Capítulo 1 #3
Era mejor que permitir que otros fueran testigos de la profundidad de su devastación.
Seguro que eso era lo que Julian había ido a ver, lo que todos en Internet estaban especulando.
Millones de desconocidos hablaban de ella online , probablemente deseando verla.
Si alguien tomaba una foto y la subía a Internet, solo podía imaginar la cantidad de visitas que tendría…
—Comeré más tarde. —El mundo ya no era un lugar seguro.
—Llevas días dándome largas. — Su madre señaló la cama deshecha—. No puedo seguir viéndote así. Si no bajas, le diré que suba.
—¡No! —El pánico se apoderó de Charlotte, que volvió a sentarse de golpe.
—¡Sube, Julian! —gritó su madre sin dudarlo.
—¡Mamá! —A Charlotte le daba vueltas la cabeza.
Penny se estremeció al mirar atrás, pero estaba mucho más decidida de lo que Charlotte esperaba. Cuando Julian llegó, ella simplemente se hizo a un lado para dejarlo pasar antes de salir.
—Tienes buen aspecto —observó él con sarcasmo.
— ¿Eso es lo primero que se te ocurre decirme? —Charlotte resopló, muy consciente de su cabello grasiento, sus ojos hinchados, su nariz roja y su cara manchada.
—Es difícil ignorar lo obvio.
Por desgracia, él tenía un aspecto increíble.
Últimamente, todo parecía estar diseñado para hacerla sentir mal.
Ya no era el flacucho adolescente del instituto, con un acné terrible y aparato en los dientes, sino que tenía una tez clara e impecable, hombros anchos y bíceps bien definidos.
Y el algodón blanco de su camiseta contrastaba muy bien con su bronceado oscuro y sus ojos azul aciano.
Las largas pestañas doradas, que combinaban con las mechas más claras de su cabello, siempre habían sido atractivas, pero en ese momento eran realmente de ensueño.
Ella se dijo que prefería el físico alto y larguirucho de su en breve exmarido.
Siempre le habían gustado los jugadores de baloncesto.
Pero entendía que a algunas mujeres les resultara atractivo el físico más robusto de Julian. Parecía increíblemente fuerte.
—¿No sientes ni un poquito de pena por mí? —preguntó ella.
—Parece que ya te ocupas tú de eso. —Una sonrisa torcida, acompañada de un guiño, suavizó sus palabras, pero ella se ofendió de todos modos.
—Mi marido acaba de… Mi marido me ha dejado sin previo aviso y no ha vuelto a mirar atrás, Jules.
—Charlotte recurrió automáticamente al apodo que siempre habían utilizado sus amigos más cercanos y su familia—.
Era el hombre con el que esperaba formar una familia, el hombre con el que esperaba envejecer.
—También es el hombre que no te merece. —Se encogió de hombros—. Que le vaya bien a Clifford Jackson, eso es lo que yo digo.
—¿Porque es un deportista profesional?
—Porque es un cabrón egoísta.
—¿Cómo lo sabes? —Se tensó, sorprendida.
—Es obvio por cómo juega al baloncesto —dijo abriendo las puertas del armario.
—¿Qué estás haciendo?
Parecía que él rebuscaba en su maleta, que estaba abierta en el suelo. Ella no se había molestado en deshacerla. ¿Para qué? Esperaba que Cliff la invitara a volver a la preciosa mansión de Malibú que solía llamar hogar.
—Buscando algo que te puedas poner —respondió él.
—No voy a bajar a cenar —insistió ella.
—Lo sé. —Se oyó un golpe seco cuando él tiró algunas de sus prendas a un lado—. Vamos a salir.
—¡¿Qué?!
—Ya me has oído. —La voz surgió, una vez más, desde el interior del armario.
—No voy a ir a ningún sitio —protestó Charlotte.
—Parecerá raro que te lleve a cuestas, pero supongo que eso depende de ti —dijo Julian asomando la cabeza.
—¿Estás diciendo que me sacarás de aquí a la fuerza si es necesario? —A Charlotte se le desencajó la mandíbula.
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
—¿Por qué?
—Porque no vamos a dejar que Clifford Jackson salga ganando, por eso.
Ella reflexionó sobre su respuesta y la encontró empoderadora y, por lo tanto, atractiva.
—¿Y cómo pretendes conseguirlo?
—Vamos a dejarnos ver por Los Ángeles, asegurarnos de que nos fotografíen juntos y filtrar esas fotos a todos los medios que puedan estar interesados.
Iba a ser una lista muy larga. Para los medios de comunicación, sería casi como recibir fotos de Hailey Bieber saliendo con otro hombre si alguna vez rompiera con Justin.
—¿Quieres hacerle creer que estamos saliendo juntos? ¿Que ya he pasado página?
—Que piense lo que quiera, siempre y cuando sepa que no estás sentada en tu habitación… —volvió a asomar la cabeza—, llorando por él.
—¿Y las pruebas? —refunfuñó ella—. ¿No crees que mis ojos hinchados y mi cara roja me delatarán?
—Para eso están el maquillaje y las gafas de sol.
Charlotte se mordió el labio inferior mientras recordaba los desagradables comentarios que había leído sobre ella en Internet. No le ayudaría a curar su corazón roto, pero tal vez le haría sentir bien recuperar una parte de su orgullo.
— ¿De verdad crees que podemos venderlo?
