Capítulo 1 #2
Pero incluso después de ocupar toda una semana su antigua habitación, cada vez que abría los ojos y observaba su entorno, se sentía extraña, como si hubiera entrado en una cápsula del tiempo.
Sus padres no habían cambiado nada desde que se había graduado en el instituto antes de marcharse de casa.
Sus anuarios estaban apilados en el armario.
El abarrotado corcho sobre su escritorio contenía, entre otras cosas, una foto de ella con Doug Green en el baile de graduación, junto con el ramillete, ya seco, que él le había regalado; varias notas de las amigas más íntimas de aquella época; su admisión en Stanford; y sus antiguas listas de libros, que eran extensas porque sabía que, para convertirse en escritora, necesitaba ser una gran lectora.
Que hubiera podido cumplir su sueño de publicar con una editorial importante y entrar en la lista de los más vendidos del New York Times tan fácilmente y tan pronto en su carrera no era nada habitual.
Pero ella no se había sorprendido demasiado por esa anomalía.
Nada parecía estar fuera de su alcance. Desde que tenía memoria, el mundo se había postrado a sus pies.
Siempre se había sentido querida, valorada, capaz y feliz… Hasta ese momento.
De repente, y sin previo aviso, el mundo se había vuelto completamente hostil.
La prensa se estaba dando un festín con su divorcio.
Clifford Jackson echa a la reina del «romance deportivo» .
La estrella de la NBA abandona a la reina del «romance deportivo» .
La autora de «romances deportivos», incapaz de escribir su propio final feliz .
Clifford Jackson renuncia al romance de cuento de hadas .
Ella no solo tenía el corazón roto, sino que se sentía como un hazmerreír.
No ayudaba el hecho de que los amigos que había hecho después de casarse con Cliff ya no le respondían.
Al parecer, habían decidido que preferían seguir siendo amigos de él.
Ni siquiera sabía si tendría la fortaleza emocional necesaria para terminar el segundo libro de su contrato, por lo que su carrera podría seguir el mismo camino que su matrimonio.
El manuscrito debía estar listo en solo tres meses y, como se sentía tan intimidada por el éxito de su primer libro y tan asustada de no poder superarlo, había empezado cinco historias diferentes, pero las había abandonado todas.
En ese momento, el miedo era mayor que nunca: abrumador, paralizante y sofocante.
El que Cliff fuera responsable de gran parte de las buenas críticas que había recibido cuando se publicó Playing for Keeps le hacía sentir como una impostora, como si no se mereciera lo que había recibido, y su segundo libro revelaría lo inepta que era realmente como escritora.
Se tapó la cabeza con las sábanas para bloquear la luz. Su madre había entrado hacía una hora más o menos y había levantado las persianas. Penny estaba preparando el almuerzo, o la cena, Charlotte no sabía muy bien. Solo sabía que su madre quería que bajara a comer.
Pero ella no tenía ganas de comer. Llevaba en la cama desde que había regresado a su casa y aún no tenía fuerzas para levantarse. Todo lo que había construido desde que había salido de esa habitación hacía once años se había derrumbado, o pronto lo haría.
Oyó a alguien junto a la puerta, pero no bajó las sábanas para ver quién era.
Su padre, gestor de fondos de inversión, no solía llegar a casa hasta las seis, y solo era media tarde, a mitad de semana, así que estaba bastante segura de que no era él.
Tenía que ser su madre, que había sido profesora de tenis en el club local antes de que su salud empezara a deteriorarse.
Cuanto más tiempo permanecía Charlotte en la cama, más sobrevolaba Penny sobre ella.
Le decía cosas alentadoras, se ofrecía a llevarla de compras o a comer.
Incluso había mencionado la posibilidad de buscarle un buen terapeuta.
Su familia era rica, y podían permitirse ese tipo de ayuda.
Pero, en ese momento, incluso esos pequeños pasos le parecían demasiado abrumadores.
—¿No vienes? —preguntó su madre.
—No tengo hambre —respondió ella.
—Eso no puede ser cierto. —La cama se hundió cuando Penny se sentó a su lado y tiró de las sábanas mientras le apartaba el pelo de la cara a Charlotte— . Llevas días sin apenas comer.
—Prefiero dormir.
—¡Es lo único que has estado haciendo! —exclamó Penny.
—Debo de tener sueño atrasado —murmuró Charlotte.
—¿Qué pasa con tu libro, cariño? —La mano fresca y suave de Penny le acarició la cara.
—¿Qué pasa con él? —Solo oír mencionar el libro hizo que el miedo ardiera como ácido en su estómago.
— ¿No tenías que entregarlo pronto? ¿No tienes que escribir?
—Tengo tiempo —mintió ella.
—Estoy muy preocupada por ti. —Su madre la miró con preocupación.
—Estaré bien. —Charlotte esbozó lo más parecido posible a una sonrisa.
