Capítulo 41
Leandro
Celia pensaba que no me había dado cuenta, pero desde la noche anterior estaba rara. Se lo noté por las vueltas que dio en la cama, por no decir que mientras dormía no paró de quejarse.
Sabía que estaba incómoda. Era mucho peso el que estaba aguantando en su barriga.
Todavía le faltaba un mes para que nuestra hija naciera. Esperábamos su llegada para mediados de mayo y estábamos a mitad de abril. El motivo por el que no me había dicho nada lo sabía muy bien.
Nos estábamos preparando para la presentación de la nueva línea de joyas que iban a sacar con el nombre de Caterella. La había diseñado en honor a mi abuela y mi madre.
Aunque la empresa tenía su sede en España, en estos meses que habían pasado, entre su padre y ella habían decidido que la línea iba a ser presentada en Florencia.
La verdad es que fue un alivio para mí. Pensar que mi mujer se tuviera que montar en un avión con el embarazo tan avanzado no me hacía ni pizca de gracia.
Al ser la presentación por la tarde-noche, Celia se había tirado casi todo el día acostada en la cama con la excusa de que sentía los tobillos hinchados, cosa que era mentira.
Porque ella sí que tenía barriga, eso no se podía negar. Por lo que nos dijo la médica, la niña era grande, pero Celia apenas había cogido peso más allá de la barriga.
Estuve vigilándola casi todo el día, casi sin despegarme de ella, y cuando no estaba yo, había alguien de la familia.
Esto de haber dos embarazadas en la familia y que las dos estuvieran a punto de parir nos tenía a toda la familia con los nervios de punta.
—Esto de tener tanta barriga no queda bien para vestir de forma elegante.
Se quejó cuando se miró al espejo.
Para mí estaba preciosa. Bueno, para mí no: lo estaba.
El embarazo le había dado una luz especial en el rostro, y si antes era preciosa, ahora lo era mucho más.
—Cariño, estás preciosa con lo que te pongas.
Me acerqué por su espalda para abrazarla.
Desde que tenía más barriga siempre hacía lo mismo.
La abrazaba por la espalda, entrelazaba mis dedos por debajo de su barriga y se la alzaba un poco. Eso le ayudaba con el peso y le aliviaba el dolor de espalda.
Cuando le hacía eso, solía soltar un suspiro de satisfacción.
—¿Cómo voy a estar bonita si no me puedo ver ni los pies? Eso por no decir que no soy capaz de depilarme por mí misma el toto.
Solté una carcajada.
—Y me encanta que no puedas hacerlo por ti misma.
Recuerdo la primera vez que se dio cuenta de que ya no se lo veía para depilarse ella misma.
Me acuerdo de que se murió de vergüenza y que no supo cómo decirme que necesitaba una pequeña ayuda con eso.
Desde entonces siempre me encargaba de depilarla.
—Cómo no, si siempre que lo haces tu amigo se pone de lo más contento.
Mi amigo solo, no; también lo hacía yo.
—Eso demuestra lo atractiva que me pareces.
Ese era su problema: que no se creía que me seguía pareciendo atractiva.
No voy a idealizar el embarazo de Celia, porque por mucho que la quiera no significa que no pueda ser sincero.
Y desde que estaba embarazada se había vuelto una mujer muy insegura de sí misma y eso que me encargué desde el primer instante de demostrarle cómo la veía y cuánto la amaba.
—No pienso pasar por otro embarazo.
La miré a través del espejo con una ceja arqueada.
—No vamos a tener solo una hija. Quiero más y sé que tú también, lo que te pasa es que hoy estás más sensible de la cuenta.
—Es que Abril pesa ya demasiado.
Abril era el nombre que habíamos decidido ponerle a nuestra hija. Tras darle muchas vueltas, lo elegimos para tener siempre presente el mes que iba a ser tan importante para su carrera como diseñadora de joyas.
Sí, tras haber hablado largo y tendido con su padre, le dijo que, aunque ella dirigiera la empresa en un futuro junto a su hermana, en lo que se iba a enfocar era en los diseños. Ese siempre había sido su sueño y su vocación.
—Ya falta poco para que la tengamos entre nuestros brazos.
—Pues se me va a hacer demasiado largo este mes.
Sonreí.
Estaba claro que hoy nada le parecía bien.
—Yo creo que se nos va a hacer más corto de lo que creemos.
Se lo dejé caer, por si me decía que precisamente hoy no se encontraba bien.
—No creo, dicen que a las madres primerizas se les suele atrasar más.
—Nena, ¿recuerdas la promesa que nos hicimos?
Ella sabía muy bien lo que quería decir.
—Sí.
—¿Y cuál era esa promesa?
Le pregunté. Quería que me lo dijera ella misma.
Soltó un largo suspiro.
—Nada de mentiras ni ocultar cosas, por muy pequeñas que fueran.