—¿Por qué no? Cualquier mujer querría que la vieran conmigo. A fin de cuentas, soy un tipo muy guapo.
—No estás nada mal. —Ella soltó una carcajada, a pesar de todo.
—Probablemente pienses que Clifford es más atractivo, pero seré indulgente porque en este momento estás delirando. —Eligió una camisa y una falda y se las lanzó—. Aquí tienes.
—Eso no combina —le informó Charlotte.
—¿Ahora también cuestionas mi sentido de la moda?
— Yo elijo mi propia ropa, gracias. Ahora, si no te importa, sal de la habitación. —Ella solo llevaba puesta una camiseta y unas bragas, y no podía levantarse de la cama hasta que él se marchara.
—No soy tan estúpido —contestó Julian—. En cuanto me vaya, cerrarás la puerta con llave.
Ella se rio de nuevo, y el sonido le recordó quién era normalmente.
Para eso estaban los amigos, te levantaban cuando caías y te obligaban a seguir adelante.
El problema era que había dejado ir a sus amigos por culpa de Cliff, había dejado que él dictara a quién veían y qué hacían.
Había sentido que tenía que hacerlo para mantenerlo contento. Para lo que le había servido…
—Entonces, date la vuelta.
Él obedeció al instante y ella se arrastró fuera de la cama hasta su maleta.
—Por cierto, ¿dónde está tu esposa? —preguntó mientras buscaba algo que no estuviera demasiado arrugado—. ¿No le importará que me lleves a esta pequeña escapada?
—No tengo esposa.
— Sloane me dijo que estabas prometido.
—Lo estaba.
—¿Qué pasó?
—Mi prometida recobró el sentido común, supongo. —Él se mantuvo de espaldas a ella.
—¿Rompió contigo?
—Volvió con el imbécil de su ex que, por lo visto, la había estado llamando. Así que no me digas que no sé lo mal que te sientes.
—Eso ha debido de doler… —reconoció ella—. Pero, ya que estamos comparando heridas de guerra, yo estaba casada y pensaba que estábamos listos para formar una familia; todo Estados Unidos estaba pendiente de nuestra relación y ahora está presenciando mi caída en desgracia.
—Eres fuerte. Lo superarás.
¿Lo haría? Eso estaba por ver.
—¿Cuánto tiempo hace que te dejó tu prometida? —preguntó ella mientras sacaba unas bragas limpias.
—Hace unos catorce meses, y solo faltaban nueve semanas para la boda. Estábamos a punto de enviar las invitaciones cuando se dio cuenta de que prefería estar con él.
—Qué asco. ¿Y ahora están casados?
—No. No funcionó entre ellos… Otra vez. A mí, por supuesto, no me sorprendió, pero tampoco me interesaba volver con ella.
—¿Lo habías superado?
—Más que superado. Estaba agradecido de que me hubiera dejado, sentía que había esquivado una bala. La distancia me dio una perspectiva que antes no tenía.
Después de casi ahogarse en sentimientos de insuficiencia y permitir que su propia crítica interna la machacara una y otra vez sugiriéndole todo lo que debería haber hecho de manera diferente para que no la hubiera rechazado la persona que más quería, sentía que Julian le estaba lanzando un salvavidas.
Odiaba que la viera en su momento más vulnerable, sobre todo porque era la primera vez que estaban juntos en más de una década.
Pero él no la dejaba rechazar su ayuda, y su enfoque de amor duro, aunque, había que admitirlo, un poco insensible, en realidad la estaba ayudando.
Básicamente, él le decía: «A todo el mundo le pasan cosas malas, supéralo».
Y tenía razón. ¿Qué otra opción tenía ella?
—Tienes suerte —concedió ella.
—Tú también. Solo que aún no lo sabes.
Charlotte estaba lejos de sentir la gratitud que sentía él, pero esperaba que tuviera razón.
—¿Qué haces en la ciudad, por cierto? —preguntó mientras finalmente se decidía por un vestido negro informal de tirantes finos. Siempre se había mantenido en forma gracias al yoga, así que al menos no estaría tan mal si se arreglaba la cara y el pelo.
—Mi madre tuvo que someterse a una histerectomía total y mi padre a una operación de hemorroides —respondió él con naturalidad.
—¡Seguro que a tu padre no le gustará que le cuentes eso a la gente! —Charlotte se tapó la boca.
—Que te sirva de lección. Come más fruta y verdura o sufrirás las consecuencias. De todos modos, el negocio de diseño de Sloane es tan nuevo que no quería que lo dejara.
—Así que tú te hiciste cargo. Un detalle por tu parte.
—Tengo mis momentos.
Ella dejó caer la camiseta al suelo y se puso el vestido negro.
—Ya estoy presentable.
—Estupendo. —Él se volvió—. Ahora solo tienes que lavarte la cara y peinarte.
—Te he echado de menos. —De repente, nuevas lágrimas llenaron los ojos de Charlotte, pero no eran lágrimas por Cliff. Sentía que había encontrado una parte importante de sí misma que había perdido por el camino.
—Sí, bueno, quizá pienses que soy un grano en el culo antes de que esto termine. —La sonrisa de Julian se dulcificó.
Impulsivamente, ella se lanzó a sus brazos, y su ego magullado y su corazón roto se sintieron un poco mejor cuando él la abrazó.
—Vas a estar bien —le susurró él al oído—. Vamos.