—No puedo creer que Clifford te haya hecho esto —respondió Penny—. No has sabido nada de él, ¿verdad?
Los primeros días después de volver a vivir con sus padres, Charlotte había revisado su teléfono religiosamente.
No podía evitar esperar que Cliff cambiara de opinión, que se arrepintiera.
Ella no había hecho nada malo. Había sido una esposa cariñosa y devota.
Seguramente él se daría cuenta de que estaba desperdiciando a alguien importante para él, alguien a quien echaba de menos y necesitaba en su vida.
Pero no… Se estremeció al recordar lo tortuoso que se había vuelto todo a medida que pasaban los días sin recibir ninguna llamada, ni mensajes, de él.
Los Lakers habían conseguido vencer a los Knicks y él había anotado más de treinta puntos.
Charlotte había esperado que le fuera bien, porque eso solía hacer que él estuviera ansioso por celebrarlo con ella. Pero seguía sin llamarla.
Entonces cometió el error de buscar su nombre en Google para ver qué estaba pasando en su vida, o al menos de qué estaba informando al respecto, y se topó con un titular que casi le hizo vomitar: Clifford Jackson visto en Las Vegas con la modelo Marija Vidmar .
Había una foto que lo corroboraba, en la que se veía a su marido de la mano de la mujer más alta y hermosa que había visto en su vida, y desde entonces no había vuelto a consultar el teléfono.
—No he sabido nada de él —murmuró Charlotte.
—Entonces, tienes que dejarlo ir.
—Lo sé. —La irritación le hizo contestar con dureza. Si fuera tan fácil superar lo de Cliff, ya lo habría hecho.
—El tiempo cura todas las heridas. —Su madre intentaba tranquilizarla, pero a ella le costaba creer que nada pudiera ayudarla.
Charlotte apenas podía abrir los ojos, tan rojos e hinchados como estaban por los ataques de llanto que la invadían de repente. Su madre se levantó para recoger los pañuelos de papel desparramados por la alfombra.
—Tienes que conservar tus fuerzas. Baja y al menos intenta comer algo.
— Esta noche no. —Charlotte dejó que sus pesados párpados se cerraran.
—Pero tengo una sorpresa para ti. —Penny estaba claramente decepcionada—. Algo que seguro te animará.
Ella volvió a abrir los ojos a la fuerza. A menos que su madre pudiera arreglar su matrimonio, nada la animaría.
—Esta vez los macarrones con queso no servirán, mamá —contestó—. Pero te agradezco el esfuerzo.
—Es Julian.
—¿Davis? — Charlotte se sentó de golpe.
—¿Conoces a algún otro Julian?
Hacía años que no sabía nada del hermano mellizo de su mejor amiga.
Había pasado mucho tiempo con ellas en el instituto, pero, cuando se graduaron, fueron a universidades diferentes.
Él se había ido a una de la Costa Este para jugar al lacrosse , había encontrado novia y estaba muy ocupado.
Ella solo había mantenido el contacto con Sloane.
Lo último que había sabido de Julian, hacía un par de años, era que se había convertido en fotógrafo paisajista y viajaba mucho por trabajo.
Vivía en Moab, Utah, donde había abierto su propia galería y se había comprometido con una mujer que trabajaba para una de las revistas de viajes que publicaba sus fotografías.
Podría haber sabido más cosas de él, pero a Cliff no le gustaba Sloane, y a Sloane no le gustaba Cliff, por lo que incluso su relación con la hermana de Julian había sido prácticamente inexistente en los últimos años, sobre todo desde que Sloane se casó y se mudó a Seattle justo después de contarle a Charlotte el compromiso de Julian.
—¿Qué quiere? —le preguntó a su madre.
—No lo dijo. Se acercó para ver si estabas en casa, y lo invité a cenar con nosotros.
—Tú no… —Charlotte gimió.
—¿Y por qué no? —respondió su madre—. Siempre te ha gustado Julian. A mí siempre me ha gustado Julian. Me alegré de verlo, sobre todo porque pensé… Bueno, pensé que quizá podría ayudarme a sacarte de este… bajón.
—Me estoy divorciando. —Charlotte tenía la nariz taponada, lo que hacía que su voz sonara nasal—.
No es un bajón. De todos modos, mírame. —Agarró un pañuelo y se lo llevó a la nariz antes de sonarse.
Se había sonado tantas veces durante la última semana que podría haber interpretado a Rudolph en un espectáculo navideño—.
No me he duchado en tres días. No quiero que él ni nadie más me vea así.
—Entonces, tómate unos minutos para asearte —contestó Penny—. Nos encontrarás en la cocina cuando hayas terminado.
—¡No tengo fuerzas para arreglarme! Dile que no me encuentro bien —le insistió a su madre, que ya se alejaba, y se dejó caer sobre las almohadas.
—Charlotte, por favor. —Penny se giró en la puerta—. Quedarte en la cama no te está haciendo ningún bien.