Nos vemos en Italia Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Charlotte estaba levantándose cuando su ordenador emitió un pitido, indicando que había recibido un mensaje de texto. Había dejado el teléfono en su habitación, pero como estaba sincronizado con su portátil, podía recibir mensajes en cualquiera de los dos dispositivos.

Con la esperanza de que fuera Julian, le iría bien un poco más de su resistencia y fuerza, se dejó caer en la silla. Pero no era Julian, era Cliff.

Hola, espero que estés bien. Tienes un montón de correo amontonándose aquí. ¿Piensas venir a recogerlo algún día?

¿Por qué no lo empaquetaba y se lo enviaba? ¿No tenía la dirección de sus padres?

La había tenido en algún momento. Quizás la había borrado. En realidad, nunca había significado nada para él.

Estuvo a punto de decirle que le enviara el correo, pero él no había mencionado la ropa que también había dejado allí, ni le había preguntado cuándo pensaba recoger el resto de sus pertenencias.

Eso le dio suficiente esperanza como para no negarse la oportunidad de mantener otra conversación con él.

Aunque nunca volvieran a estar juntos, tal vez podrían cerrar el capítulo, lo que haría más fáciles los meses siguientes.

Parte de su sufrimiento provenía del hecho de que él no le había explicado por qué la estaba abandonando, por qué había cambiado de opinión respecto a ellos.

Sin duda, era lo mínimo que podía hacer.

Me encantaría ir a recogerlo. También te dejaré una nota con mi actual dirección. ¿Cuándo quieres que me pase?

Si él le contestaba que lo había dejado fuera, o que ella sabía el código de la casa y podía entrar mientras él no estuviera, ella le diría que lo enviara por correo. Pero él no lo hizo.

¿Qué tal te viene hoy? ¿Estás ocupada?

Debería estar escribiendo, podría haber usado esa excusa. Pero no lo hizo.

Hoy está bien. Estaré allí en una hora.

Él le envió un emoticono con el pulgar hacia arriba y ella cerró el ordenador portátil.

—¿Qué pasa? —preguntó su madre.

—Cliff quiere que vaya a recoger mi correo.

—¿Vas a ir allí? —Penny la miró con los ojos muy abiertos. No parecía muy entusiasmada con la idea.

—Solo a recoger mi correo —repitió Charlotte, aunque lo que realmente buscaba eran respuestas.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, me temo que eso dificultaría nuestra conversación.

—¿Y qué hay de buscar apartamentos?

—Lo haremos después de comer con papá.

—De acuerdo —aceptó su madre, terminando de limpiar las encimeras.

Charlotte pensó en Julian mientras se maquillaba.

Dudaba que él pensara que fuera una buena idea ir a casa de Cliff.

Pero la casa de Cliff seguía pareciéndole su casa, su hogar.

Y una pequeña parte de ella no podía evitar desear que, cuando llegara allí, todo lo que había pasado durante los últimos nueve días se disolviera simplemente en el pasado.

Sin embargo, aunque así fuera, aunque él quisiera que volviera, ¿podría su corazón olvidar lo despiadado que había sido cuando le había dicho que quería romper su matrimonio? ¿O esa foto de él con Marija Vidmar?

Después de llamar al timbre, Charlotte apretó las manos con fuerza.

Había utilizado su tarjeta magnética para abrir la verja y entrar en la finca.

Por suerte, Cliff no había cambiado eso, probablemente ni siquiera se le había ocurrido.

Pero ella estaba tan distanciada de él que ya no se sentía cómoda entrando en la casa sin más, aunque llamar al timbre de la casa que había compartido con él durante más de tres años también le resultaba extraño.

Mientras esperaba a que él respondiera, se lo imaginó recostado en el sofá, con el mando a distancia en una mano, viendo el canal de golf. Cuando ella vivía allí, siempre era ella la que abría la puerta. A él no le importaba lo suficiente como para interrumpir lo que estuviera haciendo.

Golpeó la puerta con los nudillos por si acaso él no había oído el timbre y, por fin, Cliff la abrió con aspecto de recién levantado de la cama.

