Nos queda mucho por vivir Epílogo
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Epílogo

Celia

Ocho años después…

—Arriba, ¡que llegó el día especial!

Entró Abril en nuestra habitación pegando gritos.

Me tapé la cara con la almohada.

—La culpa es tuya.

Le dije a Leandro sin destaparme la cara.

—Soy inocente de toda acusación.

Lo escuché reírse.

—Venga, mamá, que tenemos que desayunar antes de que la abuela Caterina hable para dar comienzo a la vendimia.

A mi hija le encantaban estas fechas al igual que nos gustaba al resto de la familia. El único problema, era que no tenía fuerzas para levantarme de la cama, su padre no me había dejado dormir casi en toda la noche.

—Sabes que hoy le toca a tu hermano cortar el primer racimo de uvas.

Desde que conocí a Leandro y celebré junto a él y su familia el primer día de vendimia, se había vuelto una tradición que cada año un miembro distinto cortara el primer racimo de uvas.

Eso fue hasta que los niños fueron creciendo y, con ayuda de los padres, los fueron cortando cada uno un año distinto y lo fueron haciendo por orden de nacimiento.

La primera en hacerlo fue mi hija, el segundo fue Máximo, el hijo de Gema y Romeo, que nació un mes después que nuestra hija.

Quizás os suene un poco a cachondeo, pero es verdad.

El caso fue que mi amiga y yo, sin ponernos de acuerdo, tuvimos a nuestros hijos alternativamente.

Os explico.

La primera en nacer fue Abril, como sabéis; el segundo Máximo, que lo hizo un mes después.

El tercero fue Marcelo, mi segundo hijo, que se llevaba con su hermana dos años.

La cuarta fue Julieta, la segunda hija de Gema y Romeo. Esta se llevaba un año con su primo Marcelo.

Y sí, aunque suene a broma, mi amiga le quiso poner ese nombre a su hija por la broma que comenzó con su marido cuando lo conoció.

Bueno, hasta ahí todo era más o menos normal.

Hasta que hace tres años fuimos madres las dos con dos días de diferencia.

Primero nació su tercer hijo, Nando.

Y a los dos días nació mi tercera hija, Caterina, como la abuela.

Y ahí fue cuando decidí que la fábrica de bebés se había cerrado para siempre. Y tanto que fue para siempre, que Leandro decidió operarse para no tener más hijos.

Lo hizo porque yo dije que me iba a operar y prefirió pasar por ello él antes de que lo hiciera yo.

Así que no más niños. Con los tres nuestros y con los tres de Gema y Romeo, la casa se había vuelto una completa locura.

Menos mal que contábamos con la ayuda de la abuela y mis suegros. Bueno también de una niñera que tuvimos que contratar, pero esa solo venía para momentos puntuales.

Mi pena era que mis hijos no se estaban criando junto a mis padres y mi hermana, pero bueno, ellos no dejaban de venir cada dos por tres a visitarnos o íbamos nosotros allí.

Pero mis hijos no estaban tan unidos a mi familia como a la de mi marido. Era normal: se estaban criando con ellos y vivíamos todos en la misma casa. Bueno, ya sabéis que no era una casa normal, porque después de los seis niños, todavía seguían quedando dos habitaciones vacías.

Inés, ella se casó con el buenazo de Oliver. Todavía no habían tenido hijos, ellos decían que querían vivir un poco más a solas.

Los entendía. Habían estudiado mucho durante muchos años y después se pusieron a trabajar los dos en la firma. Mi hermana con su marido llevaba la de España y yo, junto a Gema, nos encargábamos de la de Florencia.

Nos iba muy bien y cada día crecíamos con más fuerza.

—Papá, dile a mamá que se levante.

Hala, el que faltaba, mi trasto con patas, mi torbellino andante.

Mi hijo Marcelo.

Llegó diciéndole eso al padre, pero no esperó a que el padre dijera algo. Directamente saltó sobre nosotros.

—Marcelo, no saltes así sobre mamá, la puedes lastimar.

—Lo siento.

Dijo con tono de arrepentimiento.

—Ven aquí, pequeño monstruito.

Lo cogí para hacerle cosquillas.

