Nos vemos en Italia Capítulo 2
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Capítulo 2

—Recuérdame otra vez cómo va a funcionar esto.

Charlotte miró a su alrededor. No era tan famosa como para que todo el mundo la reconociera al pasar, sobre todo sin su marido al lado, pero había muchos aficionados de los Lakers en la zona que sabrían quién era. Era inevitable que alguien la reconociera.

Julian le apretó la mano con más fuerza para tranquilizarla.

La había llevado a Westwood, uno de los barrios más populares de Los Ángeles.

Era un lugar divertido para pasar el rato, con tiendas y restaurantes de moda, cines, el museo Hammer y la UCLA, y solía haber mucha gente por las calles, sobre todo en una cálida noche de primavera como aquella.

—Le envié un mensaje a mi amigo, le dije dónde estaríamos. Tomará algunas fotos y las enviará por correo electrónico a varias páginas web.

—¿Cómo estoy? —Ella se alisó el vestido con la mano libre—. ¿Estoy bien?

Había decidido que no podía salir sin lavarse el pelo, así que terminó duchándose, mientras él charlaba con su madre y ella se maquillaba.

—Mucho mejor —aseguró él—. Relájate.

Charlotte se subió las gafas de sol. No había podido hacer nada, ni siquiera con maquillaje, para ocultar sus ojos hinchados, así que había tenido que taparlos.

—¿Adónde vamos?

—A un pequeño bistró francés.

Julian echó un vistazo a su alrededor. Tras arrastrarla entre los lobos, parecía decidido a asegurarse de que no la devoraran, y su actitud protectora ayudaba.

—¿La comida es buena allí? Porque de repente me ha entrado hambre.

—No me extraña. Tu madre dijo que no has comido en una semana.

—Sí he comido —protestó ella, pero cuando él cuestionó esa afirmación con una mirada penetrante, rompió el contacto visual—. Aunque… no mucho —admitió.

Al llegar al restaurante, un hombre salió de las sombras y empezó a hacerles fotos.

Julian fingió indignación por la invasión de su privacidad y le gritó que se fuera, todo ello mientras se aseguraba de inclinarse hacia un lado para que el objetivo pudiera captar bien el rostro de Charlotte y la hiciera reconocible.

El revuelo hizo que algunos se dieran la vuelta; enseguida, varios comenzaron a murmurar y a sacar sus teléfonos para tomar fotos.

—Estás seguro de que esto es una buena idea, ¿verdad?

Charlotte esbozó una sonrisa forzada mientras se aferraba a Julian. Por un segundo, temió que eso hiciera que Cliff nunca la volviera a aceptar. Sabía que probablemente no debería desearlo, no después de lo que él había hecho, pero lo deseaba.

—Lo tienes controlado —respondió él.

—¡Charlotte! ¡Charlotte Jackson! ¡Por aquí! ¿Es ese tu nuevo novio? —gritó alguien en la calle.

—¡Solo un amigo con el que fui al instituto! —Charlotte se esforzó por ampliar su sonrisa mientras se daba la vuelta.

—Perfecto. Lo estás haciendo muy bien —susurró Julian mientras la llevaba dentro.

Mientras esperaban a la camarera, la puerta se abrió detrás de ellos y un grupo de adolescentes que habían visto el alboroto en la calle asomaron la cabeza.

— ¿Crees que es ella?

—No, tío. No es tan alta.

—Es que estás acostumbrado a verla con Clifford Jackson, que mide como dos metros.

—He oído a alguien llamarla por su nombre.

Uno de ellos intentó hacerle una foto, y lo habría conseguido si el gerente no los hubiera echado.

—Esto no va a ser tan malo como me temía —le admitió ella a Julian después de que la camarera los sentara. Probablemente no se habría atrevido a salir sola, pero con él se sentía segura.

—A partir de ahora será aún más fácil —contestó él—. Solo tienes que dar un pasito adelante cada día.

—Todo tiene muy buena pinta — observó Charlotte mientras echaba un vistazo al menú.

Ella eligió la sopa de cebolla francesa y la ensalada con pistachos. Él eligió el salmón con lentejas y alcaparras.

—Mira, este sitio también es una escuela de cocina. —Charlotte señaló la parte posterior del menú.

—No me había dado cuenta. —Él se inclinó para leer la información.

—Ofrecen clases: «El arte de hacer pasta»; «Noche de cita»; «Primavera en París». Sería divertido apuntarse a alguna.

—Quizás deberías hacerlo.

—Tengo que terminar mi libro antes de hacer nada más. —Ella frunció el ceño.

—Tu madre mencionó que tenías una fecha límite. — Julian extendió la servilleta sobre su regazo—. ¿Cómo va tu segundo libro?

—Genial —mintió ella.

Él la miró con escepticismo, pero ella asintió con la cabeza, tratando de convencerlo.

—Tu primer libro era bueno.

—¿Lo leíste? —preguntó Charlotte, con el vaso de agua a medio camino de su boca.

—Sí. Lo descargué poco después de que Sloane me dijera que lo habían publicado.

—¡Qué detalle! —Ni siquiera su propio marido lo había leído. Cliff se había mostrado orgulloso de ella, pero no era muy aficionado a la lectura.

— Sabía lo mucho que significaba para ti ver tu nombre en la portada —añadió Julian.

—Lástima que no usara mi apellido de soltera.

—Puedes cambiarlo para el próximo.

—No creas. No sin perjudicar las ventas. El nombre de un autor es más que un nombre. Es una marca. Si vuelvo a Williams, los lectores a los que les gustó mi primer libro podrían ni darse cuenta de que he escrito otro.

