Capítulo 2 #2
—Mejor de lo que esperaba. Es fuerte. Tiene un camino difícil por delante, pero estará a la altura de las circunstancias.
—Debió de sorprenderse al verte. Ha pasado mucho tiempo.
—Desde el verano en que nos graduamos en el instituto.
Habían aprovechado al máximo esos últimos días soleados tumbándose en la piscina de Charlotte, jugando al voleibol en la playa, navegando en el velero de su amigo Trevor, cuyos padres eran aún más ricos que los de Charlotte, y de fiesta con otro amigo cuyos padres siempre estaban fuera de la ciudad.
Así que volver a Los Ángeles le había despertado recuerdos que le hicieron desear volver a contactar con ella.
— Ni siquiera Sloane ha hablado con Charlotte desde hace tiempo —continuó su madre.
—Ha pasado más de un año.
—¿Por qué crees? Sloane y Charlotte siempre fueron muy cercanas.
—Sloane dice que Cliff la excluyó. Afirma que él solo aceptaba a su propia familia y amigos. Para llevarse bien con él, Charlotte tuvo que formar parte de su mundo y dejar atrás el suyo.
—Sería fácil resentirse por eso.
—Pero ella se esforzaba tanto para que su matrimonio funcionara que me dio la impresión de que ni siquiera se planteaba el coste —asintió Julian.
—¿Por eso sus padres se han mostrado tan reticentes con su yerno? —Ella se ajustó la pequeña manta que tenía sobre el regazo.
— No sabía que se hubieran mostrado reticentes.
—Nos los encontramos en un acto benéfico, una recaudación de fondos para bomberos, el verano pasado.
Todos estaban emocionados por la noticia de que una estrella de la NBA hubiera entrado en su familia, pero ellos no dijeron mucho, no parecían muy felices de tener una relación tan estrecha con él, lo que me sorprendió.
—Probablemente les entristecía ver que su única hija se casaba con alguien que no los aceptaba en su vida.
—Tiene sentido. Penny parecía un poco triste, la verdad.
Julian pensó en las fotos que su amigo había tomado esa noche.
Estaba deseando que se difundieran por Internet para demostrarle a Cliff que Charlotte estaría perfectamente sin él.
El amigo fotógrafo recibiría una compensación, ya que podría venderlas a buen precio, así que todos saldrían ganando, excepto Cliff, que se merecía una dosis de su propia medicina.
—Ahora que él ha pasado página, Charlotte y sus padres están mejor.
—Es duro que te abandonen.
—Con el tiempo lo superará.
Él echó a andar hacia el pasillo, pero su madre volvió a hablar:
—¿Se lo has dicho?
Sabía a qué se refería su madre. La gravedad en su voz dejaba claro lo que quería decir.
—No.
— ¿Por qué no? —preguntó ella, girándose para mirarlo.
—Porque no quiero que nadie lo sepa, excepto papá, tú y yo.
—Dijiste que hablarías con Sloane.
—Lo haré, cuando sea el momento adecuado.
—¿Cuándo?
Julian no sabría decirlo. Sentía que algo le pasaba a su hermana. Hasta que no tuviera la oportunidad de pasar tiempo con ella y averiguar qué era, no iba a descargar sus problemas sobre ella. Sería diferente si hubiera algo que Sloane pudiera hacer para ayudar, pero no lo había.
—Cuando esté listo.
—Tus amigos y tu familia deberían tener la oportunidad de quererte y apoyarte durante los próximos meses, igual que tú estás intentando apoyar a Charlotte.
—Mi situación es diferente —señaló él.
— ¿En qué? Ella se enfrenta a un reto. Tú te enfrentas a un reto.
—El mío no se puede superar. —Frunció el ceño y continuó hacia su habitación.
Sloane estaba sentada al volante de su coche en un semáforo, con la mirada perdida, preocupada por su matrimonio y por el rumbo que estaba tomando, que no era nada bueno. Ben era un hombre maravilloso y un gran esposo, pero si ella no se decidía a tener hijos pronto, ¿qué futuro les esperaba?
El coche de detrás tocó el claxon. No se había dado cuenta de que el semáforo se había puesto en verde.
Miró por el espejo retrovisor para ver al conductor enfadado detrás de ella y aceleró su Subaru.
Ojalá Ben y ella pudieran llegar a un acuerdo, pero o tenían hijos o no los tenían.
Y el tira y afloja sobre ese tema estaba poniendo tanta tensión en su relación que estaban acabando con lo que tenían.
Seguían volviendo a casa del trabajo, preparaban la cena juntos y actuaban como si todo estuviera bien.