Llevaba unos pantalones cortos de baloncesto, sin camiseta ni calzado.

Había estado holgazaneando, probablemente viendo la televisión, como ella había imaginado.

Se lo habían pasado muy bien juntos en días como ese: saliendo a tomar café y un dónut o un bagel , haciendo barbacoas en su jardín, entreteniendo a la familia o amigos de él.

Verlo tan relajado y accesible de nuevo le hizo sentir nostalgia. Pero no se acercó para darle el abrazo que tanto deseaba.

—Parece que tienes un nuevo tatuaje. —Ella señaló su hombro derecho. Conocía cada centímetro de su cuerpo, lo habría notado de todas formas, pero el plástico que lo protegía de infecciones hacía que fuera más evidente—. Al final te has decidido por un alienígena, ¿eh?

Intentó que su voz no sonara crítica. Él llevaba tiempo hablando de hacerse un tatuaje de Predator, de la antigua película de Arnold Schwarzenegger del mismo nombre, pero ella siempre había conseguido disuadirlo con la pregunta: «¿Estás seguro de que quieres eso en tu cuerpo para el resto de tu vida?

». Sin embargo, desde que era libre, parecía que había decidido ignorar su consejo.

—Sí. Y me gusta —contestó él a la defensiva.

—Eso está bien —asintió ella.

—¿Estás intentando hacerme sentir mal? —Cliff entrecerró los ojos.

—¡No! —Charlotte parpadeó de manera inocente.

Simplemente le parecía ridículo, tal y como lo había imaginado cuando él empezó a hablar de ello, y le costaba mucho fingir lo contrario.

No dejaba de verlo a través de los ojos de Julian, sabía lo mucho que él se reiría y sentía cómo su propia boca empezaba a curvarse.

Le parecía estar oyendo a su amigo: «¿De verdad quieres estar con un tipo que tiene un tatuaje de Predator? ».

—Entonces, ¿por qué parece que te vas a partir de risa? —preguntó Cliff.

Porque se estaba partiendo de risa.

—No sé a qué te refieres. —Ella se tapó la boca para intentar contenerse y habló entre los dedos—.

Solo estoy… sonriendo. —Y justo en medio de la frase se echó a reír.

En el peor momento. No era lo más inteligente que podía haber hecho cuando esperaba tener una conversación sincera con el hombre que amaba.

Pero cuanto más intentaba contenerse, más gracioso le parecía el tatuaje.

Él la miró atónito. No mucha gente se reía de él, al menos no a la cara, y que fuera ella, su esposa, quien siempre había hecho todo lo posible por proteger su ego, debía de ser un shock para él.

—Se acabó. Ni siquiera te voy a dar tu correo —le espetó mientras le cerraba la puerta en las narices.

El golpe la sobresaltó lo suficiente como para sacarla de su ensimismamiento. Seria, se secó los ojos. ¿Qué le pasaba? Nunca lo recuperaría burlándose de él.

Pero ¿realmente quería recuperarlo? ¿No era ya demasiado tarde, de todos modos?

No podía responder a esa pregunta. Sus emociones estaban a flor de piel.

Se dio la vuelta para marcharse, pero entonces recordó su expresión de desconcierto al ver que no le gustaba el tatuaje y se armó de valor para abrir la puerta. Podría haber sido más amable…

—¿Cliff? —Charlotte asomó la cabeza por la entrada. Afortunadamente, no había cerrado con llave. Aunque aún tenía la suya, le habría resultado más difícil llegar a ese extremo.

Él estaba a unos tres metros de distancia, con expresión hosca y una cerveza en la mano. Ella pensó que tal vez le diría que se fuera, pero no lo hizo. Parecía no molestarle la intrusión, así que entró y cerró la puerta.

—Lo siento.

—No parece que lo sientas —contestó Cliff.

Ella entendía por qué. Solo hablar de ello la tentaba a empezar a reírse de nuevo. ¿Qué le pasaba?

Bajó la mirada, esperando que eso la ayudara a mantener el control.

—¿Puedo… puedo entrar a recoger mi correo?

Él entró en la cocina y volvió con una bolsa llena de lo que parecía ser, principalmente, publicidad.