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Capítulo 1
Charlotte Williams-Jackson estaba a punto de perder su apellido de casada.
Su marido, con quien solo llevaba cuatro años de matrimonio, quería el divorcio.
La realidad de eso, el peso de la palabra «divorcio», surgida de la nada, la golpeó, una vez más, como un puñetazo en el estómago cuando entró por la puerta principal de la enorme mansión de Los Ángeles que él había comprado justo después de casarse, y vio la maleta de cuero que Cliff había preparado para su viaje a Nueva York.
El mensaje que había recibido mientras estaba en yoga decía que la quería fuera antes de que él regresara.
Fuera. Se acabó. ¡Pero si ni siquiera habían discutido!
Se tapó la boca con una mano temblorosa mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
Se divorciaría antes de cumplir los treinta.
Eso no debía de ser algo habitual. La gente empezaba a casarse a esa edad.
Y la separación no solo sería dolorosa, sino también humillante y vergonzosa.
Su relación había sido tan pública casi como la de Travis Kelce y Taylor Swift.
Al menos no se quedaría en la indigencia.
Como jugador de la NBA que acababa de negociar un contrato millonario, él le había pedido que firmara un acuerdo prenupcial, pero el acuerdo en caso de divorcio incluía más dinero del que la mayoría de las personas de su edad tendrían la oportunidad de ganar jamás.
Como no llevaban mucho tiempo casados y no tenían hijos, ella recibiría la cantidad mínima estipulada, pero ochocientos mil dólares seguían siendo mucho dinero.
Quizás él rompía con ella porque Charlotte le había estado presionando para formar una familia.
Probablemente temía que ella dejara los anticonceptivos y se quedara embarazada, aunque él no estuviera preparado.
Quería pensar que él la conocía lo suficientemente bien como para confiar en que nunca intentaría ponerle una trampa, pero había muchos atletas profesionales que se habían enfrentado a esa situación, o peores, y él había oído historias horribles.
Antes de abandonar su cama para dormir en una de las muchas habitaciones de invitados la noche anterior, él le había dicho que esperaba que ella no intentara romper el acuerdo prenupcial.
Ella había contestado que no lo haría, y era verdad.
Además del acuerdo, todavía recibía derechos de autor por su primera novela, un «romance deportivo».
Le gustaba pensar que su libro había vendido más de un millón de copias porque era realmente bueno, pero sabía que los autores noveles no solían alcanzar esas cifras.
Su éxito se debía en gran parte a su relación con Clifford, uno de los mejores escoltas de la liga.
Gracias a él, había conseguido más de un millón de seguidores en redes sociales antes incluso de publicar el libro.
Pero no se había casado con él por su fama ni por su dinero.
Se había casado por amor y, aunque sus padres y amigos le habían advertido de que ser la esposa de un deportista profesional no sería fácil, había pensado que podría desafiar las adversidades.
Nunca imaginó que Cliff y ella ni siquiera llegarían a su cuarto aniversario.
Entumecida, levantó la mano que sostenía el teléfono. Había respondido al mensaje pidiéndole que se fuera antes de que él regresara, pero Cliff no había contestado. ¿No podían hablar sobre lo que le hubiera molestado? ¿Acudir a un terapeuta?
Se lo había sugerido la noche anterior, cuando él le había pedido el divorcio, pero él se había negado, diciendo que, simplemente, ya no quería estar casado.
Cuando ella le había presionado para que le diera una explicación, él había añadido que no sabía cuánto duraría su carrera en la NBA y que quería disfrutar de esos años mientras pudiera.
Aparentemente, eso significaba «sin ataduras». Pero ¿por qué no podía disfrutar jugando al baloncesto si estaban casados? ¿De qué modo había estado entrometiéndose ella? ¿No la quería lo suficiente como para intentar salvar lo que tenían?
La puerta se abrió detrás de ella y se giró para ver al chófer de Cliff, con quien se había cruzado en la entrada al llegar hacía un momento.
—Señora Jackson —asintió Jeremy cortésmente, pero no la miró a los ojos.
Se notaba que él ya sabía que era persona non grata .
Cliff debía de haberle dicho que la echaba, lo que hacía que pareciera inútil todo lo que ella tenía pensado decirle, después de pasar la mañana convenciéndose a sí misma de que su marido vería las cosas de otra manera en cuanto recuperara la cordura.
—¿Has visto a Cliff? —preguntó ella con voz tensa.