Pero luego ella se sentaba, tensa, mientras tomaban una copa antes de acostarse, y él hablaba de sus dos sobrinas y su sobrino y de lo mucho que deseaba ser padre.
Él la había estado presionando para que se quedara embarazada, o al menos para que empezaran a intentarlo, pero ella aún no había ido al médico para que le quitaran el DIU.
Le decía que el médico no tenía hueco y que la cita más temprana que podía conseguir era para dentro de varios meses.
Pero ni siquiera había hablado con nadie en la consulta del médico.
Cada vez que descolgaba el teléfono, le entraba un ataque de pánico y colgaba durante la grabación «Pulse 1 para inglés», que se escuchaba nada más conectarse la llamada.
Le gustaba su vida tal y como era, no quería que cambiara.
Ni siquiera ver a las sobrinas de su marido y a su nuevo sobrino recién nacido le provocaba la respuesta que creía que debería provocarle: un deseo ardiente de ser madre.
Estaba emocionada por Caitlyn, la hermana de Ben.
Pensaba que los hijos de Caitlyn eran adorables.
Incluso se ofrecía a cuidar de ellos cuando Caitlyn necesitaba ayuda.
Pero con eso ya era suficiente. Cuando imaginaba la vida de Caitlyn y John, cuando veía de primera mano el enorme compromiso que suponía formar una familia, un compromiso de por vida, y cómo eso lo cambiaba todo, sentía una auténtica claustrofobia.
¿Lo peor de todo? Cuando conoció a Ben, pensaba que quería tener hijos.
No era justo que hubiera cambiado de opinión.
Pero ¿cómo podía obligarse a hacer algo tan trascendental si ya no era lo que quería?
Prefería centrarse en su carrera y no asumir esa responsabilidad adicional, ni siquiera imaginaba cómo compaginar ser una buena madre con ser una buena decoradora y empresaria.
Aparcó detrás de la pequeña boutique del centro de la ciudad que compartía con su amigo de la universidad, Rory Gaiten.
A pesar de saber lo difícil que sería crear su propia empresa de diseño de interiores, Rory y ella habían seguido adelante con su sueño y lo estaban haciendo realidad.
La empresa aún estaba en pañales, y se sentían aliviados cada vez que cubrían los gastos generales a mediados de mes, pero con el tiempo iban consiguiendo más clientes, por lo que Sloane esperaba que pronto estuvieran en una situación más segura.
Recientemente habían aparecido en una revista local que los elogiaba por ser «frescos, innovadores y extremadamente talentosos», por lo que ese mes estaba resultando especialmente bueno.
—¡Por fin! —exclamó Rory.
—¿Llego tarde? —Sloane consultó el reloj extragrande que llevaba puesto. Había pertenecido a su abuelo antes de que falleciera.
Delgado y bien afeitado, con una camisa blanca ajustada, pantalones grises a medida y mocasines italianos, Rory despejó su escritorio, que nunca estaba muy desordenado, guardando un papel en el cajón y colocando su taza de café en el centro del posavasos.
—Más tarde de lo habitual.
—Había mucho tráfico —dijo ella, dejando las llaves sobre su escritorio, que estaba frente al de él, en la parte trasera de la tienda—. Y la cola en Starbucks llegaba hasta la puerta. —Dejó su taza para llevar y dio la vuelta para sentarse—. ¿Han llegado los cuadros para la casa de los Jones?
—Todavía no —respondió Rory sacudiendo la cabeza.
—¡Maldita sea! Tiene invitados por su aniversario el próximo fin de semana y quiere que terminemos, lo cual es comprensible.
—Le enviaré otro correo electrónico al artista —dijo él mientras comenzaba a escribir.
—Gracias.
—¿Estás bien? —Rory levantó la vista del ordenador mientras ella guardaba su bolso en el cajón.
—Por supuesto. ¿Por qué?
—No sé. Pareces… tensa.
—Es que ha sido una mañana muy ajetreada. —Su vida personal estaba empezando a afectar a su vida profesional. Tenía que encontrar una solución. Cuanto antes, mejor.
—Salvo que pareces estar peor cada día —observó él.
—No es nada. —Tendría que ocultar aún más lo que sentía por la desintegración de su matrimonio, mejorar su actuación… Algo.
—¿No me lo vas a contar? —Rory la miró con el ceño fruncido.
Sloane se colocó el cabello oscuro detrás de la oreja, esbozó una sonrisa aún más forzada y esperó que resultara convincente. Era lo único que podía hacer cuando se sentía atrapada entre dos opciones, ninguna de las cuales le gustaba.
—No hay nada que contar —aseguró con la mayor alegría posible.