas cuando se detuvo en Barista Ted's Coffee and Confections.

—Eso es —murmuró, pero apenas se le oyó.

—No percibo mucha convicción —insistió él.

—Lo estoy intentando —respondió ella—. De verdad.

—Lo sé. —Julian suspiró.

Una vez dentro, cada uno pidió un expreso antes de sentarse entre el puñado de personas que habían acudido a trabajar con sus portátiles.

—¿Necesitas que te acompañe a recoger el resto de tus cosas a casa de Cliff? —preguntó él—. Aún es temprano. Podríamos alquilar una furgoneta para la mudanza ahora mismo.

—No necesitaré una furgoneta de mudanzas —contestó Charlotte—. Estoy casi segura de que cabrá todo en mi todoterreno.

—¿En serio? ¿Con el dinero que has ganado en los últimos años? Pensaba que necesitarías una flota de furgonetas de mudanzas.

El camarero anunció su pedido y ella se levantó para recogerlo.

—Solo me llevo mi ropa y algunas cosas personales —le explicó cuando se volvió a sentar—. Todos los muebles se quedarán en la casa.

—Supongo que eso simplifica las cosas. Aun así, yo digo que vayamos allí, agarremos lo que es tuyo y acabemos con esto.

—¡No! —Ella lo miró horrorizada, como si acabara de sugerir que volaran el lugar por los aires—. No estoy preparada para volver a enfrentarme a él. Además, no quiero meterte en una pelea. Cliff es muy territorial.

—¡Él es quien te dejó marchar! Además, no le tengo miedo. Sería horrible para ti tener que ir allí y hacer las maletas tú sola.

—Todo esto es horrible…

—¿Has sabido algo de tus suegros? —Julian dio un sorbo a su expreso.

—No, y no creo que lo haga. Serán leales a Cliff, ya que es él quien paga sus facturas. Su madre lo crio sola, tuvo una vida difícil. Puedo entender por qué no quería que ella siguiera trabajando como camarera de motel. Pero su padre y sus hermanas también le están pidiendo dinero todo el tiempo.

—Eso me volvería loco.

—Desde luego era molesto —admitió Charlotte—. Pero era su dinero. Y cuando te casas con alguien, también te casas con su familia.

—Algún día se arrepentirá de haberte perdido. —Julian se recostó cómodamente en su asiento y cruzó las piernas por los tobillos—. Cuando vayas a recoger tus cosas, avísame. Me gustaría ver la casa.

—Es preciosa.

—¿No es hortera? —preguntó él con una sonrisa burlona.

—Tal vez lo habría sido sin mí… y sin Sloane. Pasamos semanas decorando ese lugar.

—Hablando del rey de Roma. —El teléfono de Julian vibró.

—¿Qué quieres decir? —Charlotte se recostó en la silla—. ¿Es Sloane?

—¿Has hablado con ella últimamente? —Él asintió mientras enviaba la llamada al buzón de voz. No quería contestarla en la cafetería.

—No. Quería ponerme en contacto con ella, pero me da miedo que esté enfadada conmigo. La última vez que hablamos tuvimos una discusión sobre Cliff.

—Ya conoces a Sloane. Es apasionada y se altera con facilidad, pero perdona y olvida rápido —contestó Julian mientras le enviaba un mensaje a su hermana para decirle que estaba con Charlotte y que la llamaría en unos minutos.

—¿Era ese mi nombre? —Charlotte se movió en su asiento—. ¿Le has dicho que estabas conmigo?

—Sí. —Sloane ya debía de saber que había vuelto a ponerse en contacto con Charlotte, pero Julian había estado evitando a su hermana.

Su madre le había estado insistiendo para que le contara su diagnóstico, pero cuanta más gente lo supiera, más real se volvería, y no estaba preparado para cargar con la tristeza de su melliza, además de con la suya propia.

—¿Y? —preguntó ella.

Él giró el teléfono para que ella pudiera leer la respuesta de Sloane.

Más le vale a ese capullo de Cliff que nunca le encuentre .

—Yo diría que ella sigue estando de tu parte —observó él con ironía.

—No merezco su apoyo. Ni el tuyo. —Charlotte se emocionó—. Decepcioné a mis amigos y familiares tratando de complacer a mi marido.

—Ya te sientes bastante mal. No nos preocupemos por eso. —Julian se levantó. Había una mujer de mediana edad mirándolos desde un rincón—. Agarra tu taza y salgamos de aquí.

La otra clienta también se levantó y se apresuró a acercarse, alcanzándolos justo antes de que salieran por la puerta.

—¿No eres Charlotte Jackson, la esposa de Clifford Jackson? —preguntó—. Soy una gran admiradora, ¡me encantó tu libro! ¿Puedo hacerme una foto contigo?

Charlotte parecía querer desaparecer, pero Julian complació a la mujer y se hicieron un selfi los tres.

—¡Muchas gracias! —exclamó la mujer, emocionada.

—No hay de qué —respondió él—. Asegúrate de publicarla y etiquetar a Cliff. —Quería dejar claro que Charlotte no iba a poner su vida en pausa solo porque Cliff no quisiera que la vieran con otro hombre.

La mujer pareció un poco sorprendida por la petición, pero rápidamente accedió.

—¡Lo haré!

—¿Estás intentando meterme en problemas? —susurró Charlotte mientras salían a la calle y cruzaban el aparcamiento.

—Estoy intentando sacarte de los problemas —respondió él, rodeándola con un brazo.