—No, señora. Me llamó para pedirme que preparara el coche poco después de que usted se marchara, pero aún no lo he visto —respondió él mientras agarraba el equipaje y se retiraba apresuradamente.
¿Había otra mujer?, se preguntó Charlotte.
Tenía la sensación de que Cliff se había desviado del camino una o dos veces.
La noche anterior, él había insistido en que no era así, que tan solo quería su libertad.
Pero los atletas profesionales, al menos los de su nivel, se enfrentaban constantemente a tentaciones.
Una gota de sudor le resbaló entre los omóplatos. Solo eran las once, pero en Los Ángeles podía hacer calor incluso en abril.
Oyó pasos, levantó la vista y vio a su marido dirigiéndose a zancadas hacia una de las dos escaleras gemelas que bajaban hasta la primera planta. Al parecer, se marchaba antes de lo previsto a Nueva York para jugar un importante partido de playoff contra los Knicks.
Cuando la vio, se detuvo como si no quisiera confrontarla. Charlotte tenía la impresión de que su intención había sido irse antes de que ella regresara. Pero enseguida se cuadró de hombros y bajó las escaleras a zancadas.
—¿Ya has vuelto de yoga? —preguntó él.
—En realidad, he vuelto a casa más tarde de lo habitual.
—Ella intentó ocultar el dolor, pero el golpe emocional que él le había asestado aún estaba tan fresco que le resultaba imposible.
Parpadeó rápidamente, pero no pudo contener las lágrimas—.
Quería darte tiempo suficiente para dormir.
Sé que tienes que estar descansado para el partido —también había esperado que él estuviera de mejor humor —, así que hice algunos recados y pasé por casa de mi madre. No se encuentra bien.
—Siempre le pasa algo —observó él con desdén.
—El lupus es así. —Sorprendida por su falta de sensibilidad, Charlotte se puso tensa.
—Quizá tenga lupus y quizá no. ¿Se lo han diagnosticado realmente?
—Fue lo que le dijo el médico.
—En cualquier caso, le encanta la atención que le proporciona estar enferma. Cada vez que dice que no se encuentra bien, tú corres a su casa, que es justo lo que ella busca.
No era la primera vez que Cliff hacía ese tipo de comentarios, pero su madre no diría que no se encontraba bien a menos que fuera cierto.
Charlotte abrió la boca para defender a Penny, como siempre había hecho, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
Si él ya no iba a formar parte de su vida, ¿qué más daba?
—Bueno, tengo que irme —anunció él, tras sacar el teléfono del bolsillo del pantalón y consultar la hora.
—No sueles irte tan temprano. —Ella fijó la mirada en la gruesa cadena de oro que colgaba de su cuello porque no podía soportar la dureza en su mirada.
—He quedado para comer con algunos de los chicos.
Como si no fuera a tener suficiente tiempo con sus compañeros de equipo en el largo viaje en avión.
—¿Entonces ya está? —Todo era tan repentino.
Ella no sabía cómo arreglarlo. Cliff se mostraba impasible, indiferente, casi no lo reconocía.
Cierto que a veces había sido un capullo, pero había crecido con un padre difícil que había estado entrando y saliendo de su vida, hasta que se había hecho rico y famoso.
Desde entonces, Richard siempre estaba por ahí, buscando limosna.
Además, Cliff tenía un trabajo inusual y exigente, a pesar de sus ventajas, y a veces sufría de ansiedad y depresión por la presión constante por rendir y las críticas públicas si no lo hacía.
Ella había intentado ser comprensiva, había intentado ver lo mejor de él.
Había hablado en serio cuando juró amarlo durante el resto de su vida.
Pero si él quería poner fin a su matrimonio, no había nada que ella pudiera hacer para detenerlo.
La impotencia era probablemente lo peor de todo lo que estaba pasando.
Ni siquiera le daba la oportunidad de cambiar lo que fuera que le molestara.
—Que tengas un buen viaje —añadió con voz apagada.
—El coche está listo —anunció Jeremy.
— Genial. Vamos. —El alivio se reflejó en el rostro de Cliff.
Charlotte pensó que la ignoraría y se marcharía sin siquiera despedirse, pero al pasar a su lado, murmuró:
—Lo siento.
Y con eso, se fue.
Charlotte había hecho el equipaje y se había mudado con sus padres, a Newport Beach, mientras Cliff estaba fuera. No iba a quedarse donde no la querían. Al fin y al cabo, había sido el dinero de él el que había pagado la casa.