—Bien.
Le di un beso en la mejilla.
—Está bien —dijo con tono de resignación—. Llevo desde anoche con pequeñas contracciones.
—¿Y por qué no me habías dicho nada?
—No quería preocuparte, no son fuertes, son más incómodas que otra cosa.
—Si lo hubieras dicho esta mañana podríamos haber ido al médico y te habrían hecho una revisión.
No se lo dije como reproche.
—¿Y si estoy de parto y me dejan ingresada? ¿Qué iba a pasar con la presentación?
Sí señor, me acababa de dar una tranquilidad impresionante.
Nótese la ironía.
—Nena, que si estás de parto lo estás y no puedes hacer otra cosa que no sea tener a nuestra hija.
Me pasé una mano por la cara.
Esta mujer era increíble.
—Mi niña se va a portar muy bien con su mamá y va a esperar a que llegue su día para que nazca más grande.
Como crezca más va a ser más grande que tú.
Pensé.
Pero eso me lo callé. Precisamente hoy no era el día indicado para gastar ese tipo de bromas.
—Claro, porque la niña y la naturaleza entienden muy bien de días especiales.
No pude evitar ser un poco sarcástico.
Tocaron a la puerta de nuestra habitación.
Le di un beso antes de ir a abrir. Cuando lo hice, allí estaba mi abuela con los brazos cruzados sobre su pecho y el ceño fruncido.
—¿Sabéis que estamos todos abajo esperándoos?
—Ya vamos, a Celia le ha costado un poco más arreglarse hoy.
Mi abuela me apartó con un brazo hacia un lado para entrar en la habitación.
—Cariño, ¿estás bien? Mira que mi niña es más importante que la presentación esa.
Reí.
—Abuela, estoy bien, son unas pequeñas contracciones, como las que me dieron hace dos semanas.
Hace dos semanas tuvimos que ir a urgencias porque comenzó a sentir molestias, pero allí nos dijeron que no estaba de parto y que eso solía pasarle a algunas embarazadas.
—Te voy a creer, pero que sepas que no te pienso quitar la vista de encima.
Dijo antes de salir por donde había entrado.
Se fue refunfuñando algo así como «que estas niñas iban a acabar con ella y su cordura».
Miré a Celia porque ella lo había escuchado igual que yo, y cuando nuestras miradas conectaron, nos reímos.
Llegamos donde se iba a celebrar el evento.
Estaba lleno de personas famosas.
La firma era muy importante y, con el prestigio que se habían ganado a lo largo de los años, cada una de sus presentaciones tenía mucha repercusión. Pero esta, en concreto, iba a tener todavía más.
Ya que mi suegro se había encargado de darle mucha publicidad.
La presentación fue tal y como se esperaba, con una pequeña sorpresa que, a decir verdad, para mí no lo fue tanto.
Estábamos en mitad del salón donde se estaba celebrando cuando, de buenas a primeras, a los pies de Celia se formó un gran charco que, como era evidente, no era agua. Resultó ser el líquido amniótico.
Me quedé paralizado. No supe cómo reaccionar hasta que mi abuela me dio una colleja y me sacó del estado en el que me encontraba.
A partir de ahí, todo se volvió un auténtico caos.
Y es que mi querida mujer, cuando llegó al hospital ya iba totalmente dilatada, por lo que rápidamente la metieron en la sala de partos.
Me puse una bata encima de la ropa en otra sala, distinta a la que estaba ella.
Tardé poco, lo hice lo más rápido posible. Pero más rápida iba ella, porque cuando llegué a su lado la niña ya tenía la cabeza fuera.
—Dame la mano, cariño.
—Un poco más y se pierde el nacimiento de su hija, qué velocidad, por Dios.
Me dijo una enfermera riendo.
No le pude contestar. Celia me apretó la mano y con dos empujones más llegó al mundo nuestra pequeña, Abril.
Sé que siempre se solía decir cuando pasabas por un momento bonito en tu vida que era el mejor que habías vivido. En este caso, no lo dije por decir, era el momento más bonito a lo largo de toda mi vida.
Ver a mi hija recién nacida sobre el pecho de mi mujer era algo que no iba a olvidar nunca.
Lloré como un niño pequeño. Lo hice con el corazón a rebosar de alegría y felicidad.
—Nena, es lo más bonito y especial que he visto en mi vida, gracias por hacerme padre, gracias por quererme de la manera en la que lo haces, os amo por encima de todo.
Le dije entre sollozos de emoción.
—Gracias a ti también, porque sin ti nada de esto hubiera sido posible. Te amo más que a mi vida.
Le di un beso, el beso con más amor que le había dado hasta el momento.
—Ponte junto a tu mujer e hija y dame tu teléfono que os voy a hacer una foto.
Me dijo la misma enfermera que me habló antes.