—Entonces te quedarás con Jackson. —Se encogió de hombros—. No pasa nada. De todos modos, me gustó la historia. Te irá bien.

—¿Sueles leer novelas románticas? —preguntó ella con una sonrisa tras beber un sorbo de agua.

— De momento, solo las tuyas —le guiñó un ojo—, pero quizá lea más en el futuro.

Cuando la camarera llegó para tomarles nota, acordaron pedir una botella de vino blanco.

—Entonces…, ¿vas a seguir viviendo con tus padres?

—Por ahora, supongo.

—¿Porque esperas que Clifford te vuelva a aceptar? —preguntó arqueando una ceja.

—Sí. —Le dirigió una mirada lastimera antes de rectificar su respuesta—. No.

— Sería un error volver con él, Char.

—Lo sé. Pero cuando amas a alguien…

—Te volvería a abandonar, y para entonces quizá ya tendríais hijos, y eso lo haría mucho más difícil.

Ella sabía que tenía razón.

—¿Has visto esa foto suya con Marija Vidmar en Internet?

—No lo sigo.

—Entonces, ¿cómo sabías que nos separamos?

—Mis padres dijeron algo. Papá es un fanático de los Lakers. Yo prefiero el baloncesto universitario. ¿Quién es Marija Vidmar?

—Solo una modelo —contestó ella—. Y la mujer más hermosa del mundo.

— De todo el mundo, ¿eh? —Sonrió Julian—. Eso es mucha hermosura.

—¿Ves? —Charlotte buscó la foto en su teléfono y se la enseñó.

—No está mal —admitió él—. Pero Sloane me dijo que Clifford te vio entre la multitud en uno de sus partidos y envió a alguien a pedirte tu número.

—Así es.

—Entonces, algo debió de llamarle la atención, y no pudo haber sido tu brillante personalidad.

— Julian agitó una mano en el aire—. De todos modos, ¿a quién le importa?

Que se quede con él. Tú tienes un libro que escribir.

Eso es en lo que debes concentrarte: en las oportunidades que tienes por delante.

—No creo que pueda escribirlo, Jules. Si tan solo tuviera la confianza necesaria para aprovechar al máximo esas oportunidades… Voy a echar a perder lo único que realmente he querido hacer en mi vida.

—No, no es cierto —aseguró él muy resuelto—. Puedes hacerlo. Tu primer libro lo demuestra.

—Mi primer libro solo demuestra que tener muchos seguidores en las redes sociales puede impulsar la carrera de un escritor, y yo lo conseguí saliendo con Cliff y luego casándome con él.

—El libro era bueno —insistió él.

Ella quería creerle, pero la duda era demasiado paralizante.

—¿Y tú qué? — Charlotte bebió otro sorbo de agua—. ¿Sigues teniendo una galería de arte en Moab?

—No es una galería auténtica, solo expongo mi trabajo. Me permite tener una salida directa en un lugar que recibe muchos turistas, gracias a los parques nacionales de la zona.

—¿Quién está en la tienda cuando tú estás fuera haciendo fotos?

—Tengo una empleada. No puede estar allí todo el tiempo, así que adapta el horario al suyo. Así se hace en muchos sitios por allí. Y también vendemos por Internet.

—He visto algunos de tus trabajos —asintió ella—. Tienes un talento increíble.

—Me encanta lo que hago, sobre todo porque me da la oportunidad de viajar.

—Has estado en todo el mundo.

— He visto muchos sitios, pero todavía hay destinos en mi lista.

—¿Como…?

—El Parque Nacional Lençóis Maranhenses, por ejemplo.

—Nunca lo había oído.

—Está en Brasil. En realidad, hay demasiados lugares para nombrarlos todos. El mundo es muy grande.

Era un lugar enorme, con mucho por descubrir, y sin embargo ella había vivido su vida como el satélite de otra persona. ¿Había sido realmente feliz?

Se había sentido agradecida y afortunada, porque muchas mujeres desearían estar en su lugar. Pero a Cliff nunca parecieron importarle mucho sus metas y sueños. Los suyos eran mucho más importantes. Siempre estaban en primer lugar.

—¿En qué piensas? —preguntó Julian.

La camarera apareció con la comida. Charlotte se recostó en la silla y esperó a que la mujer dejara los platos sobre la mesa antes de responder.

—Estoy pensando que tengo que dejar de compadecerme de mí misma y empezar a escribir mi próximo libro.

Él pareció alegrarse al oírlo, pero luego la sonrisa se borró de su rostro.

—Espera un momento… ¿Has dicho que vas a empezar a escribir tu próximo libro? ¿Para cuándo lo tienes que entregar?

— Dentro de tres meses —contestó dirigiéndole una mirada tímida.

—¿Alguien puede escribir un libro en tan poco tiempo? —dijo él, recostándose en su asiento.

—Es posible —respondió ella—, pero no será fácil, especialmente para una novata como yo.

Cuando llegó a casa, Julian encontró a su madre sentada en el sofá, en bata, viendo la televisión.

—¿Dónde está papá? —preguntó.

—Se ha ido a la cama.

— Apenas son las diez. ¿Se encuentra bien?

—Creo que sí. Se ha levantado temprano. Y últimamente suele acostarse antes que yo.

—No me estarías esperando despierta… —insinuó Julian. Ella se había mostrado tan interesada cuando él le dijo que iba a visitar a Charlotte, que casi se lo esperaba.

—Quizás sí —admitió ella con una sonrisa—. Tenía curiosidad. ¿Cómo te fue con Charlotte?