—Para, que me hago mucho pipí.

Lo dejé antes de que se lo hiciera encima de la cama, porque cuando le entraban las ganas no tenía mucho aguante.

—No me habéis esperado para jugar.

Dijo Caterina haciendo un puchero cuando entró en nuestra habitación y vio a sus hermanos con nosotros en la cama.

—Cariño, claro que te hemos esperado. Estábamos todos aquí esperando para darte una sorpresa.

Le dijo su padre, levantándose de la cama.

Menos mal que cuando me dejó descansar anoche, nos dio por ponernos un pijama antes de dormir.

Solíamos hacerlo desde que nuestros hijos entraban a nuestra habitación para despertarnos por las mañanas.

Después de jugar un rato en la cama con ellos, Leandro y yo nos vestimos. Abril fue a vestirse sola, mi hijo hizo lo mismo y a la pequeña la ayudó su padre, mientras yo iba bajando a la cocina.

—Buenos días.

Dije al entrar y ver a mis suegros y a la abuela.

—Buenos días, cariño. ¿Os han despertado los terremotos?

—Como era de esperar.

Le contesté a mi suegra.

—Abuelo, hoy me toca a mí.

Le dijo mi hijo a su abuelo, saltando a sus brazos.

—Sí, hoy le toca a mi campeón.

—Abuelo, que tu campeón soy yo.

Dijo Máximo, entrando en la cocina.

—Tú también eres mi campeón y tu hermano también.

—Y nosotras, ¿qué somos?

Le preguntó Julieta refiriéndose a ella y sus dos primas.

—Vosotras tres sois mis princesas.

Con los niños había que especificarlo todo muy bien si no queríamos que tuvieran celos los unos de los otros.

—Como la familia crezca un poco más, vamos a tener que ampliar la cocina.

Dijo Romeo cuando fue directo a la cafetera.

—Pues como no la hagáis crecer vosotros…

Le contestó su primo con nuestra pequeña en brazos.

—Perdona, no me acordaba de que te habían cortado los huevos.

Le encantaba pinchar al primo con eso de la vasectomía.

—Los huevos de mi marido están donde tienen que estar y le funcionan de maravilla.

Lo defendí.

—¿Y dónde tiene el tío los huevos?

Le preguntó Julieta dentro de su inocencia.

—Los tiene en la nevera, cariño.

Le contestó mi suegra con rapidez antes de que el padre de la criatura soltara una de las suyas por la boca.

Miré a la abuela. Me resultó raro que estuviera esa mañana tan callada.

—Abuela, ¿te pasa algo?

Le pregunté preocupada.

—La niña está embarazada otra vez.

El sorbo que le había dado Romeo al café le salió hasta por la nariz.

Yo me quedé sin saber qué decir y Leandro soltó una gran carcajada.

—Abuela, que se suponía que era un secreto.

Le riñó mi amiga cuando entró a la cocina.

—Niña, que llevas cuatro meses con ese secreto, ya era hora de que lo supieran.

Miré a Gema con los ojos muy abiertos.

—Hija, pero no hacía falta que lo soltaras así. No me quiero quedar viuda antes de tiempo.

No me pude aguantar más la carcajada.

Fue mirar al pobre de Romeo y toda la familia rompió a reír.

—Voy a pedir cita para cortarme los huevos como mi primo. De lo contrario nos va a faltar casa.

Desde luego.

—Cómo nos ha cambiado la vida desde que estas dos españolas aparecieron en ella.

Dijo la abuela.

Desde luego, la vida de esta familia había cambiado mucho, pero la nuestra también.

Miré a Leandro con todo el amor que sentía por él.

—Gracias por cambiar nuestras vidas de esta manera tan bonita. Te amo, nena.

—Gracias por ser mi protector, mi marido, el padre de mis hijos, mi amigo, mi compañero de vida. Gracias por ser como eres. Te amo.

Lo abracé por la cintura, apoyé mi cabeza sobre su corazón y respiré sonriendo.

Me sentía la mujer más feliz del mundo.

Habíamos vivido mucho durante estos años, pero lo mejor era todo lo que nos quedaba por vivir.